7. La traición del deber. #3
—¿Cuántos años mortales tienes? —giro para caminar de espaldas. —¿Debo explicarte cómo funcionan las amistades?
—Tú dijiste que solo el amor te llevaría a tomar decisiones tan complicadas —me observa cada vez más lejos con una mirada cómplice—. Confío en que esto tiene que serlo.
—No te apresures, teniente —me sincero por justicia—. Si corres, puedes arriesgarte y te dolerá el ego.
—No necesito correr, mi corazón no tiene prisa —niega con una sonrisa que ilumina todas sus facciones.
—Sería una pena que después de tanto tiempo te decepcionaras —encojo los hombros. Alzo las cejas mientras aprieto la sonrisa entre los labios.
—Tiendo a ser diligente cuando se trata de esperar tus labios —el teniente me dedica una reverencia.
—Yo anhelo el momento en el que la prisa me reclame por ellos —dibujo una sonrisa.
Hai sacude el cuerpo cuando Azohr está sobre sus lomos.
Se lanza al vuelo tan rápido, que en cuestión de segundos ya no es visible.
Resoplo por su ausencia. Por recordar que vine a Rhysartyr para encontrar el nombre de los enemigos de las hadas, y me marcharé sin conocerlo.
Aunque no sin nada entre las manos. Despliego las alas, sorteo los árboles de vuelta a la salida del bosque para abordar la ciudadela.
Espero que el cancilier y su hijo aún estén aquí entre los archivos, quizás yo pueda averiguar a qué han venido ellos.
Nunca los veo abandonar el reino juntos.
Cada vez que Drieden debe viajar o reunirse con los altos cargos del resto de tierras, su hijo se queda en el palacio haciendo compañía a mi padre. Como si temieran dejarlo solo.
Asiento a la reverencia de los guardias de la puerta, observo a Olen trabajar tras su gran mesa junto a su triste soledad.
Tras uno de los pilares de madera de los primeros archivos del mundo brujo, el cancilier deja un par de pergaminos con pluma verde colgando.
Espero que no tenga relación con la carta que Cedric llevó al baile, fue Drieden quien se encargó de admitirla.
Mis rostro acoge una sonrisa nerviosa al comprobar que Olen me observa con ojos entrecerrado desde su puesto.
Estira las comisuras en una curva tierna, pero sus pestañeos se vuelven confusos; no deja de mirarme con curiosidad.
Parece que su aspecto no ha cambiado, aún cuelga de la punta de su oreja derecha los pendientes que tintinean al chocar mientras camina entre los archivos.
Esperemos que su mente se mantenga en las mismas condiciones de la última vez que lo vi.
—¿Princesa Eladriel? —pregunta Olen al verme llegar frente a su mesa—. ¿Están viendo bien mis viejos ojos?
—Buenas tardes, Olen —sujeto mis manos al frente para saludarlo con una sonrisa.
—¿Os habíais aburrido de nuestros libros e historias? —sus ojos brillan con el cariño y ternura de quién te ha visto crecer.
—Eso no es posible —me acerco a la mesa. Mi sonrisa se borra poco a poco—. Han sido asuntos relacionados con el reino los que me han mantenido apartada.
—Es digno de celebrar que esos asuntos os hayan dejado libre al fin —Olen aparta la silla tras levantarse—. ¿Tomaremos un archivo sobre Néferien como en los viejos tiempos?
Me resulta conmovedor que Olen todavía recuerde mis intereses, no ha olvidado nuestras charlas.
Me advertía con cariño de mis halagos hacia el reino enemigo de mi padre, pero todas las creaciones del reino brujo me parecían fascinantes.
Qué otra cosa podía decir. Siempre fueron las tierras que más llamaron mi atención, Lynn me contagiaba su entusiasmo al revelar toda la información que obtenía en sus investigaciones.
Si tuviera que definirlos, diría que son esperanza y destrucción.
Quizás me dejo llevar por su aspecto, y en realidad sus capacidades siguen siendo feroces. Todas las criaturas con pelos canos con las que me he reunido son asombrosas memorizando cuentos y leyendas.
—No, Olen —niego. Recorro el alrededor con la mirada esforzándome por mantener la sonrisa—. Hace tiempo que dejé de estar interesada en esos textos —carraspeo al devolver la vista sobre él—. ¿Habéis visto al cancilier Drieden?
—Oh, sí —Olen asiente enérgico mientras bordea la mesa. Encorvado.
—¿Visteis que archivos tomó? —utilizo un tono encantador, casi susurrante.
—Al ser un alto cargo de Ravenbell, no estoy autorizado a revelar qué información toma de la ciudadela —la expresión del encargado sigue llena de ternura, debo usarla a mi favor.
—Yo soy la princesa de Ravenbell, Olen —poso la mano sobre su hombro. Me inclino ligeramente hacia él—. ¿Puedes recordarlo?
—¡Por los dioses que sí! No tengo esa enfermedad que se lleva los recuerdos —chasquea la lengua mientras observa la arruga de sus manos.
—Entonces podrás recordar que también soy su princesa —mis ojos se vuelven persuasivos.
—Las órdenes de vuestro padre no cambiaron, princesa Eladriel —espeta Olen con el rostro llena de seriedad.
—Pensé que al tratarse de un archivo relacionado con el mundo brujo, estaríais dispuesto a hacer una excepción —me hago con la distancia entre nosotros para confesarme—. Debo asegurarme de que no busca aliarse con ellos y traicionar a mi padre.
—Qué interesante punto de vista —apoya su mano sobre mi brazo—. En ese caso, solo puedo aventurarme a aseguraros que se veía bastante insistente en encontrar los planos de los castillos.
—¿Los planos de los castillos? —me aparto más rápido de lo que me hubiera gustado—. ¿Te mencionó para que los necesitaba?
—Puedo hacer que lo traigan ante vos si deseáis preguntárselo —Olen arruga el entrecejo. Sus manos se sujetan firmes al frente.
—No —me aventuro a tomar sus brazos—. Nadie debe enterarse de esta conversación —titubeo—. Es un asunto de estado.
—Os serviré gustoso, majestad —mira de reojo la puerta de salida.
Abandono la ciudadela. Eigton. Recuerdo que Drieden siempre toma la ruta más corta para volver, le gusta atravesar Ina Ethen y la muralla de los siete dioses de la frontera de las hadas por la parte este.
Preferiría caer en picado con Tien, antes que encontrarme con ellos por el camino y me vería obligada a compartir el vuelo con el cancilier si no tomo un desvío.
Sobrevolaré Era Maeli y las montañas del norte del bosque ancestral.
Me retrasaré, pero podré llegar al palacio sin que mi estómago dé vueltas para la cena.
Twig viene a mi mente. Antes de esta mañana me resultaba impensable pedirle que se atreviese a desafiar a mi padre, y aun así, no podía arriesgarme y confiar en nadie más que él para enviar la carta.
La idea de pedirle que espíe al rey para mí ha ocupado mi sesera, no se marcha.
Ha dejado de parecerme descabellado ponerlo en peligro.
Él está cerca de mis padres, de las asambleas y sus lacayos.
Puede darme mucha más información de la que me ofrece ahora siendo solo parte de los criados designados a ocuparse de mis tareas.
Me adentro en el jardín de Eryas descendiendo sobre la pasarela.
Al poner los pies sobre la piedra, su figura agitada aparece por las escaleras.
Sus brazos se sacuden al son que sus pies se apresuran a terminar los escalones para encontrarse conmigo.
Su melena se ha alborotado con tanto ajetreo…
Abre su faltriquera con premura en busca del pequeño peine que siempre guarda por si la urgencia estropea su presencia.
Después de que su cabello haya vuelto al lugar de donde había escapado, Twig me dedica una reverencia.
—¿Qué sucede? —me detengo al llegar a su lado.
—Mi princesa Eladriel —la voz de Twig se ve agravada por los nervios—. Habéis llegado, gracias a los dioses.
—Conseguirás que regurgite la comida de esta mediodía, Twig —me inclino a su altura para hundir los ojos en él.
—El rey Aelfraed y su hija, la princesa Aranel, llegaron a palacio en las horas de esta tarde en vuestra búsqueda —Twig coloca la mano en su pecho para recuperar el aliento—. Se unirán a la cena.
—¿Me buscan? —mi frente se arruga. Aparto la mirada pensativa por un instante—. ¿Estás seguro de que no escuchaste mal?
—Acabo de limpiarme los oídos, su alteza. Os aseguro que yo mismo escuché como la princesa pedía unirse a la cena para poder tratar el asunto con vos —insiste Twig con el cuerpo lleno de certeza en cada rincón.
—Pero ella jamás se mostró interesada en mí —sacudo la cabeza con negativa.
Hace años que no veo a la princesa. Desde que mi padre me mantiene en Eryas y alejada de las reuniones con los altos cargos y los asuntos del reino.
Sin embargo, antes tampoco había tenido intención en que nuestra relación fuese estrecha.
Nos encontrábamos en las reuniones organizadas por los elfos o por mi padre, las dos pasábamos horas contemplando silenciosas la cubertería.
Nunca quiso conocer mis pensamientos ni descubrir el paisaje de Ravenbell.
Tampoco me acompañó a recorrer sus tierras.
Y mucho menos se había tomado la molestia de viajar hasta aquí para tratar ningún asunto, apenas debe conocerme. Qué necesitará…
—Refréscame la memoria, Twig —comienzo a caminar dirección al interior—. La cena era a las nueve, ¿cierto?
—El horario también ha sufrido un cambio —Twig se apresura a seguirme el paso.
—No deseo pensar que el motivo de esta reunión era encerrarme en las mazmorras —aprieto el paso a medida que subo escalones.
—Que los dioses no lo permitan y os guarden siempre, mi princesa —la voz de Twig se entrecorta.
—Podrías pedirles a los dioses que nos cuenten qué planes tiene el rey con algo de antelación —tomo aire con frustración—. Es evidente que esperaba mi salida.
—La presencia del rey Aelfraed aminorará la furia de nuestro señor, sabrá comportarse ante él —asegura Twig con más esperanza que confianza en sus palabras.
—¿Escuchaste por qué me esperan? —volteo a verlo por el hombro al llegar al descanso del portón principal.
—Conozco lo que puse en vuestro conocimiento —Twig aparece presto tras de mí.
—No tengo tiempo para averiguarlo —le dedico una mirada profunda antes de pedir a los guardias que me abran.
Recorro a toda prisa la galería principal en busca de la entrada al salón. Camino con más calma cuando reparo como Twig se esfuerza en tomar aliento sin conseguirlo. Su mano vuelve a posarse en su pecho, toma aire de forma sonora.