7. La traición del deber. #5
—¿No lo entendéis, verdad, querida? Ni siquiera cuando os muestro cómo debéis hacerlo… —el rey frota su frente frustrado.
Regresa a su sillón. La distancia que hay entre la silla presidencial y la de mi madre es ridícula, pero su mirada de cansancio amplía a leguas la lejanía.
Sus dientes inferiores asoman después de que sus comisuras se hayan estirado en un gesto de cólera, sus dedos se arquean sobre el asiento de la silla. Su rabia rechina.
—¿Cuánto más me obligaréis a castigaros para que aprendáis? —conmina el rey.
El sonido de su voz tan cerca estando tan lejos consigue erizarme la piel.
—Me disculpo ante vos, mi señor —con trabajo, la reina consigue articular palabra—. Os doy la promesa de que…
—Cállate antes de que la lengua te pierda en mentiras —mi padre alarga el brazo para sujetar el rostro de mi madre—. Sabes que esto es necesario, ¿verdad? —sus cejas se elevan—. De otro modo nunca has aprendido.
Mi madre levanta la mirada con algo de titubeo para dejar que la mota desesperada de súplica que escondía en sus pupilas desaparezca. Asiente. Afirma. Si intenta hablar de nuevo, ninguno de los que estamos aquí podremos hacer nada para evitar que sea castigada. Si calla, nadie hará nada por ella.
—Que fascinante resulta —mi padre estira el cuello con una sonrisa de placer estirada. Abre sus brazos—. ¿Lo escuchas, querido Aelfraed?
—¿Qué cosa, mi señor? —el rey elfo habla sin trabajo. Como si su rostro no reflejara lo que verdaderamente siente ante lo sucedido.
—El sonido de la obediencia —el rey se deja caer en la silla complacido—. Es tan dulce como cualquier melodía en la que los violines tocan con furia demostrando su poder.
Aelfraed guarda silencio. Su hija, la princesa, ha borrado cualquier rastro de alegría de su rostro.
Ha dejado sus manos sobre los reposabrazos de madera grabados y se mantiene fija en su asiento.
Aunque, como la de su padre, su cara es demasiado expresiva.
Contemplo a mi madre apenas ladeando la mirada, su cuerpo vibra al ver que mi padre solo la observa silencioso.
Devuelvo la mirada al frente y cierro los ojos.
—Creo que encontré el castigo más apropiado para tu comportamiento, querida —afirma finalmente el rey con una alegre sonrisa—. Acércate, Rune.
El lacayo no tarda en colocarse tieso a un costado.
—Pide a Cedric que lleve a la reina a su celda. Dile que la vigile hasta que llegue con los canciliers —asiente mi padre.
Rune le dedica una reverencia.
—Rune —el dedo de mi padre sube apuntándole a él—. Vuelva rápido, o tendré que ordenar que te encierren para que te enseñen a respetar órdenes a tí también.
—Sí, mi señor. Por supuesto, mi señor —se inclina el lacayo mientras se aleja.
Recorre la distancia hasta mi madre por detrás de la silla del rey. Le dedica una reverencia.
—¿Mi señora? —el lacayo le ofrece la mano a mi madre.
Mi madre acepta su mano obediente. Aparta con cuidado el traje para no tropezar con él, y abandona su lugar en la mesa evitando rozar a mi padre. Dobla las rodillas para reverenciarlo.
—Que a mi señora no le falte el vino mientras espera mi llegada —ordena mi padre levantando el brazo.
Los guardias que custodian la puerta permiten que abandonen la sala y nos dejan con él como si no pudieran escuchar desde fuera qué sucede. Todos tienen miedo.
—No interrumpamos más esta hermosa velada —mi padre aparta su capa para tomar asiento. Expira de forma alegre y profunda—. ¿En qué lares nos habíamos quedado?
—Mi señor… —Aelfraed aclara su garganta al dejar su copa sobre la mesa—. Os pedía vuestro permiso para que la princesa acompañase en algunas ocasiones a mi hermosa hija.
—Ah sí, eso… —el rey sacude la cabeza en un gesto de poca importancia.
—Tenéis mi palabra de que no se presentarán problemas si no estáis de acuerdo —asiente el rey elfo.
—No es a vos a quién tengo que enseñar a respetarme —bufa el rey—. Debo tomar medidas con la princesa para que no continúe con este comportamiento. Sus clases de protocolo parecen no ser suficientes.
Separo los labios para intentar decir algo, pero la voz de mi padre me calla.
—Los actos traen consecuencias, princesa —me advierte mi padre.
Dos de sus dedos se agitan llamando a otro de los lacayos que custodia la mesa. Se acerca con las manos sujetas a la espalda. El rey envuelve la solapa de su librea para atraerlo y acercar las instrucciones a su oído.
—Padre —la princesa Aranel eleva la voz—. Me gustaría que se le concediese el cuarto de la ciudadela real a la princesa.
Mi padre gira el cuello al comprender la petición de Aranel.
Aleja al lacayo y se apresura a sentarse recto.
Su rostro se vuelve sereno. El criado corre a buscar a uno de los guardias de la puerta según la cena se retoma.
El rey toma los cubiertos para cortar un trozo de pollo recorriéndonos con la mirada.
—Vamos, continuad —señala la vajilla con los cubiertos.
El rey elfo y su hija se colocan en el asiento para tomar los cubiertos y proceder a tomar bocado.
—Aelfraed —mi padre habla mientras mastica. —¿Qué os parece la idea de vuestra hija?
—Es algo que le corresponde a la princesa por derecho, así lo estableció la diosa de la sabiduría —el rey elfo mastica con delicadeza.
—Mi viejo amigo elfo —sonríe mi padre—. Muchos años de lealtad nos unen. Si es por vos, otorgaré el permiso a mi princesa.
No tengo muy claro si la angustia del momento me ha permitido escuchar sus palabras con claridad, o es el pánico ensordeciéndome. Debo de haber perdido el juicio durante la cena para haber creído que me ha otorgado su permiso.
—Eladriel —mi padre centra la mirada en mí—. A partir de este momento, se te otorgará permiso los miércoles para pasar la noche en la ciudadela real siempre que sea en compañía de la princesa Aranel. Fijaremos los días para las visitas al palacio.
Sé que solo soy algo con lo que retribuir la lealtad que Aelfraed le muestra, pero no desaprovecharé esta oportunidad por orgullo.
Ese cuarto es el lugar seguro que estaba esperando.
—Gracias, mi señor —intento que mi sonrisa no sea más amplia de lo que dicta el protocolo a pesar de mi emoción—. Es tan solo un acto de su infinita generosidad.
—Celebra con nosotros entonces —ríe sonoramente alzando la copa—. Come.
—Tengo el estómago algo cortado, su majestad —coloco la mano sobre mi abdomen—. No deseo deshonrar su bondad, pero no…
—¿Consideras apropiado que ordene a Twig que te dé de comer en presencia de tan ilustres criaturas? —me mira con calma. Estira los labios alegre—. Comerás, porque es una ofensa a tu rey y a los dioses despreciar la comida que te ofrezco.
Me incorporo, tomo el cuchillo y el tenedor. Trato de que el tiempo pase cortando el pollo con la excusa de que, una vez hecho, será más fácil comerlo.
La cena continúa. Yo finjo que todo sigue con normalidad cuando la ira y el dolor ya no pueden quedarse más dentro.
Pero la euforia me impide estropear este momento.
Aún me parece increíble que mi padre me vaya a permitir alejarme una noche del palacio, era más probable que iniciase una guerra para impedirlo.
Casi al final de los postres, la hoja derecha de la puerta se abre. El guardia personal de mi padre accede. Tras él, dos guardias entran arrastrando a la profesora Charmglow por las cadenas que rodean sus muñecas. Una herida sobre su cabeza tiñe de rojo su pelo claro, el suelo por donde pasa…
—Mi señor —Cedric se inclina al llegar frente al extremo de la mesa—. Os ruego disculpéis nuestro retraso, la profesora no se encontraba en su casa a pesar de conocer las normas para las mujeres.
Los guardias que sujetan a la profesora por los brazos le dedican una reverencia a mi padre. Clarimond se inclina ante el rey incluso retenida. A pesar de sus lágrimas cayendo.
—Oh, mi fiel guardia Cedric Mondblade —el rey utiliza las manos para ayudarse a levantar y acercarse a ellos—. Has hecho un trabajo maravilloso. Llegas en el momento indicado —señala los postres de la mesa.
—¿Padre…? —pregunto al ver como la profesora tiembla y sangra.
—Eladriel —mi padre estira el brazo para llamarme—. Ven a observar cómo se dirige un reino con firmeza.
Con el ceño fruncido y una expresión de pánico, no me atrevo a desafiarlo. El rey me sujeta por la cintura al llegar a su lado para colocarme justo frente a la profesora.
—Buenas noches, señorita Charmglow —mi padre me agarra del brazo sonriendo—. ¿Qué es eso que tanto os hace llorar? —finge una mueca de preocupación.
—Mi señor —solloza Clarimond—. Mi detención es una injusticia.
—Es necesario que aprendáis a ver lo bueno que la vida os ofrece —el rey señala el alrededor—. Quién iba a deciros que esta noche estaríais en el salón principal de palacio, viendo a sus majestades cenar… —sonríe—. Deberíais sentiros afortunada.
Escucho mi propio silencio. El pestañeo de los asistentes pendientes de los pasos del rey.
Contemplo como la profesora me implora clemencia con la mirada como si yo tuviera poder para hacer algo.
Ladeo la vista sobre el cuello para buscar a Twig.
Camina lento alrededor de la mesa para acercarse.
Dirijo la mirada hacia Aranel, su padre.
Solo los que hemos aprendido a ocultar el miedo podríamos identificar a quienes lo sufren.
—Mirad, princesa, os perderéis como se hace justicia —me ordena mi padre. Agarra mi mandíbula para mover mi cara al frente, a la profesora.
—¿Cuál es mi delito, su majestad? —la profesora se mueve con fuerza para zafarse de los guardias.
—Os encomendé la tarea de educar en protocolo a la princesa. Vos dijisteis que era algo sencillo debido a su disposición. ¿Acaso miento? —mi padre agarra sus brazos a la espalda.
—Eso dije, mi señor. La princesa cumple con las clases con éxito —la profesora parpadea para quitar el exceso de lágrimas.
—¡Sigue siendo una princesa inútil, señorita Charmglow! —brama mi padre marcando las venas del cuello—. Es evidente que sois una ramera inservible.
—Eladriel es un hada fuerte. Ella es capaz —Clarimond hace visible su ansiedad en la respiración agitada de su pecho.
—¿Es que no veis lo que tenéis al frente? —el rey se inclina hacia delante para gritarle sin compasión a su rostro.