7. La traición del deber.
(Azohr)
De espaldas, las comisuras de mis labios se estiran involuntarias cuando escucho la voz del teniente.
Sonrío. Aún trato de ponerle nombre a ese hormigueo que sacude mi cuerpo al sentirme cerca suya.
Observo cómo mi piel se eriza. Su tono no suena amigable, pero su reproche me sienta como un cumplido solo por poder escucharlo otra vez.
Ese sonido es mucho más agradable que el silencio de su ausencia.
Ya había aceptado que solo podría recurrir a mis recuerdos para esto.
Volteo después de haber alisado la sonrisa.
En nuestro anterior encuentro también llevaba la capa, pero la dejó en el salón de Brenshire antes de partir hacia Eryas.
Puede que haya podido ocultar la curva de mis labios, pero no el color rosado de mis mejillas.
Me acogeré a la ignorancia que callar a qué se debe.
Él no sabe que ante mis ojos, es la recreación de la perfección.
Que mi vergüenza se debe a que anhelo ver qué hay debajo de su tabardo.
—Teniente Bradosck —asiento. Titubeo al esbozar una sonrisa—. Estáis… —miro alrededor—. Aquí —revelo finalmente con aparente incapacidad para hablar.
Azohr se mantiene firme. Ha cruzado los brazos a la altura del pecho.
Sus piernas separadas le otorgan una posición que nada tiene que ver con la última vez que nos vimos.
Sus cejas se han arqueado, diría que por la curiosidad.
Observo como su garganta sube y baja por la resignación. La veo en su mirada.
—¿En cuántas ocasiones me mentiste el otro día? —el teniente usa un tono suave, casi en un susurro.
—¿Qué? —arqueo las cejas por su acusación.
—Confiaste en mí para contarme que el rey te había prohibido salir de tu reino —deja caer los brazos despacio. Da un par de pasos al frente—. Viniste a Brenshire. Estás en Rhysartyr.
—No mentí —sacudo la cabeza con premura en un gesto de negativa—. Es decir, estoy aquí. Eso es cierto —doy un paso hacia él—. Pero no te mentí.
—¿Qué ha podido cambiar en un par de lunas? —sus cejas se elevan exigentes. Inclina la frente hacia abajo para hundirla sobre mis ojos.
—Demasiadas cosas —sonrío, ya no me importa mostrarlo—. Puedo confiar en ti una vez más si estás dispuesto a escucharme.
—¿Debería querer hacerlo? —arruga la frente.
—Puedes volver dentro y continuar con lo que te ha traído aquí —sostengo la mirada en alto.
—¿Esperas que eso sea lo que despierte mi curiosidad? —sonríe de forma irónica.
No puedo darle detalles precisos en este lugar.
Aparte de los guardias de la puerta, que ya nos miran con atención, el cancilier y su hijo están dentro de la ciudadela.
Podrían salir en cualquier momento. Si me encontrasen buscando archivos que no debo, estaría en problemas, pero estoy en otros menesteres más peligrosos.
—¿Deseas que busquemos un lugar apartado de la ciudadela? —señalo la puerta con un movimiento preciso de pupilas—. El cancilier Drieden y su hijo se encuentran aquí.
—Si están en tu compañía, no será necesario que menciones nada —Azohr sella los labios por un instante—. Yo… —calla de nuevo—. Te doy mi palabra de que me alejaré.
—Huyo de ellos —rompo la distancia que nos separa con el ceño fruncido—. Mi sentido de la intuición se encendió mientras buscaba unos archivos. Los encontré hablando con Olen.
—Tien no parecía peligroso para ti hace apenas dos días —me observa con cierta desconfianza—. Volaste a Brenshire para salvarlo.
—Lo sé —le ofrezco la mano—. Realmente me gustaría alejarme contigo.
—Hablemos sobre Hai —Azohr deja caer la mirada sobre mi propuesta. Entrelaza sus dedos a los míos—. Te dejaré en la entrada a la cueva.
—No. Los guardias sobrevuelan esa zona en cada cambio de turno —tiro de su mano para que camine tras de mí—. ¿Qué ocurre si Tien y su padre nos ven cuando vuelen de regreso?
Le dedico una mirada sobre el hombro y estiro la sonrisa.
Mis pupilas se deslizan desde sus ojos hasta nuestras manos unidas para contemplar lo bien que han encajado nuestras pieles.
Aclaro mi garganta cuando aseguro la punta de mis dedos al dorso de su mano para tirar de él con más rapidez.
Adentrarnos en los caminos que bordean la ciudadela.
—Al menos, podrías decirme donde vamos —el teniente sonríe de medio lado mientras se deja llevar.
—¿Y la emoción de la sorpresa? —mi sonrisa se vuelve juguetona por encima de mi hombro—. ¿Acaso tienes miedo, teniente?
—Esa pregunta también estropea la emoción de la sorpresa —ríe de forma nerviosa—. No estoy seguro de que sea buena idea obedecerte.
—Tranquilo —musito. Me inclino ligeramente hacia él—. No habrá guardias con lanzas afiladas esperando.
—Eso me tranquiliza, pero menos de lo que crees —sus cejas se arquean, pero su sonrisa permanece imborrable.
—Espero poder resolver tus dudas —asiento antes de devolver la mirada al frente.
Hai se ha lanzado al vuelo en cuanto ha visto que el teniente ha dado un paso.
Vuela sobre nosotros. Es probable que eso llame mucho la atención, pero la otra opción es dejarlo solo y estaría completamente desprotegido.
Entiendo que los elfos no son criaturas violentas, pero es impredecible saber qué ocurrirá si encuentran a un fénix deambulando solo entre las calles.
Sin un jinete que controle sus impulsos.
Caminamos por los árboles del bosque de pinos.
Descubrí este sitio un día cuando era pequeña mientras me escondía de mis padres, no quería volver a casa tras haber pasado todo el día entre libros y archivos.
Corrí entre las salas y escapé del palacio por una de las salidas secretas que desemboca en árboles.
A prisa, crucé todo el claro para volver entre las enormes estanterías de la ciudadela.
Entre las copas, la claridad comienza a surgir.
Una explanada de briznas de hierba repleta de tonos verdes esmeralda, lima y musgo se destacan sobre los tonos más opacos.
Hai aterriza en el centro. Sacude el cuello al ver que el teniente le observa, pero se concentra en las hojas de las ramas bajas al ver que tomo asiento sobre una piedra.
—No te mentí —rompo el silencio al fin—. Aun no entiendo por qué, pero sé que es importante para mí que creas mis palabras.
—¿Por qué estás fuera hoy? —pregunta sin despegar la mirada del fénix.
—Porque estaba enfermando —trago saliva. Su cuello se tuerce en mi dirección—. Y si enfermaba, no podría darle herederos a mi padre.
Reposo las manos sobre el regazo mientras mis ojos se centran en los suyos.
—Mi madre recomendó que fuera más permisivo con mis salidas —le digo como último recurso.
—¿Por qué te prohibió salir del reino? —el teniente devuelve la mirada al frente—. No me imaginaba tu vida repleta de privaciones. Más bien, esperaba algunos privilegios.
—Fuiste tú quién aseguró que mi padre tenía cierto toque de locura —sonrío.
Por su cara de susto, diría que se arrepiente de las palabras que dijo en el vuelo.
—Me disculpo —baja la mirada por un instante—. No debí ser tan directo mencionando mis opiniones. Las interacciones con el rey no han resultado… —carraspea—. Gratificantes.
—Compartimos pensamientos sobre él —le lanzo una mirada de complicidad—. ¿Qué otra cosa podría pensar de una criatura que ve peligro incluso en este reino?
—¿Por eso eliges venir aquí? —me dedica una mirada rápida de medio lado.
—No —aseguro sin dudar ni un instante—. Tampoco mentí cuando dije que me encanta perderme entre líneas de historias.
Por un momento, me dejo perder en el perfil de sus ojos.
Es asombroso el brillo claro que proyectan cuando la bola de fuego incide directamente en ellos, reaviva aún más los colores ámbar de algunas partes de su fondo.
Jamás algo me había parecido tan bello como el tintineo de esa pequeña chispa ansiosa.
Aprovecho un segundo en el que decide regalarme una mirada para ofrecerle asiento a mi lado. Ladea los ojos hacia la roca plana. Se acerca y toma asiento.
—¿Qué ocurre con Tien? —Azohr se inclina hacia delante. Apoya los antebrazos sobre las piernas—. Yo también he leído y sé cómo funciona tu intuición, no trates de engañarme.
—Esperaba que fallase —suspiro. Aprieto los labios por la resignación—. Por un instante preferí equivocarme y que nada de lo que temía fuera cierto.
—¿Tu don? —arruga la frente curioso.
—Tenía la esperanza de que conversar con él sería suficiente —desvío la mirada hacia algún punto que me distraiga del llanto.
—Es una rata —escucho su risa leve y burlona—. Todas dan problemas.
—Y algunas pueden llegar a causar la muerte —empujo el sentimiento de certeza por mi garganta.
Me detengo. No debo hacerlo, pero él me empuja a ser vulnerable. La calma que me ofrece es un arma de doble filo cuando me hace seguir hablando a pesar de que no debo hacerlo. Me hace querer.
Mi estómago me obliga a mostrarle más cuando me adentro en el anhelo de verdad presente en sus ojos. Algo en Azohr me pide que ante él también sea frágil y vulnerable. Revelar que quieren romperme. Por una vez siento que la vida es la que me pide ser sincera.
—Me engañó —confieso al fin—. No la clase de deslealtad que implica a mujeres —niego—, aunque lo hubiese preferido.
—Calma tus nervios primero. Respira —el teniente posa su mano sobre la mía—. Deseo escuchar el resto cuando tus lagrimas terminen de salir.
Tomo aliento en un par de ocasiones. Quiero sentir que es suficiente con respirar despacio.
Me agarro a su mano cálida sujetando mi dolor, al tacto suave del silencio acompañante de mi tristeza.
Me presiona el pecho lo que callo. Golpea las paredes de mi garganta como si quisiera asfixiarme por guardar silencio a pesar de que duela.
Por ignorar la necesidad de dejar libre lo que me llena de rabia y decepción.
—Pensé que él también había sido tocado por la desgracia —siento el calor de una lágrima recorrerme la mejilla—. Los primeros años no se veía feliz por las reuniones impuestas. Confié en que también era una ofrenda al trono como yo.
—Eladriel… —la voz de Azohr brota entrecortada.
—Su padre ya ha pedido el compromiso —sin esperarlo, mis pupilas viajan hacia las suyas.
Sus ojos se apartan al momento. Bajo la mirada hacia su mano cuando siento como sus dedos se aferran a la mía con fuerza. Todavía no lo conozco lo suficiente, pero podría apostarle un soplido de fuego a su fénix a que no está feliz.