10. El claro del bosque. #6
—Nos vemos mañana por la mañana tras tus clases de control —camino hacia atrás mientras despliego las alas—. Espérame en la entrada de palacio.
—Hasta mañana, hada mugrosa —me hace una reverencia y corre. Despliega las
alas para saltar al aire y volar.
Son las tres. Twig prometió esperarme en la puerta mientras terminaba de prepararme para partir.
Ha guardado con cuidado ropa limpia y mi camisón blanco acompañado de la bata de terciopelo morada que uso en palacio.
Me sorprende. Pensé que, junto a la daga y los dos botellines de miel de aliéptaros que insiste que cargue por si enfermo, también hallaría uno de los pijamas que mandé al sastre confeccionar para él.
No esperaba que me enviase a dormir con un brujo con las ropas de princesa desprotegida.
Todo está empaquetado en una pequeña bolsa de hojas y ramas finas que él mismo hace en los ratos que charlamos.
Insiste en que lleve las de cuero preparado que mi padre tiene, pero estas son mucho mejores.
Me aseo para librarme del polvo de las clases de control. Utilizo la cazoleta para verter agua fresca y limpia sobre el cuerpo. Primero la cara, después los brazos. Más agua para lavar el resto del cuerpo antes de envolverme con la toalla.
En dos pestañeos me visto y trenzo el pelo con prisa por la parte superior para impedir que me moleste a la hora de volar tan lejos. Ajusto las correas de la bolsa mientras salgo de la habitación.
—¿Estáis lista, mi pequeña princesa? —Twig da un paso al frente cuando aparezco frente a sus ojos.
—Sin lugar a duda —esbozo una sonrisa genuina antes de saludar a Aemid.
—Es el momento —afirma Twig mientras asiente con firmeza.
Asiento a la reverencia de Aemid antes de tomar las escaleras.
Le indico a Twig que me siga al bajar el primer escalón.
Antes de marcharme, quiero asegurarme de que ha comprendido cada paso de mis instrucciones para esta noche.
Sobre todo, aquellas que tienen que ver con su propia seguridad.
Conociendo su necedad, sé que guardará silencio y se incriminará con tal de salvarme.
—No sé si es buena idea que actúes en mi ausencia, Twig —miro la llave de la sala del jardín en mi puño—. No deseo accidentes, lo haremos cuando yo esté en el reino.
—Vos cumplisteis con vuestra parte del plan —Twig estira la mano para que le haga entrega de la llave—. Solo deseo que los dioses os otorguen su infinita gloria y protección allá donde vayáis, mi pequeña Eladriel.
—Entonces recordemos la parte en la que decides revelar la verdad si mi padre acerca una daga a tu cuello —me detengo a pasos de la puerta principal para impedir que continúe.
—¿Aún desconfiáis de mí? —pregunta Twig con el tono entrecortado.
—No desconfío de tí. Jamás podría hacerlo —arrugo el entrecejo. No puedo evitar que vea la molestia al fondo de mis ojos—. Quiero mantenerte con vida.
—Yo no moriré, no podría hacerlo sin saber que vos estaréis a salvo —Twig me dedica una reverencia mientras toma mis manos para besarlas.
Me sonríe. Le sonrío. Desde la puerta echo un último vistazo al interior mientras despliego las alas.
En el fondo, con una silueta oscura que apenas distingue los colores cálidos de su ropa, observo como Twig cruza sus manos en el pecho y las despliega según se levanta.
El saludo oficial como despedida. Como muestra de lealtad.
Me lanzo al vuelo dejando en ese impulso todas las preocupaciones de Eryas y me concentro solo en buscar esos archivos secretos que ha mencionado Ilta.
Estoy segura de que ahí se encuentra la información de los ángeles.
Que entre esos muros se halla la explicación a quién es ese enemigo capaz de asustar, incluso, a los creadores.
Ahora más que nunca me cuestiono porqué mantener oculta su creación.
Por qué darles la vida, pero sin capacidad de elegir o amar.
Más de media hora después, la imponencia de la ciudadela semicircular aparece a lo lejos, da la impresión de que está cerca debido a su gran estructura.
Sobrevuelo el área y las casas laberinto hasta que el verde que cubre el suelo húmedo del claro se muestra majestuoso ante mí.
Poso el pie en la tierra. Siento el leve crujido de las ramas y hojas de hierbas mientras camino hacia las piedras.
Algo de desesperanza me sobrecoge al ver el lugar vacío desde la roca lisa donde me senté la última vez. Sin la compañía que esperaba. Hasta que los minutos de silencio son reemplazados por un chillido agudo que se cuela imperioso entre las copas de los árboles.
—Pensaba que yo sería el puntual e impaciente —grita Azohr desde los lomos de Hai.
—Puede que estés orgulloso de ser el menos precavido de los dos —cruzo los brazos al verlo aparecer.
De un salto, el teniente se baja del fénix.
Se levanta con una normalidad asombrosa teniendo en cuenta que el animal debe medir unos veinte pies y podría morir con solo torcerse un pie al aterrizar.
Es incluso más vergonzoso que nuestro encuentro en Brenshire.
De alguna manera intuye que me gusta lo que veo en él porque se ha olvidado su capa.
La forma en la que aparta la mirada un instante tan sonrojado como yo a la vez que retira los mechones que cubren sus ojos…
Hace que mis intenciones más profundas se enciendan.
Su sonrisa guía sus pasos y Hai también los sigue.
Los del fénix se sienten profundos y resonantes, hacen vibrar el suelo bajo sus imponentes garras.
No recordaba la habilidad inocente que tiene para despojarme de todo los protocolos que me han enseñado, algo que ni la voz de mi padre ha conseguido todavía.
—Buenas tardes, princesa —el teniente me dedica una reverencia.
—Princesa —Hai baja el cuello.
—Hola, pequeño —sonrío. Me acerco al fénix para acariciar su pico—. Teniente —asiento sin prestarle demasiada atención.
—¿Pequeño? —Azohr frunce el ceño. Se cruza de brazos. —¿Teniente?
—Un saludo bastante común —elevo las cejas mientras me alejo de Hai—. Lo escucharás con frecuencia, de hecho.
—Es demasiado formal, de hecho —repite con cierto retintín.
—Es la forma más agradable que se me ocurre para llamarte —elevo media sonrisa de burla.
—Mi nombre no es ningún secreto —me reprocha Azohr con ironía y una sonrisa de burla.
Secreto. Eso me recuerda que debo preguntarle algo importante que debería hablar con él.
—¿Tu magia abre puertas? —le espeto sin darle vueltas que me cohíban.
—¿Qué? —Azohr borra la sonrisa.
Da un paso hacia un lado para ocupar espacio frente a mi vista al ver que ni si quiera me ocupo de colocar la postura. Arruga su entrecejo.
—La princesa Aranel y el rey Aelfraed me han concedido un cuarto en la parte real de la ciudadela —revelo mientras continúo atenta al fénix.
—¿Y esperarás a entrar cuándo hayan cerrado las puertas? —se inclina con el ceño fruncido en dudas.
—Yo debo estar dentro porque Aranel espera cenar conmigo —trago saliva. Bajo ligeramente la mirada—. Pero tú podrías esperar a que los guardias cambien el turno para acceder.
—¿Qué? —pregunta Azohr sin modificar su postura ni un dedo.
—Quiero que accedas después de que las puertas se hayan cerrado. Ofrecerte un lugar seguro —a pesar de que mis pensamientos gritan que no lo mire, mi alma me pide que no me detenga.
—Eladriel, yo no soy un príncipe —el teniente aprieta sus labios resignado—. De igual modo, mi magia no sirve contra la que protege la ciudadela real.
—Detesto que me veas como una, pero yo soy princesa y estaré dentro —me alejo de Hai un par de pasos—. Entiendo que esto es arriesgado que no deseas aceptar.
Su boca se mueve de forma inútil, pues el silencio es lo único que logra pronunciar. Me mira como tantas veces atrás, pero esta vez no puedo entender lo que me habla con sus ojos azules. Hai ha sacudido el cuello. Entiendo que es una negativa, sin embargo su silencio me confunde.
—Puedo abrir la puerta principal y acceder a la ciudadela —Azohr se acerca para intentar buscar mis manos. Se las ofrezco.
—Primero, quiero asegurarme de que conoces las consecuencias de ser capturado entrando en la ciudadela a la fuerza —aprieto sus manos—. Podrían capturarte dentro en mi compañía y la ejecución sería inmediata.
—¿Algo más que deba recordar antes de aceptar? —toma aire sonriente, pero sus ojos brillan con miedo—. No lo pones fácil.
—Que nos exilien es la mejor de las opciones que podrían darnos —insisto—. Perderías tu nombre, tu puesto. Tu vida.
—Si eso es un castigo por acceder a la ciudadela, no debo pensarlo más —se inclina ligeramente para susurrarme—. La idea de poder estar contigo, aunque sea en Draenith, no me parece desagradable.
—Perderías todo —me hace temblar la facilidad con la que acepta.
—Espero eso hace más de dos mil días —utiliza su dedo para elevarme el mentón.
—¿Morir? —arqueo una ceja con ironía.
—Estar contigo en un lugar seguro —musita aún más cerca.
—¿Seguro que conoces lo que hay en Draenith? —carraspeo. Inclino la cabeza hacia atrás—. Creo que no dirías eso de saber quiénes son los que envían a ese lugar.
—Seguro que no es tan desagradable como soñarte otra noche más en mi cuarto, y que al despertar no estés —antes de que pueda alejarme más, el teniente sujeta mi cintura.
—Podríamos cambiar la historia —sonrío con timidez—. O que nunca llegue a pasar.
—Podré empezar la cuenta de cero hasta que vuelva a verte de nuevo —sus labios se acercan—. No te preocupes si no llega a uno, habrá merecido la pena.
—Ansío que nunca pares de contar —por un instante, casi acepto el ofrecimiento de sus labios—. Por eso deberíamos evitar estas muestras de afecto en público.
Azohr mira el alrededor mientras me alejo y lucha por disimular la pequeña carcajada.
—Tienes un poder especial que yo no poseo —el teniente camina hacia Hai—. ¿Cómo?
—Podría contestarte si supiera a qué te refieres —encojo los hombros.
—El control —confiesa mientras monta al fénix—. Sólo necesito escucharte para perderlo, y a tí parece que nada te altera.
Debe creer que es sencillo estar cerca de sus labios y no besarlo.
Sin duda, me encantaría poder ser tan desinhibida como él.
Dejarme llevar por las emociones y los sentimientos como Lugh y olvidarme de todo lo demás.