10. El claro del bosque. #8
Me detengo en las diferencias tan obvias entre fronteras. De la tierra árida del desierto, pasa al verde vivo del reino selvático solo con mover los ojos. Da la impresión de que no hay sombras que acechen la vida.
—Sería fácil huir aquí, ¿no crees? —declaro mientras la figura de mi padre sigue rondando por mi mente—. Me gusta más que el lugar del cuál vengo; aquí no tendría que sobrevivir, solo soñar.
—A mí me gusta Órianth. Y estoy seguro de que Ravenbell también me gustaría —entrelaza sus dedos con los míos en un cálido gesto—. Cualquier lugar en el que estés tú sería el más hermoso del mundo.
Lentamente, desciendo la mirada para detenerme en los detalles de nuestras manos unidas. Sonrío. De reojo capto el reino de Avka, las palabras del teniente sobre las normas. Esto no parece ser real.
—Volvamos —Azohr aleja sus manos para tomar las riendas—. Debo volar a Brenshire.
—¿Brenshire? —volteo como si el tiempo ardiera.
—Cuando vine al claro no tenía idea de que pasaría la noche fuera —agita las cuerdas a la derecha—. Debo encontrar quién se encargue de cubrir mi guardia.
Hai obedece su indicación aleteando. Avka desparece.
Sus alas se mecen con cuidado para tomar velocidad, y, tras un chillido, comienza a descender.
Las deja completamente estiradas mientras atravesamos las nubes.
Mi estómago se cierra al ver como el suelo gris y afilado de los picos de la montaña de Bhulkahdur asoma a pocos pies.
El fénix gira con el abdomen a ras de las grietas.
Me abalanzo sobre sus plumas para sujetarme a ellas, me abrazo a su cuello con miedo cuando estamos en perpendicular al suelo.
Los suelos verdes, extensos y bien cuidado del reino de Rhysartyr deben aportarle tranquilidad a Hai, al entrar en sus dominios ha reducido la velocidad de forma considerable.
Aunque, esta vez, no cerré los ojos ni una sola vez por mucho miedo que tuviera.
Y si me preguntan, omitiré que me abracé al fénix.
Cuando las garras del animal tocan la hierba del claro despliego las alas.
—Te esperaré a las once tras las puertas principales de la ciudadela —trazo una sonrisa firme—. Recuerda que a esa hora es el cambio de guardia, trata de mejorar tu concepto de puntualidad si quieres que todo salga bien.
—Todavía hay algo que no te dije —me recuerda con la comisura izquierda de sus labios elevada—. Esa segunda cosa.
Arrugo ligeramente el ceño, pero asiento.
—He descubierto que Hai tenía razón, tú eres la inteligente —Azohr me deleita con una mirada profunda—. Tanto, que muchos hombres anhelarían tu visión e ingenio en una batalla.
Desde lo alto del aire y mientras me sostengo en el vuelo, sus palabras se convierten en la unión de las melodías más hermosas que jamás escuché.
Sonrío tanto, que debe ser contagioso. Sus labios se estiran hasta que el brillo de la curva más hermosa que vi se refleja en cualquier parte de mis pupilas.
—En tu juicio reside la paz que cualquier mujer anhela, que yo ansío —mis pupilas destellan orgullo—. Conozco a muchos hombres cuya razón sólo es el nido de sus actos.
—No fallaré —clava sus ojos con la misma necesidad de no apartarlos que tengo yo.
—No lo dudo —asiento.
Ambos tomamos rumbos diferentes. Sorteo los troncos de los árboles para sobrevolar las calles laberinto y llegar al acceso a la ciudadela.
Espero que merezca la pena estar cerca de la princesa de los elfos y que me otorgue beneficios su amistad.
Estoy convencida de que debe conocer mucha más información de la que se encuentra recogida aquí, las torres de los pueblos tienen su propia historia y sólo el sabio se encarga de cuidar su contenido.
Las visité poco, tal vez ahora sea el momento.
Desciendo en lo alto de las escaleras, en el amplio descanso de mármol previo a la entrada principal. Dos guardias la custodian con los grandes yelmos de plata. La princesa se encuentra sonriente junto a su guardia privada, Joralf.
—Princesa Eladriel —Aranel se inclina ante mí—. Temía que vuestro padre os hubiera impedido venir.
Su pelo rubio liso está completamente al aire a diferencia del día que cenamos en Eryas. Cubre parte de su rostro, pero no con la misma intención con la que mi madre lo coloca. En ella crea un efecto de inocencia.
—No negaré que esos eran sus deseos —río mientras le dedico una reverencia—. Princesa Aranel.
—Princesa de las hadas —genuflexiona Joralf al colocarse junto a la princesa.
—Joralf —asiento en un saludo respetuoso—. Sigues leal a tu puesto.
—Desde que la reina Aerendyl ordenó que fuera su guardia privado, mi señora —manifiesta Joralf con una sonrisa de agrado.
Joralf me explica cómo fue su nombramiento y Aranel sonríe, imagino que como dicta el protocolo para nosotras.
Recuerdo la carta de Lugh. De forma disimulada trato de acceder a ella para asegurarme de que sigue ahí a pesar del vuelo.
Lucho por contener la sonrisa cuando toco una de las esquinas del papel.
Elevo la mirada hacia la princesa con premura e interrumpo a su guardia sin siquiera pensarlo.
—Princesa —declaro en alto con la mano aún en el corpiño—. Debo hablar con vos en privado.