10. El claro del bosque.
(Eladriel)
Contemplo la manecilla larga del reloj. Repiquetea al compás del mecanismo en busca de la llamada de buenos días de mi amado Twig.
Me aclaro la garganta. Apenas falta un suspiro para que sus nudillos aporreen la puerta como si tratase de despertar a una bestia.
Me detengo en los detalles de la decoración madreperla que recorre la estructura de madera para mantener la tranquilidad. Esta vez no perderé la paciencia.
Me pongo en pie. Estiro las mangas de la camisa y ajusto el corpiño. Mis pupila se centran en la esfera mientras mi mente se llena de impaciencia… Tres. Dos. Uno.
—Buenos días, mi pequeña princesa —la voz suave de Twig remite el eco de los golpes.
—Adelante, Twig —autorizo con tono sereno.
Hasta yo me he dado cuenta de que eso es impropio en mí a estas horas.
Twig accede junto al carro del desayuno. Sobre él, todavía humea el maldito elixir de cada día. Hoy no lo miro con tanta desgana, pero no le confesaré que anoche fue mi salvación cuando no podía dormir.
—¿Traes el desayuno? —arrugo el entrecejo al llegar al carro. Sonrío—. Hasta el cocinero está feliz por la ausencia del rey.
—Que poco exagerada sois, mi princesa… —asiente Twig con una sonrisa de chanza.
—¿Dónde le han llevado hoy sus sombras? —pregunto mientras mastico con ansia un par de uvas.
—Marchó junto a dos canciliers a las fronteras. Todavía no confía en la presencia de los brujos centinelas que enviaron desde Néferien —sujeta las manos a la espalda. Estira su postura hasta volverla protocolaria.
—¿Crees que mi padre espera que el traidor se acerque? —arqueo una ceja al ladear la mirada hacia él—. Hace días que envía hombres, pero hoy se ha molestado en ir él mismo.
—Los canciliers creen que las intenciones de la reina están encaminadas a una reunión con el hada que cometió la traición —sus hombros suben de forma ligera—. Es probable que si escucha sus teorías…
El alma del rey se ha sumido en la locura desde que nos reunimos con los reinos vecinos.
Las fronteras de Ravenbell están cubiertas en todos sus flancos con espadas y lanzas bisarma.
No ha dado desayuno. Tampoco ha asistido a las comidas o cenas ni se ha dejado ver por el salón o la sala de asambleas.
Tan solo se reúne con el cancilier Drieden y Rohan, y lo hace fuera de palacio.
Al volver sus semblantes están más torcidos que al salir.
No se ha dirigido a mí desde que abandoné la sala del trono.
Supongo que está abrumado por lo sucedido.
Es la primera vez que me atrevo a hablarle y él se detiene a escucharme, y yo todavía siento como mi cuerpo tiembla por ese momento.
Intuyo que la lejanía es por vergüenza. Porque Drieden ha convertido este gesto en una debilidad.
Admito que robé su autoridad por un instante y mi padre me cedió su lugar para negociar con quiénes él lleva años transformando en enemigos.
Los incluí en sus planes de salvación y entregué parte del solium. Desprecié a Tien…
—Sé que os resultaré inoportuno y molesto con mis palabras, querida princesa —Twig se balancea sobre sus pies mientras algo parece rascar su garganta.
—Twig… —aprieto los labios.
—Mi deber es uno —asiente—. No puedo permitir que abandonéis el cuarto hoy sin recordaros que vuestro plan de colocar carteles incriminatorios sobre vuestro padre, me parece una soberana locura.
—Aunque mi apariencia diga otra cosa, estoy de acuerdo contigo, esta noche apenas pude dormir —tomo el vaso de elixir del carro con premura—. ¿Has preparado todo lo que te pedí?
—Hice las dos reservas de tintas de hollín y recibí las plumas moldeadas por los escribas del reino elfo —Twig resopla.
Supongo que no le gusta que nada pueda hacerme cambiar de opinión.
—¿Y los pergaminos? —trago aprisa cuando el recuerdo viene a mi mente.
—Le ofrecí al escriba aliado trescientos feérines y le entregué la pluma con luz de vuestro don imbuida —saca de sus bolsillos la bolsa que le entregué sin nada dentro.
—Aún hay algo más —dejo el vaso sobre el carro para acercarme a él—. ¿Conseguiste que Olen dijera lo que necesito?
—Los guardias cambian el turno a las once, justo cuando las puertas de la ciudadela deben ser cerradas —Twig baja la mirada incluso así puedo ver su congoja.
Ignoro esa chispa de tristeza de sus ojos por supervivencia y camino hacia el balcón.
Aparto las cortinas para abrir las hojas en busca de algo de aire que me evada de sus reproches silenciosos.
Abordo la terraza con anhelo. Ahora que no hay rastro de los cuerpos expuestos en las orillas, el viento se mueve con más pureza que nunca.
Debo ser agradecida con los benditos cuervos que se acercaron a picotear los restos.
Mi padre se vio obligado a retirarlos antes de cumplir con el plazo que había estipulado bajo la excusa de que la ofrenda al dios padre Beliel se estropearía.
Sin embargo, no pudieron llevarse con ellos el sonido del llanto por la muerte y la sangre esparcida sobre esa tierra húmeda. El olor a sufrimiento.
El azul del cielo se vuelve cristalino cuando el recuerdo vuelve vidriosa mi mirada.
Apoyo las manos sobre la barandilla de mármol frío.
Twig se acerca en silencio y toma el lugar a mi izquierda.
Sujeta las manos a su espalda mientras su barbilla se eleva a los lejos, a las casas de Eryas que bajan por las faldas de la montaña. El Lago Cøve.
—Tienes que hacerlo esta noche —mantengo las pupilas de las betas amarronadas de la barandilla—. ¿Alguien te vio salir de la sala?
—No, mi princesa. Me aseguré de que la madrugara fuera mi cómplice —Twig posa la llave sobre la estructura de piedra.
Enseñar a Twig a leer y poner una pluma en sus manos fue una de las mejores decisiones que tomamos.
A pesar de que viene de la primera generación de hadas, fue creado como sirviente.
Los trabajadores de palacio y los soldados no reciben educación, solo protocolo, y me consta que hay reinos donde esto se ejecuta de distinta manera.
Los escritos de la ciudadela mencionan que los brujos renuevan sus conjuros cada año y los enanos aprenden música, orfebrería y todo tipo de artesanías.
Qué debo pensar sobre los elfos si ellos poseen el conocimiento…
Tomo la llave y camino al interior. Alzo el reloj de la mesilla de forma cuidadosa y retiro la esfera de cristal para pulsar el centro de las manecillas. Una pequeña rendija se abre en su base cuando el mecanismo se acciona formando el hueco exacto para guardarla.
—No olvides donde está escondida o no podrás acceder —le dedico una mirada por encima del hombro.
Twig me observa en el umbral de la terraza con las manos sujetas en la espalda.
Sé que teme. Que los dos estamos asustados.
Pero confío en que nadie podrá hallarlo en ese lugar porque no hay otra criatura salvo nosotros que conozcamos su ubicación.
Elegí construir la sala bajo el cenador del invierno.
Estoy segura de que nadie sabe nada, las hadas que elegí para hacerlo estaban encerradas en las mazmorras de mi padre y les habían cortado la lengua.
Hablar no era una opción. Los envié a Draenith como recompensa.
Ellos sabían que esa isla repleta de asesinos, abusadores y gente de moral dudosa era más segura que vivir bajo las torturas del rey.
Al menos, allí podrían luchar por salvarse.
—También deseo recordarte que hoy debes estar cerca de mi padre y el cancilier —arrugo la frente con tono de aviso al volver frente a él—. Quiero que veas todo lo que hacen, que escuches todo lo que dicen. Eso nos dará una ventaja sobre ellos.
—Mi princesa… —de nuevo, Twig se aclara la garganta mientras su semblante comienza a rayar la línea del protocolo.
—Twig… —yo también me repito.
—Aún no me habéis contado como haréis para estar con la princesa de los elfos en un lugar de la ciudadela y con el teniente Bradosck en el otro —insiste con el tema y usa un tono de preocupación que quiere estremecerme.
—No debes preocuparte por eso —sonrío según apoyo las manos sobre sus brazos—. No me atrevería a actuar de no tener un plan pensado.
—No permitiré que os marchéis sin que me lo hayáis contado —niega con urgencia—. Porque si os negáis…
—¿Me negarás tu ayuda si ese es el caso? —arrugo el entrecejo. Acepto su mirada angustiada.
—Me gustaría poder decir que no —acepta al fin y deja caer su mirada.
Ver la persistencia que pone en que confíe en él me anima a sincerarme, pero no disfruto con estas pequeñas coacciones.
—Me reuniré con el teniente en el claro tal y como habíamos previsto —dejo caer los brazos para bordearlo y salir de nuevo a la terraza—. Pero solo será para informarle de los cambios.
—Explicadme entonces en qué consisten esos cambios —sus labios se vuelven rectos. Su rostro se vuelve impaciente.
—Él deseaba encontrar un lugar seguro en el que pudiéramos encontrarnos. Yo le ofreceré ese lugar —sello los labios.
—Debo suponer que habláis del cuarto de la ciudadela, ¿me equivoco? —sus fosas nasales se separan. Su mirada crítica me envuelve.
Guardo silencio. Hay ocasiones en las que no es necesario hablar para admitir cuál es la verdad.
No soy tan inocente como cree. No olvido el peligro que los dos enfrentamos si nos ven en el claro, si los guardias de los elfos nos encuentran en uno de los cuartos de la ciudadela juntos.
Pero elegí ese lugar porque conozco a esas criaturas mejor que a ninguna otra.
Sé cómo se mueven, qué piensan, cuáles son sus códigos y la forma de enfrentarlos…
—Atribuiré vuestro silencio a la falta de juicio que parecéis tener en los últimos días —me espeta Twig con la mandíbula apretada.
Quisiera decir que solo está molesto, pero conozco sus gestos tanto como él conoce los míos.
—¿Crees que mi estómago no tiembla temeroso como el tuyo? —lucho por mantener un tono de voz decoroso—. Pero me he rendido. También se mece de miedo cuando las puertas de este palacio se cierran en la noche.
—¿Por qué tenéis miedo? —Twig llena su tono de burla—. Pensáis que vuestro plan es digno de un gran sabio. Incluso podéis pedir a los guardias elfos que os lleven el desayuno al cuarto para tomarlo juntos como última voluntad.
—No encuentro justa tu ironía —sacudo la cabeza. Niego con algo de rabia.