9. El camino de los traidores. #9
Los pasos de los soldados se mantienen firmes y convencidos en encontrarlos y cuando llegan, les arrebatan a los pequeños sin ninguna clase de esfuerzo.
Uno de ellos la sujeta por los brazos mientras trata de soltarse.
Ella sacude los pies con bravura hacia todos lados.
Sus gritos son dolorosos y perforantes, poco para lo que está a punto de ver.
Los niños han sido puestos de rodillas delante del cuerpo de su padre.
En un movimiento rápido, los guardias desenvainan sus espadas y cortan sus cuellos.
Mis ojos se cierran cuando les privan de la oportunidad de crecer.
Los soldados sueltan a su madre, aunque acabar con sus ganar de luchar la ha dejado de rodillas sobre la arena.
—¿Qué os parece si nos quedamos a la mujer? —propone Drieden—. Ella sí puede servir al palacio.
Mi padre contempla el rostro ambicioso de su cancilier, más no tarda ni un segundo en aceptar que su idea no es tan mala.
—No llores —ordena mi padre mientras desciende al lado de la pobre mujer—. Vuestros hijos no volverán a pasar miedo nunca más —sonríe mientras acaricia su cara—. Y vos seréis mi prisionera a partir de este momento, no os faltará comida.
Se aleja de ella para inspeccionarla primero con la vista antes de tocar su torso.
—Hay una buena pieza bajo esos harapos —asegura el rey deleitado.
—Le llevaré a vuestra sala privada para que continuéis con la inspección —incita Drieden al rey lanzándole media sonrisa de lado—. Será un buen lugar para agradecer el gesto que habéis tenido con ella tras su traición.
Tengo que encontrar una manera de liberarla. Tengo que encontrar una manera de liberarnos a todos.
El rey toma el vuelo. Se coloca de nuevo en su posición.
—Recordad que la traición será castigada con la misma severidad —sonríe su majestad con la barbilla elevada sobre el pueblo—. Que aquellos que se atrevan a desafiar mi voluntad, conozcan el mismo destino que los que han sido sacrificados.
Mueve el brazo en señal a sus guardias. Mi madre y sus canciliers lo acompañen. El pueblo hace una reverencia mientras se aleja, y se apresuran hacia los cuerpos cuando se los ha perdido completamente de vista.
Yo me quedo firme en el sitio, siento los empujones al pasar con prisa a mi lado.
No soy capaz de distinguir lo que está en movimiento de lo que se mantiene cerca hasta que Twig me trae de vuelta a la realidad.
Me llevo las manos a la cara para romper en llanto entre sus brazos mientras ellos siguen pasando deprisa.
O quizás el tiempo se está parando y realmente estoy muriendo.
—Princesa —una mujer me hace una reverencia angustiada—. ¿Qué puedo hacer para evitar este futuro?
Soy incapaz de contestar. Mis párpados se separan ante mi silencio cuando vuelve a hacerme una reverencia y corre hacia el resto de criaturas curiosas.
Se aleja sin que pueda darle una respuesta que la calme.
La contemplo y comprendo que a partir de ahora ya no podré ser más Eladriel o la princesa, eso debe terminar.
Tengo que convertirme en un ser tan poderoso, que sea capaz de enfrentarse al rey.
Sé que solo podré hacerlo si Eladriel empieza a ser la princesa.
Las decisiones deben ser tomadas porque cada camino que elijo me lleva a la más intensa de las revelaciones.
—Eladriel —Maren se acerca. Me abraza con fuerza para exprimir el resto de mis lágrimas—. No eres culpable de nada.
Cómo le explico a Maren que soy culpable de que en estas familias haya sangre y lágrimas.
—Sí —Lugh pone su mano sobre mi espalda—. Todos aquí lo sabemos —lanza una mirada acusadora a Rani.
—Eso —Rani se apresura a mostrar falsa compasión hacia mí.
No puedo mentirles, aunque cualquiera lo diría tras llevar milenios haciéndolo. Soy culpable de muchas cosas, entre ellas de no actuar. Aunque solo intentan ayudarme, sus palabras todavía acentúan más mi fracaso.
—Sabemos dónde están tus límites —Lynn me mira mordiéndose el labio inferior—. Sería una locura intervenir.
—Me parece que lo más apropiado sería posponer la visita a Rhysartyr —lanzo una mirada a Lugh. Seco las lágrimas mientras me recompongo.
—Estoy de acuerdo —Maren desliza la mirada hacia las briznas de hierba del suelo.
—Yo insisto en que no había propuesto nada —Lugh niega con resignación.
En estos momentos, ni si quiera podemos pensar en hacer bromas. No son nuestros familiares los que están en los pedestales, no son criaturas cercanas. Pero el dolor de la injusticia ha convertido mi vida en una batalla constante. En una lucha interminable por lo que es correcto.
Cada suspiro me muestra que la balanza sigue estando en el lado equivocado.
—Necesito que nos reunamos pronto —me coloco al lado de Twig con postura recta—. Es importante que confiéis en mí y que no penséis que os dejo solos. Probablemente a partir de ahora estaremos más cerca que nunca.
—No puedes irte —Lugh levanta el brazo con la mano hacia arriba—. Necesitamos información
—Primero tengo que hablar con vosotros —sacudo la cabeza en un gesto seguridad—. Os prometo que la conversación merecerá la pena.
—Entonces deberá de ser mañana —Maren me mira desafiante con un pie por delante del otro—. Nosotros también tenemos derecho a exigir.
—Bien —asiento sonriente ante el arrojo de Maren—. Entonces mañana nos reuniremos en el cenador de primavera tras la cena.
—¿No puede ser durante la cena? —Lugh esboza una sonrisa tímida.
—Las cosas no están para eso —le sonrío—. Pero te prometo una ración doble cuando se hayan calmado las aguas.
—Con eso me vale —señala a Twig con el índice—. Si me haces tú la comida, te perdono.
—Prefiero vivir con vuestro odio —Twig eleva las cejas con desprecio.
Lugh entrecierra los ojos mientras le clava la mirada, pero Twig lo ignora con eficacia. Me despido de ellos con un adiós silencioso. No solo yo estoy rota, creo que todos lo estamos.
Twig y yo desplegamos las alas. Dirigimos el vuelo hacia la verja de Eryas.
—Debes prepararte para el siguiente plan —revelo elevando la comisura izquierda—. Y practicar mucha caligrafía.