Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 9. El camino de los traidores. #4
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9. El camino de los traidores. #4

La media sonrisa de Tien según se aleja con pasos seguros retuerce mi alma. Se acerca a la posición de la reina y los príncipes. Extraño cuando mirarlo me producía algo diferente al desprecio. Ahora no es el momento, pero el cancilier y su hijo pagarán por todo lo que han planeado hacerme.

Al rey le debe resultar muy difícil atender a sus férreos enemigos en cualquiera de las salas de la entrada al palacio.

Quizás solo necesita tener un trono para sentirse superior.

Al llegar al ala norte, la solemnidad de los grabados de los dioses en los pedazos de mármol traídos del templo de Órianth impacta de lleno a algunas de las criaturas.

No estoy convencida de si les resulta agradable, a mí no me han gustado nunca.

Debido a la importancia que mi padre da a este lugar, las antorchas que iluminan su acceso son las más grandes que los enanos han forjado para las paredes de Eryas.

Su luz se refleja con tanta intensidad en la armadura de los guardias que custodian la puerta, que incluso encuentro encantador el toque de resplandor que da al lugar.

El rey accede en cabeza. El cancilier Drieden y su hijo le siguen junto al resto de canciliers.

Una vez que los altos cargos de Ravenbell han llegado al podio del trono, lo hacen los enanos y brujos.

La reina Efaris y el rey Wild guían a sus súbditos hasta los lugares correspondientes donde deben situarse para formar una fila que me permita el paso.

El de Twig. Pero yo me mantengo fiel a la entrada y no avanzo.

—Eladriel —anuncia el rey con tono severo.

—Su majestad —realizo una ligera reverencia sin moverme ni un dedo.

—Acércate y toma tu lugar —ordena mi padre de forma imperiosa.

—Gracias, su majestad —asiento. Sujeto las manos al frente—. Este lugar me parece menos despreciable que ese al que el cancilier Drieden desea relegarme con vuestra complicidad.

Los cuellos de los presentes se ladean tan rápido como la mirada de mi padre se ha llenado de furia.

Un resoplido colérico sale disparado de su nariz con tanta fuerza, que puedo escucharlo desde el otro extremo de la sala.

No puedo evitar que una pequeña sonrisa abandere mi rostro al ver la mandíbula de Tien tensarse tras haberlo desplantado delante de todos.

Y Drieden sonríe. Aunque solo lo hace porque está convencido de que mis actos serán castigados de una forma horrible, estoy segura.

Ese condenado viejo solo le sonríe a la maldad más pura.

—Lárgate entonces, insolente ramera —brama mi padre de forma ensordecedora tras haber perdido la poca paciencia de la que dispone.

—Me importa demasiado lo que sucede como para acatar vuestra orden, mi señor —mi voz se vuelve eco de mi propia sentencia.

Dejo caer los brazos para iniciar la caminata hacia el trono.

Me quedaré, pero no como acompañante del hijo del cancilier —proclamo—. Lo haré como la princesa.

—No vas a subestimarme —mi padre afila la mirada al ver que estoy empeñada en desafiarlo.

Subo el par de escalones del solio para colocarme frente a él con tanta cercanía, que podría apuñalarme en silencio sin que ninguno de los que están alrededor se diese cuenta. No me engañaré. No puedo. Esto hace que mi corazón tamborilee como si dudara de sus propios impulsos.

—Por el bien de vuestro trono, padre, dejadme aconsejaros —susurro cerca de su oído con voz calma—. No le mostréis a los altos cargos el desprecio que sentís hacia mí, o ellos lo utilizarán en vuestra contra.

El rey enmudece tras mis palabras. Sus párpados se separan según se aleja para capturar todos los detalles de mi rostro. De mi expresión.

—Habla —pide su majestad.

—No deben ver las fracturas del palacio, ante ellos debemos ser unidos. Soy vuestra heredera, mi señor, haced que me respeten —musito.

De reojo, contemplo a Drieden temblar como una hoja mecida por la brisa.

—Te comprometerás con el joven Mémberin a futuro, estar a su lado será un aviso de lo que los hará arrodillarse —asegura mi padre. Sacude los ojos en busca del cancilier.

—Los enanos y brujos saben que Tien no es vuestro hijo —comulgo con una realidad que rompe su semblante—. Si el señor más poderoso de las tierras de Órianth, el señor de las hadas, no respeta a su propia heredera, ¿qué podría esperar del resto de altos cargos en ese futuro que mencionáis?

—Temerán a Tien —mi padre permite a la confusión hacer preso a su entrecejo.

—Para ellos no será el heredero, tan solo el esposo de una reina —contengo el aliento tras mencionar lo último a lo que puedo recurrir.

Contempla mis pupilas inmóviles por un instante. No hace ningún gesto ni yo tampoco, tan solo nos miramos en silencio. Por primera vez, siento que sus fantasmas se han marchado y me ha comprendido.

—Está bien —declara el rey con voz alta y firme—. La princesa ocupará el lugar del cancilier Drieden en esta reunión.

La sorpresa se refleja en la cara de todos los asistentes cuando mi padre le dedica una mirada al cancilier para que se aparte. La de Drieden tirita al ver cómo señala el hueco para que sea yo quien ocupe esa posición.

—Gran sire —Drieden se lanza hacia él—. ¿No creéis que esto es algo inapropiado? —balbucea—. No podéis darle tanta importancia a la princesa.

—Esa maldita puta de Efaris y el rústico analfabeto de Wild deben creer que mi hija tiene el mismo poder que yo —mi padre estira el dedo en su dirección—. No permitiré que ellos también sean testigo de su debilidad.

—Pero mi hijo es un hombre majestad, él es quien debe ocupar ese lugar —Drieden mueve los ojos mientras trata de explicarse.

—Pero él no es mi hijo —asevera mi padre.

La negativa le sienta como un golpe de hielo al cancilier.

No puede apartar los ojos de mi padre mientras él se coloca en posición protocolaria para dar comienzo.

Estaba convencido de que actuaría como mi madre.

De que guardaría silencio mientras veía como se encargaba de usarme para alimentar el miedo del rey a perder el trono.

Esperaba que aceptase el destino que él parecía tener preparado para mí sin revelarme para destruirlo, así era hasta hace días.

Para su desdicha, estoy dispuesta a aprovecharme del amor que mi padre siente por esa silla para conseguir lo que me proponga.

Drieden y yo sabemos que está dispuesto a mucho por él.

—Y bien —el rey se dirige hacia los presentes con poca gana—. Es hora de que habléis.

La reina Efaris da un paso al frente. Despeja su cabello blanco como el de la profesora Ilta y lo deja ondular con firmeza entre las corrientes de aire que cruzan la estancia.

—Debéis saber que nuestro reino y el reino de Bhulkahdur hemos recibido una carta de un ciudadano anónimo de vuestro reino —la reina dobla el codo para mostrar la misiva.

Miro a Twig. Él me mira por un efímero segundo antes de que yo vuelva a prestar atención a Efaris.

Tengo que acogerme a las palabras que yo misma le dije en mi cuarto.

Si soy inocente, debo actuar como tal, los que están libres de culpas no se ponen nerviosos.

Recoloco la postura tras un ligero carraspeo.

Los príncipes de Néferien permanecen en silencio, pero sus barbillas se han elevado expectantes a lo que aquí ocurre.

El rey Wild y su hijo mantienen una expresión seria, desafiante, que puede observarse incluso con sus cascos ornamentados enfundados.

Es evidente por su silencio que apoyan a las tierras vecinas.

—¿Tanto revuelo por una simple misiva anónima? —brama el rey molesto.

—En ella, ese ciudadano nos ha confesado el problema de la convergencia solar y la ubicación de las minas de solium —la reina baja el brazo sin soltar el papel.

Mi padre desorbita la mirada ante la afirmación de Efaris. Drieden turba su expresión. Ladea la cabeza para buscar al rey con tanta rapidez, que podría haberse partido solo el cuello.

Recorro a su majestad y al cancilier con la mirada, sus rostros sorprendidos.

Atisbo al rey de los enanos, a los brujos.

Al teniente y su mirada profunda llena de una comprensión que no sé explicar, como si supiera que fui yo quien envió la carta.

Suficiente para entender que sabe qué sucede, y para olvidar todo y devolvérsela.

En medio de este gesto, Tien se coloca a mi costado izquierdo. Le dedico una fugaz mirada de reojo antes de dar un paso al frente.

—Mi señora —me inclino ante Efaris. Sujeto mis manos con suavidad a la altura del abdomen—. ¿Podríais narrar con exactitud el contenido de la carta?

—Conocemos la amenaza de la convergencia solar y lo que podría ocurrir si no obtenemos solium —afirma la reina con un tono más suave de lo que esperaba.

—Así es —asiento bajo la amenazante mirada de mi padre y su mano derecha—. Los elfos de Rhysartyr nos pusieron al tanto hace unos soles.

—Si ese es el motivo de vuestra visita, os sugiero partir hacia Eigton —espeta mi padre de medio lado—. El rey Aelfraed podría daros más detalles que cualquiera de mis hombres.

—Mi señor —habla claro Ebhan tras elevar la barbilla—. Todos nosotros estamos al tanto de vuestra traición.

Mi padre titubea por un segundo. Busca con desesperación al cancilier.

—¿De cuál traición habláis? —pregunto al ver que mi padre se mantiene callado.

Centro la mirada en ellos para olvidar que mi padre me mira. Azohr frunce el ceño.

—El rey de los elfos y de las hadas han guardado silencio ante esta amenaza —explica Shaqia. Recta, pero confiada.

—¡Eso es una canallada! —el rey Wild golpea su mano con el puño tras lanzar un bramido comprensible de ira—. ¿Cómo esperabais que lucháramos contra esa amenaza sin siquiera saber de su existencia?

—Mis disculpas más sinceras, mis señores —me inclino ante ellos. Ante todos—. Puedo asegurarles que el contenido de esa carta no es del todo fiable.

Mi padre y sus canciliers continúan con los labios sellados y tan sorprendidos por mis declaraciones como el resto de criaturas.

No encuentro extraño que me observen incrédulos.

Aprendí a fingir para sobrevivir, mantenerme firme en la idea de que las hadas hemos luchado por todos los reinos de Órianth en lo mejor que puedo hacer.

Hacerles ver que no existe tal traición.

Si mi padre no me lleva primero a los calabozos, tengo la oportunidad de ser yo misma quién realice las operaciones sobre el solium.