8. Una respuesta. #4
Sé que no estará dispuesto a aceptar alianza con el rey de las hadas.
En apenas un rato sobrevolamos las fronteras del pueblo de Kithos.
Es fácil saber dónde estás solo con ver el color de los árboles y las plantas.
El amarillo y naranja de las flores de Brenshire se va transformando en colores vibrantes en las tierras de magia blanca cuando Axios emerge en sus primeros metros.
Pueblos llenos de magos cuya misión es sostener la creación.
Reparar y proteger con su magia. Buscar el bien y cumplir los llamados de los ángeles.
Mim se ha mantenido en silencio durante todo el camino.
Imagino que lo que ha leído le ha causado la misma sensación que a mí, y ni siquiera sé si puedo considerarlo miedo.
Si las negociaciones por el solium no funcionan, han dejado bastante claro que no piensan permitir que nuestros pueblos accedan a esos cristales.
Eso solo puede significar una cosa. Una guerra.
—Dieciocho leguas para llegar a Carsley, teniente —grazna Hai.
—¿No puedes volar más rápido? —le pregunto con algo de inquietud.
—Vas montado en el fénix más rápido de toda la orden —chilla con ira.
—Quiero llegar antes de que los príncipes abandonen el palacio —le recuerdo impaciente—. Si debemos buscarlos y después convocar a Wild, les daremos demasiado tiempo para actuar.
Hai acelera. Sus alas se baten con fuerza hasta que chispas de fuego emergen de entre sus plumas. Su pico ha pasado de ser naranja, a rojo. Su piel ahora hierve al tacto. En un suspiro, los muros blancos y rojos de Carsley se postran frente a nosotros.
Accedemos por la parte sur de Carsley, rodeando el bastión este para llegar a la barbacana y el puente levadizo.
Hay al menos diez guardias custodiando esta parte de la muralla blanca del castillo más grande y mejor protegido de Néferien.
El primero construido. El color de las hojas de los matorrales que rodean la extensión es tan vibrante y oscuro, como el de las hojas del bosque de los susurros.
Admito que el símbolo de su magia plasmado en la puerta impone más que cualquiera de sus poderes.
—Desciende en línea recta y tira de las riendas a unas trescientas cincuenta brazas del suelo antes de girar a la izquierda —grito a Mim, ladeando las riendas hacia ese lugar.
—A sus órdenes, teniente —asiente Mim. Tensa las cinchas hacia atrás para que Shae reduzca la marcha.
Hai disminuye de manera drástica la velocidad.
Desciende a unos ciento cuarenta brazas.
Las criaturas de los árboles tienen tiempo para huir asustadas al sobrecogerse por el sonido del aleteo.
Golpeo su lomo derecho y estiro las riendas para que se ladee a un espacio despejado de árboles lo suficientemente grande, como para que Shae pueda tomar tierra.
Cuando sus patas tocan el suelo y se detiene, siento como si fuera a caerme.
El cambio de velocidad tan brusco debe de haber desestabilizado mis sentidos.
Shae toca el suelo. Mim no espera a que se detenga del todo cuando se inclina hacia delante para sujetarse a una de las plumas del pecho. Se deja caer.
Atajamos a través de los árboles que se sitúan delante del acceso al puente levadizo mientras los fénixes buscan algo de comida con la que poder refrescarse entre las ramas.
—Teniente Bradosck —Rihamé asiente al vernos llegar.
—Soldado Óhtar —le devuelvo el saludo—. Busco al príncipe Ebhan. Los voladores de Brenshire lo avistaron en dirección a este lugar.
—Verdad es —afirma el guardia sin hacer ni un movimiento—. ¿Deseáis que envíe a un guardia a que informe de vuestra llegada?
—No es necesario, nos reuniremos con ellos en el interior —señalo a Mim en un movimiento rápido.
El soldado levanta el brazo en una señal a la torre que se sitúa sobre el bastión para que eleven el puente.
El sonido de unas cadenas pesadas, que por el chirrido que generan parece que necesitan ser renovadas, alerta a los guardias que se encuentran en el interior.
Dos de ellos se acercan con las espadas desenvainadas a toda prisa mientras que la pasarela cae al otro lado de la tierra.
Mim ha dado un par de pasos hacia atrás.
Trata de echar mano a una de las dagas de su cinturón al verlos tan cerca, pero el sonido del envaine lo ha calmado. Ninguno de ellos me haría nada.
Camino entre el pasillo que los soldados han formado con Mim tan cerca, que podría darle la mano para disfrutar juntos del paseo hasta la entrada.
—¿Mi coronel siente miedo? —le lanzo una mirada de reojo—. ¿Debo arrepentirme de la recomendación que le hice al príncipe Ebhan?
—Soy el objetivo de diez guardias armados que me miran deseosos de darle emoción a su aburrida guardia —me reprocha Mim con las fosas nasales abiertas.
—Confías poco en tus habilidades, y has conseguido pasar —sonrío con el ceño fruncido.
—No —Mim los señala con fervencia—. El hermano de la reina ha conseguido pasar, yo sigo siendo fácil de ensartar.
—En primer lugar —volteo. Camino de espaldas mientras converso con él—. Si quisieran, no hubieras dado dos pasos y lo sabes. Y en segundo lugar… —elevo las cejas—. Estimo a la reina como si lo fuera, pero Efaris no es mi hermana.
—¿Le preguntamos a los guardias para saber qué piensan ellos? —su frente se arruga—. Tal vez cambien de opinión y te impidan pasar como si este castillo te perteneciese.
—Será mejor que guardes silencio —niego. Ruedo los ojos hacia la derecha al girarme para darle la espalda.
Escucho como deja caer un susurro pesado. Corre. Ocupa el espacio a mi izquierda estirando los labios con orgullo mientras se pavonea.
—Tengo que admitir, mi teniente, que disfruto cuando no te queda más remedio que sellar tus labios —declara Mim con ojos de burla y sonrisa traviesa.
—Todavía puedo llamar a los guardias… —lo empujo a modo de broma para apartarlo.
—Atrévete —Mim entrecierra los ojos, su gesto se vuelve serio—. Yo les tengo miedo a ellos, pero tú me tienes miedo a mí.
Me observa por unos segundos en silencio. Deja salir un resoplido de frustración que comienza a resultar pesado la tercera vez.
—No entiendes lo que eres —el coronel aparta la mirada.
—Yo siempre he sabido quién soy —le dedico una mirada convencida—. Y quién no quiero ser.
—¿Qué hay de malo en ese futuro que te proponen? —Mim da un par de zancadas. Sus brazos se arrastran con una mezcla de tedio y curiosidad—. Ya cumples con las responsabilidades de un príncipe.
—No deseo ese futuro —dejo caer la cabeza cansado de la insistencia de todos.
—Eso que rechazas podría traerte beneficios con tu amada —dibuja media sonrisa.
—No comprendo de qué manera —niego.
—Piénsalo —su dedo toca mi frente sin que pueda impedirlo—. En algún momento ella heredará el trono. Podéis forjar una alianza entre reinos y veros sin que nadie sospeche.
—Nuestro problema no es el rey Eliot, son los dioses —ladeo el cuello con urgencia—. ¿Qué cambiaría? Nuestros hijos tendrían alas.
—Tú siempre dices que yo no soy el de la sesera —bufa Mim. Deja caer el peso del cuerpo por un momento sobre las piernas—. No podrías casarte con ella, deberías tener una reina y tus propios herederos.
—Quieres que la convierta en mi amante… —resoplo irónico—. Supongo que un nombre ronda tu mente para el puesto de reina.
—No —chasquea la lengua apesadumbrado—. Has estropeado todo con Fiena.
—Coronel —dejo caer mi mano sobre su hombro—. Ser príncipe significa renunciar a lo que deseo.
—Tienes razón —asiente. Aprieta sus labios con su fina ironía—. Olvidé el pequeño detalle de que ella renunció a su corona por ti.
—¿Ebhan te ha obligado a convencerme de esto? —le dedico una mirada llena de sospecha.
—Quiero que mi amigo viva —manifiesta Mim con el brillo de la verdad en sus ojos.
Guardo silencio. Mantengo la mirada enfocada en llegar a la entrada del castillo.
—Está bien —el coronel deja caer los brazos hacia delante—. Pero omití el nombre de la princesa, tienes mi palabra.
Dejo escapar el aire. Sé que Ebhan espera que sea como él a pesar de que me he negado a ello durante toda mi vida, está convencido de que darme un trono es suficiente.
Mi padre era amigo del suyo, eso es todo lo que me une a la realeza.
Un simple hornero que se enamoró de una de las criadas que les servían.
Nunca sentí que debiera avergonzarme de ello.
De ellos. Por el contrario, estoy agradecido porque me brindaron la única cosa que un rey o un príncipe desearían tener. La libertad.
—No sé si la princesa renunciará a su trono —aprieto la mandíbula.
Clavo mis pupilas en las suyas—. Pero yo no estoy renunciando a nada —miro el tatuaje en forma de lunar que la magia me hizo justo en el mismo lugar que a ella—.
Mi madre se llama Lílac. Mi padre se llama Erios.
Ellos servían al rey Draegor y es como quiero que se recuerde.
Mim guarda silencio. Se traga las palabras el resto del trayecto hasta que la puerta negra aparece imponente frente a nuestros ojos. Por fin. Los dos guardias que vigilan asienten cuando llegamos a ellos. Abren sin separar los labios.
El interior está tal y como lo recordaba.
Hay los tapices y candelabros de oro forjado que siempre llenan el ambiente de una luz más suave de lo que podría parecer.
Hace meses que no vengo por aquí. Creo recordar que la última vez, la reina nos había reunido a todos en una cena privada que nombró con el título de familiar.
El vestíbulo está provisto con muros gigantes y una estatua de la diosa Vémtix como columna central y acceso al patio de armas interior.
Es agradable que no haya rastro del olor a humedad que recorre las estancias de los salones donde yo normalmente estoy.
Algunos criados caminan apresurados por las galerías superiores del patio con cubos y trapos, supongo que los entrenamientos habrán finalizado hace relativamente poco.
Vemos algunos bancos de madera y estanterías con lanzas, flechas, hachas y espadas antes de llegar al ala oeste.
Pasamos por la cocina y su eterno olor a pan recién cocinado.
La despensa y la bodega antes de llegar a las galerías de los criados.
Tomamos la que conduce al ala este y, al subir, nos encontramos con guardias que custodian las puertas de un salón privado al lado de una de las habitaciones para los invitados.