10. El claro del bosque. #4
Ella, al igual que el cancilier, responde presta a su petición; antes de que pueda darme cuenta ya sigue sus pasos.
Abandonan la estancia. Los criados se lanzan a la mesa para retirar los restos de su desayuno.
Me mantengo sentada mientras la multitud trabaja alrededor.
Me aclaro la garganta y encojo el pecho para que ninguna lágrima abandone su lugar antes de tiempo.
Hasta que me ofrecen intimidad. Entonces limpio las dos que caen por mis mejillas, y me obligo a recuperar la compostura antes de que Twig pueda ver cómo me rompo.
Antes de permitir que mi padre me rompa una vez más.
—Que nada de lo sucedido te haga dudar, seguiremos con todo lo que tenemos planeado —la rabia por lo sucedido me anima a continuar—. Debemos mantenernos fuerte para esta noche.
Twig asiente. Me dedica una reverencia al ver que aparto la silla en silencio para abandonar el salón.
Ni siquiera aprecio la de los guardias de la puerta al aventurarme al pasillo principal del palacio.
Me froto la frente para despejar la leve sensación de pesadez.
Las voces de los criados que me saludan al encontrarse conmigo se escuchan lejos, como si vinieran de un bosque donde el eco es el sonido de la existencia.
Entrecierro los ojos a una figura borrosa que se cuela frente a mi campo de visión.
Podría reconocer a la criatura sin que la imagen se vuelva nítida solo por la confianza que ha mostrado al acercarse.
—Buenos días, princesa de las hadas —Lugh me saluda con bastante sarcasmo.
—Eladriel… —Maren también me saluda, pero ella lo hace con menos entusiasmo—. ¿No te recuperaste aún?
—Buenos días —titubeo al tenerlos de frente—. Solo iré a control.
—Llevamos días esperando a que abandones este maldito palacio —Lugh eleva la barbilla tras contemplar la postura amenazante de Maren—. ¿Es que nos evades?
—¿Por qué tendría motivos para eso? —mi risa se escapa nerviosa—. Me mantuve ocupada con los asuntos del reino, es todo.
—Entonces hablemos ahora —las cejas de Maren se elevan con sospecha—. Pareces disponible.
—Y vosotros lucís desquiciados —arrugo la frente ante su aterradora insistencia.
—Primero nos ignora y ahora nos insulta —Maren separa los párpados. Resopla indignada.
—¿Qué deberíamos hacer? —Lugh ensancha las fosas nasales.
—Quizás si no nos busca, es porque no nos necesita —admite Maren con reclamo y cierta tristeza—. O no nos quiere.
—Maren… —suspiro.
—Me cansé de los secretos, princesa —Maren inclina la cabeza a un lado—. Hace años que nos mientes, que prometes venir y luego nunca apareces —sacude la cabeza en un gesto de negativa—. Hablas para después callar.
—Os prometí que esta vez sería diferente —doy un paso hacia ella con una arruga en el entrecejo.
—Pero nada es diferente —Maren se mantiene impasible a mi cercanía—. ¿Acaso yo miento?
—Esta vez lo he prometido —insisto.
—Yo puedo perdonarte —interviene Lugh con las manos en alto.
Maren no duda en ladear el cuello en su dirección afilando los ojos para que reciba su advertencia. Lugh deja caer los brazos al sentirse intimidado. Se retira hacia atrás al ver que ella todavía le amenaza con la mirada.
—Vamos Maren, es Eladriel —Lugh deja caer el peso de su cuerpo hacia delante—. Me da pena.
—Si esta noche no te reúnes con nosotros para contarnos la verdad, no pretenderé escucharla nunca más —Maren estira su dedo índice para señalarme.
—¿Esta noche? —balbuceo.
—¿Estás muy ocupada para nosotros? —Maren coloca las mano sobre sus caderas.
—No, Maren —afirmo tras tomar aire—. Muy lejos de vosotros.
—¿Lejos? —la duda se refleja en el rostro de Maren.
—Me reuniré con la princesa de Rhysartyr —me acerco a ella para bajar la voz—. Busco la forma de encontrar la información que necesitamos sobre los ejércitos enemigos.
—¿Con Aranel? —titubea Lugh.
—Ella acudió a mi padre para pedir que la visite con frecuencia en su palacio. Parece dispuesta a prestarme su ayuda con respecto a él —deslizo la mirada hacia los guardias de la puerta de forma fugaz.
—Eladriel, pero… —Maren deja que sus pupilas bailen sobre mí—. ¿Qué dirá tu padre sobre tu ausencia?
—No te preocupes por mi padre, sólo recuerda que debes guardar silencio —me acerco aún más a ella—. Nadie debe saber el verdadero motivo por el que viajo al reino elfo.
—Está bien —asiente Maren con poca seguridad—. Yo guardaré silencio solo si mañana te reúnes con nosotros para contarnos qué sucede.
—Lo haré en cuanto regrese de Rhysartyr —asiento con los hombros tensos por saber si acepta—. Esa es mi promesa.
—Entonces deberías irte, llegas tarde a la clase de control —Maren me señala la puerta con cara de reprimenda.
Sonrío. Lugh despliega sus alas y sus labios se expanden en una mueca de duelo.
Despliego las mías. Abordamos el final del pasillo dejando a Maren atrás, la luz intensa de hoy me hace entrecerrar los ojos.
Pensé en tomar aire en soledad por las emociones que alberga el día de hoy, pero hacerlo en su compañía me convence todavía más.
Escucho el agua tranquila del lago, las aves.
Cierro los ojos para encontrarme con el magnífico olor a lirios.
Desde el aire vemos al fila desordenada del resto de hadas de la clase. La profesora Ilta se acerca en compañía del profesor Glimmer desde el otro extremo de las orillas. Batimos las alas con fuerza para descender a segundos de que ellos toquen el suelo.
Por una vez, soy yo la que desea que no haya clases. No estoy pensando en las orillas ni en la luz.
—Buenos días, jóvenes hadas —anuncia Ilta según coloca sus gafas.
—Buenos días, hadas —enuncia Glimmer sonriente tras la profesora.
—La clase de luz de hoy se verá complementada con la historia —asiente la profesora con encanto y las manos sujetas al frente—. El profesor Glimmer nos explicará cómo atraer los rayos.
Glimmer da un paso al frente. Aparta las gafas de vuelo que siempre dejan un cerco alrededor de sus ojos para colocarlas en lo alto de la frente.
Se esfuerza en contemplarnos ahora que ve con mayor claridad.
Sujeta las manos a su espalda silencioso como si pretendiera que su simple presencia nos causara impacto. O eso fuese posible.
—Revisé los archivos del mundo hada hace pocos soles y descubrí que la forma en la que se atraen rayos es antigua. Poco práctica —explica el profesor con cabeza en alto—. Las hadas hace años que descubrimos un método más eficaz.
—Atraer la luz sometiendo al rayo al movimiento con dos dedos permite manejar mayor cantidad —Ilta continúa con la teoría del profesor—. Por tanto, no emplearemos el método escrito por los elfos.
—Estirar ambos brazos hacia el sol no solo atrae menor cantidad de partículas, también menor concentración de poder —Glimmer da zancadas cortas.
—Eso se debe a que la técnica explicada en los archivos puede canalizar demasiada luz, y gran cantidad de partículas se pierden al moldearla —revela Ilta con suficiencia.
—Entonces, la cantidad que debemos capturar hoy tendrá que ser la suficiente para encender una vela —el profesor separa los brazos del cuerpo para especificar con sus dedos el tamaño—. Una pequeña.
—¿Cuál es el motivo de hacernos sufrir? —Lugh deja caer la mandíbula con hastío—. Encuentro más fácil canalizar energía sobre un árbol.
—No necesitas practicar para incendiar la hondonada —sonríe Ilta—. Pero sí para aprobar mi asignatura.
—Entendido —Lugh encoge los hombros con poca gana.
—Vamos a proceder al reparto de velas —Ilta se coloca las gafas sonriente.
Glimmer abre el maletín y todos nos encogemos en espera de la explosión de papeles, pero nada sucede.
Saca una bolsa de cuero negro desgastado.
En su interior asoman las mechas, algunas más largas que otras.
De otro hueco saca diez soportes de bronce que sitúa frente a cada uno de nosotros mientras la profesora va dejando sobre ellos las velas.
Ambos se detienen entre ambas filas con una sonrisa. Expectantes.
—En primer lugar, la profesora Ilta os mostrará la técnica descrita en los textos de la ciudadela —Glimmer señala a la profesora. Asiente de forma respetuosa.
—Después os mostraré la que el profesor enviará para que sea sustituida —sonríe la profesora.
Ilta se coloca frente al sol estirando sus brazos con las manos unidas por los pulgares en dirección a la estrella de fuego.
Inhala aire de forma profunda. Cierra los ojos para concentrarse en las partículas de luz que viajan veloces, se unen en el aire.
Forman un fino hilo amarillo. Aumenta su densidad con celeridad hasta que se forma una especie de columna que une el haz de luz, con las palmas de la profesora.
Traslada el pie derecho un paso hacia atrás para resistir la fuerza que el rayo ejerce sobre ella.
Cuando consigue empujarlo, lanza un grito feroz para arrojar el rayo contra el lago de forma inmediata.
Una gran explosión luminosa y ardiente envuelve el palacio bajo su estructura.
El agua cerca del punto de colisión se evapora con facilidad. Genera una nube que se esfuma al instante en un sonoro siseo. Las ondas concéntricas se extienden con rapidez desplazando el líquido contenido por la tierra en todas direcciones con una fuerza monumental.
Todos estamos fascinados, incluidos los alumnos de los otros dones. Observamos la superficie del lago con la boca abierta a la vez que la profesora trata de recuperar el aliento apoyándose en sus rodillas. Es increíble su poder.
—Si este rayo hubiera caído en palacio, habría derrumbado la mitad —Glimmer apoya el pie sobre una piedra—. Pero también podría destruir al hada si no se tiene el suficiente control. Gracias a la reina Olet, conseguimos modificar la técnica.
Ilta, que ya parece sentirse con más energía, estira la espalda.
Sacude los brazos. Lleva la punta de sus dedos en dirección al sol, y mantiene sus ojos desafiantes sobre él según inicia el movimiento en círculos pequeños que escalan a grandes ondas.
Esta vez, las partículas se agrupan en el aire.
Forman espirales que se integran en un remolino de hilos de luz.
Viajan con suavidad, tranquilos; permiten a la profesora capturar uno de ellos con los dedos de su mano izquierda.
Lo posa lentamente sobre la vela. La mecha se adueña del fuego sereno para prender.