11. La noche secreta. #7
Sin embargo, en todo este tiempo que dudo, Azohr solo estira el brazo y me atrae hacia él para que pueda elegir de una vez. Supongo que esta será su respuesta.
No hay ni un solo reloj en este lugar. Nada de ventanas por las que la luz natural pueda mostrarnos su rutinaria transformación.
El tiempo a su lado pasa rápido entre conversaciones interesantes que van más allá de cómo hacerle entender a un lobo que vas a dominarlo.
No hay elogios sobre sus propias proezas o historias que solo divierten al que la cuenta.
Mi cuerpo insiste en ceder en la paz que él incide sobre mí.
Me esfuerzo por hacer que esta conversación sea eterna, pero el sueño podría vencerme en cualquier momento tras días sin poder dormir.
—Podríamos acomodarnos para dormir —el teniente acaricia mi mejilla—. Si lo deseas.
—Iré fuera —asiento con una sonrisa—. La princesa mencionó que había baños en uno de los pasillos.
—Bien, te acompaño —me señala la puerta al momento.
—¿Fuera? —despego los párpados como si el sueño se hubiera esfumado.
—No dejaré que vayas sola con guardias andando por aquí —me advierte después de estirar la mano para colocarla sobre la puerta.
—Tú no vendrás —me cruzo de brazos.
—Entonces tendrás que cambiarte dentro —se vuelve firme en su postura.
Azohr comienza a desatarse los laterales de la armadura.
Tras despojarse de ella, la coloca cuidadosamente en uno de los lados de la cama.
Acierto a resignarme en que ninguno de los dos cambiaremos de opinión y busco distracción en coger la ropa.
Se acerca para dejar la espada sobre el escritorio junto a algunas dagas más.
Se desabrocha el cinturón en un gesto único que me sonroja, y saca la camisa del interior de los pantalones.
Mis manos dejan de buscar lo que buscaban.
Tira de las cuerdas que unen la camisa al cuello para despojarse de ella, la deja caer sobre el escritorio.
La forma en la que se desenvuelve en este sitio no deja de fascinarme, es como si estuviera en su propio cuarto.
Saca el cinturón de las cuerdas del pantalón mientras mi respiración se detiene ante la idea de que vaya a quitarse los pantalones.
Mis pensamientos se dirigen a las manos para volver a buscar mi ropa.
—Supongo que, aunque eres una princesa, no es la primera vez que ves a un hombre sin camisa —el teniente ríe—. Y no pienses en Tien, ambos sabemos que no puede llamarse hombre.
—Vivo en un palacio donde entrenan soldados —ladeo el cuello para asestarle una mirada molesta—. Tien tampoco es el primer hombre que he visto sin camisa.
—Pareces avergonzada —declara él sin pizca de vergüenza—. ¿O a todos les das la espalda?
—Sólo me preocupaba por ofrecerte intimidad —me giro rápidamente, obligándome a mirarlo así mis colores me delaten.
—¿Te incomoda? —me pregunta el teniente tras transformar el gesto—. Me cubriré si eso es lo que sucede.
—No es necesario —paso la saliva rápidamente por la garganta para calmar el temblor de mi voz—. Quiero que estés cómodo.
No sé por qué tiemblo. No miento cuando afirmo que no es el primer ser que veo semidesnudo, pero ninguno de ellos tenía lo que Azohr posee.
Él tiene la capacidad de hacerme sentir en sintonía con cada una de sus vibraciones.
La necesidad de seguir cada uno de sus movimientos y no dejar de mirar nunca. El ansia de querer tocarlo.
—No estaré cómodo si no puedes mirarme mientras hablamos —Azohr estira la camisa en busca del lugar de los brazos.
—No —estiro la mano hacia él para detenerle—. Dije que no es necesario.
—No tenía pensado quitarme nada más —Azohr señala su pantalón con una sonrisa. Se balancea sobre las botas.
Ignoro sus palabras mientras tomo de nuevo mi bolsa.
Saco el frasco de cristal con el remedio y lo dejo cuidadosamente sobre el escritorio.
Coloco la bata y el camisón sobre la superficie rugosa de la madera antes de comenzar a desabrochar el corpiño con cuidado de sujetar las dos dagas que caen bajo él.
Las dejo sobre el escritorio. Desanudo los cordones de mi camisa para poder despojarme de ella.
Dejo ante él mi torso descubierto mientras busco el camisón de seda blanco.
Traga saliva. Volteo justo cuando su mirada se aparta.
El hecho de que me observe tan expuesta como él lo está, hace que todo esté en equilibrio.
Le advertí que, de no tener cuidado, su arrogancia le haría pagar el precio.
Se aleja cuando comienzo a desabrochar las cuerdas de mi pantalón a la cintura para dejarlo caer.
Trata de no apartar la mirada cuando entiende que lo observo mientras me enfundo el camisón. Que sé que no puede darse la vuelta.
—No soy la primera mujer desnuda que ves, ¿no es cierto? —la comisura de mis labios sube imposible de contener.
—No deseo perturbar tu intimidad —consigue decir Azohr de espaldas.
—¿Te abrumas, teniente? ¿Me darás la espalda durante toda la noche? —la sonrisa se vuelve más amplia aún.
—¿Por qué me sorprendería lo que veo? No te mentí cuando dije que vi a otras mujeres sin ropa —me dedica una mirada sobre el hombro.
—¿Entonces qué te aleja? —elevo la barbilla.
—Tú eres la única a la que yo he deseado. A la que deseo —afirma y la forma en la que retine cada parte de mi cuerpo hace tiritar a mi estómago—. Y la única a la que no puedo tocar.
Mientras recojo la ropa para colocarla con cuidado sobre la silla, Azohr me permite recuperar su mirada.
Puede que no deje de vibrar como si estuviera viendo una aparición, pero lucha contra eso para no dejar de observar cómo suelto las trenzas.
Como yo me esfuerzo en disimular mientras me atuso el pelo.
—Dormiré sobre las sábanas —Azohr señala la cama mientras la abro.
—Tendrás frío —elevo la mirada a su revelación—. Las noches aún cuentan con bajas temperaturas.
—No siento nada de frío en este momento —se tumba sobre ellas. Apoya la cabeza sobre su mano.
Aunque aparentemente parece que estoy tranquila y disfruto de este momento, trato de pensar cómo puedo acceder a esos malditos archivos.
Podría pedirle ayuda a Azohr y utilizar su magia de alguna manera para conseguirlo.
Mi razón me dice que los brujos sanadores no pueden hacer ciertas cosas, pero él parece tener poderes que yo no comprendo.
Sin embargo, primero debo acercarme algo más a Aranel y ganarme su confianza.