7. La traición del deber. #2
—¿Tú estás de acuerdo con ese compromiso? —Azohr deja salir esa pregunta entre dientes—. No pareces de acuerdo.
—No te mentí nunca —me incorporo. Poso las manos sobre sus antebrazos—. No miento ahora si te aseguro que estoy dispuesta a pedir mi ejecución si mi padre acepta ese compromiso.
—¿Puedes oponerte a él? —su mirada se profundiza encendida con la mía.
—¿Realmente crees que tengo esa posibilidad? —niego apenada. Dejo caer la frente hacia delante—. Ni siquiera podía elegir salir del reino.
—No te preocupes, princesa —busca mis manos con cierta delicadeza para unirlas con las suyas—. Confiemos en que no intente nada contra ti.
—Tal vez le resulte excitante la idea de vengarse, ¿no crees? —resoplo irónica—. No espero que pierda la oportunidad solo porque me haya atrevido a rechazar su propuesta.
—Ni siquiera puedo pensar que es una rata como dices —Azohr traza una de sus sonrisas—. Ellas no ansían tu trono.
—Hasta tú puedes verlo —la frustración por haberme dejado engañar empaña mis ojos—, y yo me dejé engañar.
—¿Te dejaste engañar? —su voz suena cerca. Su rostro lo está del mío—. Él es el verdugo.
—Mi mente dijo que yo le importaba y cedí —la presión libera mis lágrimas. La vergüenza me hace dejarme caer en el suelo.
—Fueron sus palabras, princesa —su frente se une a la mía. Sus manos aún me sostienen.
—Me entregué a él en todos los sentidos, teniente —dejo caer los brazos—. Me quitaba la ropa a base de mentiras.
Azohr calla. Contempla como la última lágrima cae en silencio.
Siento temblar su cuerpo como si desease ofrecerme consuelo, pero al mismo tiempo…
Algo lo aleja. Elevo la mirada despacio.
Su mandíbula se marca mientras su pecho se llena de aire bajo un sonoro suspiro.
Apenas sus labios se separan. Sus ojos se vuelven furiosos al posar la mano sobre la piedra para tomar un impulso brusco que consigue asustarme.
Hai, a lo lejos, lanza un graznido que rebota por el claro del bosque.
Tuerzo el cuello de inmediato en su dirección. Apoyo las manos en el suelo con premura, las rodillas para reincorporarme.
—¿Azohr? —mi aliento se detiene al ver que se aleja hacia su fénix.
—No esperes que no atraviese su cabeza con una espada —el teniente eleva el brazo. Hai despliega las alas—. Cortaré el cuello de ese maldito perro sarnoso para que muera.
—¡No! —grito ante su respuesta.
Sus pasos se vuelven veloces. Me apresuro a correr hacia él para sujetar sus intenciones, impedir que avance. Lo siento en vano, porque no se detiene. Tan solo insisto un par de veces más antes de resoplar molesta.
—¿Piensas que esto es respetarme? —suelto su brazo furiosa.
Sus pasos cesan de inmediato. Mi voz quiere quedarse dentro, pero yo no deseo que lo haga.
—Si vas, iré contigo —le confieso de forma tajante—. Si mi padre nos ve llegar juntos, Tien no será el único que muera el día de hoy —detengo la respiración—. Al menos, me aseguraré un final lejos del hijo del cancilier.
A pesar de que se mantiene de espaldas, su respiración agitada se escucha desde aquí. Sus puños cerrados son suficientes para comprender que aún guarda ira.
—No puedo callar —Azohr eleva la voz antes de girarse. Algunos mechones caen sobre su frente mientras habla y no puedo evitar mirarlos—. Hablar ante lo que dices es mi deber.
—¿Tu deber? —abro los ojos sorprendida—. Tú apenas me conoces —mi mirada se vuelve imperativa. Mi barbilla se eleva—. No necesito que el honor de ningún teniente con ínfulas de héroe de las injusticias esté dispuesto a salvarme.
Mi postura se vuelve rígida. Mis brazos se cruzan. Puede que él me vea llena de inseguridades, que tenga razón y deba aceptar que muchas son debidas a mi padre. Pero estoy segura de que puedo empuñar una espada y rebanar cuellos para salvarme como él. Como cualquier hombre.
Su cuerpo oscila nervioso. En sus ojos guarda desconcierto, y en la punta de la lengua todas las cosas que no dice.
—¿Crees que eso es lo que pienso de ti? —el tono de indignación del teniente me impacta—. ¿Piensas que veo a una mujer que necesita que protejan su honor?
—Dime —lo señalo haciendo referencia a su reacción. A la cercanía que ahora tenemos con el fénix—. ¿Por qué reclamarías la vida de Tien entonces?
—Estoy deseando saber qué debería hacer —me observa con intriga.
—¿Disculpa? —dejo caer el rostro indignado hacia delante. Los brazos.
—Tú siempre pareces saber qué debo hacer. Qué no debo hacer —Azohr arque una ceja con aparente necesidad de criticar algo que ni siquiera comprendo.
—¿Acaso ves impropio que no desee verte cortando cabezas? —arrugo el entrecejo—. Vengar lo sucedido es una decisión que solo a mí me pertenece.
—Nuestros límites cuando el alma de quién nos importa sufre son muy diferentes —el teniente aprieta los dientes.
—¿Lo hago? —doy un paso al frente—. ¿Te importo? —suelto una carcajada envuelta en sarcasmo—. Porque salvo a mi adorado Twig, jamás le importé a nadie.
—¿Twig? —sus cejas se arquean.
—No me referiré a él como lacayo —sentencio.
Un atisbo de sonrisa se dibuja en su rostro. Sus brazos se relajan antes que el resto de su cuerpo, pero se lanza hacia delante. Se detiene cuando su cercanía hace imposible que el aire nos separe.
—Eladriel —Azohr eleva mi barbilla. Habla directo a mis ojos—. He venido durante dos soles a este lugar solo porque tú dijiste que te gustaba.
—Pero… —mis pupilas bailan sobre las suyas—, te dije que tenía prohibido salir del reino.
—Estás aquí —sonríe.
—Podría no haber venido nunca —insisto.
—Yo también seré sincero —asiente—. Tenía el mismo deseo de encontrarte, que de no hacerlo —suspira—. Verte aquí significaría que todo que lo dijiste en Eryas era solo para alejarme de ti.
—¿Y qué piensas ahora? —guardo el aliento, su rostro observándome en este momento.
—Tengo miedo de no volverte a encontrar —declara Azohr.
Esa respuesta es peor que un simple sí. Es más dolorosa que escuchar un rotundo y doloroso no.
De haber sido así, ahora no habría nada chillando en mi sesera tratando de opacar todo lo que me mantenía alejada de él.
No escucho que debo mantenerlo a salvo, que no debo necesitarlo.
Lo único que me mortifica es que yo no puedo decírselo, porque no sé cómo hacerlo.
—En Eryas te dije que no quería verte —doy un paso hacia atrás. Empujo la verdad fuera de mi alma—. Debí decirte que no puedo hacerlo. Que no puedo aceptarlo.
—¿Qué norma prohíbe que lo hagas? —Azohr estira el brazo para sujetarme. Para atraerme hacia él.
Me apoyo contra su armadura. Sus brazos me rodean y no me incomodan, los míos se dejan llevar levemente.
Su tacto cercano acaba de convencerme del resto de mis anhelos.
No solo es la suavidad de su abrazo, sino la forma en la que casi no se atreve a rozarme.
Como si yo fuera algo tan puro para él, que quisiera cuidarme de todo. Incluso de sí mismo.
—Las normas de mi padre —mi cuerpo se acerca regalándome unos segundos en esa posición. Por si fuera la última vez—. Él nunca podría entender nuestra cercanía solo porque está loco.
—Un sitio seguro para verte sigue siendo mi deseo —me susurra Azohr. Sus labios se hunden entre mi pelo.
—La convivencia con mi padre es como vivir con un enemigo. Si descubre tan solo que me reúno con el teniente de los brujos en este lugar… —lo miro suplicante para que deje de insistir. O finalmente acabaré accediendo—. Ese es mi deseo. Protegerte.
—¿Tú si tienes libertad para protegerme a mí? —el tono del teniente se llena de crítica.
—No es para nada parecido —me aparto lentamente. Desvío la mirada.
—Tienes razón —enuncia—. Tú puedes decidir en qué debes protegerme, pero yo recibo amenazas cuando trato de hacer lo mismo contigo.
—No podría considerar mi advertencia de antes como una amenaza, pero debo darte la razón —asiento convencida mientras sonrío.
—Dime entonces qué clase de privilegio tienes sobre mí —Azohr suelta un resoplido de hierro.
—Me lo otorga el derecho a elegir la vida que más me importa —ahora soy yo quién se acerca a él. Quién lo acerca—. Tien puede morir ahora mismo si tú te salvas.
—Sin tener en cuenta si yo me estoy salvando… —musita.
—Ni siquiera estoy pensando en lo que yo siento —adopto un tono más serio viendo que sus conjeturas me tachan de egoísta.
—Te prometo que pensar en lo que sientes también te protege del peligro —se aferra a mí como yo me aferro a él.
La desgarradora verdad resuena cada poco en mi cabeza.
Me repite que todo esto es una locura. Que debo encerrar bajo llame los deseos que me invaden al pensar en ser algo más que la princesa de las hadas para el teniente.
Sentir que su insistencia concuerda con sus emociones me destruye por completo.
Derrumba la confianza que siento hacia la fuerza con la que mantengo mis propias convicciones.
Me lanza de manera desesperada hacia sus promesas.
Juro por los dioses que si su insistencia no cesa, yo cederé sin pensarlo dos veces.
—El pequeño Azohr de tu recuerdo no me perdonaría si no sigo luchando por estar junto a ti —el teniente se inclina.
Suspira con mi rostro entre sus manos y sus ojos frente a los míos—.
No tengo mucho que perder salvo mis valores y estoy dispuesto a quemarlos.
Quiero tomar decisiones reprobables para el resto si eso significa que estás cerca.
—¿Aunque nunca pueda aceptar el beso de Brenshire? —le pregunto. Siento el hielo recorrer mi cuerpo.
—Lo haría solo por verte montar en Hai —asegura Azohr en un murmuro.
Es el fin. He dejado que la llave se pierda, y no deseo encontrarla nunca.
—Debo irme ahora —acaricio sus manos para apartarlas—. ¿Estarías dispuesto a venir a este lugar en una semana?
Me separo antes de que sus labios se unan a los míos.
—¿Para montar en Hai? —Azohr prende el brillo de sus ojos.
—Te espero a las cuatro —una alegre curva alegra mi rostro.
Sus brazos lucen como si se hubiera liberado de una gran tensión. Su sonría acentúa aún más la que llevo puesta, como si se convirtieran en una sola. Asiento de forma cortés antes de voltear para regresar a la ciudadela.
—¿Interrumpirás este momento como hizo Maren? —el teniente entrelaza las manos tras su nuca.