11. La noche secreta. #8
No quiero utilizar su cercanía, no me queda otra opción si quiero obtener lo que necesito.
También he pensado sobre la reunión de Lugh con la princesa. Ella insiste en que no habrá problemas para que Joralf nos deje a solas, más sé lo estricto que es el rey Aelfraed en estos asuntos. Aunque también sé que cederán si la orden viene de mi padre, no desacatan su autoridad.
—¿Desearías venir al claro el viernes? —rompo el silencio según me estiro a su lado.
—¿Por qué no en este cuarto? —su ceño fruncido me busca con urgencia.
—Aquí solo puedo ingresar los miércoles —dejo escapar un resoplido cargado de tedio.
—Los estirados de palacio sois demasiado aburridos —dirige su mirada hacia el techo de madera raída—. Tenéis norma para cualquier cosa.
—En realidad podría hacerlo, esto tiene que ver con las órdenes de mi padre —contemplo las costuras casi invisibles de la parte de mi almohada.
—Tu padre es tan distinto a los reyes de Néferien… —ríe en bajo.
—Yo no necesito nada de lo que él ambiciona. Ni oro ni cubertería fina —me encojo de hombros—. Ni nada de estatuas adornando la entrada de mi hogar.
—¿Para qué querrías una estatua en la puerta? —sus cejas se arquean en una expresión de extrañeza.
La singularidad con la que piensa que adornar puertas con estatuas es absurdo me cautiva. Creo que él no entiende que no necesita dormir bajo las sábanas para que pueda sentirlo. Su forma de ver el mundo es suficiente para seducirme.
—¿Cómo es Néferien? —le sonrío de forma genuina al imaginarme todas las posibilidades.
—¿Qué quieres saber? —Azohr me lanza una sonrisa con la mirada.
—Quiero saberlo todo —extiendo el brazo en un gesto que abarca todo.
—Todo es demasiada información —ríe—. Por ahora.
—Cuéntame cómo vive el pueblo. Qué hacéis allí para divertiros. Cómo es tu vida con Ebhan, con Efaris… —me recoloco en la cama. Me apoyo sobre la almohada para escuchar con atención—. Dijiste que eran diferentes a mi padre.
—Creo que disfrutarías en alguna de nuestras cenas para el reino —desvía la mirada tras deslizar la lengua sobre sus labios. Parece nervioso—. Ebhan ordena poner centenares de mesas en el bosque, cerca de Berato.
—¿Todos los pueblos asisten? —no puedo evitar sentir interés.
—Así es. Acuden con platos de comida y antes de que los músicos dejen de tocar los boshranes o fiddles, todo se ha terminado —asiente como si fuera lo más normal.
—¿Y la reina? ¿Ella está de acuerdo? —mis ojos se estrechan.
—Claro que sí —de nuevo, una arruga de asombro baña su entrecejo—. Créeme, si hay alguien que disfruta de los bailes y las cervezas de la montaña, es Ebhan.
—¿Y tú? ¿Qué haces tú en esas fiestas? —dejo caer la cabeza despacio sobre la almohada.
—Paso gran parte del tiempo con Ebhan. Él compite conmigo cada vez que bebemos —sus ojos se entrecierran molestos—. Cree que por ser más joven puede vencerme.
—Esperaba escucharte hablar de tu coronel, no recuerdo su nombre… —me esfuerzo por recordarlo.
—Mim —me desvela el teniente para evitarme hacer pensar de más—. A veces se unen. Y Godrick, Fiena y Lirys también. Todo se vuelve más interesante.
—Me imaginaba a tu príncipe como alguien más lejano y frío —aparto la mirada cuando pierdo la sonrisa—. Más como yo —musito.
—Conmigo, él es igual de cercano que tú —se acerca y sujeta mi barbilla—. Algo menos, para ser honestos, con él no comparto cama.
—¿Por qué vives con él? —Tomo su mano para dejarla cerca de mi cara.
—Sigue siendo parte de esa larga historia —convierte sus labios en una línea recta un solo segundo antes de dibujar media sonrisa.
No sé qué pudo pasar con su padre para que no desee hablar del tema, pero su cuerpo parece romperse cada vez que uno de sus recuerdos le invade.
Los minutos pasan, sin embargo, no me sorprendo.
No me llama la atención que sea tan diferente a lo que mi padre aseguraba de ellos.
Su discurso se limita a rugir de esas sucias ratas, astutas y manipuladoras.
Nunca escuché que dijese a niños que los asesinos enviados a Draenith podrían escaparse para meterles miedo, pero sí les ha dicho que los brujos los secuestrarán y torturan a las criaturas por simple placer. Siempre lo supe, no hay nada de eso.
—Algún día no podrás negarte —digo de forma irregular, en un tono de voz cada vez bajo—. Di que no tendrás secretos.
—¿Secretos? —el teniente responde con rapidez.
—Promete que jamás me mentirás —lucho por terminar la frase. Arrastro las palabras del final de forma pausada.
Poco a poco, voy cayendo sobre la cama hasta estar tumbada.
Lo último que mis pupilas captan de forma vaga es la figura del teniente.
Azohr retira un par de mechones de mi cara antes de apartar su mano para tumbarse a mi lado.
A ciegas, muevo los dedos sobre las suaves sábanas, tiento el contorno de los suyos cerca del brazo en el instante en el que iba a unirlos con mi piel.
La penumbra del cuarto, la calma del tacto de sus caricias cerca del hombro…
Me ayudan a rendirme a la llamada del sueño.
Caigo sumida cuando el sonido de su voz se siente como una nana.
—Lo prometo —el susurro del teniente es mi último recuerdo.