Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 9. El camino de los traidores.
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9. El camino de los traidores.

(Eladriel)

La hoja se sacude bajo el puño de Twig a las siete y media.

Hace demasiado rato que escucho a lacayos caminar apresurados por los pasillos.

El sol aún no había salido cuando salí a la terraza, pude ver cómo se apresuraban por la pasarela.

Como entraban y salían del palacio. No parecían contemplar las maravillosas decoraciones.

—Adelante, Twig —uno las manos mientras camino. Las muevo con ciertos nervios.

Deseaba que apareciese. Hace dos días que la carta a los reyes de los enanos y los brujos fue enviada, más no hubo respuesta por su parte.

Puede que aún estén deliberando qué hacer.

Pero es posible que su silencio signifique que no están dispuestos a ceder y abrir las negociaciones.

Eso sería demasiado peligroso para todos.

Solo puse en su conocimiento lo sucedido, la reserva de solium, confiando en que ellos actuarían de modo diferente al de mi padre.

Y podrían no hacerlo. Nada lo asegura. Después de descubrir que las hadas y los elfos no rechazaron la idea de aliarse a sus espaldas y traicionaros, sería razonable tomar decisiones drásticas.

Terminar con la vida de los pueblos es lo único que yo quería evitar.

Temo que el ajetreo de las primeras horas de hoy sea debido a eso.

Las prisas se adueñan del palacio algunas mañanas, sobre todo aquellas en las que el rey despierta escupiendo sus disparatadas ideas…

Pero nunca después de que su princesa se haya atrevido a desafiar su autoridad. A traicionar a su rey.

—Mi princesa—Twig me dedica una reverencia contemplando con asombro mi caminadera.

—¿Podrías explicarme a qué es debido tanta urgencia? —ladeo el cuello para espetarle una mirada rápida. Confundida.

Me acerco a la puerta. Saco la cabeza por el hueco de la hoja que mi querido Twig ha dejado abierta.

Le sonrío a Aemid cuando tuerzo el cuello y su figura vigilante e inmóvil es lo primero que veo.

Ladeo rápidamente hacia el otro lado. Se escuchan sonidos de puertas y un par de voces, pero no consigo distinguir ni una sola palabra de lo que dicen.

—No puedes negar que todo esto tiene relación con la carta —cierro la puerta a prisa. Dejo caer el cuerpo sobre ella—. Porque fue enviada, ¿cierto? —elevo las cejas para enfatizar mi tono de advertencia.

—Dupliqué vuestro escrito. Se envió una carta al castillo de Brenshire, y otra al castillo de Kioran —asiente Twig conforme con lo hecho.

Adopta un gesto de pasividad absoluta tras sus palabras. Me irrita.

—¿Enviaste la carta a Brenshire? ¿Por qué allí? —mis manos bajan por la angustia—. La carta debía ser enviada a la reina Efaris.

—Pensé en la relación del príncipe Ebhan con el rey de los enanos —aclara Twig sin darle mayor importancia—. Son cercanos. Sin duda se reunirían antes si ambos eran puestos en sobre aviso.

—¿Hoy tampoco llegó respuesta? —me alejo de la puerta por la impaciencia.

—No llegaron misivas de ninguno de esos reinos —niega Twig tan tieso como siempre.

—No encuentro explicaciones a lo que sucede —volteo. Dejo caer el peso de mi mente sobre la mano mientras reanudo los pasos.

—El consejo real se ha reunido de emergencia —Twig frota la parte baja de su nariz. Su pasividad no aliviana mis inquietudes—. Parece una simple asamblea matutina de las que pide el rey tras sus pesadillas.

—Sabes que mi padre solo necesita al cancilier Drieden para apaciguar sus miedos —aprieto los labios mientras me fuerzo a continuar pensando.

Incluso si él sospecha que se trata de algo más que una simple reunión, insistirá en convencerme de que no son más que pensamientos malos infundidos por el miedo.

Pero mi sentido de la intuición está encendido.

Me golpea sin piedad. Desde que escribí esa dichosa misiva la ansiedad convive conmigo y se ha adueñado de mis ganas de comer.

Este silencio puede significar el principio del cambio o la confirmación de mi final.

Si la carta llegase a manos de mi padre reconocería la letra con solo leer la primera palabra escrita.

Si hubiera sabido que Azohr estaría en la ciudadela esa misma tarde, que me reencontraría con él en Rhysartyr… Le habría confiado a él este secreto antes de enviarla. Al menos sabría quién me ha traicionado en caso de que sucediese.

—Os aseguro que si vuestro padre hubiese descubierto lo sucedido, no estaríais en vuestros aposentos —Twig observa mis pasos sin moverse del lugar en el que se plantó.

—Bien. Entonces no perdamos más tiempo —me obligo a sonreír. Finjo que todo ha sido aclarado—. Pide que traigan el desayuno, lo tomaremos juntos.

—No creo que sea lo más recomendable, dadas las… —Twig opone resistencia como siempre.

—Iré yo misma a buscarlo —le interrumpo según guío mis pasos hacia la puerta—. Quizás si yo hago el pedido al cocinero, no se atreva a dar una negativa.

—Yo cumpliré sus órdenes —se resigna Twig. Se lanza a caminar para llegar a la puerta antes que yo.

Echo mano al uniforme de vuelo según trato de ordenar mis pensamientos.

Estoy acostumbrada a convivir con la zozobra, pero los últimos días han conseguido debilitarme.

Tuve que tomar decisiones complicadas. Quiero reprimir su recuerdo, aunque no puedo negar que aceptar el ofrecimiento del teniente es una de las más difíciles.

Sé que no me arrepiento de haber consentido.

Es más, estoy segura de que si no lo hubiera visto en la ciudadela, mi propio albedrío me hubiera llevado hasta él.

Lo que me mantiene nerviosa es guardar silencio ante Twig. Ocultárselo.

Quizás el miedo a decepcionarlo me haga guardar silencio.

No sé si su enfado será más grande por callar, o por lo que pueda llegar a descubrir.

Aunque si me dejo llevar por la coherencia, la mejor opción es contarle todo lo relacionado con Azohr y nuestros encuentros.

Está cerca de mi padre. Si en uno de sus arrebatos se le ocurriese la idea de mandar a sus guardias a vigilarme, a capturarme, el teniente y yo tendríamos una oportunidad.

Un aviso podría llegar antes que los soldados.

Aún no he terminado de atarme las botas cuando un golpe en la puerta me sobresalta.

Antes de responder, Twig aparece empujando un carro de madera recubierto con un blanco mantel que no sé cómo ha logrado subir hasta aquí.

Las letras de la casa Winverin bordadas en oro en los extremos de la tela deben ser por si se extravía en cualquier momento.

Mis pupilas viajan hacia el plato de fruta y dátiles del centro que encogen mi estómago aún más.

Ladeo la mirada a los vasos humeantes de elixir de lirio lunar.

Es evidente que no desistirá de la idea de que esa mezcla de leche de almendra con lirio de las plantaciones lunares, canela del mercado y cardamomo, es la solución a todos mis problemas.

La detesto. Tomo la taza sonriente para que, al menos, pensar que funciona le haga estar tranquilo.

Trago el sorbo caliente a prisa para evadir el amargo sabor final. Me esfuerzo en que no se note cuánto me desagrada y su sonrisa florece para darme ánimos. Estiro el brazo sobre la bandeja para que tome su parte.

—Es conveniente que sepas algo, Twig —pongo la mano sobre el mango del carro para sujetarme.

Si no me sincero con él ahora, no sé si podré hacerlo. No sé si se apartará para siempre si descubre que le miento. Él no lo merece.

—Mis oídos están preparados para vos, mi amada princesa —Twig acepta recoger el vaso del carro. Toma un dátil para acompañar.

—Me sentiría más cómoda para hablar si tomaras asiento —le ofrezco la silla del escritorio—. Y si prometes que no sacarás tus conclusiones sin escucharme primero.

—Vuestras peticiones me asustan —obedece. Se sienta con las manos sobre las rodillas.

No vi su espalda encorvada ni una sola vez.

—Se trata del teniente Bradosck —una ligera sonrisa nerviosa me ocupa el rostro. Inhalo aire para prepararme.

—¿El teniente del castillo de magia verde? —una arruga conquista el ceño de Twig.

—Sí. Lo vi cuando la profesora Emer me envió a buscar un sanador para Tien —aparto la mirada algo avergonzada.

—No os atreváis a asegurar que es él —ladea la cabeza despacio. Me observa con cautela.

Creo que hace alusiones a nuestra conversación del otro día…

—Tuvo intenciones de besarme —me atrevo a desvelar con la mirada baja y el cuerpo tomado por la timidez.

Elevo de forma lenta la frente ante su silencio.

Su quietud. Parece haber caído bajo el conjuro de un hada del invierno que lo ha dejado congelado.

Su mirada está fija en mí, pero no parece presente.

Se levanta de forma repentina sacudiendo las manos en un remolino de aspavientos.

Su reacción me sorprende tanto, que apenas soy capaz de mantenerme quieta.

Doy un paso hacia atrás mientras mi aliento se contiene.

—El rey Eliot debe descubrir lo sucedido de inmediato —Twig mueve las piernas hacia la puerta.

Estiro el brazo antes de que sus pies puedan avanzar más. Tiro de él. Incluso si eso le hace levantar una pierna por la rudeza con la que lo he hecho.

—No hablarás con nadie sobre este tema —mi voz se vuelve cortante. Mi tono severo—. Jamás.

—Es el delito más grave de Órianth —Twig hunde su mirada asombrada sobre la mía desafiante—. Por todos los dioses… —baja la mirada aun con los ojos abiertos—. Su majestad no tendrá piedad ninguna con esa criatura.

—Su majestad no hará nada porque Twig no dirá nada —libero su brazo a pesar de mantenerme cerca para advertirle.

—¿Es que no comprendéis que eso puede costaros la muerte? —sacude la cabeza en un gesto de negativa—. A los dos.

—Pero yo quería ese beso, Twig —desvelo por fin. En esta ocasión me aseguro de mantener la mirada en alto—. Necesito poder mostrarte lo que siento.

—Princesa… —Twig suaviza su mirada, se llena de ternura.

—Aún deseo ese beso —asiento—. Lo deseo más que nunca.

Twig sonríe de forma ligera mientras sus pupilas chisporrotean dulzura. Pero en un pestañeo se transforma. Su mirada se endurece.

—¡Habéis perdido la cabeza! —Twig estira las manos para pasarlas por su cara. Da vueltas por la estancia—. ¿Es que no hay más criaturas? ¿Es que acaso vuestro corazón no puede vibrar con la misma fuerza lejos de la muerte?

—Me sentí en paz a su lado. Sabes que no es frecuente que mi alma sienta eso —ladeo la cabeza hacia un lado al contemplar cómo sus gestos se vuelven intensos.