9. El camino de los traidores. #3
—Estar presente en este momento es mi deber, su majestad —alzo la mirada con firmeza.
Apelaré a su desprecio, al odio que siente por el resto de reinos.
Lo convenceré de que mi ausencia será vista como un símbolo de debilidad en lo más importante para nuestras tierras.
La familia. Él siempre me mantiene alejada de estos asuntos.
Cree que mi papel en el palacio es ser una agradable princesa que solo sonríe y se conforma, que no piensa.
Pero la princesa Shaqia está aquí. La reina Efaris lidera a todos los altos cargos en esta visita.
No puedo marcharme al cuarto y sentarme a los pies de la cama esperando a que Twig no haya olvidado una palabra de lo que hablen en la reunión.
Mi padre no debería permitirlo. Es el rey, y algún día heredaré su trono.
Debería trabajar para que los altos cargos de Órianth me respetasen lo suficiente, como para tomar algo de lo que digo con seriedad.
Pero él está más preocupado en que todos guarden ese respeto al hijo del cancilier.
—Tus deberes mientras la corona esté sobre mi cabeza están alejados de la política, estúpida insolente —el rey sacude la mano delante de mis ojos según voltea.
Contemplo con apariencia fingida como brujos y enanos apartan la vista tras su comentario.
Incluso, aunque la princesa de magia negra y la reina lleven esas hermosas túnidas aterciopeladas y oscuras cubriendo sus cabelleras.
Hasta Azohr ha reaccionado. He sentido el leve roce de su mano cuando su respiración se ha dejado llevar por la furia, como lo ha hecho mi interior.
—Mi sire —el tono embaucador del cancilier mientras reverencia a mi padre me desagrada profundamente—. Tal vez la princesa esté en lo cierto en esta oportunidad.
Azohr está aquí. El cancilier Drieden me da la razón… Pero esto no parece un sueño.
—¿A qué os referís? —el rey ocupa el lugar al frente de su comitiva—. ¿Te atreverás a rebatir las leyes de mi reino en presencia de altos de otros reinos?
—Jamás me atrevería, su majestad. La asistencia de la princesa sería justa, claro que no como princesa con ideas en política —asiente Drieden ante la mirada de autoridad de mi padre—. Debería acudir como acompañante de mi hijo.
¿Acompañante de su hijo? ¿De Tien? Es más ridículo entre más veces lo repito en mi sesera.
El hijo del cancilier apenas sabe coordinar los turnos de vigilancias de los guardias.
Era humillante acudir a esa reunión sellando los labios tras la espalda de mi padre, pero hacerlo en calidad de aliada de ese maldito bastardo…
Es mucho más que un acto de piedad a mis intenciones por parte de Drieden. Es un aviso para el resto de reinos.
—Tendréis que explicaros mejor, cancilier, pero perderéis la lengua si consigo impacientarme —el rey deja caer los brazos con aburrimiento.
—La princesa Eladriel tomará el trono como reina en algún momento, ¿no es cierto, mi señor? —el cancilier inclina la frente de forma insidiosa—. Debe comprender desde ahora cuáles son sus límites. Antes de que sea demasiado tarde para encauzar su comportamiento.
—Y… —el rey eleva su comisura izquierda. Su labio inferior temblequea con ligereza mientras contempla a los presentes—. ¿Creéis que acudir en su compañía le hará comprenderlo?
—Tendrá reuniones como dama de la corte cuando Tien ocupe el trono —se inclina el cancilier sin vergüenza en sus afirmaciones. Sin dudas—. Es nuestro deber mostrarle como debe comportarse en esos ambientes o de lo contrario, la princesa podría confundirse como sucedió con nuestra amada reina.
—Gracias a vuestra perspicacia que me hace grande y poderoso —la mano del rey viaja al hombro del cancilier de forma amiga—. Querida mía —me busca entre los asistentes.
—Mi señor —me inclino en respuesta a su llamado.
—Os concederé el permiso de acudir como dama de la corte —asiente mi padre—. Las damas guardan silencio y solo hacen compañía.
Asiento de forma obediente. Veo a la reina Efaris tensar la mandíbula en un par de ocasiones mientras lucha por guardar la compostura.
He escuchado como se ha aclarado la garganta para controlar las miradas de indignación que dirigía a mi padre en complicidad con su hermana.
La princesa de magia negra sigue los pasos del rey.
Sus ojos lo observan con tanto odio, que podría condenarla si él pudiera darse cuenta como yo lo hago.
Ni siquiera se han dado cuenta de que las observo de reojo ambicionando su puesto desde hace rato.
Efaris retira con delicadeza la capa que la envuelve.
La luz de las antorchas, aunque tenue, incide en su piel blanca repleta de venas que azulean algunas partes de su rostro.
Su corona resplandece. El color bronce es más brillante bajo la bruma pura e interminable que brota de la gema engastada en sus uniones sobre la frente.
—Majestad —la reina alza la voz con el fin de interrumpir este desagradable encuentro—. No estoy dispuesta a esperar ni un minuto más para poder reunirnos con vos.
Mi padre centra su atención en ella. Mantiene esa sonrisa de cariño fingido que antes me había dedicado a mí según rompe la distancia con ella.
La reina sostiene sus pupilas elevadas, justo sobre las del rey.
Brillan con el anhelo de no dar marcha atrás.
Él sigue sus movimientos con detalle. No pierde la vista de ninguna de las partes que conforma su vestuario, de los recovecos de los grabados en el broche de la capa.
Y entonces la distancia entre ellos es cada vez más corta.
—No os apresuréis, querida amiga —mi padre señala el comedor cercano bajo un gesto elegante—. Podemos entrar en calor con una agradable copa de vino.
—Mi visita no es motivo de celebración, Eliot —Efaris alza la frente. Se mantiene impasible frente a él.
—Aun con este desprecio de parte de una bella mujer, será un placer para mí hablar a solas —asiente el rey Eliot. Sacude el brazo para insistir en su oferta interior.
—En realidad, mi señor —Ebhan da un paso al frente para colocarse junto a su hermana, la reina—. Todos los presentes hemos venido porque estamos deseosos de reunirnos a solas con vos.
—Deberían de haberme avisado de su visita —el rey cambia el semblante al verse interrumpido. Ladea el rostro hacia el príncipe—. Habría preparado algo de mayor postín para recibiros.
Mi padre toma el primer lugar para iniciar la marcha hacia el ala norte.
Hacia la sala del trono. Efaris lo sigue convencida, sus súbditos y enanos se aventuran a confiar en su instinto.
Pero Azohr… Respiro el mismo aire que él.
Se mantiene a mi lado mientras contempla firme a Tien.
Me encantaría poder ofrecerle alguna palabra de consuelo ahora, pero él sabe que es peligroso.
Por eso se marcha antes de que su resistencia resulte sospechosa. Porque yo no me muevo.
—¿El rey aceptará reunirse con esa escoria? —Tien observa cómo se alejan tras él.
—Cállate. Tú ocúpate de la princesa y no lances preguntas insolentes —Drieden me dedica una mirada rápida antes de intentar alcanzar a mi padre.
Me deja sin habla que conversen con trata frescura sobre esos temas en mis narices. Supongo que no tienen nada que perder después de haber descubierto cuáles son sus intenciones.
Mi padre y sus cancilier caminan y conversan entre ellos en medio de aspavientos que tratan de ocultar.
Veo como se alejan y yo todavía me mantengo en mi sitio, tratando de apartar la mirada.
Durante el suspiro que ahonda mi pecho dudo si ir tras ellos con Tien, o darme la vuelta.
Él me espera analizándome con cejas elevada, una sonrisa y un gesto de satisfacción que deseo borrar.
No es miedo lo que me hace anhelar salir por la puerta del palacio y desplegar las alas, es rabia.
Impotencia por tener que guardar silencio una vez más.
—Caminad mi princesa. Debéis responder a las provocaciones del cancilier Drieden —la mano de Twig se posa suave en mi espalad baja mientras me da una orden inquebrantable.
Me obligo a tragar cualquier sentimiento de deshonra.
Me acojo a la dignidad que trato de sostener cuando comienzo a caminar junto a Twig.
Tien inicia la marcha. Se une a mi costado derecho a pesar de escuchar el resoplido de asco que profeso al verlo tan cerca, decide mantenerse ahí.
No era necesario encontrar otra manera para hacerme entender lo poco que le importa lo que yo sienta.
—Aléjate, lacayo —Tien lanza una mirada sobre el hombro a Twig.
—Es tu presencia la que me causa repugnancia —le asesto una mirada de ira con los dientes apretados—. Si es mi cara de desagrado lo que realmente te preocupa, por supuesto.
—Claro que ese asunto me preocupa —Tien frunce el ceño con cierto desconcierto—. ¿Qué harás cuando debas observarme sobre ti en busca de herederos?
—No me dejaré llevar por tus palabras llenas de provocación —le lanzo una mirada de odio de reojo.
—Espero que cambies de parecer antes de que me convierta en tu esposo —sonríe de forma nasal. Su voz es un susurro claro.
—Tienes demasiada fe en la maldad de tu padre si crees que eso ocurrirá —cierro los labios al sentir que las fosas nasales se me separan.
—Tú tienes demasiada esperanza si esperas no despertarte a mi lado cada día —niega con el labio inferior entre los dientes.
—¿La albergas tú de que no sienta repulsión? —mis puños se cierran. Estoy a punto de ceder—. No te deseo.
—No será igual de divertido si debo obligarte a pensar qué es lo correcto —eleva la comisura izquierda—. ¿O puede que sí?
—Si su majestad aceptase la boda, no podrías disfrutarme ni esa misma noche —sonrío de forma burlona—. La muerte sería mucho mejor amante que tú.
—¿Qué dirías si todo sucede al contrario de lo que deseas? —Tien eleva el brazo para rodear mi cintura mientras su ceja se eleva con impasividad—. ¿Qué ocurre si sois tú y tu adorado lacayo quiénes perdéis uno por uno vuestros privilegios?
—Puede que no tengas tiempo a comprobarlo si vuelves a llamarlo lacayo —respiro para contener el calor de la luz que comienza a subir por mis manos—. No dudaré en interrumpir tus aspiraciones si pronuncias ese título de nuevo, cortaré tu cabeza.