Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 11. La noche secreta. #3
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11. La noche secreta. #3

Al menos, nunca antes la había visto tocar con tanto cariño un trozo de papel.

Ni siquiera los pergaminos recién hechos.

Nunca vi en ella otro interés que una pluma.

Solo conozco su inclinación por practicar caligrafía o charlar con el sabio Aelarion sobre leyes y órdenes de su padre.

Pero quizás haya cambiado como yo cambié.

—No quiero hablar de forma apresurada, pero diría que sus intenciones están orientadas a encontrarse contigo —muevo la lengua sin darles demasiadas vueltas al asunto.

—Si quieres que me atreva a ser sincera, te confieso que eso es lo que deseo desde hace días —Aranel baja la mirada.

Creo que sonríe, pero el suspiro profundo me despista.

—A él le interesas, puedo verlo —me aclaro la garganta—. ¿Qué esperas tú?

—Que quiebre la norma conmigo —confiesa la princesa.

Su pupilas me contemplan libres de condena y pena, más sus labios expresan su temor cuando sonríe temblequeante.

Como me sucedió con Lugh, el dilema en el que se encuentra la princesa es un elixir ácido que acaricia una garganta herida.

Salvo porque ella parece muy segura de que eso es lo que desea.

Sus intenciones son, cuánto menos, precisas.

Cómo no podría alegrarme de que sus sentimientos sean correspondidos…

—De vuelta, las dos conocemos las consecuencias de eso —le digo más por moralidad, que por convicción propia.

—Si yo no fuera la princesa de los elfos, probablemente huiría con él —admite Aranel con intenciones de desviar la mirada.

La comprendo, esa vergüenza…

—¿Qué cambia que seas la princesa? —contengo el aliento para ver si su respuesta puede aclarar mis propios pensamientos.

—Aun no lo sé —Aranel resopla con cierta resignación—. Siempre he sabido que debo sumisión a la corona. A mi pueblo.

—¿Y Aranel? —mis pensamientos me forman un nudo en la garganta—. ¿Dónde queda tu voz si no te decides?

—Murió aburrida de la exigencia y el debate —Aranel sacude la garganta. Algo en sus ojos se transforma en tristeza.

—Apenas conoces a Lugh —intento aferrarme a la propia esperanza de mi alma con el teniente para consolarla a ella—. Pero si lo conoces…

—Llevo días pensando qué me desconcierta de él —declara la princesa entre sonrisas de pena—. Esperaba que se encontrase en la misma situación que yo, y creo que he llegado a la conclusión de que lo conozco mejor de lo que esperaba.

Una punzada de desdicha me recorre rodo el cuerpo al reconocerme en sus palabras.

Yo no soy solo la princesa de un reino. No deseo ser una voz más que se queda perdida bajo las sombras de reyes que desean hacer vasallos a mis pensamientos.

No estoy dispuesta a permitir que sus coronas aten mis acciones porque siempre supe que las órdenes de gobernantes no son mi destino.

—Podrías luchar —musito.

—No sé si podría vivir de otra forma diferente a esta —la princesa se deja caer en el borde de la cama—. No estoy segura de que supiese cómo hacerlo.

—Deja que Lugh te enseñe cómo sus ojos ven la vida —elevo una sonrisa despacio, pero con seguridad—. Puede que después no quieras verla de otra forma.

—¿Para qué? —sacude la cabeza en un gesto de negativa—. No quiero experimentar por un instante algo que podría añorar el resto de mi vida.

—Será mejor que extrañar lo que no has vivido, ¿no crees? —tomo asiento a su lado. Observo las betas grisáceas del escritorio mientras pienso—. Yo también temo ser feliz. Tampoco sé.

Aranel desliza la mano con suavidad sobre su pierna. Con lentitud, la posa sobre la mía hasta encontrar en ella el espacio que necesita para sentirse sostenida. Uso el silencio para abrigarla.

—Quizás mi vida no sea tan organizada como la tuya. Puede que hasta este momento no haya sido capaz de ver lo que voy a decir —dejo escapar una sonrisa tan amplia, que llama su atención—. Se acabó.

—¿Se acabó? —Aranel tuerce el gesto para observarme confundida.

—Todos siempre han esperado que me sacrifique. Mi voz, mis sueños, mi moral… —niego. Resoplo por el cansancio—. Todo a cambio de mantener sus aspiraciones —aprieto la mandíbula—. Ya no más, princesa.

—Ese es tu deber —me mira con una mota incrédula bailando al fondo de sus ojos.

—¿Por un maldito título? —me incorporo de un movimiento ágil—. ¿Por las órdenes de un rey?

La princesa desvía la mirada hacia distintos puntos de la estancia. Incluso a las betas que yo antes contemplaba curiosa. Mis ojos se entrecierran ante su silencio hasta que veo como sus comisuras se amplían.

—Quiero acercarme a Lugh —la princesa se pone en pie.

Creo que su afirmación era el paso más sencillo de conseguir.

El rey mantiene a su princesa vigilada de forma constante, que Lugh se pueda acercar a ella sin que esté expuesto será difícil.

No puedo confiar en las habilidades que tenga la princesa para manejar la daga, y las destrezas del anacardo con la luz…

—¿Cuánto tiempo puedes estar sin la compañía de Joralf? —me agacho para quedar a su altura.

—Joralf siempre debe acompañarme, pero se mantiene alejado si se lo ordeno —el semblante de Aranel cambia en un instante. Sus labios se estiran según su frente se alisa.

—¿Alejado? —arqueo las cejas cuando la idea comienza a tomar forma—. ¿De cuánta distancia estamos hablando?

—¿Princesa? —Aranel me lanza una mirada de incógnita.

—El claro del bosque. El cercano a las casas del oeste de la ciudadela —tomo sus manos para mirarla a los ojos—. ¿Crees que Joralf podría quedarse en la entrada de ese claro?

—Sí —asiente la princesa a prisa—. Siempre y cuando compruebe el claro antes que nosotros —arruga la frente.

—Eso es incluso mejor —una sonrisa alumbra mi rostro—. Te haré una visita oficial el viernes a las tres y media, y traeré a Lugh como acompañante.

Unos toques sutiles en la puerta acaban con la conversación.

Me incorporo de forma rápida al sobrecogerme, la princesa me responde con una pequeña arruga en el entrecejo.

Camina hacia la puerta con tranquilidad.

Como nunca pensé que alguien pudiese reaccionar ante la incertidumbre de quién se encuentra detrás de la hoja.

—Debe ser la hora de la cena —Aranel sujeta sus manos al frente—. Adelante.

Joralf aparece. Su postura sigue siendo igual de recta que antes a pesar de estar en privado. Para pasar tanto tiempo juntos, apenas parecen tener trato.

—Mi señora —asiente Joralf—. La cena está dispuesta en el comedor.

—Excelente —la princesa sonríe. Me lanza una mirada llena de felicidad por encima del hombro—. Podemos continuar con la charla durante el banquete.

Me acerco despacio. Sonrío a Joralf cuando sus pupilas siguen mis pasos al colocarme junto a la princesa. Me inclino ligeramente. Intento hablar entre dientes para evitar que el guardia nos escuche.

—¿No vas a preguntar por el guardia? —estiro la sonrisa sin apartar los ojos de Joralf.

—Le ordené reasignar a Ókar —la princesa apenas se esfuerza en bajar la voz.

—Pero el rey ordenó… —susurro. Remarco con ello el hecho de que hablar bajo es importante.

—Mis órdenes también tiene validez —no hay ninguna duda que haga balancear sus palabras.

La princesa guarda silencio y sonríe a Joralf cuando este se retira para darle paso.

Él me mira con aire de asombro al ver que permanezco dentro.

La insistencia con la que parece estar desconcertado me hace salir.

Piedras y paredes angostas en las que un enano podría sentirse igual de imponente que un fénix ocupa todo mi campo de visión.

Todos son los pasillos son idénticos. Con la misma luz crepitante y la sensación de opresión.

La sala del comedor sigue la línea del resto de la ciudadela real.

La decoración se limita a una mesa de tamaño apropiado de madera y apenas seis sillas del mismo material con cojines en color añil.

En la mesa nos espera un plato y una sola copa.

He de decir que me gusta este estilo de vida más sobrio.

Nada de tontas complicaciones ni protocolos estúpidos para llevarte un cacho de pollo a la boca.

Aquí puedes ver quiénes son tus invitados.

La cena sucede de forma tranquila. Por primera vez en mucho tiempo consigo comer más de dos trozos sin tener la necesidad de obligarme a ello.

Sobre todo, después de que una sensación de malestar haya ocupado mi estómago durante el día.

Comentamos la preocupación de Aelfraed por la soledad de la princesa tras el exilio de la reina Aerendyl.

O sus deberes sobre el palacio. Afortunadamente, desde que la reina elfa no se encuentra, el rey ha decidido ser más complaciente con Aranel.

Cuando menos, ha podido desahogar su pena detrás de una pluma en vez de las vistas de una ventana.

—Y, contadme, princesa Aranel —dirijo la mirada a Joralf mientras dejo la servilleta sobre la mesa—. ¿Qué restricciones sobre los archivos nos trae la noche?

—Ninguna —Aranel se limpia la boca con la servilleta de tela en un toque elegante—. Salvo los de Órinthar.

—Supongo que esos archivos estarán custodiados todo el tiempo —carraspeo. Bebo vino para aliviar la tensión en la garganta—. Por lo que habéis comentado, debe ser una información muy valiosa.

—Exacto —alza una ceja todavía sin dar fe de lo que ve—. Me extraña que no tengáis conocimientos sobre esto.

—No deberíais sorprendeos, habéis tenido la desgracia de conocer a mi padre —sonrío.

—¿Qué hay en esos archivos para tal interés? —Aranel sonríe, pero curiosa—. Según mencionas, no conocías su existencia, por ende desconoces lo que hay en el interior.

Mastico la comida con normalidad ante su pregunta porque de otro modo sé que ella podría sospechar. Dejo el tenedor sobre la mesa para limpiarme las comisuras.

—Solo un archivo que me recomendó la profesora de control —fuerzo una sonrisa nerviosa mirando a Joralf de reojo—. Como os dije antes, ella me habló de esos archivos.

—En ese caso, me encargaré de hacéroslo llegar —la princesa sonríe decidida mientras aparta levemente el plato hacia delante—. ¿Cómo se llama?

—¿Sería posible que yo misma lo buscase? —me inclina hacia delante para recobrar nuestra confianza—. Bueno… —balbuceo—. La profesora no me ha dicho como se llama.

—Solo el rey puede acceder, pero si averiguáis como se llama os prometo que no habrá problema —posa su mano sobre mi antebrazo sonriente—. Yo también quiero ayudaros.