9. El camino de los traidores. #2
—¡Ah! ¡Fantasioso! —exclama Twig con ironía.
—No siento ganas de huir cuando está cerca. No temo como mi padre aseguró que pasaría —continúo sacando mi verdad—. Por el contrario. Todo lo que yo descubro parece tan puro y sincero, que me despierta la necesidad de descubrir qué habrá.
—Qué bonito es el sentimiento del amor —Twig estira una mueca burlona. En estos momentos se olvida del protocolo con una facilidad abrumadora—. ¿Os parece un sueño la idea de morir enamorada?
—Es mucho más hermoso que vivir muerta —trago saliva. Tuerzo el cuello con rabia para contemplarlo con lágrimas en el borde de mis ojos.
Unos instantes de silencio necesario nos abrazan mientras Twig se coloca frente a mí. Lo entiendo. Sé que solo quiere protegerme. Pero yo solo quiero sentir cómo se siente caminar sobre las decisiones que yo misma tomo. Sobre el amor que yo elijo.
No siento mi unión con Azohr como simple rebeldía.
Durante mucho tiempo me convencí de que no habría nada que me hiciera traicionar a mi padre.
Cerré mis pensamientos para que eso no pudiera suceder.
Me guardé en su palacio para que alejarme nunca me hiciese dudar de las que creí mis propias convicciones.
La vida que acepté era dura para mí, pero las decisiones que debía tomar eran sencillas.
Aceptar el compromiso con Tien. Entregarle herederos a la corona y pedirles a los dioses que la nueva criatura que ahora nombraran mi dueña tuviera algo más de caridad y compasión que el rey.
Me convencí de que debía guardar silencio ante las injusticias y barbaridades de este lugar.
Abracé la idea de relegarme a elegir menús de cena y desayunos, la ropa y joyas para las reuniones y eventos.
Me resigné a que mi voz se quedase en la suerte de un varón como legado.
Hasta que lo vi a él. Lo deseé. Y hacerlo me hizo comprender que había un destino menos complicado, aunque los pasos para conseguirlo serán mucho más letales.
Puede que muera si me atrevo a elegir mi propia vida, si acepto todos mis deseos porque entre ellos está él.
Ya he muerto mil veces. Lo hice en cada silencio, en cada una de mis renuncias que complacía al rey.
En las noches de silencio y miedo. Pero si no resurjo aquí, sé que lo haré en las profundidades.
—Mi pequeña Eladriel —carraspea Twig con algo más de calma. Estira su librea—. Sé que no tuvisteis una vida fácil, por eso pueden engañaros. Esas criaturas con poderes mágicos son sibilinas.
—Él me respeta —insisto. Trago saliva—. Solo dije que tuvo intenciones, no que lo hiciese.
—Si de verdad os respetase, no habría intentado besaros —Twig eleva las cejas con algo de crítica hacia el teniente—. No os habría puesto en esta tesitura.
—Yo siento su deseo. Él debe sentir el mío de la misma forma —me acerco a la mesa para coger el vaso e ignorarlo.
—Guardad silencio, por favor —me pide Twig con la voz triste. Cansada.
—Podría haberlo hecho otra vez y de nuevo se mostró respetuoso —confieso sobre el borde del cristal.
—¿Es que os encontrasteis en más ocasiones? —Twig deja escapar el aire.
El suspiro de su decepción viaja hasta el lugar en el que me encuentro para invadirme.
—Lo vi en la ciudadela —doy otro sorbo—. Me reuniré de nuevo con él en unos días.
—Ahora sí que debo aceptar la silla —sentencia.
Twig pasa por mi derecha con el brazo adelantado para tomar el respaldo. Se sienta. Deja caer la espalda como si fuera a desfallecer.
—Mi querido Twig —la preocupación me hace acercarme con premura. Tomo papeles para mover el aire y que le refresque—. Tienes que prometer que no mencionarás nada de esto a los reyes. Por favor.
—Nunca podría traicionaros —pone el reverso de su mano sobre la mía a pesar de que su voz sale pesada—. Aunque eso me costase la vida.
Lo miro. Siento que una vez más me veo sometida a su inmenso drama. Verlo tirado sobre la silla mientras trato de que recupere el aliento es una luz arrojadora sobre como deseo vivir sin miedo. He visto a mi madre. Veo a Twig sentirse así hace demasiados años.
Le acerco el otro vaso de elixir para hacerle beber.
—Quiero que sigas mis indicaciones, que seas precavido cuando indagues —sonrío al ver como asiente con el color algo recuperado—. Si en algún momento fueras descubierto, negarás hasta el final que me estés ayudando. Esto es una orden.
—¿Indagar? —Twig frunce el ceño.
—Estarás cerca de mi padre los días que abandone el palacio para asistir a la ciudadela —suelto los papeles para agacharme a su altura—. Es imperativo que estés pendiente del cancilier Drieden y sus reuniones con mi padre. Sobre todo en mis salidas.
Twig asiente a todas mis directrices de forma enérgica mientras definimos el plan para que no quede ningún hilo suelto.
En medio de los remates finales, el aullido de las trompetas de la pasarela de Eryas suena y sella nuestros labios.
La mirada que nos dedicamos es suficiente para que nos dirijamos al balcón.
Me abre la hoja de cristal del ventanal para darme el paso.
Contemplamos apoyados en el marco como el barco ha zarpado desde la cueva sobre la baranda de piedra de mármol de la terraza.
La reina Efaris se coloca al frente del castillo acompañada del rey Wild y su hijo, el príncipe Borin.
A la derecha de la reina de magia blanca aparecen el príncipe Ebhan y la princesa Shaqia.
Un pitido agudo se instala en el fondo de mis oídos.
Presiona hacia dentro con la misma fuerza de cuando vuelo a más de los pies permitidos. Ya están aquí.
—Han llegado, mi princesa —Twig entra al cuarto de un salto. Se frota la frente mientras es él quién camina con desesperación—. ¿Qué es lo que haremos ahora?
—Intentar actuar como si fuéramos inocentes, estás llamando demasiado la atención —me acerco. Agarro sus hombros para que mantenga la calma.
—Tenéis razón —mueve la cabeza hacia los lados de forma rápida para despejar los nervios. Suspira. Mueve los hombros para colocarse la chaqueta—. ¿Quién podría acusarnos de algo sin pruebas?
Sin pruebas… Ellos tienen una carta con mi letra.
—En efecto, Twig —me fuerzo a mentirle sonriente—. Y estar presente ayudará a despejar dudas.
Confiemos en que no hayan traído el trozo de papel.
Ni siquiera me detengo a esperar que Aemid abra la puerta.
Me dedica una reverencia tras el golpe recio de la hoja de madera contra los muros de piedra.
Bajo las escaleras del torreón sin mirar atrás.
Un hormigueo se ha encendido en mi esófago.
Me provoca nauseas que apenas logro controlar, sobre todo después de haberle dado esos sorbos al elixir.
La mezcla no debe ser nada buena para que sea necesario añadir canela con intenciones de ocultar su sabor.
Twig aborda los escalones con la lentitud propia de su edad, aunque sus años dejan de afectarle en situaciones específicas.
Lo he visto correr rápido en busca de su amigo Elm para perderse en las cocinas a beber néctar.
A solo tres peldaños de llegar a la galería principal, las piedras del suelo se hacen grande frente a mis ojos.
Los detalles se aprecian con mayor claridad después de que mi tobillo se haya torcido.
Extiendo los brazos. Abro las manos mientras una sombra se desliza rápido ante mis ojos según caigo, y me sujeta para evitar que el suelo frío sea lo primero que salude el día de hoy.
—No debéis darme las gracias, princesa —una voz que se cuela en un cosquilleo para calmarme me sostiene.
Mis ojos se abren a escasos dedos de las antiguas e inexactas uniones del empedrado del pasillo. Elevo la mirada con lentitud. Hay algo en mí que intenta convencerme de que solo es fruto del ensueño de mi mente. No puede ser verdad. Él no puede estar aquí.
Con certeza que lo está. Lo veo junto al príncipe Ebhan con su armadura, su capa negra que oculta lo que anhelo…
Me convence de que, en realidad, su voz no formaba parte de mi locura.
La última vez que lo vi no estaba tan cerca como lo está ahora.
Me pierdo en sus ojos el instante que tardo en recomponer la postura aun si lucho por no hacerlo, siento como si necesitaran hablarse.
Lo confirmo en las sonrisas que ambas pupilas esbozan al encontrarse.
—Os lo agradezco —titubeo al ver como sus acompañantes nos observan.
Me esfuerzo por ocultar como mis comisuras responden a las curvas de sus labios.
A él lo oculta su espalda, pero mi rostro es visible a todos.
Incluso a los que avanzan al otro lado del pasillo.
Mi padre camina con la boca torcida y el ceño arrugado, la forma en la que aparta su capa me hace retroceder de inmediato.
La mirada del cancilier Drieden es suficiente para saber qué tema de conversación le dará al rey en cuanto tenga la oportunidad.
—Mi señor —carraspeo antes de sumirme en una reverencia.
Los príncipes y reyes de los otros reinos se inclinan cuando detiene sus pasos. Incluso Azohr. Mi padre, que preside su séquito de acérrimos a su dogmática justicia, posa la mano sobre la empuñadura de la daga mientras desenvaina una sonrisa.
Justo cuando los ojos del rey terminan de recorrer a la comitiva de altos cargos y sus respetuosos saludos, se precipitan hacia mí y lo que choca contra mis espaldas.
Twig ha bajado los últimos escalones deseoso de encontrarse conmigo.
El cuello de mi padre gira en un movimiento repentino hacia él.
Mi querido Twig se encoge cuando la arruga más profunda en la nariz de mi padre aparece.
Traga saliva al sentir una de sus miradas de reproche colándose justo entre su entrecejo.
Sólo puede moverse para realizar una apresurada reverencia que pueda salvarlo de un castigo horrible.
Mi padre muestra los dientes en una sonrisa mientras, despacio, redirige la atención hacia mí. Aparta su capa de un manotazo para acercarse.
—¿Qué haces aquí? —el rey se inclina. Sus ojos se entrecierran para contemplarme con más atención—. Estás fuera de tus aposentos sin mi permiso.
—Escuché las trompetas de llegada —uno las manos al frente. Bajo la mirada.
—Era de esperar que decidieras meter tus adorables fauces en este asunto —el labio superior del rey se eleva. Sus manos se tensan frente a mis pupilas temblorosas.
Guardo silencio. Un cosquilleo en el centro de mi garganta me obliga a suspirar. A resistir.