Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 9. El camino de los traidores. #6
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9. El camino de los traidores. #6

—¿Pero tanto os importa? —Twig sujeta mis hombros para inclinarme a su altura. Me sacude para que mire sus ojos de frente.

—Twig… —susurro con algo de vergüenza—. Yo…

—Fingir no servirá con alguien que lleva más de mil años a vuestro lado —manifiesta Twig de forma clara—. ¿Tanto?

—Tanto como para correr ahora hacia la puerta incluso si está repleta de guardias —confieso.

No solo a Twig le estoy diciendo la verdad, yo tampoco la conocía.

—Entonces dejadlo ir ahora —Twig señala con la mirada a los guardias de la puerta. —Mire como la observan.

Tiene razón. Esta escena ha sido demasiado para estar aún en el lugar donde mi padre consigue matar con tan solo chasquear sus dedos. Pero lo buscaré si finalmente decide no asistir a nuestro próximo encuentro por lo que ha escuchado.

Me despido de Twig antes de cruzar la puerta y despliego las alas nada más tocar el suelo de la entrada. Me lanzo al vuelo con la misma urgencia con la que buscaba aire puro.

Sobrevuelo la orilla. Los profesores todavía no han aparecido y en ellas hay alumnos esparcidos por todas partes.

La curiosidad se hace evidente en la forma de actuar del pueblo.

Hay murmullos de criaturas deduciendo los motivos de la visita real.

Presagian futuros oscuros donde los ranvenbelinos sufrimos una muerte atroz al caer en las garras de los temidos brujos.

Miradas al cielo analizan como el barco se aleja con ellos.

Otros aseguran que el rey ha intentado ser destronado por Efaris.

Cualquiera que vea este alboroto puede admitir que mi padre y su grupo de cancilier han hecho un gran trabajo engañando a toda su gente.

El pelo rojo de Maren se destaca entre la multitud cerca de las orillas norte donde damos las clases de luz conversando con el resto de los compañeros. Su cara de expectación es la misma al resto. Estiro una sonrisa para quitar peso a eso de lo que todos hablan.

—Buenos días, lombrices —desciendo a la derecha de Lugh.

—Buenos días, mi querida Eladriel —Lugh se inclina.

Rodea mi hombro con su brazo. Me muestra su amplia sonrisa de chantaje.

—Conozco los trucos que utilizas cuando quieres pedirme algo —tuerzo ligeramente la cabeza.

—Espera que le hables de la princesa Aranel —Maren apoya el brazo en mi hombro derecho—. Desde que la vio, no ha parado de hablar de ella.

—Nada de lo que le hemos dicho le hace entrar en razón, ni siquiera repetirle las normas —Lynn niega con frustración—. No quiere entender.

Me fuerzo a tragar el nudo que acaba de formarse en mi garganta. Supongo que están esperando a que recrimine a Lugh de forma severa por no querer cumplir las normas, en especial una que puede costarle la vida.

¿Cómo podría yo decirle que no luche, si sueño con un brujo desde hace días? Sin embargo, y porque Lugh es tan importante para mí como Twig o Maren, lo que estoy obligada a declarar es que es un error. Siempre todo es un error.

—Lugh —le lanzo una mirada cargada de complicidad por si a él pueden calarle estas palabras—. Interesarte en alguien de otra raza solo te traerá complicaciones.

—Si no míranos a nosotros ahora el problema que tenemos contigo —reprocha Maren con ironía.

—¿Acaso estamos perdiendo el juicio? —Lugh se coloca frente a nosotros. Coloca el dedo sobre nuestros labios para hacernos callar—. Sí, puede que Aranel parezca una visión delicada y etérea debido a su perfección, pero adoro como me queda la cabeza sobre los hombros.

—Entonces deja de hablar de ella de una vez —Rani da un paso al frente para asestarle unos suaves guantazos en la cara—. Eres más cansino que un trovador que canta siempre la misma canción.

—Calla, mofeta con voz —Lugh le dedica una mueca de indiferencia a Rani—. No hay normas que nos prohíban ser amigos.

Lugh tiene suerte, estoy segura de que sus padres no pondrían problemas para que fuera amigo de Aranel. Es más, serían capaces de recibirla en su casa y quitarle la cama a su primo Keus para ofrecérsela a ella si hiciese falta. Ella es una elfa. Una princesa que salvaría a su pobre hijo…

—No tienes que preocuparte tanto, Eladriel —menciona Rani mientras se coloca al lado de Lugh. Lo mueve al rodearlo con el brazo—. No creo que una princesa de tal posición vaya a fijarse en una criatura con un rostro que solo una madre podría amar.

—No seas cruel, Rani —Maren le da un pequeño empujón.

Agarra a Lugh del brazo para alejarlo del brazo pesado de Rani y besar su cara.

—Puede que Lugh no sea el chico más fuerte de la hondonada ni el más inteligente. Y ni qué decir de que tampoco es el más guapo —sonríe Maren de forma adorable—. Pero es noble, y cualquier criatura debería sentirse feliz de tenerlo cerca.

—Agradezco tu apoyo, Maren —Lugh toma aire en profundidad—. Siempre me agrada escuchar esas palabras tan bonitas que me dedicas como amiga.

—No es necesario agradecerlo —Maren sonríe complacida.

La profesora Ilta aparece. Maren y el resto se despiden de nosotros para alzar el vuelo.

Huele a vainilla y deja un rastro del aroma por donde vuela.

Su semblante ha cambiado un poco con respecto a la última clase, su confesión fue valiente teniendo en cuenta que puede costarle la vida.

Ahora se siente como si no aguantase más.

—Buenos días, jóvenes —Ilta se posa en la orilla tan suave, que no levanta nada de polvareda con los pies—. Perdonad el retraso. La inesperada visita de los reyes de los reinos vecinos ha retrasado la reunión de profesores matutina.

—¿Por qué han venido? —Averyn, con la voz temblorosa, interviene sin poder reprimir su curiosidad.

—No estamos autorizados a contar nada —la profesora desliza la mirada sobre cada uno de los presentes—. Al menos, por el momento.

—¿Es verdad que han intentado destronar al rey Eliot? —Alden levanta ligeramente el brazo.

—¡Pero qué estupidez! —niego. El aliento sale disparado por las fosas nasales—. ¿Quién se atrevería?

—No falta quién, en momentos delicados como estos, inventa falacias para aterrar al pueblo —espeta Ilta bastante agitada.

—¿Y si no fueran mentiras? —Averyn rompe la fila para dirigirse a todos—. Sabemos que los brujos son manipuladores y violentos. Conocemos la unión que mantienen con los enanos y ellos son los que fabrican las armas del reino…

—¿Qué tal si utilizan sus poderes para tomar las tierras de las hadas? —pregunta Alden con voz de posibilidades.

Escucharlos hablar es como no haber salido de los muros de mi palacio…

—No deseo escuchar más necedades —rompo la fila. Les dedico una expresión firme de molestia—. No tendré piedad con quién alimente el odio hacia otras criaturas.

Esto es lo que siempre me aterró. No es posible cambiar lo que por siglos se ha estipulado como el bien con simples palabras.

El rey tiene la luz de la inteligencia encendida justo en el centro de su locura.

No desconoce cuánto le afectaría el hecho de que el pueblo descubriese el hogar de los horrores que ha creado en el interior de su palacio.

Mató en nombre de la justicia en algunas ocasiones, no voy a negarlo, pero otras muchas presencié la imposición de su verdad.

Arrebató almas por las normas de los dioses.

Incluso logró controlar el respeto y cariño que sus súbditos sentían por la reina al sentirse amenazado.

Cualquiera que piense diferente a él será apartado para evitar que las hadas conozcan otra vida distinta a la que está en su mente.

La profesora analiza mi postura sin perder detalle.

—Nuestra princesa tiene razón —la profesa dibuja una amplia sonrisa. Coloca sus gafas al devolver la mirada al grupo—. Los prejuicios y la ambición son los hijos de las guerras.

—Los dioses no encerraron a ninguna de nuestras hadas en una fortaleza por miedo a su poder —Thanor, al costado de Lugh, eleva el labio superior sin aparentar que no los desprecia.

Sé que la reina de las hadas no estaría de acuerdo con ese discurso.

—Los motivos que llevaron a su encierro no son sabidos hoy —tuerzo el cuello hacia él. Elevo la barbilla—. ¿Dejarás que falsas creencias dominen tu razón?

—Los brujos que acudieron a palacio para salvar al cuervo vocinglero del hijo del cancilier fueron bastante agradables —Lugh estira las comisuras de sus labios hacia abajo en una mueca de ilustre verdad.

—Es el rey, tu padre, quién nos protege de ellos —Averyn me observa con una ceja alzada.

—Ahora es la princesa quién se dirige a vosotros —le dedico una mirada subversiva tras dar un paso hacia delante—. Y podría envolverme en fuego y salir de él para mostrarte que soy yo quien posee la verdad entre sus labios.

—¿Nos pides que desobedezcamos a vuestro padre? —Thanor se cruza de brazos. Su rostro se estira sospechoso—. ¿Acaso nos propones cometer traición?

—La conciencia solo debe obedecer a lo que es correcto —asiento—. La vida de las tierras no está sujeta a debate.

Veo cómo se miran entre ellos, arquean las cejas en una expresión de desconcierto. Sin embargo Ilta me observa complaciente y Lugh en el extremo de la fila sonríe, creo que por comprensión. Si tan solo dos personas son las que me apoyan, ya todo habrá merecido la pena.

En estos tiempos, una alianza entre las tierras es lo más adecuado.

Antes de que todo se complique, el reino debe de estar convencido de que las órdenes del rey son un completo despropósito.

Mantener a Ravenbell alejada, incluso del reino de los elfos, es absurdo.

El reino de Aelfraed no aceptará perder la unión y ayuda de Néferien y Bhulkahdur solo por orden de mi padre.

Sus relaciones con ellos se ven limitadas por la cercanía a su majestad, pero aun así no han cedido en sus despropósitos y mantienen hasta ahora una postura cordial hacia ellos.

Entienden que, en caso de batalla, ningún soldado se salva por su plata o sus poderes.

Tras estos breves instantes en los que pondero sobre los prejuicios y el deber emocional que deberíamos tener cada uno, la profesora prosigue con la clase.

—Recuperando el hilo, hoy hablaremos sobre atraer los rayos solares —la profesora se coloca en el centro mientras explica—.