7. La traición del deber. #6
—La queréis silenciar —manifiesta la profesora sin pensar.
—¡Profesora, por favor! —elevo la voz para que solo me preste atención a mí—. Os ordeno que os calléis.
—¡Jamás! —grita la profesora—. Si debo morir, lo haré libre de la opresión y el silencio del rey Eliot.
—Hay momentos en los que el silencio se convierte en la voz más poderosa de todas —Aranel irrumpe desde su silla al fondo.
—¿Esperan sus altezas que me someta al miedo? —la expresión de la profesora es desoladora.
—Guardar silencio no siempre es ceder —doy un par de pasos al frente antes de que mi padre agarre mi brazo con fuerza—, a veces es la mejor forma de ganar.
Quiero que sus buenas intenciones desaparezcan y dejen de alimentar los temores más profundos de mi padre.
—¡Silencio! —mi padre adelanta la mano para golpear la cara de la profesora—. ¿Os sentís oprimida, querida profesora?
—Todas las mujeres de este reino llevamos milenios reprimidas en vuestra sombra —asegura la profesora sin apartar la mirada de los ojos de mi padre.
—Sois una de las tantas furcias que desean revelarse contra mi corona —el rey niega—. Os alimenté a pesar de que sois una traidora.
—Ojalá la princesa se revele contra vos. Esa la única forma de acabar con el horror en este palacio —sentencia Charmglow—. Seréis conocido como el rey maldito.
Nadie se mueve. Mis palabras se las ha llevado la profesora con su confesión. Ahora, aquel que intente siquiera interceder por ella, perderá su cabeza sin ningún tipo de piedad. Contemplo la escena de medio lado. Aparto la mirada para no ser testigo de lo que sucede.
Las manos de Twig cubren mis brazos.
—Vete —le ordeno en un susurro.
—No puedo —niega Twig.
Sabe que la desobediencia y la rebelión, rebatir las órdenes de mi padre… Eso es suficiente para que lo mande a torturar mil veces. Él y la profesora tienen mi admiración, pero prefiero tener sus vidas.
—Si algún día la princesa se atreviera a cumplir con vuestros deseos, cortaría su cabeza —el rey observa a la profesora con ojos rojos—. ¿Sabéis que me dará más pena si eso ocurre? —sus cejas se tornan hasta lograr una expresión de maldad.
—Padre… —atino a decir cuando veo sus movimientos.
El rey desenvaina la espada de uno de los guardias a su costado.
De una estocada seca y fría, desoladora, desgarra el cuello de la profesora sin piedad.
Siento como Twig me hace pequeña de nuevo envolviéndome con fuerza.
Veo como la sangre cae sobre el suelo, sobre las mangas de sus brazos que me cubren.
Solo escucho como golpean las gotas, el impactante sonido de su cabeza rebotando al caer.
Como si el tiempo fuera a la mitad de la velocidad de lo que los segundos pasan.
Mis párpados caen para dejar de ver el resto del cuerpo sacudiéndose entre los brazos de los guardias.
—No estaréis aquí para verlo —el rey determina sus palabras finales.
Limpia la hoja de la espada en el mantel de la mesa de un movimiento firme antes de envainarla de nuevo en el cinturón del guardia. Esquiva mi mirada según se sacude las manos y mueve la cabeza para estirar el cuello hacia Twig.
—Organiza todo esto y límpialo bien. No deseo ver restos por ningún sitio cuando volvamos a tomar el vino —el rey le lanza una mirada carente de emociones.
Aelfraed se ha levantado junto a su hija. Ninguno ha pronunciado palabra, pero la expresión de conmoción con la que me miran perdidos en lo ocurrido… Es suficiente para entender cómo se sienten.
—Deberíamos retirarnos al estudio mientras los criados trabajan —mi padre sonríe cuando ve que el rey elfo llega a su lado—. Me gustaría comentaros algunas cosas sobre uno de vuestros archivos que mis canciliers y yo no logramos entender.
—Sería apropiado llevar a la princesa al jardín a tomar el aire —consigo decir tras varios intentos en los que solo movía la boca—. Si su majestad otorga su permiso.
—Estará bien que Aranel tome un poco de aire fresco, se encuentra un poco pálida —mi padre voltea para agarrar al rey del brazo.
Los reyes se marchan de la estancia seguidos de los guardias.
Aranel y yo permanecemos inmóviles mientras los soldados retiran el cuerpo de la profesora.
Al ver como las criadas no perturban sus rostros al recoger la cabeza en un cubo viejo cuyos remates han dejado de ser metalizados.
Tras las órdenes de Twig, otros lacayos intentan limpiar la sangre esparcida por el suelo de piedra con trapos blancos que tornan a rojos al instante. Corrompen el agua.
No creo que ninguno sepamos qué decir.
—Princesa Eladriel —Twig se acerca a mí. Mis pupilas viajan perdidas hacia él—. Deberíais llevar fuera a la princesa. Quizás necesite tomar el aire.
Pestañeo ante su recomendación y sacudo la cabeza en su búsqueda.
—Aranel —poso con delicadeza la mano en su brazos—. ¿Te encuentras bien?
—Tranquila —la princesa finge una sonrisa—. A ti ya te ha mejorado algo el color de la cara.
—Acompáñame fuera —le señalo la puerta—. Puede que mi rostro haya recuperado el color, pero os aseguro que le vendrá bien a tus nauseas.
—¿Nauseas? —la princesa aguza la mirada en mi dirección.
—Siempre te entran nauseas —suspiro antes de señalar la puerta—. Y el color de tu cara sigue igual.
Aranel se coloca a mi lado. Su pelo se desliza con más suavidad de la que su expresión lleva.
Ni los detalles del palacio son capaces de hacerla huir de lo que debe ocupar su mente en este instante, su entrecejo arrugado es más que comprensible.
No ha llegado la hora de partir, y ya ha visto como la profesora era ejecutada frente a la mesa en la que cenábamos.
—Aun no comprendo qué ha sucedido —Aranel echa un vistazo a sus espaldas.
—Castigos —aprieto los labios con resignación—. Esto no es tu reino.
—Pero esa mujer era inocente —Aranel niega confundida.
—Es una víctima. Una más —admito con vergüenza—. Su muerte es una advertencia para mí.
—¿Por qué? —pregunta con desconcierto.
—No es necesario que finjas no conocer los pensamientos de mi padre sobre mí —resoplo con ironía.
La princesa baja la mirada. Une los labios en una confirmación sin palabras.
—Espero que la ciudadela te ofrezca un respiro, o de contrario terminarás más tiesa que él —ríe la princesa.
Ambas nos reímos, sin embargo, la princesa vuelve a comprobar sus espaldas. Parece más nerviosa de lo que quiere asegurar. Entrecierro los ojos a como se encorva asustada cuando sus ojos se encuentran con la luz tibia de las antorchas del pasillo.
—Ojalá pudieras saber qué deseo. Qué calma mi mente —sonrío con el teniente en mis pensamientos—. Debo advertirte de que será mejor que nadie sepa lo sucedido en el comedor.
—Tranquila, Eladriel. Estoy en el mismo lugar que tú —sus palabras me desgarran con tanta fuerza, que soy incapaz de no dejarme vencer por ellas.
Los guardias vigías nos dedican una reverencia antes de tirar de las hojas de la puerta.
Recorremos la pasarela con tranquilidad.
El aliento de la noche es tan refrescante, que abraza el pecho de quién lo respire con alivio.
El mismo alivio que buscamos la princesa y yo.
No es la muerte lo que consigue palidecerme, sino las injusticias que cargo sobre mi conciencia.
Las voces pidiendo súplica que retumban en mi mente y a las que no pude ayudar.
El cenador de primavera tiene sus acogedoras luces encendidas en todo su recorrido.
La estructura está rodeada de más flora que nunca; con árboles de fresnos, olmos y cerezos en flor que reparten colores en diferentes puntos.
Así, el mármol de los asientos y la mesa brilla con fervencia.
Aranel me sigue. Atravesamos la hierba mojada y sorteamos las campanillas, prímulas y jancitos que crecen en el suelo y alrededor de las escaleras.
Somos el objeto de miradas de Maren, Rani y Lynn, pero especialmente de Lugh.
Él mira a la princesa Aranel como si estuviese viendo la mismísima aparición de la diosa Essoi.
No me sorprende que no pueda cerrar la boca.
La princesa, aparte de ser hermosa, demuestra una personalidad indómita.
En cambio, si me asombra que Aranel lo observe de la misma manera.
No porque él no sea digno de admirar, sino porque es un hada. Porque ella es una princesa.
—Buenas noches —asiento mientras subimos los escalones del cenador—. Es honra para esta princesa presentaros a su alteza Aranel, princesa de los elfos.
Creo recordar que la conocen de algunas visitas al reino, pero nunca hablaron con ella. Nunca me preguntaron por su presencia. Por sus caras puedo imaginar que tampoco esperaban conocerla esta noche.