8. Una respuesta.
(Eladriel)
Amarro los cordones de la armadura apresurado mientras me enfundo las botas de un pisotón.
Abrí tarde los ojos al sol hoy. Ni siquiera puedo pasar por el comedor antes de salir al campo de fénixes.
Al menos, Ebhan no está aquí, tuvo que irse a primera hora a Éxavor.
Podré ahorrarme su aburrido discurso de estos días.
“El teniente del ejército de Néferien debe dar ejemplo cada día y llegar con puntualidad a los entrenamientos”.
Cuento las dagas por segunda vez. Nueve y todas en su sitio.
Ajusto la capa en las espaldillas y ajusto las cuerdas de las botas antes de abandonar la habitación.
Elara y Rhegor deben estar esperándome en las puertas del castillo para conocer cuáles son las órdenes que deben impartir a sus unidades.
Sé que los generales no lo saben, pero Ebhan no me dejó indicaciones precisas para ellos. Tendrán que conformarse con las mías.
Repaso las patrullas de aegisari que deben salir hacia el bosque de los susurros según abordo las escaleras.
Hace una semana que los guardianes del bosque no han visto el árbol de los susurros, y la época en la que florecen nuevos hechizos y conjuros está a punto de llegar.
Ofrece sortilegios de las tres magias. No es conveniente que puedan ser recogidos por cualquier otro brujo del reino a pesar de que los que poseen la magia negra están encerrados.
Hay magos que manejan la magia con mayor intensidad, muestran capacidades de adaptación a otras que no podemos controlar.
—Buenos días, teniente Bradosck —Yeziel se inclina con una sonrisa burlona tras separar la hoja.
—Yeziel —respondo con tono venenoso.
—El coronel Mim ha pedido reunirse con vos —afirma el guardia—. Se trata de la coordinación de las unidades de entrenamiento.
—Aparte de los generales de división y el coronel, ¿alguien más ha pedido verme? —resoplo con resignación—. Ni siquiera atravesé las puertas.
El día pintaba más interesante de lo que se presenta.
—Espero nuevas indicaciones del príncipe Ebhan —asiente Yeziel.
—¿Saben dónde se encuentra el coronel? —arrugo el entrecejo para observar a lo lejos.
—Partió con el resto de la formación hacia el campo de fénixes, mi señor —declara con su mirada de sorna afilada.
Ignoro sus deseos de impacientarme para contemplar el final del puente y a los generales esperando.
—Hablaré con ellos mientras busco a Mim —doy un paso hacia el guardia para susurrar con tono de advertencia—. Si alguien más pregunta por el teniente, no puede recibir visitas.
—¿Mi señor? —arquea una ceja.
—Las órdenes siguen siendo las mismas de siempre —asiento—. Cualquier criatura, excepto ella.
Me sorprende ver al general Rhegor sin el parche que cubre la ausencia de su ojo izquierdo.
Desde que uno de los fénixes se lo arrancara, no lo había visto sin él, pensé que pertenecía a su cuerpo.
Su expresión de molestia contenida por mi retraso es más evidente ahora que nada cubre su rostro.
A la general no parece suponerle un problema mantener la mirada sobre el hueco vacío. No sé si esta sorprendida o repugnada.
—Buenos días, teniente Bradosck —Rhegor me dedica una reverencia cuando llego a su posición.
—Buenos días, generales —asiento.
Paso de largo para abordar el pasto verde dirección al campo de fénixes. La general se apresura a seguirme el ritmo.
—Teniente —se inclina Elara.
—Seré breve —anuncio—. El príncipe Ebhan no dejó instrucciones precisas sobre los entrenamientos de hoy. Seré yo quien dé las órdenes.
—Aún esperamos oírlas, mi señor —acepta Rhegor con fastidio.
Detengo mis pasos sobre la hierba. Volteo.
—Yo no soy tu señor. Yo no soy un príncipe —mis palabras frenan sus pasos al instante.
El ceño de Rhegor se frunce. El ojo que aún puede mirarme se mantiene sin pestañear. Es como si le molestase que aceptase algo que los habitantes de Brenshire y las tierras de Órianth conocen.
—Debo cumplir las órdenes del príncipe, teniente Bradosck —el general alza una ceja—. Él indicó que así debíamos referirnos a vos. Con el mismo respeto con el que nos dirigimos a Shaqia o la propia reina.
—Entonces mantén la boca cerrada y no le reveles que no usas ese título —le ordeno según giro para retomar mi camino.
—A sus órdenes, teniente —acepta el general para lanzarse tras de mí.
Al continuar con la marcha, Elara no desea quedarse atrás.
—Teniente —anuncia la general con la voz algo agitada—. Necesitamos saber qué hacemos con las patrullas del pueblo de Berato y Kithos.
—Manda un grupo de seis brujos a Berato y uno de cuatro a Kithos —indico—. Necesito el otro grupo de diez disponible para llevármelos al bosque de los susurros.
El resto de patrullas se encuentran en los puestos fijos de vigilancia que creamos desde que sabemos que el soldado de los espíritus está cerca. No puedo dejarlos sin ningún hombre de menos. Ya son pocos los que están allí, y tan solo uno de los seis que Wild mandó a sus picos regresó.
—Rhegor —lanzo una mirada rápida por encima del hombro al general—.
Llévate al grupo de arqueros y ballesteros de infantería al campo de los fénixes sin que los jinetes se enteren.
Prepararemos una emboscada sorpresa para que practiquen los poderes aprendidos antes de que lleguen los nuevos del árbol.
—¿Incluirá limitaciones? —pregunta Rhegor.
—Prohibido herir de muerte —aseguro en el mismo tono—. Solo están permitidas armas que inflijan daño hasta el nivel dos de curación.
Aunque los brujos de magia verde somos sanadores y tenemos la capacidad de regenerar nuestros tejidos solo activando nuestra magia, hay ciertos puntos donde una herida resultaría mortal.
Si un soldado hiere a otro en un entrenamiento en la nuca, el rival caería en el momento.
También, una estocada justo en el corazón pararía cualquier intento de sanación, porque impediría que la magia fluyera con nuestra sangre.
De los cuatro niveles de heridas posibles, solo el último se acerca a la muerte.
Si te clavan una daga en el cerebro, las probabilidades de que te salves son tan bajas, como altas son que quedes vivo.
En ese momento, la vida de cualquier criatura de Néferien se encuentra en las manos de sus creadores.
No puedo perder a la mitad de mi ejército en un entrenamiento. Ojalá sus corazones pudieran resurgir como lo hacen los de los fénixes.
—El coronel Mim se encargará de coordinar las unidades de hacheros y guerreros para que entren en la misma operación cuando la infantería se haya retirado —le dicto a la general—. Veremos cómo responden los fénixes a la resurrección esta vez.
—Sí, teniente Bradosck —asiente Elara.
Los generales se desvían para encargarse de que lo que he organizado.
Cerca de la prueba de piedras veo a Hai, limpia sus alas a la derecha del campo.
Está junto a Shae y los fénixes de Godrick, Fiena y Lirys.
Mim me sonríe como siempre delante de su fénix, pero Fiena…
Hace días que no conecta la mirada conmigo.
No recuerdo haber hecho algo que pueda haberla herido ni haberle dado alguna orden fuera de lugar. Y sin embargo imagino qué le sucede.
—Buenos días, coronel —sonrío a Mim al llegar a su altura. Golpeo su hombro más fuerte de lo que esperaba—. Soldados —saludo al resto del grupo.
—Pensaba que desaparecerías como ayer —Mim me mira de reojo con brazos cruzados. Noto cierto aire de reproche en sus palabras—. Y antes de ayer.
—No desaparecí, tuve que encargarme de asuntos importantes —elevo las cejas de forma cómplice.
Mim sigue molesto. Cree que oculto cosas y es cierto.
Me sinceré con él cuando volvimos de Eryas, también hablamos sobre Hai al enviar la carta al reino de las hadas…
Pero era mejor no contar nada de lo que pensaba hacer los próximos días.
Era probable que no lo entendiera, que rechazase mi decisión.
No puedo esperar otra cosa después de que admitiera que el rechazo de la princesa era lo correcto.
Ni siquiera le importó que yo quedase destruido.
Es posible que por eso siempre decidiese guardar silencio sobre la verdad.
Nunca dudé de que no aceptarían algo que ni yo mismo lograba hacer.
He visto con mis propios ojos qué sucede cuando las normas se desafían.
Es fácil que un alma se haga a la victoria, pero te arrebatan todo por lo que has peleado sin importar el dolor pasado cuando ya no tienes miedo.
—Dirás que son asuntos del reino —la cara del coronel se llena de una fina ironía que corta—. Pregunté a Ebhan, y no sabía que habías salido de Brenshire.
—¿Cómo esperas que me sincere contigo? —estiro el brazo para golpear de forma suave su nuca—. Tendré que darle explicaciones porque no mantienes la boca cerrada.
—¿Acaso te piden explicaciones? —Godrick recurre al sarcasmo a pesar de que sus músculos están tensos.
—¿Qué podría hacerte pensar que no es así? —tuerzo el cuello en su dirección.
—Que tu príncipe hable de ti por todo el reino como si fueras su hermano —ríe Godrick—. No aceptarás el título, pero todos vemos cómo quieres su derechos, vives con él.
—Tengo los derechos que yo me gané sirviendo al reino —tomo aire antes de que consiga encender mi ira.
—Afirmas tonterías —Fiena alterna la mirada entre los dos. Da un paso hacia él—. Lo conoces. Sabes que Azohr apenas pasa tiempo en el castillo.
—Sí —espeta Godrick molesto—. Solo pisa ese lugar cuando te lleva con él a su cuarto.
Bajo la mirada ante sus palabras para no verla a ella.
Me muerdo el labio inferior con disimulo para descargar en él la rabia.
Es un estúpido. Lo detesto y a pesar de eso siempre está cerca.
Todo su linaje ha pertenecido al ejército de Brenshire desde tiempos del rey Drakhar.
Supongo que, el hecho de que mi padre fuese un simple hornero y sea yo quién disfrute de privilegios que él desea, hace que me aborrezca tanto como yo desprecio su existencia.
Mi conciencia me pide que eleve la frente para buscarla a ella.
Observo su rostro sonrojado bajo el silencio del resto.
Todos saben que él miente, pero busca que yo le dé el puñetazo que no se atreve a lanzar.
Y no lo haré. Asestarle uno y luego no rematarle no sería satisfactorio y me daría demasiados problemas.
—¿Te preocupa? —el coronel curva las cejas con un toque de tedio—. Quizás pueda llevarte a ti la próxima vez.