Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 7. La traición del deber. #4
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7. La traición del deber. #4

—¿Qué tal vuestra visita a la ciudadela? —Twig llena el silencio con trabajo.

—No encontré lo que buscaba —sonrío de forma genuina al recordar al teniente.

—¿Y eso os hace sonreír? —Twig eleva la frente a prisa para observarme con una ceja arqueada por la sospecha.

—Pude disfrutar de la visita —bajo las pupilas bañadas en brillo—. Bien sabes que ese lugar está lleno de cosas que me deleitan.

—Deberíais recordar que os conozco mejor que cualquier otra hada —Twig se inclina hacia delante. Sus comisuras se dan la vuelta—. Contadme la verdad.

En ocasiones no recuerdo que no puedo fingir ante Twig. Pierdo el tiempo. Nadie ha sido testigo de mis llantos, mis risas o mis enfados tantas veces como él. Los gestos de mi cara no son un enigma para él.

—No pienso revelar nada por el momento —doy un par de pasos al frente antes de detenerme por completo.

—Aunque no lo creáis, no es necesario —Twig da esas cuatro pisadas que nos separan. Acaricia mi cara y el extremo de su mirada se arruga—. Estáis enamorada.

—¿Enamorada? —estiro los párpados.

—Una sonrisa como la vuestra solo puede provocarla la más fuerte de las emociones —Twig me indica el camino que debo de seguir mostrándolo con la mano.

—Y… —acepto el ofrecimiento—. ¿Quién es la criatura que consiguió despertar mi amor según mi amado padre?

—Nadie que yo conozca —sentencia Twig. Me conoce mejor de lo que esperaba—. Espero que nada tenga que ver con vuestras salidas al reino de los elfos.

Mi semblante se baña en la angustia cuando llego frente a los guardias de la puerta y se inclinan para separar las hojas.

Nos revelan sin piedad la oscuridad que habita en el interior.

El sonido se vuelve mudo mientras avanzo hacia el extremo de la mesa acompañada de Twig.

Me doblo en una reverencia. Mi madre trata de esbozar una sonrisa que se ve frustrada por una de las amenazantes miradas de mi padre.

El rey Aelfraed, por el contrario, no puede evitar mostrar alegría al verme aparecer en la sala.

No esperaba encontrarlos con las túnicas perladas de su reino, pensé que no se trataba de una visita oficial.

—Buenas noches, majestades —asiento—. Princesa —repito el gesto en su dirección—. Es un honor para mí que nos acompañéis esta noche.

—Te dignas a aparecer a una cena… —mi padre apoya las manos sobre la mesa para levantarse. —¿Qué ropajes son esos para recibir a tan honorable señor?

—Querido… —mi madre coloca la mano sobre la de mi padre. Sus ojos caen hacia la servilleta que tiene apoyada en su regazo.

—Si te atreves a volver a interrumpirme, ordenaré a los guardias que te golpeen con el látigo hasta que aprendas cuál es tu lugar —despacio, el rey ladea la mirada hacia la reina.

—Su majestad —calla mi madre.

—Nunca fuiste una princesa de la que sentirse orgulloso, pero con la edad adecuada pensé que aprenderías modales —mi padre arruga la nariz—. Ni siquiera te has dignado a mirarte en un espejo antes de acudir a la cena.

—Debo daros la razón, mi señor —trago saliva para callar—. Deseaba veros con tanta algarabía, que no pregunté si habíamos recibido visita.

—Mi querido amigo —Aelfraed sonríe. Sus labios temblequean—. Dejad que la princesa tome asiento. Tendrá la oportunidad de contarnos cuál ha sido el motivo de su retraso.

—Adelante, Eladriel. Toma asiento —mi padre señala el lugar vacío a lado de mi padre.

Cuando mi padre apoya sus posaderas en la silla, Twig retira mi asiento.

Agradezco su ofrecimiento con una rápida mirada de reojo.

Tomo los cubiertos después de haber estirado la servilleta sobre las piernas, el copero llena mi copa de vino mientras contemplo como cada uno prosigue con su cena en silencio.

El ambiente se ha vuelto tenso. Se llena de fingidas sonrisas de aprobación por la comida.

Los carraspeos y alguna que otra tos amenizan la cena hasta que el rey Aelfraed rompe el silencio.

—Princesa Eladriel —Aelfraed apoya las muñecas al borde de la mesa para acercar los cubiertos al plato—. Me alegra ver que vuestra belleza se mantiene intacta aún en vuestro uniforme de vuelo.

—Me mostraría desconsiderada si no agradezco vuestras palabras, majestad —sonrío según pincho un trozo de comida del plato—. Pero no es ningún mérito. Debo reverenciarme ante la inmortalidad cedida por nuestros creadores por no tomar mi piel como la de los mortales.

—Os veo bien educada —el rey elfo estira el brazo para alcanzar la copa—. Vuestro padre es perseverante y obstinado en sus objetivos, estoy seguro de que su esfuerzo se verá recompensado en cuánto contraigáis nupcias.

—Mi señor —Aranel suelta los cubiertos sobre la mesa—. ¿Acaso contraer nupcias es lo que la princesa necesita para demostrar su valía?

—Decidme, princesa Aranel —mi padre se lleva un trozo de carne a la boca que mastica mientras la observa—. ¿Vais con frecuencia a la ciudadela a leer sobre los reinos?

—Si me disculpáis, mi señor, no veo necesaria esa pregunta a la princesa encargada del reino de la sabiduría —Aranel se reclina sobre el asiento. Su mirada se fija sobre la de mi padre.

—La princesa debe perdonarme, este rey no se expresó como era debido —mi padre eleva, temblorosa, la comisura izquierda—. En mi reino, la princesa de las hadas no puede alejarse de su deber para perder el tiempo con historias antiguas.

—El conocimiento puede ser todo, menos historias antiguas —la princesa apoya las manos en la mesa, pero las retira bajo la mirada de su padre.

—Puede que para el reino de los elfos sea vital, pero para el resto de criaturas son solo palabras —mi padre toma el muslo de pollo del plato. Su barba se llena de salsa que gotea sobre la mesa

—No deberíais decir tal cosa mientras coméis el pollo como si fuerais uno de los lobos de mi reino —Aranel recoge sus cubiertos para cortar la carne.

Mi pecho se agita ante ella. Confieso que siento una admiración profunda que batalla contra el miedo por su vida.

El rey puede encender su ira o llenarse de estima en un segundo.

La sacudida que hace temblar mi interior contiene mi aliento, mi postura.

Mi padre deja caer el pollo sobre el plato tras las palabras de Aranel, estira el brazo a un lado de la silla para chasquear los dedos.

Rune acude en zancadas a su llamada y limpia con el paño sus barbas, sus manos.

Tras un gesto con la mano, su lacayo se retira.

El rey apoya la espalda en el asiento y la sala enmudece. Sus ojos han dejado de prestar atención al resto de detalles a su alrededor. La tensión se ha ubicado sobre la princesa.

—¿Debería tomarme vuestras palabras cómo una insinuación, princesa Aranel? —la frente del rey sube. Su tono se endurece.

—Soy mujer de pocas insinuaciones, su majestad —el rostro de la princesa se mantiene impávido ante lo que el resto sucumbimos.

—Princesa —sentencia Aelfraed con tanta pasividad en su cuerpo, que bien podría compararlo con una planta del decorado—. No olvidéis los límites de vuestro puesto.

—No esperéis, mi señor, que me mantenga ajena a… —reprocha la princesa con el ceño turbado.

—Recuerda cuáles son tus obligaciones. No vinimos a la casa Wínverin a irrespetar a su majestad —el rey de los elfos continúa con su cena sin incomodarse.

—Pero el rey irrespeta a la casa Valoth —manifiesta la princesa visiblemente enfadada.

—No debes sentir la ausencia de apertura mental como un desprecio al resto, sino para sí mismo —el rey de los elfos toma un sorbo de la copa. Contempla la cara de desconcierto de mi padre—. ¿Estáis de acuerdo, su majestad?

—Por supuesto —asiente mi padre de inmediato.

—Me gustaría tratar un tema con relación a la princesa de las hadas, mi viejo amigo —Aelfraed eleva una sonrisa cómplice.

—¿De mi princesa? —el rey apoya las manos sobre el reposabrazos para adelantarse.

El cuello de mi padre se tensa. Lo ladea hasta que aparezco frente a sus pupilas.

—Como bien saben mis señores, la partida de la reina Aerendyl ha sido devastadora para todo nuestro reino, en especial para mi pequeña Aranel —el rey elfo agacha la cabeza con tristeza.

—Esperamos recibir la visita de la princesa Eladriel en palacio con más frecuencia —exclama la princesa elfa cuando su padre sella los labios.

—Sería un honor y un placer garantizar su protección si su majestad está dispuesto a cumplir con este favor a un viejo amigo —la barbilla del rey de los elfos continúa apuntando hacia abajo.

Un par de arrugas conquistan el entrecejo del rey, sus manos se unen mientras observa con cautela a las autoridades del reino de Rhysartyr.

Escuché hace tiempo que exiliaron a la reina Aerendyl por cometer traición contra su propia corona.

No comprendo qué motivos la llevarían a tomar esa decisión, siempre fue cercana al rey de los elfos y a su hija.

Olen pasaba horas conversando con ella en la ciudadela, los altos cargos la respetaban y apreciaban...

Me pareció extraño que decidiera tomar esa decisión.

—Los deseos de mi señor son órdenes para mí —asiento a la princesa sonriente. Me devuelve el gesto con una amplia sonrisa—. Será un placer.

—¿Por qué insistes en torturarme? —mi padre deja caer la mano sobre la mesa. Todos nos sobresaltamos cuando se levanta con ira—. No tienes poder para decidir cuándo abandonar este reino. No tienes el poder de tomar decisiones sin que yo esté de acuerdo en ellas.

—Querido… —mi madre abre sus labios con las mismas palabras e intenciones, pero en esta ocasión su mano se mantiene firme sobre la de mi padre—. Recordad que en esta ocasión, se trata de vuestro viejo amigo.

—¿No reclamas el respeto que vuestra hija debe tener a su rey? —brama mi padre a solo unos centímetros de la cara de mi madre.

Abandona su lugar para rodear enfurecido nuestros asientos. Su cabeza se sitúa en un pestañeo entre las nuestras.

—¿Crees que debo permitir que esta niñata revolucionaria corrompa mi linaje? ¿Esperas que no corrija sus fallos? —posa la mano sobre el respaldo de mi madre para arrimarse a ella.

—No, su majestad —las manos de mi madre sujetan el bajo de su silla.

—¡Yo soy el rey! —yergue la postura en un movimiento—. ¡Yo soy la única autoridad!

—Mi señor. Os pido que… —mi madre interrumpe su imploración para tragar saliva.