10. El claro del bosque. #5
Cuando se ha asegurado de que está encendida, dispara con suavidad los rayos contenidos hacia arriba y provoca una lluvia de motas chispeante que cae apagándose sobre el agua y la hierba húmeda
—Cómo veis, de esta manera he sido capaz de controlar la cantidad de luz necesaria para encender algo tan pequeño como la mecha de una vela —Ilta la señala. Se coloca las gafas—. Incluso es más seguro devolver la luz sobrante.
—Ha evitado utilizar poder innecesario y gastar así energía —Glimmer rompe su formación para acercarse a apagar la vela—. Aunque ambas pueden utilizarse según el nivel de control.
—En mi primera demostración quise exagerar lo que sucedía con la luz, pero aun así, no encuentro una buena idea asegurar que podrían usar ambas técnicas —Ilta aprieta los labios. Contempla al profesor con ciertas dudas.
—Cierto es que con la potencia de sol que hoy nos baña, alguno quemaría Eryas —Glimmer aprieta los labios como si desease perderse en sus pensamientos.
—Vosotros solo utilizaréis la nueva técnica —Ilta pasea por las orillas.
Nos alejamos diez pasos de la vela para coger perspectiva frente a ella. Glimmer arranca de la base la que la profesora ha encendido en dos ocasiones y la sustituye por otra cuya blancura es incluso más pura.
—Adelante, Eladriel —me ordena Ilta. Señala una de las velas centrales mientras usa el índice para subirse las gafas.
Miro al cielo. Antes, a lo lejos, vi un rayo fino que podría ser sencillo de manejas si tengo el control suficiente.
Elevo los brazos cuando lo encuentro. Apunto directamente al objetivo mientras comienzo a realizar pequeñas circunferencias.
Los hilos se unen con tranquilidad. Viajan a través de mi poder porque tira de ellos en movimientos circulares.
Ondula en mi dirección con obediencia, con plenitud.
Pasa por encima de las aguas de Silverfall y crea una esfera iridiscente en los puntos donde decide apoyarse para tomar impulso hacia delante.
Las partículas se reflejan en los colores claros de mi rostro cuando intento alcanzar unos de los hilos, pero casi se desvanece.
Al fin, consigo mantenerlo en posición el tiempo suficiente para que la mecha encienda.
Al ver que el humo abandona la llama de la vela, lo lanzo de nuevo a lugar al que lo llamé en un intento de mostrarme agradecida con la luz del sol.
La profesora Ilta aplaude, como siempre. Glimmer asiente con una sonrisa estirada en los labios. Y cuando recorro al resto de la clase, todos me observan con asombro. No me había dado cuenta de que todos estaban mirándome con atención.
—Princesa Eladriel —el profesor se acerca a la vela y la apaga de un soplido—. Se nota que tu madre es la reina Olet, siempre tan precisa y equilibrada.
—Tu madre nos enseñó todo lo que sabemos sobre el control de la luz —Ilta fija la mirada en la orilla—. Fue la primera criatura en controlarla, y por eso ayudó a guardar la información junto a los escribas y la reina Aerendyl.
—No debes hacerles caso bajo ningún concepto —Lugh sonríe de lado cruzado de brazos—. Tú eres más pobre de ingenio.
—La reina se sentiría orgullosa si estuviese aquí —la profesora me mira directamente a los ojos. Rueda los ojos hacia Lugh—. Lástima que no pueda decir lo mismo de otros miembros de clase.
—Dice miembros y me mira a mí —Lugh resopla con mofa.
—Os recomiendo practicar. Si esto os parece difícil, la semana que viene aumentaremos el nivel —declara el profesor con una sonrisa traviesa.
—Las próximas clases las dedicaremos a eso —explica la profesora mientras me mira—. El rey Eliot nos puso al tanto del cambio de clases. Mañana, tú las darás por la tarde.
Lugh y el resto de compañeros realizan su prueba.
Respiro aprovechando que ahora tengo el momento a solas que necesitaba.
Mis manos vibran nerviosas de saber que esta pequeña concesión me hará despertar en otras paredes, desayunar con alguien que no brama mientras mastica.
Estoy convencida de que será uno de los mayores placeres.
Por otro lado, debo buscar archivos de hadas que sacar de la ciudadela para mantener a mi padre convencido de los objetivos dichos en el desayuno. Aunque no encontraría ningún archivo que no haya leído. En la biblioteca de palacio los libros son escasos.
—Profesora —me acerco a ella con cuidado de no interrumpir—. He pensado en buscar archivos sobre control, me gustaría escuchar algunas recomendaciones.
—Te aconsejo el archivo de formas de control de la reina Olet —asiente Ilta entre dudas.
—Perdone, profesora —bajo la mirada confundida—. No recuerdo ningún archivo del reino hada con ese nombre.
—Está en los archivos secretos de Órinthar —la profesora se inclina para susurrar.
—¿En qué lugar dice? —la miro con prisa, con los ojos abiertos.
—La princesa Aranel podrá ayudarte —musita Ilta antes de voltear para continuar la clase—. Jóvenes hadas, tenemos que…
Intento ir tras ella, pero se dirige a todos con la voz elevada y andando con rapidez.
Supongo que busca huir. Rastreo a Lugh entre los alumnos hasta que lo veo en una esquina sacudiendo los brazos con torpeza.
Trata de apartar las chispas de luz que caen con velocidad sobre su cabeza.
Cuando me ve, sonríe y se acerca ampliando aún más su sonrisa.
—Pensaba que te habías marchado, monstruo de ciénaga —Lugh deja caer el brazo sobre mis hombros—. Y hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.
—Lugh, si vas a insistir en la conversación… —pongo los ojos en blanco según intento apartar su brazo.
—Calla, pequeña tontucia —Lugh posa su dedo índice sobre mis labios para hacerme callar e insiste en rodearme hasta tenerme cerca—. Escucha, porque se trata de un pequeñísimo favor sin importancia, en realidad.
—¿Comida? —le miro de reojo.
—¿Podrías entregarle esta nota a la princesa elfa? —saca un papel doblado que guardaba bajo su uniforme—. Pretendía dársela el otro día cuando íbamos a visitar su palacio.
—Entonces sí querías ir… —elevo las cejas con burla.
—Es importante —suspira Lugh y entiendo que no miente.
—¿Por qué no se la das tú? —mis labios se mueven titubeantes—. Estoy segura de que lo apreciará mucho más si viene de tu parte que de la mía.
—No he podido parar de pensar en lo que hay escrito y ni siquiera sé cuándo podré ir —insiste Lugh ofreciéndome el papel de nuevo—. Los guardias repartieron nuevas tarjetas de trabajo, los próximos días no podré respirar.
—¿Te gusta? —acepto la nota observando su arrojo.
—Más que las langostas en salsa, más que el chocolate con fresas —baja la mirada—. Si hubiera una forma de cambiar de raza lo haría solo por ella, aunque no les gustasen las langostas —eleva el dedo índice con la mirada llena de pena.
Sonrío con calidez por lo que confiesa. Por encontrarme envuelta en la declaración que hace, por envidiar la forma en la que se olvida de todo por ello.
Sus palabras hacia la princesa son hermosas y absolutamente sinceras.
Lo sé porque vienen de alguien que no deja de hacer bromas incluso cuando hay muerte.
—¿Deseas que hable con la princesa? —me acerco para sincerarme—. No cambia la norma Lugh, pero si ella lo permite… —curvo las cejas—. Podrías estar cerca.
—¿Puedes? —arquea las cejas con súplica.
—Solo te pido seriedad, Lugh —miro la nota—. Nada de comentar que intercambias cartas con la princesa de otro reino.
—Tranquila, tampoco me iban a creer —hace un movimiento con la mano para restar importancia.
—Se la daré esta tarde —sonrío.
—¿Hoy? —se abalanza para sujetar mis brazos—. Me parece bien —rueda los ojos—. Más que eso… —titubea—. Mucho mejor.
Sus ojos están entusiasmados y brillan acompañando su amplia sonrisa. Espero que todo salga bien para él. A pesar de sus dudas y de las mías, estoy segura de que si la princesa se atreve a conocerlo, sería dichosa.
—No solo iré a ver a la princesa —observo la distancia que nos separa con el resto para bajar la voz—. Quiero investigar sobre las civilizaciones de Órianth.
—Es verdad, la batalla… —Lugh toma aire de forma acelerada—. Ten cuidado, no deseo llorar por tí como por los guardias de la orilla.
—Eso trato de evitar —apoyo mi mano en su hombro animándole y animándome.
—Todavía no sé por qué los dioses decidieron otorgarme el poder de la luz, pero espero que se haya sido para poder unirme a tí —se lanza a mis brazos.
Nunca pensé que algún día admitiría algo que él cree con fervencia, pero puede que deba comenzar a comportarme como él.
Es decir, no quiero probar el sabor de la tierra tantas veces como Lugh, pero es indudable que en cuestiones de sentimientos, tiene la osadía que a mí me falta.
Mi sentido de la intuición se enciende de manera brusca mientras habla, impacta contra la mitad de mi estómago como si fuera un enemigo.
Golpea mi equilibrio. Me separo de Lugh ojeando el alrededor.
Volteo sobre mí, trato de encontrar la daga para asegurarme de que no haya nadie a mis espaldas.
Lugh me dedica una mirada de desconcierto mientras observa el brillo en la hoja.
—Eladriel… —Lugh sube los brazos—. Siento el abrazo.
—No seas súbdito, Lugh —mis ojos se centran en la figura tras él que me corta la respiración—. Mi sentido de la intuición se ha encendido.
—El mío está en equilibrio —se toca con las manos todo el cuerpo—. Si estuviéramos en peligro, el mío vibraría.
Tien pasea por la orilla con Sady, un hada reparadora. Todo se ordena. Tercera vez que mi sentido se enciende ante su presencia, sé que él es la causa de que mi intuición brille. Aunque no se acerca, es tan intenso que incluso me provoca náuseas.
—Tien está en la orilla con Sady —muevo la cabeza para señalarle sus espaldas con cautela.
—¿Crees que...? —me señala con el dedo, lo señala a él—. Sí, es por el cabrón.
—Creo que lo mejor es que me vaya a palacio, no tengo ganas de tener problemas antes de partir hoy —centro la mirada en Lugh para olvidarme de él.
—Conociéndolo, sólo con verte es capaz de decir que esperas a su heredero —Lugh suelta una carcajada.
—No me resulta gracioso —me cruzo de brazos.
—Pero es cierto —Lugh se encoge de hombros con indiferencia.