Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 11. La noche secreta. #5
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11. La noche secreta. #5

—La princesa Aranel nos advirtió de vuestra presencia —asiente.

—¿Entonces cuál es el motivo de este revuelo? —recupero la postura de princesa confiada—. ¿Sucedió algo en palacio?

—Solo se trata de una ronda de vigilancia —comenta un guardia tras él. Desvía la mirada hacia los lados.

—Sonaron ruidos en la parte superior de la ciudadela, pero no encontramos nada sospechoso —desvela otro guardia—. ¿Visteis algo que llamase vuestra atención aquí?

—Disculpad mi torpeza —estiro una sonrisa que vibra por la inquietud de su pregunta—. Tal vez fui yo.

—¿Vos? —pregunta con desconcierto.

—La princesa Aranel dijo que tenía libertad para explorar los archivos incluso en las horas de la noche —mi frente se arruga con inocencia.

—Aun así, será mejor que regreséis a vuestro cuarto —me ordena el guardia que preside la comitiva hundiendo su mirada sobre la mía—. Debemos asegurarnos de que ese ruido no era sospechoso.

—Bien —asiento. Mi semblante se vuelve serio.

Me dedican una reverencia mientras trato de no mirar el lugar donde el teniente encontró cobijo antes.

Escucho como los soldados golpean las lanzas cuando me adentro en el pasillo que lleva al cuarto.

Mi mano viaja hacia la empuñadura de la daga al ver que el sonido se detiene, batallo por no voltear a comprobar a qué se debe el mutismo cuando llego a la puerta.

De reojo, contemplo las armaduras brillantes bajo las antorchas en espera de que empuje la hoja y desaparezca.

No cuento con reloj, no sé cuánto tiempo ha pasado desde que no percibo ningún tipo de sonido del exterior.

Tomo aire intentando detener esta caminata inútil de la cama a la puerta.

Mis pensamientos vuelven a llenarse de miedo.

La luz de las velas y las lámparas de aceite del cuarto me recuerdan que yo me encuentro a salvo, más ojalá fueran por mí los temores.

Al menos, podría calmarlos. La angustia me hace apoyar los pies en el suelo con firmeza para dirigirme hacia el pomo sin pensar en nada más que en salir a pesar de que él me haya pedido que me mantenga aquí.

Estiro el brazo cuando un sigiloso sonido que se repite cuando no obtiene respuesta golpea la puerta.

Dudo de mis habilidades de inmortal antes de abrir.

Separo la hoja temiendo que el golpe vuelva.

Azohr aparece imponente sin apartar la mirada de la galería, pero con esa sonrisa de medio lado que a veces pienso que fuerza para disimular sus nervios.

Sus pupilas brillan apresuradas al señalar el interior bajo un movimiento sugerente de cejas.

Me aparto rápido para darle paso. Curioso recorre los rincones de la estancia apenas cierro la puerta y no se detiene en ninguno, aunque tampoco hay demasiados detalles en los que perderse.

—No esperaba tener gustos tan parecidos con los elfos —la comisura del teniente baja conforme con lo que hay en el cuarto.

Dirige la mirada hacia el escritorio, a la bolsa que antes dispuse de mala gana sobre él. Se acerca con la mano dentro de un lado de su armadura. Veo como saca una bolsa de terciopelo escarlata que lanza contra la superficie de madera sin darle mayor importancia.

—¿Qué opinas tú, princesa? —Azohr ladea la cabeza de forma ligera. Sus pasos le acercan a la puerta, de donde aún no me moví—. ¿Te gustaría hacerle algo a este lugar?

—¿Algo? —mi ceño se frunce más por su tranquilidad, que por su pregunta—. ¿Qué podríamos hacer aquí?

—Cumple la función de lugar seguro, tiene guardias vigilando —sonríe. Sus cejas se elevan por un segundo —. Pero este lugar no es nuestro. Podríamos hacerlo nuestro.

—¿Cómo? —contemplo sus movimientos no sé si deleitada o enfadada.

—Nunc elementum iatus —pronuncia el teniente con el brazo desplegado.

Apunta al mueble que cumple la función de mesita.

De ella brotan velos verdes y finos que reptan por el aire y se retuercen antes de llegar a la madera para cubrirla por completo.

Ya no la puedo ver. La bruma de la magia comienza a desaparecer cuando el teniente deja caer el brazo.

Bajo ella, deja una pequeña pintura que cae sobre la superficie.

—Ahora este lugar es muy mío —Azohr asiente sin apartar la vista de la mesita.

Le dedico una mirada desorientada antes de ir en busca de lo que capta su atención.

—Han muerto, pero… —el teniente calla hasta estar seguro—. Incluso así, tengo a las personas más importantes para mí aquí. Juntas.

—¿Cómo has…? —sostengo la pintura entre mis manos sin pestañear.

—Me deleita tu espíritu dudoso —se deja caer en el borde de la cama.

—No puedo negarte que soy desconfiada —dirijo una mirada a la puerta. A él.

—¿Por qué desconfías de mí? —apoya las manos tras soltar un soplido de alivio cuando estira el cuello.

—¿Cómo has conseguido llegar sin que esos guardias te capturen? —doy un par de pasos hacia él con la expresión bañada en desconcierto.

—Tú has conseguido hacerlo —estira los labios en una mueca de poca importancia.

—No soy tan ingenua como esperas —mis labios se sellan. Mi postura se tensa—. Había diez guardias fuera y tú te ocultabas tras una armadura de tu tamaño.

—Trato de no parecer presuntuoso, princesa —el teniente se inclina sonriente tras apoyar los brazos sobre sus rodillas.

—¿Esa es la verdad que debo creer? —mi expresión se endurece—. ¿O la que tratas de ocultar?

Sus ojos pierden esa chispa alegre que traían hasta llenarse de seriedad antes de tomar impulso. Su postura se relaja según su pecho se llena de aire. Se acerca. Aunque presiento que tiene dudas por el temblor de sus pasos.

—¿Qué crees que he hecho fuera? —el teniente hace danzar sus pupilas sobre las mías.

—Tu magia… —trato de sostener su mirada.

—¿Mi magia…? —veo como traga saliva.

—¿La usaste fuera? —me atrevo a preguntar por fin.

—Sí —afirma y calla.

—Solo quería saber… —mis cejas se unen algo aturdida—. ¿Te vieron?

—Solo confía en que no debes preocuparte, Eladriel —Azohr utiliza su dedo para alzar despacio mi barbilla—. Quiero saber que deseas traer tú a este cuarto para hacerlo nuestro.

Lo miro. Lo hago como otras veces y ahora no parece estar tan seguro de lo que afirma. Mis ojos me piden que me olvide del resto. Lugh chilla en mi mente ahora para recordarme con sus palabras que el teniente tiene razón. Que sólo debo confiar en lo que siento incluso si no sé qué siento.

Aprovechando su cercanía y lo que insiste en querer saber, deslizo la mirada por cada matiz de su rostro.

Tiene las mismas imperfecciones y líneas de vida que el mío a pesar de mi inmortalidad.

De su mortalidad. Sonrío al ver como él lo hace solo porque lo observo.

Nunca antes sentí cosquilleo alguno por unos labios, tampoco había ansiado una revolución contra todo lo que conocía de mí misma. Del mundo en el que vivo.

—Nada más que tú será necesario —manifiesto al haber encontrado la respuesta—. Tú eres la decisión más real que he tomado. La única decisión, en realidad.

—¿Este encuentro? —Azohr entreabre sus ojos. Enciende ese brillo que no puedo dejar de mirar.

—Aceptar que no eres un deseo me hizo entender que había otros deseos que podían ser reales —confieso algo avergonzada—. La primera vez que te vi en Brenshire fue la primera vez que traicioné a mi padre.

—Mírate ahora —su voz se vuelve irónica, aunque también trémula—. Nada indecisa y en un cuarto a solas con una de las criaturas que él odia.

—A punto de compartir cama con él —sin quererlo, mi sonrisa corta su respiración.

Admito que si se atreve a tocar mi mano, descubrirá que no solo él tiembla.

—Seguro que sería desgarrador para mi padre encontrarme así —aprieto los labios para callar el dolor.

—¿Nunca te ordenó dormir con el entrenador? —carraspea Azohr—. Tu dijiste…

—No. No así —niego y poso la mano sobre su antebrazo—. Nunca así.

—¿Y tus padres? Debiste ser niña antes que princesa —sus labios se curvan con interés.

—Mis padres… —lo rodeo para hacia la cama—. Estaría bien que alguna vez se hubieran comportado como algo más que reyes.

—¿No fue así? —toma asiento en el borde de la cama. A mi lado.

—Creo que el reino siempre fue lo que más le preocupó. Su prioridad —la tristeza se desliza por mi alma como un susurro—. Quizás, la importancia que ambos le dan a sus deberes es la causa de que tardaran tantos milenios en tener hijos.

—Puedo ver la ambición del rey, pero la reina se ve como una madre protectora —apoya su mano en la pierna para observarme de medio lado.

—Es posible que lo sea —aprieto los labios por el recuerdo punzante de los pocos momentos felices—. Quiero pensar que a su manera me protegía. Siempre tuve la teoría de que interviene para impedir los castigos, pero Twig nunca quiso confirmarla.

—Hablas mucho de Twig. Siempre Twig —admite el teniente curioso.

—Él es lo más parecido a un padre para mí —sonrío ante el recuerdo de su presencia en mi cuarto, en mi vida—. Es un lacayo de mi padre, pero yo siempre lo vi con su corona.

Veo en vagos recuerdos a la reina sentada en el sofá del salón tomando una taza de té de semillas en mi compañía.

Hasta que llega la soledad. La imagen se transforma en un rastro de recuerdos tristes donde apilaba libros una y otra vez en su espera con una taza que ya no humeaba. Ya no me contaba las historias.

Ella no solo dejó de ir al salón. Sus apariciones fueron cada vez más pobres y ya nunca abandonaba el palacio ni acudía a sus tareas diarios con criados y lacayos.

Se encerró en la torre del homenaje con la única compañía de Elm.

Sola. Él debe permanecer alejado la mayor parte del tiempo debido a sus tareas o a las órdenes de mi padre.

—¿Entonces él fue quien se encargó de cuidar de ti? —pregunta Azohr.

—Me cuidó en todos los sentidos en los que mis padres debieron haberlo hecho —asiento con orgullo. Con una sonrisa que no puedo evitar dibujar al pensar en él—. Incluso se encomendó a la tarea de protegerme de mis pesadillas.

—Y el rey… —una arruga toma su entrecejo por un instante—. ¿No se sentía molesto por ese comportamiento?

—Él siempre dijo que llorar es de inseguros y exánimes —suspiro—. Pero Twig… —mis comisuras se amplían—. Después de quedarme llorando en la puerta de los aposentos del rey, él llegaba y me alzaba con una dulce sonrisa.

Alzo la frente con ojos bañados en nostalgia.