9. El camino de los traidores. #7
Además de para conseguir luz en los días nublados, nuestro poder sería capaz de producir quemaduras que llevarían a la muerte al objetivo si atraemos la cantidad de luz suficiente —asiente—. Solo es necesario un gesto de manos.
—Perdón —Lugh ladea la cabeza hacia un lado para escuchar con atención—. ¿Tengo el poder de achicharrar criaturas, y me he enterado con mil doscientos veintinueve años?
—Joven Lugh —Ilta se coloca las gafas—. Si intenta atraer esa cantidad de rayo de luz sin práctica, podría atravesarlo y morir en el acto.
—¿Habéis observado mi nariz? —Lugh le lanza una crítica bastante directa.
—¿Cómo sabremos qué cantidad de energía es suficiente? —pregunta Win, un hada de clase bastante callado que rara vez habla.
Gracias a los dioses hoy decidió interrumpir a Lugh.
—Buena pregunta —Ilta le señala mientras comienza a caminar por la orilla—. Hay hadas que han dejado este mundo al intentarlo. No todas están preparadas para controlar tanto sus emociones al atraer la luz.
—¿Y cómo se sabe entonces quién puede hacerlo? —levanto una ceja.
—Mejor pregunta, princesa Eladriel —Ilta se detiene frente a mí. Coloca un pie por delante del cuerpo—. Muy a mi pesar, debo decir que no lo sabemos. Solo dos personas han sobrevivido a este poder, y no podemos recordar los pasos que seguimos al hacerlo.
—Monstruo infecto —musita Lugh entre dientes mientras le lanza una sonrisa fingida a Ilta—. Esta tarde no tengo tarjeta de trabajo, me gustaría acompañarte a la ciudadela.
—¿A la ciudadela? —lo miro de reojo con sutileza—. ¿No sabes cómo es el mecanismo de un libro y quieres ir a un sitio donde hay miles? —aprieto los labios con sarcasmo—. Curioso.
—¿Está mal querer evolucionar como ser? —Lugh eleva la cabeza exponiendo una mirada reflexiva impropia de su mente.
—¿Ese propósito tiene nombre? —estrecho la mirada.
—Te lo diré cuando tu tono inspire confianza y cariño —me mira con ojos inocentes. Como si no hubiera hecho nada malo en su vida.
—Sé que te has fijado en Aranel, pequeño insecto trotador —apoyo la mano en su hombro con una sonrisa.
—¿No vas a reprocharme el haber puesto mis ojitos en otra criatura distinta? —la inocencia se borra dando paso a la preocupación y al miedo.
Es evidente que le genera la misma culpa que a mí.
—No, Lugh —apoyo mi cabeza contra la suya—. Solo te pido que te cuides. Que pienses bien lo que haces, y, sobre todo, en qué lugar lo haces. La princesa tiene guardia privada.
—No pretendo saltarme las normas —apoya su mano sobre la mía—. Solo quiero estar cerca de ella.
Que maldición de sentimientos. Sentir culpa por querer, por desear aquello que se nos presenta como prohibido. No podría señalarlo nunca por haber elegido a quién no debe, no sé cómo se le explica al corazón que no se puede.
La clase de control ha terminado mientras Lugh y yo hablábamos. Una lección corta supongo que debido al tiempo que hemos perdido en la reunión. La profesora Ilta ya ha emprendido el vuelo y la orilla se convierte en un caos de hadas cruzando unas entre otras buscando a su grupo.
Desplegamos las alas y nos impulsamos para elevarnos.
Aunque parece algo obvio, casi nunca nadie utiliza el vuelo con tanta frecuencia.
Lugh señala una esquina donde el brillante pelo de Maren sirve de guía de nuevo para encontrarlos de forma rápida.
Aterrizamos frente a Rani, recostado sobre el tronco de un árbol sangre de dragón con Maren entre sus piernas.
Lynn está alejada. Apoya la cara con gesto de aburrimiento en una de sus manos mientras la otra toquetea las briznas de hierba.
—Os veo animados —Lugh traza media sonrisa al descender—. ¿Qué piensas ahora de leer un libro? —inclina ligeramente la cabeza hacia atrás para lanzarme una mirada por encima del hombro.
—Te confieso que empieza a parecerme divertido —sonrío mientras recorro al grupo con la mirada.
—¿Otra vez vas a empezar con la idea de ir a la ciudadela? —Lynn se levanta mientras sacude su ropa.
—Yo no he mencionado nada sobre ir a Rhysartyr —Lugh levanta el dedo índice con semblante estirado.
—Mejor, no me apetece para nada ir a ese lugar —Rani resopla de alivio. Echa la cabeza hacia atrás para apoyarla contra el tronco.
—No seas egoísta —Maren eleva la mirada para conectarla con la suya—. Nuestro deber es apoyar al pequeño Lugh.
—¿Pequeño Lugh? Hola —Lugh sacude la mano delante de ellos—, sigo aquí. Insisto en que no he abierto la boca.
—¿Es que acaso no es lo que quieres? —Maren le mira con decisión y una sonrisa juguetona.
—No —Lugh se toca la nuca.
—Entonces, imagino que la idea de ir a Eigton no te resultará apetecible —intervengo dándole un empujoncito delicado—. El rey Aelfraed me confió que la princesa Aranel necesita compañía… —aprieto los labios—. Podría pedirle permiso a mi padre para ir.
—¿Al palacio? —Lynn se observa el uniforme lleno del polvo del suelo y algunas hojas secas.
—Así es —me coloco a su lado observándole de arriba abajo—. Serás bien recibida.
—¿En uniforme? —me mira con los ojos abiertos.
—El rey Aelfraed es demasiado sabio como para darle importancia a esas memeces —asiento sonriente.
—Ese plan suena diferente —Rani se echa hacia delante empujando a Maren con la barriga—. Es una reunión de clase.
—¿Clase? —Lugh ríe. Apoya la mano en la boca del estómago—. Si eres tan encantador como un foso de barro…
—Cariño —Maren le pone la mano en la cara. Utiliza una voz calmada y empática—. Exigir clase para reunirte con alguien cuando careces de ella es de zopenco.
La realidad en la que Rani vive me apabulla. Supongo que no debe sentirse para nada orgulloso de su madre, que es una hada recolectora de semillas que trabaja bajo las órdenes de Maren. O de su padre, que es el encargado de limpiar los establos de los pegasos de mi padre.
—Te pediría como favor especial a la corona y a tu propio pueblo —conmino a Rani al colocarme a su altura—, que los comentarios despectivos te los ahorres en la visita si no quieres dormir en las mazmorras esta noche.
—Chicos, no podéis comparar una reunión con la princesa de Rhysartyr, con una visita a Borin o Ebhan —Rani asiente lentamente sonriendo desde el orgullo.
—¿Quién es Borin? —Lynn arruga el entrecejo según me busca con la mirada.
—El príncipe del reino enano —miro a Rani con un brillo en los ojos de enfado—. Príncipes como Aranel o como yo.
—Incorrecto —Rani abre las manos y las coloca entre nosotros—. El rey Eliot asegura que, en la jerarquía social, solo los brujos están por debajo de ellos.
—Al menos, ellos entran en una jerarquía —aprieto la mandíbula—. Tú, ni eso.
Rani me mira con desconcierto, pero también con ira.
Sus hombros se tensan ante mi comentario, pero la figura de Maren frente a él lo detienen de inmediato.
Inclino la frente para clavarle una mirada de advertencia que le relaja de inmediato.
No necesito que la pelirroja enamorada me dé su permiso para activar mi don y quemar su lengua…
Observo las orillas para no ver su rostro. Aprecio a lo lejos como una figura se acerca volando desde el jardín del palacio.
—¿Quién será? —Lynn da un par de pasos al frente entrecerrando los ojos mientras se inclina hacia delante con intenciones de ver mejor.
—No parece que sea un guardia, tiene menor tamaño —asegura Lugh de medio lado.
—Si no estoy viendo mal, parece Twig —ando algo más que Lynn y repito el proceso hasta que distingo su pelo cano y alborotado.
—¿Langostas? —Lugh me mira subiendo y bajando las cejas varias veces.
—¿De verdad crees que vendría volando hasta aquí para traer langostas? —Maren le echa una mirada irónica.
—Porque puede que su alma bondadosa quiera apiadarse de los hambrientos —Lugh se coloca el dedo en el mentón—. Tú eres despiadada, no lo entenderías…
—Tú no serías hambriento ni, aunque dejaras de comer de forma voluntaria —río mientras me cruzo de brazos.
—¿Qué no? —Maren me mira de forma sarcástica—. En un par de horas lo hemos perdido.
Al irse acercando, vemos que Twig efectivamente viene con las manos vacías. Yo sabía que no podía traer algo tan bueno como un plato de deliciosa comida, su visita solo puede traer malos presagios.
—Buenos días, jóvenes hadas —la voz de Twig se agita según me dedica una reverencia.
—¿Y mis langostas? —una arruga junta el ceño de Lugh.
—¿Ves? —Maren ríe—. No trae nada.
—Me defraudaste —Lugh niega con el semblante roto.
—¿Os habéis golpeado al volar? —Twig lo mira sorprendido. Sus ojos abiertos mientras pestañea…
—Dime que no traes malas noticias —le imploro.
—Sería una buena idea retirarnos un poco —Twig lanza una mirada alrededor—. Son cuestiones un tanto… —titubea—. Íntimas.
—Claro —carraspeo. Me coloco el pelo mientras dirijo una mirada al resto—. Debo retirarme a… —señalo a Twig, que ha comenzado a caminar alejándose unos pasos.
Twig se aclara la garganta para recuperarse del todo del esfuerzo. Cuando llego, mira de nuevo al grupo antes de romper a hablar.
—Su plan ha sido un éxito, princesa —Twig sonríe. Agarra mis manos con firmeza—. Vuestro padre ha decidido mantener la decisión de compartir el solium.
—Es la mejor decisión que podía tomar —asiento sonriente por sus palabras.
—Sin embargo, el rey ha encontrado al supuesto traidor —sentencia Twig.
Una ola de terror me paraliza. Me impide por un segundo incluso tragar.
—No puede ser —declino con la voz entrecortada—. No es posible, fui yo quien envió esas cartas.
—Convocará al pueblo en las orillas dentro de poco rato —apaga su mirada de a poco.
Algo no está bien. No debí confiar en que todo quedaría resuelto dentro de la sala del trono. Las palabras de Tien resuenan con fuerza al recordar cómo aseguró que no descansaría hasta encontrar a quién se atrevió a traicionarlo.
—Encárgate de avisar a Maren y los demás —una pequeña brisa de aire corre alrededor para ofrecerme un aliento de aire fresco—. No quiero ser yo quién los lleve hasta el infierno.
—No permitáis que los pájaros negros de vuestra mente os arrastren de nuevo al abismo —aprieta aún más mis manos—. Debéis estar preparada para lo que estáis a punto de ver, no rendiros por ello.