Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 12. El precio del deseo. #2
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12. El precio del deseo. #2

—No es fácil —trago saliva. Engullo mi propia angustia.

—No lo es, pero saber cuál es la razón por la que sientes que has cometido traición siempre es el primer paso —sus cejas se alzan con elocuencia—. Aunque creo que ambas ya sabemos la respuesta.

No siento que he cometido traición, sé que lo hice.

No es por Azohr. No es solo por él ni por lo que ella cree.

Pasé por encima de las normas de mi padre y de los dioses esta última semana más veces, que en mis mil doscientos veinte y nueve años.

Me atreví a enviar una carta a los altos cargos enemigos de mi padre.

Anoche envié a Twig a pegar carteles aireando las cuestiones privadas de mi padre por el reino de las hadas.

Y, por último, pasé la noche con un brujo al que habría besado sin remordimientos si no fuera porque deseo asegurarme en primera instancia de que no me traicionará como Tien.

La princesa dejó salir a Azohr, no parece que tenga malas intenciones.

Además, conozco su deseo hacia Lugh. Si ella tratase de utilizar al teniente contra mí, yo tengo un arma contra ella.

Aun así no le daré más información por ahora.

El hecho de que haya mandado a su guardia privado a seguirme no me inspira la confianza que ella pretende mostrarme.

—Ya conoces el reinado de mi padre —aprieto los dientes—. ¿Cómo te sentirías si fueras la princesa de mi pueblo?

Aranel deja caer las pupilas al contenido de su taza. Entrelaza sus dedos alrededor de la cerámica fina.

—No sé si podría estar en tu lugar —Aranel me envía una mirada de penitencia—. Es decir… —ladea ligeramente la cabeza hacia un lado—. No tener voz.

—El pueblo me hace preguntas, pero yo ni siquiera puedo formar parte de asambleas o proyectos de ley, y no sé nada sobre los encuentros de mi padre con los súbditos —apoyo las manos en las piernas para impulsarme—. Estoy entre ellos y el rey.

—Tú no eres la culpable de que el rey sea tu padre —Aranel da otro sorbo a la infusión.

—Todos la tenemos y eso es lo peor —aprieto los puños—. Todos se resignan a pesar de que muchos lo detestan.

—A una mujer no le conviene convertir esos asuntos en propios —Aranel sigue mis pasos enfurecidos. Mis manos apretadas—. Sabes cuáles son las consecuencias que pagamos.

—Ya conozco todo lo que podría pasar… —sacudo la cabeza en un gesto de negativa furioso.

—Entonces sabrás que no debes contradecir las normas del rey —la princesa deja caer la mirada, no tengo muy claro porqué—. Es una desgracia para tí que Eliot no tenga el carácter de mi padre.

—¿Qué sugieres que haga en tal caso? —le dedico una mirada poco convencida, triste.

—Lo único que puede mantenerte a salvo —afirma sin dudar—. Seguir sus indicaciones y obedecerlo.

—No —mi sonrisa de estira, pero no por nervios o temor—. Sabré qué hacer, estoy segura.

—Solo puedo desearte que Aphaea te guíe con tus planes. Que te transfiera el brillo del conocimiento para encontrar el camino verdadero —dobla la espalda para dejar la taza a sus pies.

Aranel ha llenado su pensamiento de las ideas de mi padre y el rey de los elfos.

Las mismas que Drieden alimenta. Yo no tengo nada que perder, salvo rememorar en la piel algunos de los recuerdos agudos de esos días en los que fui castigada por mis propias ideas.

Sé que saldré herida. Me condenarán e incluso tratarán de separarme la cabeza del cuerpo, pero jamás podrán destruirme.

No más de lo que yo misma lo hice. No podrán luchar contra todo en lo que el yugo de su maldad me ha convertido.

Si para ellos solo soy una mujer, serán arrodillarán ante eso.

—Ellos son quienes deben pedir ayuda a los dioses —la ira de mis pensamientos agita mi respiración.

—En eso estamos de acuerdo —Aranel se pone en pie. Coloca las manos sobre su cintura—. Somos dos princesas, los reinos perderán dos herederos si los dioses nos ejecutan.

—¿Y crees que eso les importa? —volteo para dirigirme a ella de frente—. No dudarán en ejecutarnos, para el pueblo somos el ejemplo.

—Mi padre intervendrá en nuestro favor, estoy segura —Aranel sonríe con un brillo de esperanza.

—Tu padre no tiene autoridad ante los dioses —aprieto los labios con resignación—. Pero no es necesario que me convenzas de nada, no daré marcha atrás con respecto al teniente.

—Si lo has traído aquí sabiendo todo lo que tu padre puede hacerte al descubrirlo, no tengo dudas de que debe ser importante —la princesa inclina la cabeza en un gesto compasivo—. Pensé que alguien ocupaba tu corazón.

Doy un par de pasos hacia ella solo para poder hundir mis pupilas sobre las suyas.

—¿Alguien? —mis labios se unen para llenar el ambiente de silencio.

—El entrenador —admite la princesa sin pestañear—. El rey Eliot me habló de él y sus planes para concretar la fecha del enlace.

—Simples formalismos de corona —su revelación me encoge el pecho—. No escuches sus palabras.

—Te veo. Sé que sientes al lado del teniente Bradosck —posa la mano sobre mi hombro con cautela. Sonriente.

—¿Es eso lo que te sucedió con Lugh? —arrugo la frente con curiosidad.

—No —se le dibuja una sonrisa genuina mientras desvía la mirada a un lado—. Es absurdo, sólo lo vi un día, pero desde entonces no he podido dejar de desearlo.

—No es nada agradable esta conversación —arrugo la nariz con desagrado.

—Todavía espero que menciones ese plan que dices tener —eleva media sonrisa.

—Traeré a Lugh al claro el viernes —me alejo al escritorio para asegurar la bolsa.

—Eso podríamos hacerlo en Eigton —la decepción de la princesa se ve de manera inmediata—. Si él quisiera venir contigo, podríamos estar en el salón de palacio.

—¿Las normas de Eigton no establecen que la princesa no permanecerá a solas con ningún hombre de una raza distinta a un elfo? —repaso en mi mente el código de los elfos de los archivos.

—Así es —Aranel asiente con desconcierto—. Pero tu estarás conmigo.

—¿Y ver cómo deseas a Lugh? —niego con el semblante lleno de pánico—. Estaréis solos.

—Pero Joralf podría verte sola alrededor del claro —sus párpados se separan temerosos por la incertidumbre.

Será algo extraño sentir eso para una criatura que tiene el don del conocimiento.

—Estaré en el claro —inclino la cabeza según sigo sus pasos desesperados.

—No es una buena idea. Iría a buscarte y te haría hablar hasta que revelases donde me encuentro —Aranel pasa sus manos por la frente, por el pelo.

—No permitiré que me vea porque yo también estaré acompañada —carraspeo.

—¿Y crees que Lugh aceptará bajo esas condiciones? —la princesa traga saliva expectante, como si de mi respuesta dependiera su felicidad.

—Aranel, no tengo ninguna duda de que no dejará de hablar del tema hasta que llegue el día —sonrío de hastío al imaginarlo.

—No es tan fácil como crees, Joralf es muy persistente a veces —Aranel retoma la caminata nerviosa.

—Seré yo quien hable con él cuando llegue el momento —elevo la mirada pensativa—. Le diré que se trata de asuntos privados del rey Eliot —asiento—. Seguro que no hará más preguntas si menciono a mi padre

—Espléndido, secretos del reino —Aranel no parece tan satisfecha como sus palabras quieren hacerme ver.

La princesa y yo terminamos de ajustar los pequeños detalles que pudieran llevar a nuestro fatal desenlace durante el transcurso del desayuno.

Parece segura de la decisión que acaba de tomar.

Enfrentarse a las normas de su padre mientras es vigilada por Joralf no es fácil, justo eso es lo que tiene mis alertas activadas.

Podría ser una estrategia velada y echarse atrás en el último momento.

Y eso no nos conviene a ninguno de los tres.

Tras el desayuno, las reverencias de Joralf y la compañía de la princesa hacia la salida de la ciudadela, los guardias de la puerta me dedican un saludo formal de despedida.

Debo usar el brazo para cubrirme del sol cuando incide sin piedad sobre mis ojos.

Después de horas bajo lo más profundo de este lugar, volver a la claridad se vuelve todo un desafío.

Despliego las alas y me lanzo al aire en dirección opuesta a la estrella de fuego para volver a Ravenbell.

El trayecto siempre es más corto a la vuelta.

O puede que sean las ganas de saber si Twig aún conserva su preciosa cabeza sobre los hombros.

Entro en la cueva de Eryas y ese olor a humedad y tierra me encoje el estómago.

Se cuela hacia mis pensamientos. Fueron demasiadas horas envuelta en él, pero sigue oliendo a hogar.

A la salida de la cueva me detengo al borde del precipicio para comprobar el estado en el que se encuentra la hondonada.

El cancilier Drieden acompaña a mi padre.

El cancilier Rohan sigue sus pasos por la pasarela del jardín de palacio.

Ninguno de esos canciliers me inspira confianza, juntos me aterran.

Ellos siempre visten sus túnica de manga ancha con la letra de su posición bordada en un lateral del pecho, que quede claro cuánto respeto deben mostrarle las demás criaturas.

Me apresuro a batir las alas con más rapidez al percibir en el rostro de mi padre algo más que su habitual irritación.

Desciendo tras ellos más silenciosa de lo que me gustaría.

—Buenos días, majestad —le dedico una reverencia a pesar de que está de espaldas—. Canciliers —asiento cuando me miran de medio lado.

Asumo la postura protocolaria deseada por mi padre.

—Buenos días, princesa —los canciliers contestan al unísono. Se reverencian.

—Princesa —enuncia mi padre terminando de amarrarse la capa al cuello—. Ordené a Twig que fuese a buscarte.

—Os veo inquieto, mi señor —a pesar de que no puedo observarlo como me gustaría, sé que su temperamento no es el de siempre.

—En diez minutos tendrá lugar una asamblea en la que se tratarán algunos asuntos acaecidos en las horas de esta madrugada —siento como el rey hunde en mí su mirada—. Asistirás, es una orden.

—Majestad —consiento con una pequeña inclinación.

—¿Renunciasteis al fin a vuestras peripecias nocturnas? —Drieden adelanta el pie desde el costado derecho de mi padre.

Su sonrisa se abre para dejar relucir sus dientes rotos, amarillentos y de aspecto abandonado como su apariencia.