6. La libertad de Rhysartyr. #5
—Eladriel, creo que tenías razón —musita Maren—. Los dioses nos ocultan información.
Voltea de forma apresurada. Coloca sus rodillas en la silla y recuesta el cuerpo contra el respaldo para acercarse.
—Sí. Y es lo que yo pretendía hacer con el resto de las criaturas de Ravenbell —resoplo con ironía.
—Relájate. Nadie sabe qué piensas en investigar —Maren se encoge de hombros. Sonríe tras apoyar la barbilla sobre su mano.
—No, tan solo lo sospechan —señalo a Tien moviendo las pupilas sin agitarme—. Sobre todo alguien cercano a mi padre.
—Quizás es lo mejor Eladriel, puede que nunca consigamos averiguar la verdad —frunce el ceño con preocupación.
—La sabremos —afirmo con la mirada—. Mi padre acaba de darme la libertad para salir de Eryas.
—Perdona, pero… —Lugh carraspea. Me dedica una mirada de reojo—. Hasta donde sé, contar un secreto le quita la gracia.
Rani se gira apresuradamente cuando escucha esa palabra. Secreto. Lynn se levanta de su silla y corre para agacharse entre las nuestras.
—Creo que la creación de los ángeles tiene relación con la batalla de la que nos habló Ilta ayer —convierto a todos en el centro de mi confesión.
—¿Batalla? ¿Cómo que batalla? —Rani abre los ojos como platos. Se inclina hacia atrás como si quisiera alejarse de la respuesta.
—La profesora nos confesó que las formaciones a las hadas fueron pensadas para prepararnos en caso de que alguna batalla llegara a nuestras tierras —Lugh asiente enérgico a mis palabras—. Ha dejado muy claro que está más cerca de lo que pensamos.
—¿Y qué tenemos que hacer? —pregunta Lynn con tono decisivo.
—Esperar, estar atentos por si os necesito. Y debo advertiros que será más de una vez —les clavo una mirada cruda—. No puedo garantizaros que vaya a conseguir algo, pero… Voy a intentarlo.
—No dudes en contarnos todo, Eladriel —Rani sonríe como si pudiese confiar en él—. Estaremos listos y esperando para cuando nos necesites.
El profesor termina la clase mientras terminamos de ajustar algunos detalles, nos despedimos para irnos a clase de control.
Maren es la única que no tiene este tipo de clases.
Esas horas se dedica a supervisar como encargada del curso de la primavera, que las hadas responsables de la plantación de las temporadas o la curación de la lista de árboles enfermos esté realizándose de la forma correcta.
Lugh y yo nos desviamos hacia la orilla oeste al salir del palacio.
Hoy, la profesora Ilta está esperándonos con doce rayos solares completamente rectos y preparados para empezar el control cuando llegamos.
Según nos ve, nos dispone a cada uno en un sitio.
Me aleja de Lugh lo suficiente como para que no podamos decirnos nada.
Coloca al resto de hadas que conforman la clase según van apareciendo.
—Buenos días, jóvenes —la profesora Ilta se sitúa en el centro, a unos centímetros de que el agua toque su vestido—. Espero que hayan tenido tiempo para practicar y entender todo lo aprendido.
Ilta atrae un rayo de sol. Mueve el brazo con tanta agilidad, que podrías perderte el movimiento en un pestañeo.
Mientras, agarra el objeto con la otra mano y se sitúa delante de él, mirándolo justo al centro.
Como si fuera algo más y tuvieran una disputa personal.
Junta sus manos y levanta el rayo rápidamente.
Lanza la crátera al espacio entre la tierra y el sol, y suelta el rayo sin esperar a que se detenga.
La luz cae dentro del instrumento. Las partículas rebosan por el borde y bañan el suelo de las orillas con motas tintineantes que desaparecen en pocos segundos.
Hecho así parece sencillo, pero yo casi no puedo mover el rayo sin romperlo.
—Todos deberán poder moverlo algunos centímetros antes de cazarlo con la crátera que he dejado frente a vosotros —Ilta se coloca las gafas.
Se alisa el vestido con tranquilidad cuando vuelve a su antigua posición.
—También deberán acortarlo lo suficiente como para que un rápido despegue sea suficiente para cazarlo —la profesora une las manos al frente—. Eladriel, tú serás la primera.
Recojo obediente la crátera del suelo. La sujeto con ambas manos mientras muevo las piernas en el lugar para conseguir la posición.
Estiro el brazo, sacudo ligeramente los dedos para atraerlo hacia mí.
Impedir que toque el suelo. Con calma, deslizándose por los segundos con pausa, la luz comienza a ceder.
Las partículas comienzan a separarse cuando intento tirar de él con más rapidez al estiro el otro brazo.
Hago el mismo gesto para atraer toda la que se estaba perdiendo.
Hasta que, al volver a unirse, el rayo viaja a más velocidad hacia mí.
Despliego los brazos con más fuerza frente al rayo para detenerlo al sus colores vibrantes reflejados en las copas de los árboles. Me coloco frente a él. Despliego las alas, me retiro unos pasos hacia atrás para impulsarme a volar a ras del suelo con brazos estirados. Y cazo la luz según vuelo.
—Bien hecho, princesa Eladriel, puede verse la práctica —Ilta me sonríe con timidez—. Hay que pulir algún detalle para que no escape nada de luz, pero me gusta cómo ha conseguido encauzar la situación al ver que se estaba partiendo. Lugh, tú serás el siguiente.
—Te odio, rata infecta —Lugh entrecierra el ojo izquierdo cuando llego a su altura.
Se adelanta para colocarse en posición, me lanza una mirada desesperada en busca de las señas de esos movimientos que debe que hacer.
Los nervios no le permiten entender mis acciones y decide empezar empujando el rayo con todas sus fuerzas.
La luz viene a tanta velocidad, que se levanta incluso más que el de la profesora.
En ese instante titubea, pero finalmente despliega las alas y se lanza al vuelo repitiendo mi estrategia.
Aunque parezca mentira, ha conseguido no solo mover el rayo, si no evitar que lo mate y cazarlo. Es todo un logro tratándose de él.
—Impresionante Lugh. Nunca lo hubiese imaginado —la profesora Ilta aplaude a la vez que el resto de los alumnos. Ahora fuerte y claro.
—¿Escuchas esos aplausos? —Lugh se señala la oreja—. Te dije que iba a hacer el mejor desplazamiento de rayos.
—¿Cómo lo has hecho? —parpadeo perpleja por la rapidez en la que lo ha conseguido.
—Me ofende que lo dudes —saca músculo, uno inexistente, y me lo muestra con entusiasmo.
—No creo que tus músculos hayan empezado a funcionar de un día para otro —elevo las cejas con sarcasmo.
—He entrenado mucho, eh —Lugh asiente con energía mientras me enseña el otro brazo.
—Tu sesera necesita mucho más entrenamiento que los brazos —arrugo la frente en un gesto irónico.
El resto del tiempo, las clases continúan con los otros alumnos realizando la prueba. Algunos son capaces de hacerlo a la primera, otros intentan con todas sus fuerzas desplazarlo.
Cuando Ilta nos permite marchar, Lugh y yo nos despedimos del resto y caminamos por la orilla.
Vemos a muchas hadas cumpliendo con los horarios desproporcionados de trabajo forzado que les envían cada día.
Los hombres se ven obligados a trabajar el doble debido a la oposición de enviar mujeres a ayudar.
Están acabando con sus fuerzas al no dejarlos descansar lo suficiente.
—Voy a reunirme con los demás cerca de Silverfall esta tarde, hemos quedado para practicar poderes —Lugh me convierte en el centro de su mirada de reojo—. Supongo que no vendrás.
—Lo siento —bajo la mirada para evitar ver cuál es su gesto—. Debo ir a la ciudadela.
—Al menos, ahora tienes una excusa creíble —ríe de forma sarcástica.
—Sabes que me encantaría ir —me cruzo de brazos. Dejo caer el peso de mi cuerpo sobre una pierna.
—Tómatelo con calma, anacardo —me advierte Lugh. Me señala con el dedo—. Sabes que hay límites que no debes de cruzar.
Cómo le digo que ya he cruzado los límites al enviar esa carta.
—Se supone que debo confiar en tí, pero podría hacerte una lista con las razones por las que no lo hago —Lugh entrecierra los ojos preocupado.
—Te prometo que ahora todo será diferente —pongo mi mano sobre su hombro—. No voy a dudar en pediros ayuda.
—Te esperamos en el cenador esta noche, ¿verdad? —Lugh arquea las cejas en espera de mi respuesta.
—Por supuesto. Nos vemos en el jardín de palacio después de la cena —me alejo con una sonrisa cómplice puesta—. No llegues tarde a la jornada de trabajo.
La tarde llega y emprendo el vuelo a Rhysartyr.