Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 12. El precio del deseo.
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12. El precio del deseo.

(Eladriel)

Mis párpados se separan por los pasos sonoros tras la puerta.

Pestañeo en un par de ocasiones para terminar de abrir los ojos hasta que me sobresalto.

Recuerdo al teniente, el lugar en el que estoy.

La estancia está sumida en una profunda oscuridad contra la que mis pupilas luchan en vano.

Me bajo a prisa de la cama. Proyecto una llama que envío a una de las lámparas de aceite de la pared, sacudo la pierna impaciente al ver que tarda en encenderse…

Debería despertar a Azohr. El líquido lampante arde alumbrando una parte del cuarto, lo suficiente para ver que ya no está.

En el lugar donde estaba tumbado encuentro una nota, sus bordes negros resplandecen mientras ondea en el aire.

La observo con el ceño arrugado. Se agita, y algunas chispas salen disparadas con mucho más sigilo que las de mi luz.

Más silenciosas. Me acerco con cuidado. Estiro el brazo a pesar de haberme arrepentido todas las veces que pensé en cogerla de camino a la cama para detener su oscilación tras un impulso rápido.

—Siento haber desaparecido… —comienzo a leer.

“Debía recoger a Hai en el claro antes de que los guardias bordearan la ciudadela y Olen llegase. No pienses que no deseaba darte los buenos días, no puedo arriesgarme a que ya nunca haya buenas noches.

Anoche dejé sobre el escritorio una bolsa de tela roja.

Es tuya. En el interior encontrarás un sentirium en el que imbuí un hechizo protector.

Esa es la única manera que he encontrado de mantenerte cerca y saber que estás a salvo.

Una vez que te lo hayas puesto, sentiré si te lo quitas. Nunca lo hagas.

Te dejo a ti la pintura. Es la promesa de que te contaré la historia.

Cuando termines de leer esta nota déjala en el suelo y aléjate”.

Sonrío. Bajo la nota y contemplo la pintura sobre la mesita.

Dejo el papel a los pies de la cama siguiendo sus instrucciones, doy un par de pasos hacia atrás.

Una llamarada oscura brota de la hoja hasta consumirla con voracidad en un destello humeante.

La convierte en cenizas. Evito pisarlas de camino al escritorio.

Rebusco entre las cosas que anoche saqué de la mochila y mi ropa en busca de la bolsa que menciona el teniente.

Anoche yo vi como la dejaba caer. Una chispa escarlata bajo el pantalón de mi uniforme me hace apartarlo de golpe.

Tomo las cuerdas doradas que cierran el pequeño saco, destenso la tela para contemplar con facilidad el interior. La volteo sobre mi mano para que caiga.

Un anillo con dos grabados se posa sobre la palma de mi mano.

En la cara posterior, el árbol que sostiene el poder de mi reino.

En la anterior la gema de Brenshire. Vuelvo a sonreír al observarlo con cuidado mientras lo coloco.

Solo el tacto de la joya al comenzar a rodear el dedo hace que me sienta diferente, aunque es justo al ajustarlo en su sitio cuando una punzada me abre el pecho.

Me conmueve. En la nota ponía que este guarda un hechizo protector, y yo nunca estuve expuesta a magia de Néferien, debe ser eso lo que siento que se mueve dentro.

Guardo la bolsa aterciopelada junto la ropa de cama al terminar de colocarme el uniforme de vuelo.

Me apresuro a atusarme el cabello. Recorro el cuarto con la mirada para asegurarme de que ningún rastro del teniente queda por aquí.

Por debajo del escritorio, de la cama… Miro en las esquinas.

Volteo ante el retumbante golpeteo de la puerta.

Contemplo el relicario de sus padres sobre la mesita.

Hundo las rodillas en el colchón para saltar de un lado al otro y tomar la pintura.

Corro hacia la bolsa, la introduzco hasta el fondo y coloco sobre ella mi propia ropa.

Recupero el aliento de forma sigilosa cuando la llamada en la hoja de madera se repite. Trato de adecentarme la ropa y el cabello todo lo posible según me coloco frente a la puerta.

—Adelante —trato de contener el tono para que no se note que apenas puedo respirar.

La hoja se abre con cuidado. La figura metálica de Joralf aparece firme y con la lanza sujeta entre las manos.

—Princesa Eladriel —el guardia me dedica una reverencia.

—¿Sí? —mi comisura izquierda se eleva.

—La princesa Aranel espera en la puerta para saber si puede pasar —solo sus labios se mueven.

—Adelante —asiento sonriente.

La princesa Aranel aparece cuando el guardia se aparta. Una vez que el ángulo de abertura es el correcto, accede seguida de sus pasos.

—Buenos días, princesa —le dedico una reverencia.

—Eladriel —Aranel me mira preocupada. Se acerca apresurada—. ¿Estáis bien? Lucís frenética.

—He de admitir que fui presa del descanso esta noche, me vi obligada a correr para estar presentable ante vos ahora —sonrío con algo de vergüenza.

—Definitivamente, has nacido en el lugar equivocado —la princesa me observa de forma sorpresiva y radiante.

—Estoy de acuerdo —suspiro ligeramente con labios estirados en una sonrisa nerviosa.

Una elfa vestida con un traje marrón que llega hasta sus tobillos aparece detrás del guardia.

Su cabeza está cubierta con una cofia blanca inmaculada a juego con el delantal sobre su vestido.

Empuja un carro con un mantel de brocado y el emblema de Rhysartyr en una de sus esquinas.

Está repleto de frutas, panes, infusiones y dulces que deja frente al escritorio tras hacernos una reverencia. Todo esto sin decir palabra alguna.

—¿Por qué no habla? —me inclino hacia Aranel para susurrarle—. ¿Se lo tenéis prohibido?

—¿Prohibido? ¿Por qué le prohibiríamos hablar? —Aranel esboza una de esas miradas de extrañeza del teniente—. Es muda.

—Algún día dejaré de hacerme esa pregunta —tomo el vaso de infusión del escritorio—. Con vuestro permiso —anuncio antes de tomar asiento en la silla.

—Joralf —Aranel lo mira mientras se dirige a la cama—. Vigila la entrada al pasillo. Recuerda que nadie puede interrumpirnos.

—A sus órdenes, su alteza real —el guardia hace una reverencia mientras se retira.

Aranel toma asiento en el borde de la cama con una sonrisa amplia.

Deja caer las manos sobre su regazo para observarme con ojos brillantes.

Está expectante. Como si estuviera esperando que le desvelase algo que le causa mucha curiosidad.

Arrugo el entrecejo ante su expresión. Mis pupilas se centran en ella sobre el borde del vaso.

—Dime, ¿te ayuda el teniente Bradosck a investigar? —la princesa eleva la sonrisa hasta mostrar una llena de picardía.

Trago como puedo el sorbo de infusión. Bajo la taza de forma inmediata ante sus palabras. Ni siquiera he visto cuando el teniente ha dejado la habitación, ¿cómo podría saber por qué lo menciona?

—¿Qué decís, princesa? —balbuceo.

—Vamos, Eladriel… —Aranel alza las cejas en un gesto travieso—. Joralf no está, no es necesario que caigas en formalismos.

—Aun así, no entiendo qué quieres decir —suelto la taza sobre el escritorio.

—Tu insistencia en mantenerte sin vigilancia me hizo sospechar —suspira.

—¿Y bien…? —estiro los labios en una mueca de impaciencia.

—Envié a Joralf a seguirte en cuanto viniste al cuarto —confiesa. Su mirada ni siquiera se perturba.

—¿Por qué? —el peso de mis hombros cae.

—Me costó mucho convencerle de que debía guardar silencio sobre esto —Aranel eleva las cejas con reproche.

—Aranel yo… —muevo los labios de forma inútil. Niego—. No imagines nada malo sobre su presencia, por favor.

—¿Algo malo? —la princesa arruga la frente—. ¿Tendría que pensar que ha venido a robar archivos?

—No, claro que no —arrugo el ceño de inmediato—. No es eso a lo que me refería.

—Estaré encantada de conocer el motivo de su visita —se inclina con la frente arrugada en tono de aviso y sonriente.

—Fui yo quien le pedí que accediese —afirmo. Sostengo la mirada de la princesa con la verdad.

—¿Por qué? —Aranel dibuja una sonrisa cómplice—. No creo que el rey Eliot haya decidido fomentar tanto las relaciones con el reino brujo. Ni ahora que están cerca de vuestro reino.

—¿Por qué no? —aparto la mirada hacia el escritorio.

La princesa se levanta para alcanzar el plato de frutas. De una de las esquinas toma un par de uvas que moja en una infusión de leche para luego comerla. Da pasos cortos con la taza en la mano según disfruta.

—No estoy en posición para juzgarte. No lo pretendo —manifiesta la princesa tras volver al borde de la cama—. Como tú, entiendo que los sentimientos no están sujetos a juicio.

—Imagino que como princesa que se acoge a su deber, hablarás con el rey Aelfraed sobre esto —tomo una uva del plato para llevármela a la boca.

—¿Tú le revelarás a tu padre algo de la nota de Lugh? —una de sus cejas se arquea—. Ese es tu deber.

—Hace mucho tiempo que no tengo claro cuáles son mis deberes —sonrío de forma irónica—. Además, quiero a Lugh. Yo jamás podría traicionarlo de esa forma.

—¿Segura? —la barbilla de la princesa se eleva—. Yo sé que los conoces, y es precisamente eso lo que te hace renegar de ellos.

Puede que tenga razón. O quizás sea que no son esas las obligaciones reales que deben necesitar mi nombre.

No esto dispuesta a que mi deber sea lucir vestidos elegantes para adornar las celebraciones ostentosas del reino.

No me agarraré al brazo de un esposo cubierto de plata y petulancia intentando demostrar cuánto me quiere en función de lo que pese el colgante que me regaló para esa ocasión.

Me niego a debatir durante horas sobre qué colores de flores y cortinas encajan con la temática de las comidas.

Reniego de las visitas a los pobres que me ofrecen reverencias a cambio de un mendrugo de pan.

No deseo sábanas de sedas o criados que se encarguen de empolvarme la cara hasta contentar a la bestia que anhela mis herederos. Ni guardar silencio.

Nunca más guardaré silencio…

—¿No sientes presión? —le lanzo una mirada desesperada que busca alivio—. ¿Algo que te susurra que traicionas a todos?

—Tal vez—Aranel inclina la cabeza hacia un lado—. Pero no me castigaré por ello.

—Ojalá pudiera no sentir culpa —sonrío. Resoplo de resignación—. Que ironía —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Muchos se traicionarían a sí mismos por tener poder. Yo me culpo por tenerlo y traicionarme.

—Princesa —Aranel sonríe. Despliega el brazo para pedirme que le acerque su infusión—. El poder más grande a dominar por todas las criaturas es el de la conciencia.