Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 10. El claro del bosque. #7
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10. El claro del bosque. #7

Incluso de nuestra propia vida. Ojalá pudiera despegar la ropa de su cuerpo, sentirlo, y no saber de culpas.

—No estoy de acuerdo, lo haces bastante bien —sonrío ampliamente cubriendo mis ojos del sol—. Has montado en Hai sin besarme.

—Porque no hacerlo sería faltarte el respeto —el teniente se coloca en su silla—. Y estoy muy seguro de que esa no es la forma en la que me gustaría irrespetarte.

—Entonces será mejor que continuemos con la conversación por dónde la habíamos dejado —aparto la mirada en un intento de ocultar el rojo de mis mejillas—. Quiero hablar de algo más.

—Sube —Azohr golpea con ternura el cuello de Hai—. Sabes cómo hablar mientras volamos.

Despliego las alas. Tomo impulso para montar.

Antes de que pudiera sujetarme bien a los laterales de la silla, Hai encoge las patas y empieza a batir las alas con fuerza.

Con el ímpetu con el que se lanza al aire casi me arroja al vacío.

La mano del teniente sujeta mi brazo con fuerza para evitar que me desprenda de los lomos del fénix.

Utilizo la otra para aferrarme a él resoplando, aunque sea hasta que logre restaurar el equilibrio.

Estoy empezando a pensar que dirigir un pájaro es más difícil de lo que parecía.

Tras conseguir la estabilidad que me devuelve los líquidos a su sitio, y cuando los primeros minutos de vuelo han pasado, el teniente anuda las riendas al pomo de la silla.

Consigue ponerse de pie y girar sobre sí mismo como el anterior vuelo.

Se sienta con cuidado. Me mira con el entusiasmo de aquel día, pero ahora sonrío porque ya no tengo miedo de la dirección que toma el fénix.

—Ahora sí, mi oído os pertenece, mi princesa —sonríe Azohr. Aparta los mechones rizados que el viento mueve sobre su cara—. ¿O vomitarás?

Hace minutos repetía un discurso sobre lo importante que sería su ayuda para entrar en los archivos que mencionó Ilta.

Ya no. Sólo quiero mirarlo en silencio. Sonreírle a su sonrisa y respirar la paz que de manera irónica me perturba cada segundo.

La que llena mi alma de todo lo que durante años me faltó.

Tal vez, su perseverancia en hacer que olvide todo cuánto conozco es lo que me hace sentir más unida a él.

No necesito hacerle preguntas. Solo sé que le quiero, y que me mira como si él me quisiera.

Sin embargo, aunque me encantaría rendirme a todo aquello que da sentido a los latidos de mi corazón los últimos días de mi vida junto a Twig, mi cabeza ruge. Clama hiriente y ansiosa por volver a la realidad que nos rodea.

—La princesa me espera a las seis en la ciudadela —la sonrisa imborrable de mi rostro me produce algo de rubor—. No te preocupes por ella, le haré creer que necesito descansar antes de buscarte.

—Eso me dice dos cosas importantes, princesa —Azohr eleva media sonrisa. Creo que también debe ser imborrable, porque su gesto tampoco ha cambiado—. La primera es que tengo más de una hora para enseñarte lo que quieras

—¿De Órianth? —recorro con interés el alrededor.

—¿No lo conoces? —pregunta con una curiosidad que me intriga.

—Rhysartyr —ladeo los ojos a la izquierda, haciendo memoria mientras golpeo mi labio inferior—. Carsley. Algo de Brenshire.

—Aún no puedo creer que no hayas estado en Bhulkahdur —el teniente niega—. El rey Wild tiene el mejor vino de los reinos.

—Hay dibujos en la ciudadela sobre sus criaturas y castillo —río—. Siempre pensé que la criada responsable del peinado de la reina enana le guarda rencor.

—Te llevaré a su castillo un día en el que puedas disfrutar de una de sus cenas —acaricia los lomos de Hai antes de recuperar la postura.

—¿Sabes? Siempre deseé ir a Avka —bajo la mirada tras perder la ilusión en un solo segundo—. Aunque está demasiado lejos.

—¿Fuera de las fronteras del reinado de Órianth? —Azohr se muestra interesado—. ¿Qué dices, Hai? —el teniente tuerce el cuello para mirar al fénix.

El chillido de Hai afirmando clamorosamente mece la copa de los árboles sobre los que volamos.

—No puedo llevarte a esas tierras ahora, pero si aceptas, puedo mostrártelas desde las fronteras de Bhulkahdur —Azohr clava sus ojos sobre los míos cuando consigue mi atención—. Aunque debo advertirte que volaremos a mucha velocidad.

—No le temo a volar —declaro con cierto sarcasmo al recordarme un hada.

El teniente sonríe. Cambia de dirección sin mediar ni una palabra más y desata las riendas para sujetarlas con fuerza en una de sus manos. La otra busca la mía para acariciarla lentamente antes de hacer que le rodee con el brazo.

—Te aconsejo que te cambies de posición —Azohr me lanza una mirada por encima del hombro—. La subida entre nubes puede marear un poco.

—¿Cómo debería colocarme? —le pregunto con la voz entrecortada.

—Siéntate en mi lugar, yo dirigiré las riendas desde atrás —eleva el tono por el sonido sordo del aire.

—¿Delante? —abro los ojos tras despegar la cara de su espalda.

—Si pierdes la conciencia y vas detrás, caerás —me asegura sin reservas.

—¿Puedo perder la conciencia? —estiro los párpados.

Despliego las alas para volar hasta su lugar mientras él se desplaza fuera de la silla.

Coloco las piernas en los estribos, sus brazos pasan alrededor de mi cintura para tomar las riendas.

Las envuelve en su muñeca derecha. Sus dedos se deslizan con suavidad por mi abdomen.

Me acerca a él sujetándome con fiereza cuando el fénix aumenta la velocidad.

La subida en vertical comienza. Una inmensidad de gotas de agua impacta contra nosotros al atravesar la primera nube.

Cierro los ojos cuando siento que la presión del viento me impide respirar.

Empiezo a replantearme si realmente me interesa lo que hay más allá de los pocos pies que normalmente me separan del suelo.

—Si no abres los ojos, el viaje no merecerá la pena —Azohr aprieta mi abdomen mientras me habla cerca del oído.

Asiento. Aprieto los ojos con fuerza. Tomo aire un par de veces mientras me repito que no hay nada que temer, que tengo alas. El pánico lucha con ganas contra mis verdaderos deseos a la vez que exhalo un par de veces para convencerme.

Me concentro dándole un segundo de ventaja al pánico. Tomo aire por última vez. Reúno todo el valor que me ayuda a guardar la compostura en situaciones difíciles para abrir los ojos. Y cuando por fin consigo ganar la batalla contra mis miedos, no me arrepiento de las fugaces vistas.

Destellos de árboles. Ráfagas intensas de viento que suenan como si estuviéramos presenciando un duelo bravo entre hojas y frutos. Las nubes han dejado de verse para solo sentirse. Azohr es la única visión clara que mis ojos pueden capturar en este momento. Que quiero capturar en este momento.

—Te presento el reino de Avka, hogar de dioses y creaciones —la voz del teniente luce como si mirar no fuera suficiente.

—Es hermoso —no puedo evitar que mi asombro salga. Pestañeo con rapidez—. Es mucho mejor que los dibujos de los iluminadores y las explicaciones de los escribas. Mejor que mi imaginación.

Frente a nosotros, una pequeña porción de tierra emerge con una dimensión incalculable para los primeros reinos.

Una montaña tan prominente como la de Ravenbell donde se encuentra el palacio de Eryas ocupa la mayor parte de la vista.

Supongo que en el templo que reposa en la punta deben vivir los dioses que menciona.

Las criaturas llamadas animales habitan cada lugar, desde el reino polar hasta el tropical.

Sus colores varían según las zonas, del blanco inmaculado al verde claro u oscuro.

—¿Es cierto que sólo lo habitan animales? —pregunto al ver que no hay criaturas sobre el cielo.

—Las criaturas que estos dioses decidieron crear —Azohr señala el punto norte del reino, las zonas blancas—. Las regiones nevadas tienen los animales más bellos.

—¿Has visto a los pingüinos? —sonrío al verlo tan emocionado—. Robé el dibujo de un libro de Lugh.

—Admirarías a los leones de las nieves y sus ojos azules —posa el mentón sobre mi hombro.

Ladeo el cuello lentamente para observar los suyos, azules como cualquier agua cristalina.

—¿Crees que me gustarán tanto cómo los tuyos? —sonrío.

—Espero que no —mueve las cejas con ironía—. No podría competir contra ellos.

—Nunca pude convencer a mi padre para que me otorgase el permiso de venir —bajo la mirada con tristeza. Por si nunca puedo verlo de cerca.

—Quizás porque aquí las normas de Órianth no tienen validez —acaricia suavemente mis manos mientras me observa.