10. El claro del bosque. #3
Las puertas del salón se imponen ante mí.
Los guardias se doblan en una reverencia mientras tiran del pomo de hierro.
Doy un par de pasos al frente. Me esfuerzo por impedir que mis comisuras suban al comprobar como el gesto de mi padre se enturbia ante mi presencia.
No puedo evitar que una ligera sonrisa bañe mi rostro por un instante.
Drieden torna a pálido cuando me ve caminar hasta la mesa con la obediencia que a mi padre le resulta agradable.
Mi madre observa la escena seria desde su asiento. Oculta su rostro en un mechón.
—Buenos días, majestades —doblo las rodillas para reverenciar. Asiento en dirección a Drieden—. Cancilier.
—Eladriel —la frente de mi padre se eleva tan sibilina como su codo se apoya en el reposabrazos—. Adelante. Toma asiento.
Sujeto las manos al frente cuando Twig me adelanta para acercarse a la silla y apartarla.
Tomo asiento. Recojo la servilleta de tela para estirarla sobre mi regazo ante sus silenciosas miradas de sorpresa.
Me mantengo pegada al respaldo para que me sirvan el pan con aceite y los despenseros puedan acercarse a servir el néctar.
Pongo atención a mi madre cuando los lacayos se apartan.
A pesar de que trate de ocultarlo bajo las ropas y el cabello peinado con estrategia, la luz que incide por los ventanales la delata.
Muchas de sus hermosas facciones han cambiado, ahora están delimitadas por el morado.
Uno tan profundo como el que se ve cuando se oculta la luz en una noche de lucha incesante.
—Es miércoles —afirma mi padre con solidez.
Apenas el sonido de su voz llena la estancia, mis ojos viajan hacia él.
—Así es, mi señor —asiento. Estiro el brazo para tomar el pan con normalidad.
—Significa que pasaréis la noche fuera de palacio —observo como chasquea los dedos.
Rune se acerca con rapidez y toma los cubiertos de la mesa para cortar el pan y la fruta de su plato.
—¿Aún cuento con vuestro beneplácito para ello? —bajo la mirada para la petición. Mi ceño se arruga.
—Di mi palabra al rey de los elfos —la nariz del rey se arruga.
Rune se aparta de inmediato. No entiendo qué desea conseguir…
—La edad no consiguió saciar mi curiosidad —Drieden interviene en la charla llevándose un trozo de fruta a la boca—. Decidme, querida princesa —sonríe—. ¿Qué esperáis encontrar en la ciudadela?
Cierro los ojos al ver como algunos trozos de comida y saliva salen disparados de su boca.
Tiene la misma delicadeza que una pila de gorrinos.
Ni siquiera he sido capaz de concentrarme en mi plato después de contemplar como su lengua nos deleita a todos en un espectáculo.
Era de esperar este comportamiento en alguien con el aspecto desdeñado y el cabello mugriento que debería soñar con pasar por los aseos.
—Tan solo busco el placer de una buena lectura, y una conversación placentera de la mano de una mujer —me aferro a los cubiertos para disimular el asco que me ha producido verlo comer.
—¿Consideráis necesario dormir alejada del palacio para un deseo tan trivial? —Drieden acentúa sus arrugas al recurrir a la ironía.
—Lo que disfruto leer está guardado en los muros de ese lugar, cancilier. Espero que la información sobre la luz me ayude a tomar ventajas sobre el resto de mis compañeros, complacer a nuestro señor —mi mirada se afila desafiante.
—No te apures, Drieden —mi padre sonríe y muestra todos sus dientes—. La profesora Morgorite responderá por ella. Será la única que pueda decirnos si la princesa miente, o dice la verdad acerca de sus intenciones.
—Os mentirá, sire —Drieden se frota la nariz tras apoyar los codos en el reposabrazos—. Recordar como intentó engatusar a la reina años atrás.
—¿Acaso pensáis que podría traicionarme para proteger a la princesa? —el rey alza las cejas. Ladea las pupilas hacia el cancilier.
—Las mujeres no son criaturas de fiar, su majestad —Drieden detiene la mandíbula—. ¿Recordáis a la profesora Charmglow? Tal vez piense de la misma forma que ella…
—La lealtad que profeso al rey es el motivo por el que vivo —elevo tanto la frente, como grande es el embuste—. Vivo para honrar a su trono —hundo la mirada en el cancilier—. Cualquier intento de traición a la corona, lo es también a la casa Wínverin. Debo recordaros que esta también es mi corona.
Mientras Rune espera al lado de la silla del rey con la servilleta en la mano, su majestad mastica como una bestia torda.
Nada lo diferencia de su más cercano compañero.
Todo a su alrededor se llena de migas de pan, fresas que roban el blanco puro del mantel…
Y aun así, mi padre esboza una sonrisa con la boca llena que opaca por completo la que todavía sostiene el cancilier entre los labios.
—¿Crees que tus palabras me engañarán? —mi padre ríe. Su ceja derecha se arquea decidida.
—Jamás podría pensar que las palabras de una simple princesa engañarían al gran señor de la hadas —niego de inmediato.
—Espero que el castigo por traición de los guardias se mantengo fresco en tu obtuso seso de cortesana —posa despacio los dedos sobre la mesa para inclinarse hacia delante—. No dudaré en clavarte en una de esas picas si decides cambiar de opinión.
—Yo me entregaría si eso sucediese, padre —trago saliva.
Mi mente despierta al temblor que sacude mi cuerpo. Sujeto mis manos con fuerza sobre las piernas para poder calmarlo, que no me afecte a la voz.
—Lo sabría antes de que pudieras hacerlo y sufrirías mucho si eso llegase a ocurrir —el rey estira la copa para que el despensero se la llene.
—¿Podría permitir que alguien os cortase la cabeza? —elevo la mirada de inmediato. Batallo con mis nervios por sostenerla.
—¿Matarme? —sonríe mi padre—. No pensé en esa clase de traición… —la curva alegre de sus labios desaparece—. Pero hay normas que te prohíben acercarte a criaturas de otros reinos.
A pesar de que mi aliento se queda contenido, la propia inquietud por su confesión lo sacude. No es posible que hable sobre Néferien y sus brujos. Debe estar pensando en los elfos de Rhysartyr.
—Os confundís, mi señor —la forma subversiva en la que mis pupilas brillan ante las suyas me sorprende. Por qué diría esto de todo lo que podría decir… —. No hay normas que me prohíban relacionarme con los elfos.
—¿Te atreverás a rebatir las normas que crearon en mi presencia? —mi padre lanza el tenedor contra su plato.
Retira la silla de un movimiento brusco. Apoya la mano en la esquina de la mesa para llegar a mi asiento con mayor facilidad.
—No era mi intención someter a juicio el conocimiento de mi señor —tiemblo con la cabeza en alto—, pero no hay dioses que me prohíban cruzar la frontera de Ravenbell.
—¿Acaso que sea vuestro padre no es suficiente? —su presencia sombría se vuelve imponente sobre el plato
Mi madre me lanza una mirada de reojo. Sus párpados estirados en señal de advertencia es lo único en lo que puedo fijarme ahora que la voz de mi padre ataja cerca de mi cuello convertida en un susurro.
Aprendí a que sus expresiones me hablaran, sé que ahora me pide que guarde silencio. Pero debería saber que no lo haré.
—Entonces atrévete a encamarte con uno —musita mi padre con voz velada—. Por mi fe te digo que el castigo por traición te parecerá una bazofia en comparación con el que te daré si te atreves a demostrar que eres una ramera.
—Os juro por la vida de la dinastía que jamás puse mis ojos sobre una criatura del reino elfo —estiro las comisuras, y, en el fondo, solo yo sé que esta sonrisa es de burla.
Y que esta es la única verdad que he dicho desde que he atravesado esas inmensas puertas.
—Sé que me darás un motivo. Sé que usaré ese calabozo que construí para ti —el calor de su cercanía me eriza la piel.
Siento como se aleja, pero mi cuerpo se estremece cuando su respiración se acerca por el otro lado. Sus dedos caen sobre mis hombros.
—Siempre has sido la mayor deshonra del palacio —el rey recurre a su sinuoso tono para amedrentarme—. Sabes que no aprecio tu vida, pero no deseo las explicaciones que pedirán los dioses si desapareces.
La punta de sus dedos se hunde en mis clavículas con el firme propósito de dañarlas.
Bordea el asiento para recorrer el lateral de la mesa.
Con las pupilas en el borde del ojo capto como su capa se aparta al unísono que la daga se desenvaina con agilidad.
Deja reposar la punta sobre la yema de sus dedos izquierdos cuando llega al final de la tabla para jugar con ella.
Pasea silencioso, pensativo me atrevería a decir.
Camina observando los frescos que él mismo ordenó a los elfos pintar, sonríe al cancilier al llegar a su lado en busca de su asiento.
La calma absoluta lo abraza al llegar a su silla.
Nos recorre a todos con la mirada mientras la línea curva y alegre de sus labios se transforma en espuma.
En maldad. Eleva el brazo para empuñar la daga con todo el poder que esos sentimientos de su esencia le otorgan, y la clava en la mesa.
El sonido retumba por cada roca. La empuñadura oscila en el aire.
Baila amando el miedo que profesa la mesa al sentirse profanada por la gran parte de la hoja que hay hundida en ella.
El bailoteo al compás de cada elemento de la cubertería se ríe del temor reflejado en nuestros rostros.
Incluso en el del cancilier. Las manos de mi padre se posan cuidadosas a cada lado de la daga según se inclina sobre ella, hasta que sus ojos se han posado llenos de furia en la mirada rota de mi madre.
—Si la princesa se atreve a traicionarme, os enviaré a ver cómo me deshago del cuerpo de tu valiosa hija antes de encomendarla a Beliel —el rey rechina los dientes con cólera—. Y después acabaré con tu vida por haber sido la culpable.
La frente de mi madre se mantiene inclinada hacia abajo como la mía.
Como la de todos los presentes. El rey se mantiene de pie contemplando como nos sostenemos con firmeza a los asientos.
Sumisos y disciplinados. Nadie dice nada, pero me entristece saber que ya no espero que nadie lo haga.
No sería inteligente llevarle la contraria.
Dedica una mirada de orden a Drieden, él solo tarda un pestañeo en obedecerlo y alejarse de la mesa.
Sacude la mano para ordenarle a la reina que le siga.