Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 6. La libertad de Rhysartyr. #3
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6. La libertad de Rhysartyr. #3

Desde tiempos inmemorables ha sido así, aquellas que se revelen deben ser castigadas para poder mantener este sistema.

—Tenemos opiniones diferentes sobre las verdaderas necesidades del reino —no pienso callar, aunque sienta que me deslizo de la silla hasta desaparecer bajo la mesa.

A pesar de que antes de salir de la habitación me prometí a mí misma que sería una princesa de que podría sentirse orgulloso.

—Qué lástima que tu opinión no valga para nada mientras yo esté con vida —mi padre me sonríe con una mirada de superioridad intensa mientras se pavonea de la realidad.

—Espero que los dioses os guarden muchos años más con salud, mi querido señor —sonrío con la mirada centrada en mis piernas—. Pero algún día seré la heredera de Eryas.

—Lo será quién se contraiga nupcias contigo —delinea media sonrisa—. Las malas mujeres como vos no podéis gobernar.

—Querido —mi madre interrumpe sin permiso. Carraspea al coje su copa de néctar—. Creo que deberíais tener más consideración con la princesa. Desde que la mantenéis encerrada en palacio casi no come y se mantiene aislada en su dormitorio, podría enfermarse.

—Qué desgracia… —su majestad abre los ojos mientras continúa con el paseo—. Si eso ocurre, la princesa ya no me serviría para nada. Estás demasiado vieja para darme más herederos.

—Mi señor —Rune, el lacayo personal de mi padre, se acerca a él—. Eso no debe ocurrir. Si la princesa enfermase, el reino debe tener un heredero.

—Bien —asiente mi padre tras estirar los labios—. Tendrá el permiso para abandonar Eryas, pero solo para visitar el reino de los elfos.

El rey camina. Lento, con una mirada fija sobre mis intenciones que me sobrecoge.

—Será un placer castigarte al descubrir que aprovechas las salidas para desobedecerme de nuevo —mi padre separa las fosas nasales.

—Eso jamás sucedería, majestad —finjo la más falsa de mis sonrisas en lo que mi padre le hace un gesto a la reina para que se levante y lo acompañe—. Vos sabéis que mi lealtad hacia mi señor es inquebrantable.

La reina suelta los cubiertos sobre el plato delicadamente y se levanta cuando Elm, su lacayo, le aparta la silla.

Ambos emprenden el camino a la salida, los lacayos y criadas presentes asienten a su paso.

Cuando llaman a la puerta para que los guardias tras ella le abran, todos hacen fila de manera organizada y casi perfecta para seguirla.

Twig posa sus manos sobre mis hombros cuando nos dejan a solas. Hunde la punta de sus dedos en ellos para dejar que su cariño me atraviese. Bordea mi asiento, se coloca a mi altura para observarme con los ojos lechosos.

—Mi princesa Eladriel, no estéis triste. Yo sigo muy orgulloso de vos —Twig me acaricia la cara cuando ve que algunas lágrimas quieren escapar y lucho contra ellas.

—Nunca será suficiente, ¿verdad? —musito algo desesperanzada.

—Vuestro padre es una persona ciega por el poder —sentencia—. Él es quién debe cambiar, no vos.

—He renunciado a muchas cosas y he aceptado muchas otras solo porque estuviera orgulloso de mí —elevo la mirada por buscar ansiosa la respuesta en los suyos—. No sé si podré hacerlo más. No sé qué más podría hacer.

—Es hora de iniciar la rebelión —Twig aprieta los labios y suspira con ojos cerrados.

Ambos debemos asimilar qué significa eso de rebelarse.

Sin decir nada más, al salir del salón cada uno toma su dirección.

Twig tiene razón. Es el momento, aunque no sepamos qué hacer.

Los pasillos hoy son más brillantes y placenteros que nunca tras la noticia del rey.

Llevo años soñando con el olor a tinta y a notas dulces y almizcladas de los archivos.

Antes, solo iba por el placer de acariciar sus hojas por un segundo y eso era suficiente, a partir de ahora visitar la ciudadela servirá para algo más.

Tras la reverencia de los guardias salgo del palacio.

Las primeras clases de hoy son las de historia.

Debo recordar que la sala está situada en una de los cuartos del jardín de Eryas.

Si el profesor no hubiera ordenado a ese hada novato que elevara aún más el agua al intentar formar su coloso, nada habría sucedido.

Las casas más cercanas a la orilla se inundaron y la madera que las construía se derrumbó.

Fue necesario llamar a brujos de magia blanca para que ayudaran con sus poderes a levantar de nuevo los hogares.

Esta vez de piedra, para evitar más sustos en el futuro.

Las primeras hadas empiezan a aparecer amontonándose en la puerta. La cabeza de Rani sobresale de la multitud en las últimas filas.

—Hola rata inmunda—Lugh me dedica una sonrisa en cuanto me ve aparecer.

—Buenos días, criaturas —les sonrío a todos.

—¿Eso es lo que yo merezco? —Lugh da dos zancadas al frente y coloca la palma de su mano frente a mí—. Un simple y modesto hola que, además, ni siquiera dedicas a mí en exclusividad…

—No sé cómo podría agradecerte que te hayas esforzado tanto en darme los buenos días —estiro el brazo para apoyar la mano en su hombro.

—Estoy de mejor ánimo desde que he recordado que las clases de historia ahora serán un castigo para los dos —aguaza la mirada.

—¿Piensas sentarte al lado de Maren? —la señalo con las cejas elevadas.

—No estoy dispuesto a dejar que se me torture tanto —espeta Maren.

Tien se desliza por el hueco que dejamos en la puerta, toma asiento en uno de los últimos asientos de la clase.

Da la sensación de que nuestra conversación de ayer ha funcionado, he tenido la fortuna de que se ahorre la sonrisa que siempre me dedica con tanta confianza.

Al entrar, recorremos el último de los cuatro pasillos que dividen la clase hasta tomar asiento en uno de los que están pegados a las paredes de piedra mohosa.

La humedad será más agradable que estar cerca de ese estúpido.

—Ha llegado tu condena, pero la mía está a punto de aparecer —susurra Lugh con una sonrisa amplia.

El profesor Glimmer se hace presente de forma acertada a las palabras de Lugh para sacarme del incómodo momento.

Sus gafas de vuelo atadas a la parte posterior de la cabeza se sujetan por encima de su ancha nariz.

Siempre le hace un peinado un poco extraño, con algunos de los mechones canos y castaños en forma de pincho.

La chaqueta de cuero parece que cederá por sus costuras en cualquier momento, debería pedirle al sastre que la ajuste a su panza.

Esos tres botones que la sujetan van a salir disparados.

Es un señor entrañable de poca altura que más que un hada parece un enano. A veces luce como si no fuera una persona coherente. Quizás esa sea la razón por la cual sus historias son las que más encantadoras me han parecido.

—Buenos días, mozuelos —Glimmer sonríe alegremente.

Mientras anda, su maletín se abre. Los papeles del interior se caen al suelo.

—Vaya. El cierre ha vuelto a fallar —el profesor sonríe de forma nerviosa.

—¿Necesitáis ayuda, profesor? —se ofrece Norette, un hada del invierno hija del cuarto cancilier Tieran Solaster.

—No se preocupe, señorita Solaster, la situación está controlada —ríe.

Los papeles que acaba de recoger se le escapan nuevamente de los brazos.

—¿Estáis seguro? —Maren ríe. Se cubre la boca con disimulo para que no vea su risa.

Al ver que al profesor se le escapan tres papeles cuando recoge dos, Norette se levanta de la silla.

Se coloca tras el pupitre estirando el brazo.

Unas pequeñas corrientes de aire abren las puertas, rebotan contra las rocas de las paredes y entran en forma de serpiente.

Cuando llega a la altura del profesor, se convierten en un pequeño remolino que eleva los documentos.

Los mece hasta colocarlos sobre Glimmer para que al dejarlos caer, los coja uno por uno.

Una vez que tiene todos en su poder, corre hacia la mesa para soltarlos.

Al acabar se atusa el pelo. Se estira la chaqueta y sube sus gafas de vuelo redondas a la frente. Podría decirse que su pequeño ritual antes de empezar las clases está terminado.

—Bueno, criaturas, la clase de hoy es especialmente interesante porque trata sobre la creación de los reinos de Órianth —el profesor se acerca a la pizarra. Se sube en un pequeño banco de madera para ver toda la clase.

—Eladriel —Maren me mira entusiasmada desde el asiento de delante—. Puedes subir con el profesor a darnos la clase si lo deseas.

Sonrío. No creo que el profesor vaya a mencionar nada sobre el tema de los ángeles teniendo en cuenta que, ni siquiera eso, se encuentra en la ciudadela. Pero me interesa escuchar al resto dada la reacción del pueblo al baile.

—Las hadas fueron la primera creación de los dioses, fruto del amor del dios del agua Aivtor y la diosa de la luz Essoi —procede a explicar Glimmer—.

Creyeron que lo más indicado para sus criaturas era dotarlas de la conexión con la naturaleza que poseían.

Así surgieron los primeros seres en crear tornados, nieve, o los que cambiaron los cursos de los ríos.

—¿La creación más importante? –pregunta Tien desde el extremo de la clase.

—Me gusta su pregunta señor Mémberin, fiel al reino como su padre me consta que es —Glimmer asiente—. Nacimos para liderar la naturaleza de Órianth en lugar de los dioses. Ni una partícula más de luz, ni una sola gota de agua sobresaliendo en lagos ni ríos.

—Entonces, debo entender que somos necesarios para la supervivencia del resto de reinos, ¿correcto? —Tien me mira de reojo cuando hace la pregunta.

—Digamos que, sin la existencia de hadas que controlen las estaciones o con poderes como el de la luz o el agua, no podrían conseguirse las condiciones necesarias para que este reinado sobreviviese a tan solo un mes de demasiada exposición solar —Glimmer sonríe por la conversación,

se ve que disfruta al hablar de estos temas—. Quizás por eso somos inmortales.

—¿Y el resto? —pregunto al profesor sin disimular que hundo la mirada a Tien hasta el interior de su infectado cerebro.

—Eso, princesa Eladriel, es algo que se responde con una sencilla explicación —el profesor cambia el semblante por interrumpir su improvisada charla.

—Es más que un deseo escucharla —asiento.

—La diosa de la Sabiduría Aphaea, con el fin de preservar toda información relevante para futuras generaciones de sus reinos, creó a los elfos —el profesor recorre la clase con la mirada.