11. La noche secreta. #4
La ciudadela cerrará en menos de quince minutos y había quedado en reunirme con Azohr en la entrada cuando los guardias se marchasen.
Aranel no deja de hablar y de beber vino.
Muevo la pierna deprisa. Fuerzo la sonrisa para que no se dé cuenta de que quiero retirarme.
No sé si es peor que sospeche, o que Azohr se presente aquí a pedir explicaciones de mi paradero.
O peor. Que vea mi ausencia como una traición.
—Princesa —me cubro la boca mientras finjo un bostezo con más facilidad de la esperada—. Debería de retirarme. Llevo días sin descansar y me gustaría aprovechar la paz que me otorga este sitio para poder hacerlo.
La princesa asiente sin perder la sonrisa. Coge la botella y sirve las últimas copas. La sacude para que caiga hasta la última gota antes de dejarla sobre la mesa.
—Por esta nueva amistad —acerca la copa hacia el frente. Me mira a los ojos mientras la levanta para que brinde con ella—. Estoy segura de que nos traerá muchos beneficios.
—Por los beneficios —sonrío. Levanto la copa.
Brindamos mientras nos miramos de forma cómplice.
Sin duda, nuestra amistad no solo va a ser algo bueno para ambas, también para el resto del reino.
Es el pretexto perfecto para acceder a esos archivos secretos.
Bebo la copa tan rápido, que antes de que ella pueda llevársela a la boca ya la he dejado sobre la mesa.
—Joralf —Aranel apoya las manos en la mesa para levantarse—. Ordena que mañana el desayuno se sirva en el cuarto de la princesa Eladriel —me lanza una sonrisa leve.
—¿La princesa necesita algo más de este servidor? —Joralf le dedica una reverencia.
—Me gustaría que durante el desayuno nadie esté en el ala —se acerca lentamente a él con la cabeza en alto—. Vigila desde la entrada del pasillo si es necesario. Si alguien, incluso mi padre, quiere comunicarse conmigo o la princesa Eladriel, deberé ser avisada previamente.
—Princesa —se inclina hacia delante aceptando la orden—. Si necesitáis algo más… —se coloca tras ella.
—Por ahora, eso es todo Joralf. No es necesario que te diga qué debes callar y qué no —Aranel me mira por encima del hombro—. Eladriel, que la noche esté de vuestra parte.
Termina su copa antes de retirarnos a nuestros respectivos cuartos. Joralf se detiene en la entrada del pasillo hasta convencerse de que he regresado a mis aposentos sana y salva. Como si pudiera ser de otra forma teniendo en cuenta que solo he tenido que recorrer un pasillo para volver.
Aranel ha comentado que puedo salir a buscar información de noche, pero volver al cuarto es lo que más me preocupa.
No todas las noches un brujo de más de metro setenta pasea por la ciudadela secreta.
No creo que sea fácil esconderlo. Tras haber escuchado el silencio por más de diez minutos saco la daga de la bolsa que Twig me dio, y la empuño con decisión.
Abro la puerta lento por evitar el chirrido de los metales que sujetan las hojas.
Mi mano se vuelve cóncava para dar lugar a la luz de mi don, de ella emerge una pequeña llama que alumbra apenas un paso.
Miro atrás por Joralf, por la princesa. Subo las empedradas escaleras casi en puntillas hasta llegar a la sala de la ciudadela exterior.
La luz nocturna que entra por las ventanas me permite ver lo suficiente como para dejar de proyectar la llama.
Atravieso los archivos y llego al acceso principal.
Me oculto detrás de una de las columnas que soportan los arcos con la espalda pegada a ella en espera de una señal que indique que debo salir.
Contengo la respiración. Mis ojos se cierran para controlarse en perder cualquier miedo que me impida respirar.
Adhiero las manos al mármol de los pilares para aferrarme a este lugar y no volver sobre mis pasos.
Hasta que el sonido de la puerta abriéndose me hace despegar los párpados a prisa.
Me aclaro la garganta para clamarle a mi estómago que no se dé la vuelta.
Que no es el momento para revolverse. Tras un leve forcejeo con la hoja, una pierna atraviesa la puerta seguida del resto del cuerpo.
No he conseguido distinguir bien quién es debido a que la luz lo convierte en silueta, pero avanza con firmeza.
Vuelvo a pegar la espalda a la columna, busco la daga oculta bajo el corpiño.
Me humedezco los labios al tomar aire de forma profunda.
Me decido salir de la columna reuniendo todo el valor que tengo para correr hacia el centro de la entrada.
—La princesa de Ravenbell os exige vuestro nombre —de un movimiento rápido me coloco frente a la silueta con la punta de la daga al frente.
—El teniente de magia verde, Azohr Bradosck —su voz me envuelve.
La puerta se cierra y la oscuridad se cierne sobre nosotros. De mi mano brota una pequeña llama de luz.
—¿Te costó mucho acceder? —sonrío con la punta de la daga cerca del lado izquierdo de su pecho.
—No esperaba encontrar un arma apuntándome nada más entrar —sus pupilas descienden hasta el metal—. Lo habría pensado mejor de saberlo.
—¿Cómo podría saber que eras tú y no un guardia elfo? —aprieto los labios para no reír—. No te preocupes, no creo que pudiera hacerte daño.
—¿Por qué? —ríe él.
—¿Qué podría hacer yo contra un teniente, con una simple daga? —aprieto los labios—. Las princesas no recibimos esa formación.
—Será mejor que no le digas eso a tus objetivos —me aconseja con cierta burla en su tono de voz.
—Necesito que camines tan cerca de mí como sea posible. Que no te quedes atrás —envaino la daga en un movimiento rápido y eficaz.
—Tranquila, princesa —da un paso hacia delante y aparta el aire que nos distanciaba—. Quizás sea demasiado cerca.
Alzo la vista para contemplar sus ojos llenos de fiereza.
—Mucho menos de lo que podría complacerme —dibujo media sonrisa.
Esta es la primera vez que siento algo distinto a deseo cuando estoy tan cerca suya. Los nervios no se han ido, pero conviven en armonía con la calma.
Los dos avanzamos por los archivos. Atravieso cada uno de ellos haciendo el mismo recorrido que me enseñó Aranel mientras me aseguro de que el teniente sigue cerca.
Llegamos a la sala del fondo con marcos altos.
Encojo ligeramente la mano para reducir la intensidad de la llama hasta casi quedar en la penumbra cuando accedemos.
Cierro con el máximo cuidado tras comprobar que no hay guardias rondando.
Busco su mano. Aprieta con ligereza cuando la encuentro y eso me reconforta de mil modos y artes.
Apago la llama al situarnos frente a la estantería.
Tiro de la cuerda de la cortina para dejar al descubierto la puerta secreta.
Los ojos de Azohr brillan con más intensidad que nunca cuando el secreto se muestra ante nosotros.
No emite sonido alguno al ver la llave que saco de debajo del corpiño.
Antes de abrir, ambos nos aseguramos de la intimidad recorriendo rápidamente el espacio con la mirada.
Tomo un poco del fuego de la antorcha para llevarlo entre los dedos y poder abordar así las escaleras.
Su cuerpo se aproxima tanto al mío, que puedo sentir como los latidos golpean su pecho en el último escalón.
Coloca cuidadoso la mano sobre mi cintura mientras se inclina para hablarme en un susurro.
Ignora por completo el círculo de armaduras y la espada de magnificas dimensiones frente a sus ojos que con el que yo me quedé absorta.
—Dime que sabes cuál de estos pasillos lleva a tu cuarto —la voz susurrante del teniente me acaricia tan despacio…
—Sí, pero necesito que guardes silencio —y debo esforzarme en que no se note que me afecta—. O no servirá de nada.
Entrelaza sus dedos con los míos cuando no alejamos de la escalera.
Apenas me he aventurado a indicarle el camino cuando escuchamos el ruido de lanzas que golpean el suelo a cada dos pasos.
Mis párpados se estiran. Él me mira pidiendo silencio.
Podrían ser los guardias de la princesa en una de las vigilancias que mencionó, pero el sonido es difuso, no tengo claro hacia donde se dirigen.
Miro el espacio amplio y desnudo en busca de un hueco que sirva de escondite mientras mi pecho me pide que respire con más fuerza. Golpes más nítidos quieren atraparnos.
Siento un zarandeo en el extremo del brazo cuando Azohr tira de mí hacia el espacio entre un muro y una de las armaduras.
Lo observo a él. Escucho el ruido cada vez más cercano.
Mis pensamientos me paralizan. Sujeto su mano con tanta fuerza según se acerca para hablarme, que podría hacerla mía para siempre.
—Ve a tu cuarto y espérame ahí —me ordena Azohr. Lanza una mirada rápida a las escaleras.
—No voy a dejarte solo con los guardias… —ahogo el resto de la frase para tomar aliento—. Ni siquiera sabes dónde encontrarme.
—Te prometo que iré —su voz se eleva a pesar de intentar mantener el tono bajo.
—¿Crees que me puedes dar órdenes? —suelto su mano despacio—. No voy a comportarme como las princesas que conoces. Nunca.
—Las princesas que conozco utilizan el sentido común —se inclina solo para hundirme las pupilas con reproche.
—¿Qué clase de sentido común es ese que abandona a quién más deseas proteger? —le reclamo con el cuello estirado por la tensión.
—Que vayas impedirá que nos encuentren juntos —sujeta mi cara a pocos pasos de la llegada de los guardias—. Yo confié en ti para entrar aquí, ahora tú debes confiar en mí.
Trago saliva cuando asiento antes de que pueda darme cuenta.
Tras retener la imagen de sus ojos, me aparto a pesar de que es lo único que no quiero hacer en este momento.
Me alejo de su lado solo para que no puedan sospechar justo cuando los guardias salen de las escaleras con sus lanzas firmes.
Analizo con desconfianza los pasos que los traen hasta mí, la forma en que parecen buscar entre las armaduras y detrás de la espada que decora el centro.
Carraspeo para llamar la atención de los soldados en un intento desesperado porque no encuentren nada que les haga desconfiar.
—¿Debería ser yo quien desee las buenas noches a la guardia real? —arrugo el entrecejo. Mi mirada se vuelve altiva—. No os habéis atrevido a mencionar palabra.
Los soldados elfos golpean el suelo una última vez antes de dedicarme una reverencia.
—Princesa Eladriel —anuncia el guardia que preside la fila.
—¿Sabéis quién soy? —trato de escudriñar los detalles bajo los yelmos de cada uno.