Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 10. El claro del bosque. #2
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10. El claro del bosque. #2

—Yo tampoco encuentro justa la decisión de suicidio compartido que habéis tomado —se cruza de brazos. Me mira de medio lado con decepción—. Si no pensáis en vuestra salvación, pensad en ese sentimiento que aseguráis sentir por él y salvadlo de la muerte.

Eso susurrado por sus labios ha sido más doloroso que gritado en mis pensamientos.

Me enfrenta a una verdad aterradora. Mi corazón me ruega que lo salve, pero mi alma implora por estar a su lado.

Lo hace con tanta ansia que no puedo ignorarla.

Él está convencido de que nos seguirán, cree que no podré descender en el claro porque las flechas de los ángeles atravesarán mis alas para hacerme caer.

Durante horas completas ha intentado convencerme de que la idea de encontrarme con Azohr debía quedarse en mi memoria, pero esto…

Esto no lo había mencionado hasta ahora.

Sus palabras parecen propias de un discurso de manipulación de mi padre.

No lo entiende, no me entiende a mí. Utiliza la vida del teniente como excusa para desacreditar cuáles son mis deseos solo porque su cuerpo se estremece.

Solo por egoísmo propio. Y eso es peor que si tratase de hacerme daño.

Tiene que comprender que esta decisión no la tomó Eladriel. Tampoco la princesa. Fue la princesa Eladriel que él mismo forjó con cariño y paciencia durante más de un milenio esperando que tomara este lugar.

—Si no te sientes capaz de aceptar mis decisiones, cuando menos respétalas —mi barbilla se eleva dolida. Mi mirada se vuelve severa—. O no tendré más remedio que pensar que estás contra mí.

—Mi princesa… —Twig titubea. Deja caer la mandíbula inferior.

Mi pecho se hunde al ver como sus ojos se llenan de tristeza.

Me duele. Twig no merece que sea severa y autoritaria, jamás pensé que llegaría a decirle esas palabras.

Ni siquiera por haber perdido la paciencia con sus miedos envueltos en consejos de amor prohibido.

El ánima se me desquebraja porque entiendo que es su voz, la misma que necesito ahora para sentirme segura, la que corta mi libertad.

La del hombre que la puso ahí. Le advertí que nada podría hacerme cambiar de opinión sobre el teniente.

Que nada sería capaz de impedir que desease tener su presencia tan cerca, como la de Tien lejos.

Esto no se trata de Azohr. Desearlo a él me ha hecho comprender que puedo desear mucho más de lo que hay en Eryas.

De lo que hay en mí. Sus ojos me gritan que hay otra vida que siempre supe y no quería comprender.

—Fuiste tu quién me aconsejaste iniciar una rebelión —desvío la mirada llorosa a las orillas. A las criaturas en ella—. Ya no hay vuelta atrás.

—La peor de las ofensas, mi princesa. Aseguráis que desconfiáis de vuestro leal servidor… —siento como Twig fija su mirada en mi aparente indiferencia—. Mi mayor ayuda siempre será ofreceros un consejo que salve vuestra vida.

—Yo no temo morir por lo que deseo. Ya no —estiro los labios en una mueca de molestia—. Pero tú aún tiemblas ante la idea de mi muerte.

—¿Cómo esperáis que no me aterre perderos? —pregunta Twig con desconcierto.

—Necesito que deje de hacerlo —bajo la mirada hacia el suelo empedrado.

—No permitáis que esa rebelión que iniciáis os convierta en alguien tan intransigente y tirano como lo es vuestro padre, mi princesa —sus brazos caen pesados con lentitud. Da un paso al frente.

—No te confundas, amado Twig —dejo escapar un resoplido irónico—. No permitas que tus temores te conviertan en mi padre, tú eras el único que parecía confiar en mí.

—Disculpadme, mi pequeña Eladriel —Twig me dedica una reverencia.

La culpa me golpea con tanta fuerza como las ganas de mantenerme firme. Me apena su renuncia. Que no haya respetado su vida para mantenerse cerca de la mía incluso cuando tenía oportunidades para escapar. Esto no es más que una traición a sus propios pensamientos, y ni siquiera puede darse cuenta.

—Siento haberte traicionado a ti, mi querido guardián —cojo sus manos entre las mías—. Espero que algún día puedas perdonarme.

—¿Una traición a este corazón? —Twig eleva la mirada con urgencia. Con el ceño arrugado.

—Sé que traiciono tus deseos por los míos a pesar de que tú siempre renegaste de los tuyos por estar a mi lado —un par de lágrimas abandonan la comisura del ojo.

—Twig no sería feliz sin el cariño de su princesa —eleva mi mano hasta su cara para que la envuelva.

—Nunca olvides que eres la criatura más importante para mi corazón, Twig —me acerco aún más. Alzo la otra mano hasta sujetar su rostro, beso su frente—. Pero ahora la princesa no podría vivir sin la mirada del teniente.

—Entonces sonreiré cuando lleguen los días como hoy, mi pequeña princesa, porque sabré que sois feliz —Twig sonríe. Sus ojos se llenan de esa ternura que solo él puede darme.

—Te prometo que conseguiré esa vida larga y feliz de la que hablábamos tras escuchar los cuentos que calmaban mis pesadillas —asiento sonriente. Firme—. Y entonces seré yo quién te proteja cuando tengas miedo.

Un leve golpe en la puerta quiebra nuestro abrazo, mis ojos se levantan al sonido de inmediato.

Capturo la sombra de unos pequeños pies que se cuela por la rendija bajo la puerta.

Escucho susurros que toman el aire y se pierden tras las hojas de madera.

Twig arruga el entrecejo ante la inesperada visita.

Camino hacia la puerta en primer lugar. Sus pasos me siguen.

Despejo el pelo de la oreja, apoyo las manos en la madera para acercarme con cuidado a obtener detalles más precisos que un simple toque.

Mi frente se arruga por el eco de una respiración agitada, me aparto mientras señalo mi posición para indicarle que se coloque ahí.

—Twig… —musita un fino hilo de voz—. Twig…

Twig abre los ojos con cautela.

—Princesa Eladriel... —irrumpe el murmullo de la criatura de nuevo—. Soy yo. Elm.

¿Elm? ¿Qué podría buscar en mis aposentos el lacayo que sirve a mi madre?

La maldad del rey lo dota de una inteligencia única.

Impide que sus lacayos y criados tengan demasiada unión entre ellos para evitar posibles conflictos en palacio.

Quiere evitar las alianzas o que mi madre o yo contemos con el apoyo de sus hombres para destronarlo.

Tampoco pueden servir a otra criatura distinta a la que se les encomendó salvo a él. ¿Qué tal si viene a por Twig?

Sujeto su brazo para colocarlo a mis espaldas.

Acerco la mano con determinación al pomo de la puerta mientras acaricio con sutileza la empuñadura de la daga que guardo bajo el corpiño.

Indico a Twig por encima del hombro que haga silencio.

La punta afilada resplandece según la hoja de la puerta comienza a separarse, apunto al frente sin pensarlo.

Elm. Aemid. Retroceden al verme aparecer con el arma desenvainada.

La guardo después de realizar una rápida inspección por el descanso del exterior de mis aposentos y las escaleras.

Elm sacude el gañote con susto. Aemid se alía con el sigilo para recolocar la posición justo al lado de la puerta.

Twig deja escapar una leve carcajada al ver como su amigo temblequea pegado a los muros.

—Mi princesa… —Elm me observa sobresaltado.

Me acomodo el cabello. Estiro el corpiño tras esconder la daga con mayor precisión que hace un instante.

—¿Qué ocurre? —me aclaro la garganta cuando mis manos están sujetas al frente con decoro.

—Vuestro padre espera vuestra presencia en el comedor —parpadea Elm—. Considera importante tratar ciertos temas antes de que partáis a la ciudadela de los elfos.

—Entonces caminemos —tomo aire para abordar las escaleras.

Elm me dedica una reverencia al unísono de Twig. Sonrío hacia el guardia con semblante inquieto.

—Buenos días, Aemid —asiento.

—Princesa —una sonrisa ocupa el rostro del guardia mientras se inclina.

Apenas he bajado un par de escalones cuando siento a Elm tomar el lugar a mis espaldas. Demasiado cerca para un lacayo sin confianza. Aguzo el oído, puedo escuchar como su aliento se ha cortado. Frota sus manos con nervios. Sus huesos tintinean como cascabeles.

—¿Qué te asusta, Elm? —pregunto entre dientes después de detenerme sobre el escalón—. ¿Hay algo detrás de la orden de mi padre?

—Mi señora, fue su madre quién me envió —Elm baja el tono de voz hasta volverlo un susurro.

—¿Mi madre? —doy media vuelta por la impresión. Por si no escuché bien.

La reina hace años que no habla. Hace años que calla.

No interviene en las decisiones de mi padre a no ser que su presencia sea necesaria para acabar con los rumores que se despiertan, y solo porque su voz está dirigida por él.

Está encerrada en sus aposentos. Ni siquiera interviene en asambleas o asuntos de la corona.

No se encarga de elegir comidas… Hace muchas lunas que la reina dejó de reinar.

—Su majestad espera vuestra ausencia hoy, quiere utilizarla como castigo —Elm señala la continuación del camino con un movimiento de pupilas.

—¿Ha vuelto solo por mí? —aparto la mirada con más ira que asombro—. Esperaba engañarme…

—Tal parece, mi princesa —asiente Twig.

—¿Cómo lo has descubierto? —inicio de nuevo la marcha.

—El rey envió a Rune para advertir a la reina de que esperaría su presencia en el comedor para el desayuno —manifiesta Elm—. Lo vimos abandonar la torre del homenaje, pero no buscó a Twig para informarle y entonces la reina me envió para advertirla.

Aun en alerta, he sido demasiado confiada.

Pensé que el rey se distanció por los últimos acontecimientos.

No sé si era la esperanza la que me decía que al fin mi padre había comprendido qué lugar debía darme, o fue la desesperación.

Pero el cancilier Drieden siempre ha sido más cercano.

Los consejos que él da son más placenteros que los míos, los desea escuchar.

Sus mezquinas palabras alimentan sus más profundos miedos, sus locuras más oscuras.

Le hacen tomar decisiones que serían castigadas por cualquier dios sobre las tierras que juraron proteger.

No debería haber esperado una ventaja sobre él.

Acabo de comprender que no puedo ganarme el respeto de mi padre, hace años que lo sé e insisto. Pero engañarlo… Quizás deba ver qué consigo si lo engaño.

—No te preocupes, Elm —aprieto los dientes. Tomo aire hasta que ahonda en mi estómago—. Haré que Aemid guarde silencio sobre tu visita al cuarto y mis labios estarán sellados.