11. La noche secreta.
(Eladriel)
Joralf se mantiene tan tieso como su armadura le hace estar tras la princesa con la vista perdida al frente.
Aranel deja caer los brazos. Abandona su lugar para acercarse con gesto curioso y el ceño fruncido.
Inclina la cabeza a mi petición de hablar a solas a pesar de que no menciona ni una sola palabra.
Me incomoda esa forma en la que me observa.
—Guardias —enuncia Aranel con voz serena—. ¿Recordáis a la princesa Eladriel?
Ladea el cuello con párpados y comisuras estiradas. Su brazo se ha desdoblado elegante para señalarme.
—Es la princesa del reino de Ravenbell —Aranel asiente como gesto definitivo de aprobación—. Hija de nuestro señor de las hadas, el rey Eliot.
—La princesa favoreció a este lugar con su visita en días pasados —Joralf golpea la lanza para llamar su atención—. Inclinaos.
—Se ha convertido en una invitada especial de nuestra ciudadela, nuestro señor le ha concedido uno de los cuartos reales —la princesa sujeta sus manos a la altura del abdomen.
—Ókar es el guardia asignado para su protección —Joralf se coloca frente a un guardia cercano a la puerta de entrada.
—¿Protección? —arrugo la nariz. Doy un paso al frente.
—Esas fueron las condiciones que el rey Eliot exigió a mi padre para permitir vuestra visita —la princesa aprieta los labios—. Y él le dio su palabra.
—Pero en Ravenbell no me acompañan guardias. No necesito guardias —recorro a los que están tras ella. A Joralf y su función.
—No puedo contradecir las órdenes del rey, princesa —sentencia Aranel—. Incluso si es mi padre.
Mis pupilas recorren su figura pasma frente a mí cuando ya me he entregado a mis pensamientos.
Todo se acabó si esto sucede antes de que haya empezado.
Los dos estamos perdidos. Trago saliva con intenciones de hacer tiempo, solo se me ocurre utilizar el reloj de la torre de las misivas que Vémtix otorgó a los reinos para ocasiones de emergencia, pero…
Ni siquiera debo pensarlo. Utilizar el tiempo a mi favor siempre tiene un precio, podría alterar el flujo natural de los eventos del futuro.
Además, cómo podría desprenderme de ellos para volar a Vokmer y enviar la misiva al teniente...
No tengo excusas para retirarme sin que ninguno sospeche.
Hasta podrían mencionar el hecho a mi padre.
Si Azohr aparece no podré ayudarlo a entrar y darán con él.
Si trata de acceder sin mi ayuda no podrá dar más de dos pasos sin que lo condenen.
Sacudo la mente cuando la sensación de inquietud pretende dominarme la razón.
La mirada intrigada de la princesa por mi silencio tampoco me otorga margen.
No sé qué hacer. A partir de este instante, que todo salga bien o no será solo gracia del destino.
Lo único que puedo hacer es luchar por deshacer esa orden, o correr con el teniente cuando llegue.
—Me niego. No aceptaré la compañía innecesaria de guardias —me aclaro la garganta porque esa angustia se había llevado mi habla—. Nunca me agradó que me siguieran el paso.
—Vuestro padre nos dio una ligera advertencia sobre vuestro carácter, aunque no imaginaba que fuerais a sacarlo con tanta premura —Aranel eleva los labios de forma alegre.
Por sorpresa, me mira de una forma divertida.
—No es mi intención insubordinarme a vuestras órdenes, mi princesa, sino a las de mi padre —dejo caer el mentón de forma respetuosa—. Ese guardia es más útil fuera, que dentro.
—¿Acaso veis ineficiente la seguridad de Eigton? —Aranel contempla a los guardias tras ella—. ¿Por qué os preocupa?
—Tan solo me preocupa que la eficacia de sus puestos de vigilancia no se vea perturbada con minucias —me fuerzo a estirar una sonrisa—. Dentro de la ciudadela estaré protegida por los guardias que custodian su perímetro.
—Pero dentro no hay soldados que vigilen vuestras espaldas —una ceja de la princesa se arquea con advertencia.
—Cubro mis propias espaldas desde que tengo recuerdos —río, pero esta vez no es fingido—. Tengo en mis manos el poder de dar luz o muerte.
Contiene los labios entre los dientes como si quisiera detenerse a pensar.
O tal vez dude de los motivos que le di.
Calla, y sé que es para poder analizarme con mayor claridad.
Su ceño se alisa de forma paulatina justo cuando creía que caería redonda por retener la respiración.
Adelanta el pie derecho para colocar su postura de medio lado.
Sonríe. Mantiene el mentón algo elevado, parece que se ha quedado conforme con mis palabras.
—Sea como ha dicho —acepta la princesa al fin—. Joralf, te encargarás de avisar al rey Aelfraed de la nueva orden.
—¿Permitiréis que se mueva sin vigilancia? —pregunta el guardia.
—No parece querer romper las normas de Rhysartyr —Aranel sube un hombro despreocupada—. Le daremos un voto de confianza a la princesa.
—Pero, su alteza, el rey Eliot… —Joralf no luce tan satisfecho con mi explicación como la princesa.
—Su majestad no se encuentra aquí ahora —Aranel sujeta su túnica para retirarse hacia atrás y permitir su paso.
Parece tan delicada y dulce, que escucharla dar órdenes con tanta facilidad me resulta fascinante.
Su guardia, por el contrario, es una criatura bastante seria y nada diplomática.
Poco o nada le ha gustado el hecho de que me haya atrevido a tener mi libertad, pero no me sorprende.
Él está acostumbrado a caminar detrás de la princesa desde que ella se dio a conocer a este mundo, es su sombra hasta en la oscuridad.
Veo como esconde su desagrado bajo el casco plateado, Estoy segura de que se siente agarrotado por verse obligado a guardar silencio.
—Retírate a buscar al rey para informarle sobre los cambios —autoriza la princesa—. Reasigna a Ókar y reúnete conmigo antes de que la cena esté lista.
—Sí, su alteza —Joralf asiente. Su casco de hierro trabajado hace un ruido chirriante mientras tanto.
Dobla la rodilla derecha para estampar el pie metalizado contra el suelo.
Procede a bajar los escalones sin objeción.
Ladeo el cuello cuando siento las puertas abriéndose a un lado, los guardias se apresuraron al ver que la princesa se acerca decidida a no detener su paso.
Me apresuro a llegar a su costado. Aranel luce como un ser de pocas palabras y muchos actos.
Tras las sonoras reverencias por los guardias ornamentados, el silencio de los archivos y el olor a papel despliegan mis sentidos.
Apenas pude detenerme en estos detalles la última vez que vine, Drieden y su hijo amenazaban mis planes desde los estantes del fondo.
La luz incide con la intimidad propia del que necesita empaparse de la sabiduría y la paz que el olor a tinta fresca recién usada te ofrece.
Hasta el dorado de las decoraciones de lujo está expuesto con una intención diferente a la de mi palacio.
Aquí, la grandeza o la humildad no pesan en el juicio de las criaturas.
Las ostentosidades están guardadas en un lugar mucho más importante, la sesera.
Podría olvidarme de todo con bastante facilidad, pero lo cierto es que cada lugar al que miro que recuerda qué debo hacer.
Ahora que Joralf nos ha dado un respiro que intuyo será corto, debería sacar el tema sobre los archivos que mencionó la profesora.
No puedo despreciar esta ocasión para entregarle la misiva de Lugh incluso si hay algo en mí que me dice que no lo haga.
Compartimos cenas y eventos, pero no la profundidad necesaria para conocer a quien se tiene delante, no sé qué hará con la carta.
Qué podría ocurrir si lo que hay escrito le ofende, o su propia moral la lleva a actuar en contra de mi pequeña lombriz.
Cierro los ojos cuando ella está en la distancia para convencerme. Aun con esas ideas rondando por mi mente no puedo traicionarlo, prometí que lo haría.
—Princesa —avanzo entre archivos para alcanzarla—. No deseo caer en la descortesía, pero insisto en que hay algo de lo que deseo hablar con vos.
—Adelante —proclama la princesa sin detener el paso—. Estaba esperando a que abrieseis la boca de una vez.
—Deseo saber qué hay oculto en los archivos secretos de la ciudadela —mis labios se unen en una espera suplicante.
La princesa detiene sus pasos. Voltea apresurada con media sonrisa elevada bañando su rostro.
—¿Para qué? —Aranel inclina la frente hacia delante con aire de curiosidad.
—¿Por qué no debería? —me encojo de hombros para que no determine cuánto me sorprende—. Ya conozco su existencia, ¿qué otra cosa podría descubrir que me asombrara más?
—Solo son archivos confidenciales de los creadores —Aranel despliega el brazo y coloca un par de libros antes de reanudar la marcha—. Aphaea escogió un lugar en la ciudadela que recogiese la información de los dioses de Órianth.
—No encuentro extraño que la creadora de los elfos eligiera este lugar para ello, pero… —resoplo.
Doy una zancada para poder tomar su brazo.
—Deteneos, por favor —tiro de ella para que no continúe.
—Princesa Eladriel —Aranel baja la mirada hacia su brazo. Suspira.
—¿Qué clase de detalles se velan ahí dentro, que deben permanecer ocultos? —le ordeno a mi voz que salga contenida, casi susurrante.
—Por favor —ríe la princesa—. ¿Qué estás pensando? —sacude el brazo para que no detenga sus pasos—. Algunos de ellos pueden ser sacados con el permiso de las ninfas de Ohiris.
—¿Entonces debo visitarlas a ellas para poder leerlos? —mis ojos se sacuden entre sus pies al ver que se aleja.
—Así es, pero si me permitís un consejo… —Aranel muestra la palma de la mano—, Tratad de ser discreta, no les gusta demasiado que indaguen en los asuntos de los dioses.
—¿Por qué? —pregunto incapaz de sentirme satisfecha—. Es decir, ¿no es ese el fin de este lugar? Los elfos fuisteis creados como el pilar de la sabiduría.
—No sois ingenua. Vos conocéis tan bien como yo el modo en el que funciona el poder —la princesa niega—. Mi padre. El tuyo. Ellos solo entienden lo que los dioses creen que es necesario entender.
—Y sin embargo, vos parecéis saber más de lo que afirmáis —tenso la espalda antes de fijar los pies al suelo.
Aranel continúa caminando a pesar de que estoy lejos de ella.
En el instante en el que siente mi ausencia, gira.
Deja caer los brazos y su rostro se llena de una expresión que está fuera del protocolo.
Rompe la distancia conmigo de forma abrupta, repentina.