9. El camino de los traidores. #5
Sé que razonar con Efaris será más sencillo que hacerlo con el rey.
Callo porque la frente arruga del teniente me estremece.
Quiero pensar que entiende qué hago, que no ha olvidado aquello que le confié en Brenshire.
Yo no soy como mi padre, aprecio sus vidas tanto como la mía, pero esa carta tiene un sello de mi reino.
Si no actúo de esta forma todo se acabará para mí.
—El hada que escribió esta misiva desveló que la intención de las hadas y los elfos era retener todos los cristales de solium para sus reinos —Efaris no deja que mis proclamas le encandilen.
—Nosotros aún desconocemos si en esa mina habrá restos de ese material —entristezco el gesto—. Nuestras patrullas no se han coordinado para investigar ni al sol de hoy.
—¿Por qué no se nos informó de la convergencia de forma oficial? —Ebhan eleva la voz con solemnidad.
—Apenas hemos recibido las noticias hace unos días —me encomiendo al tiempo para clamar por su piedad.
—Si las patrullas de Ravenbell no se han coordinado, las nuestras se unirán a las de las hadas antes de que partan hacia el bosque ancestral —afirma Azohr con la mirada centrada en la mía—. No más secretos.
—¡Jamás! —mi padre ruge tan alto, que el sonido rebota por los interminables muros de la sala.
—Mi señor —me acerco a mi padre con gestos suaves—. Dejadlo hablar.
—No es necesario —brama Drieden. Da un paso brusco hacia mi padre con el tono encendido—. Solo desean matar a nuestros soldados, majestad. ¿No os dais cuenta de que desean vengarse por nuestra traición?
—Padre —intervengo y capturo su atención al usar esa palabra una vez más—. No habrían esperado hasta estar dentro del palacio si esa fuese su intención, habrían bajado del barco con las espadas desenvainadas.
El rey danza sus pupilas desorientado entre el cancilier y mi figura. Es la imagen de la desesperación en este instante. Baja la mirada solo un segundo antes de dirigirse a Azohr.
—Continuad, teniente Bradosck —su majestad sella los labios con resignación.
—Una patrulla de cada reino irá a investigar a las minas de solium —manifiesta Azohr como si estuviese al frente de todo—. Solo tendrán el plazo de una semana para encontrar restos de esos cristales y volver para organizar un operativo.
—¿Qué ocurrirá si no hay suficientes? —el rey Wild interviene mientras atusa su larga barba.
—¿Princesa Eladriel? —Azohr arquea una ceja en mi dirección pidiendo que decida—. Confío en vuestro criterio para responder.
—El deber de las hadas es garantizar la supervivencia de todos los reinos —declaro de forma tajante—. El solium será repartido a partes iguales sin importar la cantidad que sea encontrada, trataremos de salvar el máximo de habitantes posibles.
—¡Estáis loca! —grita Drieden tras dar una zancada—. Nuestro reino es más extenso que cualquiera de los suyos.
—No en cuánto a habitantes —alza la voz la reina de magia blanca—. Vuestras tierras son las más amplias, pero Néferien tiene la mayor cantidad de criaturas, y crece por días.
—Por no hablar de mis súbditos —asiente Wild. Coloca con trabajo los brazos en forma de jarra—. Si bien son pocos, si caen ninguno de los reinos podría abastecerse de armas.
—A pesar de repetirme en mis palabras, salvar a las criaturas de todos los reinos debe ser nuestra prioridad en este momento —le lanzo una mirada desdeñosa al cancilier tras escuchar a los reyes.
—Si las tierras no sobreviven, las criaturas no podrán resistir —interviene Shaqia.
—Es la única opción que tenemos para garantizar la resistencia de todas las razas a la convergencia —aprieto los labios con pesar—. Si alguno de los reinos no obtiene, al menos, una porción de la luz de los cristales, supondrá su desaparición completa.
Miro a todos los presentes, pero principalmente a mi padre.
La reina parece haber entendido que la alianza momentánea propuesta por el teniente Bradosck es la mejor opción para todos.
Ninguno podemos renunciar a esos cristales si queremos salvar a nuestros pueblos.
Luchar ahora por ellos debilitaría nuestros ejércitos y perderíamos energía para lo que debe ser el objetivo principal.
Los príncipes de Néferien y Bhulkahdur comentan entre ellos mientras mi padre mantiene la mirada en Wild. El rey enano niega lentamente al ser testigo de cómo su tiranía crece con el paso de los años.
—Pareces muy segura de ti misma —Tien esboza media sonrisa— ¿Por qué has mentido?
—Para evitar una guerra —me aclaro la garganta.
—Me pregunto quién será ese ciudadano anónimo que les ha avisado —Tien me mira de reojo—. Debía estar muy seguro de cómo iban a proceder los altos de las otras tierras.
—Quizás es solo alguien que se preocupa por nosotros —trato de no humedecerme los labios para no parecer nerviosa.
—¿Sabes? —ríe Tien de forma irónica—. Estoy convencido de que el rey no piensa lo mismo y lo buscará para castigarlo —se inclina ligeramente a la derecha para hablar con más intimidad—. Y tú deberías de ser su principal sospechosa.
Guardo silencio mientras observo a Tien.
—Los dioses te hicieron libre de pensar lo que desees, incluso si te equivocas cada vez que lo haces —endurezco la mirada.
—Vamos a ver cuánto te dura esa seguridad en ti misma —murmura Tien—. Princesa —dice con cierto retintín antes de colocarse recto.
Ese tono que utiliza…
—De acuerdo —manifiesta mi padre con voz elevada—. El reino de las hadas acepta la propuesta del teniente Bradosck. Una vez finalizada la investigación firmaremos un acuerdo para enviar patrullas a extraer el material.
La decisión del rey me sorprende. Que haya entendido lo que es mejor para su reino por una vez. Aunque todavía no puedo celebrar la victoria, Wild y Efaris aún no se han pronunciado.
—¿Mi señora? —le pregunto a la reina con tono de preocupación.
—Néferien se compromete a entregar una patrulla de guardias para la investigación —asiente finalmente Efaris.
Ladeo la cabeza. Atravieso con la mirada al rey de los enanos y su hijo. Los dos se muestran bastante serios, pero confío en que la amistad que una vez tuvo con mi madre sea suficiente como para confiar en mi palabra y aceptar.
—Bhulkahdur enviará al bosque ancestral un grupo de diez hombres enanos —afirma finalmente el príncipe Borin, descansando los dedos en el cinturón decorativo de su armadura.
La tensión sobre mis hombros desaparece en un parpadeo y gracias a una afirmación.
Me llena de alivio. Es una pena que el cancilier Drieden sea incapaz de experimentar algún tipo de emoción.
Sería fantástico que sintiera algo de miedo por las consecuencias que puede tener el hecho de que el rey haya decidido confiar por primera vez en mi palabra más que en la suya.
—¿Hay algo más que deseen tratar? —pregunto a los altos cargos.
—Solo algo más —confirma la reina Efaris—. Mantendremos las fronteras de Ravenbell y Rhysartyr vigiladas para evitar algún intento de traición.
—Esta vez no esperaremos que uno de sus ciudadanos se juegue la vida para avisarnos —declara Ebhan con sarcasmo.
—¿Es eso una amenaza contra la seguridad de mi reino? —el rey inclina la frente hacia abajo sin apartar la mirada del príncipe de magia verde.
—Es la garantía de la salvación del mío —espeta Efaris. Proyecta en sus palabras una confianza desorbitante.
Los brujos y enanos nos dedican una reverencia antes de darse la vuelta y tomar el camino de salida. El guardia los espera con la puerta abierta. Antes de que consigan salir, ya puedo respirar la tensión que empieza a crearse alrededor del sillón del trono.
Las hojas de la puerta se cierran despacio, como si quisieran ofrecerme la oportunidad de salir porque al juntarse siempre lo hace de manera indefectible.
Tanto Tien como yo nos mantenemos en nuestro lugar mientras el rey camina alrededor del solio junto a Drieden.
Twig no me quita el ojo desde que nos hemos quedado a solas.
Aparenta una muestra de nervios e impaciencia que no sé si se debe a lo que ha sucedido, o a que llego tarde a clases de control.
—Majestad —llamo la atención de mi padre mientras doblo las rodillas en una reverencia…
Mi padre se detiene, pero se mantiene de espaldas.
—¿Aun seguís aquí? —pregunta el rey con indiferencia.
—Solicito permiso para retirarme a las clases de la profesora Morgorite —pido de forma clara y sin titubeos.
—Adelante —mueve la mano en tres ocasiones para indicarme la salida.
Bajo con una decisión impropia de mí los escalones que me separan de Twig. Sin mediar palabra, comprende que debe de seguirme. Se retira de espaldas al rey tras inclinarse ante él y el resto de títulos que lo rodean.
Cuando cruzamos la línea que separa el mal del interior de la sala del aire puro de fuera, mi fiel Twig reduce la distancia considerablemente para situarse a mi lado con una sonrisa.
Ahora que ningún guardia me lleva a las mazmorras ni hay sangre chorreando de su cuello o del mío, nada podrá borrarnos la sensación de triunfo que los dos sentimos.
—Soy una criatura orgullosa, mi señora —Twig eleva la frente al situarse a mi lado.
—Levanta la cabeza, mi querido Twig, todo es gracias a ti —ladeo la vista sonriente para mirarle con sinceridad. Sujeto su barbilla para subirla—. Que todos sepan quién eres.
Al salir del ala norte y llegar al pasillo principal vemos como apenas los reyes y sus príncipes abandonan el palacio. Todavía el teniente Bradosck está dentro. Detengo mis pasos cuando veo como su mirada busca en el interior del palacio hasta hallarme al final de la galería.
Mis cejas se curvan en una expresión de desesperación que grita lo que yo preciso callar.
Mi respiración se acelera cuando su mirada se tensa.
Murmulla mi anhelo que me acerque. Mi pecho toma aire, mi cuerpo se antoja de ceder ante sus deseos al impulsarme a correr hacia él.
Pero los cálidos dedos de Twig aferrándose a mí me inmovilizan.
Mi alma cae cuando veo como el teniente sacude la cabeza en un gesto de negativa, sus ojos me indican que me mantenga en mi lugar.
—¿Qué locura estabais a punto de cometer? —murmura Twig con palabras contenidas.
—No puedo dejar que vuelva a su reino sin saber qué ha pasado ahí dentro —miro de forma apresurada hacia la puerta.