11. La noche secreta. #2
Acaricio con el pulgar la empuñadura de la daga por un segundo antes de asegurarme que sus manos están vacías.
Registra los alrededores para comprobar que nadie nos sigue y suaviza su mirada cuando está lo bastante cerca para poder suavizar el rostro.
—Yo quiero ayudarte —musita la princesa cerca de mi oído con el último atisbo de formalidad entre nosotras—, pero no lo estás poniendo nada fácil, princesa.
—Necesito esa información, no puedo perder el tiempo —convierto mi voz en un hilo fino cercano a su cuello.
—No sé qué hay en esos archivos ni puedo acceder a ellos —reinicia la marcha tras alejarse sin previo aviso—. No puedo ayudarte con eso.
—¿Y de qué manera quieres ayudarme? —mis ojos se abren confundidos. Mis manos golpean las piernas resignadas.
—Te conseguí un cuarto en este lugar —afirma con sarcasmo mientras agita el brazo.
—Aranel —mis cejas se elevan bajo un gesto retador—. Tú y yo sabemos que esa decisión no solo es para beneficiarme a mí, ¿no es cierto?
Su espalda se mantiene recta, inmóvil en mitad del pasillo de archivos de los elfos. Apenas se gira. Su mirada al frente, cada vez más baja, muestra como esa seguridad que profesa se tambalea.
—¿A qué te refieres? —la voz de Aranel la abandona al fin, aunque sea de forma entrecortada.
—Las dos sabemos cómo funciona esto —dejo escapar una sonrisa abierta.
Me atrevo a ser yo quién busca su cercanía.
—Pensaré la forma de ayudarte con esos archivo luego —la princesa titubea. Lo veo ahora que he llegado a su lado—. ¿No sientes curiosidad por conocer el lugar donde pasarás la noche?
—Admito que no puedo esperar a verme ahí dentro —estiro los labios mientras inflo el pecho—. Creo que es un lugar seguro para poder entregarte la nota que Lugh te ha enviado.
El rostro de Aranel se vuelve inocente. Sonríe. Aparta cualquier expresión de duda de hace unos instantes con solo escuchar su nombre. De forma fugaz consigo capturar el brillo de sus ojos según asiente para que continuemos con el paseo hasta ese lugar que desea mostrarme.
Dejamos atrás los archivos del reino de Rhysartyr, nos adentramos en el reino de las hadas.
Creo que es el más vasto. Supongo que es porque es el más extenso y antiguo de todos, hay más información que registrar.
Llegamos a Néferien. La información sobre sus conjuros se renueva cada año con los brotes del árbol de los susurros, también se hace un recuento de las criaturas que mueren para llevar un registro exacto de ellos.
El archivo del reino de Ohiris es corto, apenas una estantería.
Poca información podría haber de un reino lleno de naturaleza y con un solo templo para que las ninfas vivan.
Los de Bhulkahdur me agradan. Están al final de todo envueltos en un silencio embaucador y son concisos, suficientes para explicar cuáles son sus dones y qué pueden hacer con el hierro y el fuego.
Pasamos lejos de las salas apostadas al final de los estantes.
Algunas de ellas están destinadas a los escribas, otras son para los iluminadores de los textos.
Muchos para las criaturas que anhelan en saber.
En la pared cóncava que conforma el fondo de mi visión hay una puerta cuyo marco es bastante más amplio que cualquier otro.
Aranel abre con facilidad. Esperaba otra cosa totalmente diferente como acceso a la parte real de la ciudadela, dentro solo hay mesas, sillas y un juego de tresillo frente a una chimenea.
—Esta es la entrada a los cuartos reales —la princesa accede con cautela a la apenumbrada sala.
—¿Una sala con enseres en los que poder reposar? —separo los párpados con incredulidad.
—¿Acaso esperabas un acceso llamativo? —ríe de forma burlona.
Me señala al interior para que la siga. Al entrar, se dirige hacia una estantería alejada en una esquina de la pared del fondo. La última.
—Asegúrate de que la puerta esté cerrada por completo —apoya las manos en el filo de la balda superior.
Obedezco de inmediato. Empujo la hoja con fuerza hasta que nada de claridad entra por las rendijas.
Después de recibir mi aprobación pone rumbo a una ventana cercana, busca entre las cortinas y unas cuerdas hasta encontrar la que llama su atención.
Apenas nada la diferencia del resto. Tira de ella en un movimiento ágil y el estante de madera con aspecto pesado se eleva como si fuera una hoja de papel movida por el viento.
No hay pared al fondo. Solo una puerta de madera algo mohosa en sus filos que estaba oculta tras la ristra de libros.
—Me deja sin palabras y al mismo tiempo me llena de dudas —camino hacia ella observando con expectación lo ocurrido.
—¿Dudas? —Aranel busca bajo el fajín azul oscuro que envuelve su túnica.
—¿Qué sucede si alguna criatura que no debe tira de esa cuerda y se revela este secreto? —contengo el aliento al verme bajo esa estantería.
—No cualquiera tiene acceso a esta sala —asiente la princesa de forma sugerente.
Saca una pequeña llave que me muestra complacida.
Unas simples y estrechas escaleras empedradas y una antorcha engastada en la pared cuyas llamas alumbran los primeros pasos es lo que hay.
No sé cuánto más hallá de lo que puedo ver desciende.
El techo parece infinito, gracias a los dioses, al menos eso me hará sentir menos angustia aquí dentro.
—Guarda la calma —Aranel me sujeta el brazo—. Tu cuarto es más reconfortante que esto.
Observo los detalles sin salir del asombro.
Echo un vistazo rápido a mis espaldas para asegurarme de que la puerta no ha sido abierta antes de adentrarme.
La princesa toma la antorcha mientras. Sé que, como en Eryas, el palacio debe tener pasadizos, pero no imaginaba que dentro de la ciudadela también hubiese.
—¿Cuánta gente sabe que existe este lugar? —bajo los escalones al ritmo de la princesa para no alejarme de la luz.
—Solo la imprescindible —Aranel me dedica una mirada irónica—. No es necesario que te explique por qué está oculto.
Terminamos de bajar las escaleras. El estrecho pasillo que formaban los peldaños se amplía hasta formar un círculo frente a nosotros.
Una alfombra roja recorre el centro y sube por una base de mármol donde hay engastada una espada con un pergamino como guarda.
Es bastante más grande que un brujo. En el pomo, la cabeza de un lobo como muestra de la lealtad a la seguridad; palabras en elfario recorren la hoja.
En las dilatadas paredes entre los pasillos se encuentran armaduras.
A sus pies hay una placa que destaca sobre el resto del metal anunciando sus nombres.
Me acerco para poder leerlos. Me concentro en observar los detalles azulados que embellecen la plata de la armadura, la pluma del mismo color que ondea sigilosa sobre el yelmo.
Destacan por las abolladuras. O no sé si sea porque rinden homenaje a los dioses.
El olor que desprende me resulta familiar, como si fuera la tierra húmeda de la cueva de Ravenbell. Me recuerda a casa.
—¿Dónde llevan todos esos pasillos? —acaricio la espada en la mano de la armadura a Essoi.
—El primero lleva hacia el comedor, el segundo hacia los archivos secretos. El tercero hacia el ala donde se encuentra tu habitación y la del resto de príncipes que tienen una asignada —Aranel señala los respectivos pasillos que menciona como si leyese un papel.
—Comedor, archivos, cuartos… —trato de memorizar a prisa.
—El cuarto y quinto, son alas donde están los aposentos del rey y míos propios. El sexto para el santuario de los dioses —la princesa se coloca delante del último según toma aliento—. Por último, el séptimo es una salida hacia uno de los claros del bosque.
—No veo guardias por ningún lado —deslizo la mirada por el alrededor.
—Recorren el área con asiduidad, pero con la presencia de los guardias privados es suficiente —Aranel señala el pasillo que conduce hacia mi cuarto—. Por eso era importante la seguridad de Ókar.
O su ausencia.
—¿Y Joralf? —asiento. Camino en la dirección indicada—. Imagino que no se conformará con encerrarse en una habitación.
—Joralf hará lo que yo le ordene —confiesa la princesa con total normalidad.
Yo estoy acostumbrada a que Twig me rebata constantemente.
Nos internamos en el pasillo tres. Es en el que está mi cuarto, si mi memoria no me juega malas pasadas.
La decoración es más de lo mismo, piedras y alfombras que bañan paredes y suelo.
La segunda puerta a la derecha se abre para mostrar una habitación que a simple vista se torna pequeña, pero que está provista de una cama ancha en la que tres elfos podrían dormir.
Un cómodo escritorio de madera provenzal.
Una silla y un pequeño armario del mismo material decoran las paredes a la derecha.
Carece de ventanas por su ubicación, pero el ambiente no se siente tan húmedo y cargado como en el exterior.
—Bien —habla Aranel desde un lado del escritorio mientras me muestra una llave—. Nadie podrá entrar sin tu permiso, pero no te vendrá mal tenerla.
La posa con delicadeza sobre la mesa del escritorio.
—¿Podré salir a investigar en la noche? —recorro sus facciones con cuidado. La recojo por si se arrepiente—. ¿O tus guardias me obligarán a regresar?
—Solo si no sales de la ciudadela —sonríe la princesa.
—Tranquila —río. Suelto la bolsa con los enseres de un golpe en la tabla de madera—. No sabes cuánto me costó estar aquí hoy.
—Solo recordarte que mi cuarto está al otro lado del pasillo —sonríe con timidez—. Por si necesitas ayuda con algo.
Le devuelvo la sonrisa mientras echo mano al corpiño.
He vuelto a olvidar de nuevo en qué lugar la he colocado, y no encuentro puntas al tacto que desvelen su posición.
Hundo el dedo con más intención. Hasta que, en un intento por descubrir su paradero, cae al suelo frente a la atenta mirada de la princesa.
Me apresuro a recogerla. Estoy tan nerviosa como estaría Lugh, y ni siquiera sé lo que hay escrito.
—Lucía muy interesado en que la recibieras cuanto antes —desdoblo el brazo para ofrecérsela.
—¿Leíste el contenido? —la princesa la coge con cierta timidez, pero sin ser capaz de eliminar la sonrisa.
—No —niego de inmediato—. Jamás podría hacerle eso a Lugh.
—¿Qué crees que quiera decirme? —agacha la vista a la nota mientras la acaricia con cuidado.
Aguzo la mirada ante ese gesto, Aranel parece igual de interesada que él.