9. El camino de los traidores. #8
—Conozco a mi padre más de lo que me gustaría —clavo la mirada en sus pupilas buscando en ellos la imagen del futuro—. Pero no puedo imaginar que hay en las orillas si te atreves a decirme algo como eso.
Despliego las alas mientras Twig corre hacia Lugh y el resto.
Me impulso y vuelo a toda prisa para llegar frente al palacio antes de lo que mi padre ha pedido.
Necesito prepararme para lo que haya, no pienso darle al rey el placer de ver como una lágrima recorre mi mejilla ante sus actos.
Ni tampoco voy a crearle la duda de mi culpabilidad.
Los árboles se convierten en una masa homogénea y verde brillante debajo de mí al batir las alas con más furia que intenciones.
En las orillas se han clavado picas de madera.
Un total de diez guardias han sido decapitados y ensartados en ellas. Sus cabezas están agarradas con clavos entre sus manos, con la bandera de la traición de Ravenbell ondeando en cada mástil de las bases. La espada invertida atravesando la corona como símbolo.
De diez hadas ejecutadas por esta traición, diez son inocentes.
Desciendo lentamente. Observo cómo todavía se ven las gotas de sangre caer de sus cuellos, y mis rodillas tocan el suelo cuando pierdo las fuerzas para mantenerme en pie.
Mi llanto desgarrador cae sobre la arena.
Sobre mis manos. Mis gritos ardientes de dolor y culpa retumban por toda la hondonada ahora que su majestad está ausente.
Los guardias que todavía terminan de colocar los detalles exigidos por mi padre sobre los cadáveres dejan su puesto y se colocan en fila.
Todos ellos sujetan sus lanzas frente a mí.
Me tomo unos minutos en esa posición para rezar por ellos.
Para pedirles al dios padre Azabel y la reina del cielo Nagem que acoja sus inocentes almas.
Unas que eran puras y que están manchadas con el eco de una traición que no lleva su nombre.
Han hecho con su inocencia el camino de los traidores.
Me despido de cada uno haciéndoles una reverencia para rendirles mi más fiel gratitud y pedirles el más sincero de los perdones.
Los primeros habitantes llegan mientras tanto.
En sus caras se observa el horror, el pánico.
Asombro. Nunca algo igual ha sido visto en Ravenbell, nunca tantos cuerpos juntos y expuestos.
La ira de mi padre está descontrolada y no se darán cuanta hasta que el miedo ya sea dueño de ellos y los haya envuelto cuidadosamente con el velo de una mentira.
—Queridos y queridas habitantes —mi padre levanta los brazos abarcando al gentío—. Inclinaos todos ante vuestro rey.
Su majestad habla sosteniéndose en el aire con Drieden a su derecha.
Tras ellos se encuentra mi madre. Ella lleva una capa con una capucha que cubre su cara y deja a la luz solo la parte de los labios.
Por último, los canciliers ocupan una fila recta tras ellos vestidos con las túnicas oficiales del reino.
Todos los habitantes se inclinan. Algunos con auténtica pleitesía aun siendo conscientes de esta barbarie.
Yo me inclino mostrándole ese tan deseado respeto, aunque lo miro con tanto odio que es imposible que no lo note.
Ni una sola mueca de tristeza en su imponente rostro, y menos, en el de Drieden.
Sin embargo, cuando Maren y el grupo aparecen entre los árboles, sus caras de horror impactan directamente en mi pecho.
Sus lágrimas las siento como cuchillas rasgando la piel, más hirientes y cortantes que las mías.
Me atraviesan como reproches silenciosos.
—He sido traicionado —el rey abre los brazos completamente. Señala apenado a los guardias expuestos—. Todos estos guardias han confabulado a favor de los brujos y enanos. De nuestros enemigos.
—El castigo aplicado para ellos ha sido meditado y sigue las leyes del código real de Ravenbell —Drieden desenrolla un pergamino y carraspea antes de leer—.
“Cualquier acto de desobediencia, cuestionamiento o traición será castigado severamente con penas que pueden incluir desde el destierro o la encarcelación, hasta la ejecución, y será medido según la gravedad de este”.
El hecho de que sea Drieden el que está en esa posición demuestra quien es el que verdaderamente tiene el poder y a qué posición está relegada mi madre. El asco que me produce su presencia. Tras él, tras todos los que sostienen su hegemonía, está mi voz.
—Como vuestro rey y más sabio soberano he decidido actuar en consecuencia —mi padre llama con la mano a Cedric—. Se leerá la lista de los ejecutados para que sus familias den un paso al frente. Todos serán castigados.
Cedric desciende papel en mano. Sus pies aterrizan frente a todos los habitantes. Su semblante oscurecido ha llenado su mirada de una tristeza que lucha por ocultar. Otro guardia llega con una antorcha de madera encendida en la mano y se coloca a su lado. Toma aliento para comenzar a leer la lista.
—Aurelius Thorne —consigue decir Cedric con los ojos vidriosos.
El guardia acerca la antorcha a la cabeza que sostiene su propio cuerpo.
Se hacen más evidente los dos clavos que atraviesan sus manos y el cráneo.
Una mujer y un niño de las primeras filas dan un paso al frente llorando mientras se abrazan.
Al salir de la multitud y ver el cuerpo del que supongo es su marido, no es capaz de continuar.
Sujeta a su hijo contra su pecho para que no observe la injusta escena.
Uno de los guardias privados de mi padre desciende y agarra su brazo para tirar de ella con brusquedad hasta colocarla frente al cuerpo de Aurelius.
—Lysander Merwin —Cedric deja caer la primera lágrima al cerrar los ojos para no ver la cara cuando el guardia acerca su antorcha.
Dos hadas bastante mayores cruzan con dificultad el gentío llorando en silencio, trabajan para dar pasos que siguen siendo lentos. Su llanto se hace sonoro y lacerante cuando, al llegar ante su hijo, abrazan sus piernas totalmente desconsolados.
—Mireius Galvin —el guardia no puede evitar mirar emocionado su cadáver. Agacha la cabeza cuando se ve el rostro desfigurado que mantiene los ojos abiertos y sin expresión.
Nadie da un paso al frente en los próximos segundos y cierro los ojos para atrapar mis lágrimas en ellos. Ni si quiera tuvo tiempo de formar familia.
—Elowyn Faulkner —Cedric lanza una mirada confusa hacia uno de los guardias que acompañan a mi padre.
Aoceg sale de la guardia privada y se coloca de rodillas frente al cuerpo de su hermano. Apoya la cabeza en uno de sus brazos para dejarse desgarrar por el dolor y que un grito salga.
Los ciudadanos lloran por sus habitantes. Mi piel se vuelve punta al ver a esas criaturas acercarse a sus familiares. La mirada de placer de mi padre y Drieden me provoca una presión en la garganta comparable a una mano estranguladora. Es terrorífico verlos tan enteros.
—Fioran Trask —anuncia Cedric.
Se acerca a un señor con bastón para ofrecerle ayuda hasta llegar al pedestal.
Casi no puede sostenerse en pie y necesita ayuda para llegar, pero se inclina ante su rey antes de acercarse al cadáver de su hijo.
La mueca de desprecio hacia su sangre me estremece.
Cree tanto en su señor, que realmente piensa que su hijo ha deshonrado su nombre. Ni siquiera lo pone en duda.
La culpa va agarrando cada parte interior de mi abdomen. Me encoge, me tortura con cada nombre mencionado por Cedric. Seraphel Dunbar. Thalios Vance. Evan Crosswell. Isol Hartley. Calistos Verner. Sus muertes dejan padres, mujeres y niños completamente rotos y me rompe con ellos.
Estos llantos tienen que cesar, alguien debe que hacer algo contra mi padre y sus canciliers. Se debe eliminar el caos y el dolor del reino.
—Todos estos traidores serán sometidos al ritual de sacrificio para entregar sus almas a Beliel el día jueves a las diez de la mañana —Drieden lee el papel lanzando miradas satisfechas por encima de la hoja.
—Se les informa a los familiares de los guardias ejecutados que, tras el sacrificio, serán obligados a abandonar Ravenbell para ser llevados a Draenith.
Ahora pertenecen al reino de los desterrados —mi padre no baja la vista hacia esas criaturas en su discurso, se mantiene altivo y suspendido—.
Están acusados de conspiración contra la corona y la casa Winverin.
—Mi señor. Por favor —el señor del bastón se acerca a mi padre suplicando desde su sombra—. No conozco otra vida salvo esta, no me despoje de mi hogar. No me alejéis de vuestra sabiduría infinita y abandonéis mi alma a su suerte.
—Se aconseja a los ciudadanos afectados que colaboren —mi padre chasquea los dedos para que unos guardias agarren al anciano y lo devuelvan a su lugar.
El gesto provoca el grito silencioso de la gente—.
Manteneos en la línea de la lealtad y aceptad las órdenes de vuestro rey, o de lo contrario correréis el mismo destino que vuestros seres queridos.
—Majestad, tened piedad de mis hijos —una mujer llora desconsolada de rodillas en el suelo—. No los enviéis a ese lugar. Vivirán rodeados de violadores y asesinos que ni el padre Beliel desea aceptar.
—Entiendo —asiente mi padre. Aprieta sus labios con pesar—. Os preocupa el futuro de vuestros hijos, ¿no es cierto?
—Así es, su majestad —la mujer sujeta los hombros de sus hijos con fuerza.
—Comprensible —el rey inclina la cabeza hacia un lado. Estira los labios hacia abajo. —Y, ¿qué podrían hacer ellos por mi reino?
—Cualquier cosa será mejor que ese destino —asegura la mujer con el rostro desencajado—. Servirían todos a palacio.
—Son demasiado pequeños para servir —el rey niega. Hace un sonido de resignación con la boca—. Sin embargo, no puedo negar que me preocupa que algo pueda pasarles allí.
Mi padre se acerca a uno de los guardias a su derecha para susurrar cerca de su oído. Después vuelve a su lugar con una sonrisa de satisfacción. Y ya sé lo que sucede cuando la curva de sus labios se torna sibilina por sus secretos.
—Podéis estar tranquila, mujer —manifiesta mi padre sonriendo con orgullo—. Vuestro rey ha pensado en una solución para evitar que vuestros hijos sufran.
La mujer suspira aliviada por un segundo.
Sus ojos se llenan de terror cuando ve que cuatro guardias se acercan hacia ella y sus hijos presos del llanto.
Sujeta a los niños con fiereza. Retrocede mientras trata de abarcarlos con sus brazos.