6. La libertad de Rhysartyr. #2
—¿Están los reyes en el comedor? —carraspeo. Suelto el pomo para mirar a Twig con una sonrisa.
—¿Acudiréis al desayuno? —Twig me mira sorprendido, pero con una sonrisa genuina dibujada en sus labios.
Supongo que debe de estar feliz de no tener que suplicar por su vida el día de hoy.
—¿Es algo que una princesa que sigue el estricto protocolo haría? —me froto la barbilla pensativa.
—Sin duda. Eso haría que el rey se sintiera satisfecho —amplia la sonrisa.
—Espero que me acompañes, como todas las demás ocasiones. Podrás aprovechar las clases para viajar a Vokmer y enviar la carta —le ordeno tras abrir la puerta—. Solo me tomará unos minutos estar a la altura de los reyes.
—A sus órdenes mi princesa —Twig se inclina y abandona el cuarto.
Me apresuro en ir al baño para arrancarme con el agua helada del lavatorio cualquier sensación de miedo o confusión.
Despejo el sueño. Estar despierta, alerta, es lo único que puedo hacer ahora para sobrevivir.
Me enfundo el uniforme de un solo salto.
Recojo las dagas de la mesilla para guardarlas sobre las costillas antes de cerrarme el corpiño.
Reservo la restante en uno de los bolsillos especiales que pedí al sastre que diseñara.
Es perfecto. Solo yo sé que se encuentra en un lateral del muslo cercano a la bota, cuando la daga está dentro desaparece.
Después de cepillarme el pelo a prisa y ajustarme los zapatos mientras golpeo la puerta, encuentro a Twig inmóvil en la puerta del cuarto.
No puedo negarme que, verlo ahí, esperando, me hace sentir deseos de retroceder.
Me encuentro firme en la puerta de mi cuarto a través del reflejo en sus ojos.
Aemid todavía está doblado en una reverencia.
Me culpo. Hay una voz interna que me castiga con palabras que pertenecen al pasado.
Asegura que tomar este camino es peligroso, que traicionar al hombre que debo llamar padre es un error.
Hace tiempo que otra voz entra en batalla con ella.
Me susurra en las noches oscuras, cuando la madrugada se adueña de los muros de mi cuarto y las velas sucumben al paso del tiempo.
Dicen que esa no soy yo. Que la muralla alrededor de mis pensamientos no me define, sino lo que hay dentro.
Pero hasta ahora no había tenido la necesidad de demostrármelo.
Nunca antes quise mostrárselo al rey. Incluso admito que, por un momento, me acostumbré a la vida que habían decidido para mí.
O tal vez nada me despertó el deseo de ir contra lo establecido.
Hasta que el teniente Bradosck se cruzó en mi camino.
Mis recuerdos hablan. Yo deseaba sentires, y me hicieron creer que no eran reales.
Solo Twig escuchaba el sonido tan bello que esos pensamientos tenían en mi mente.
Pensé que me conformaría con ello. Con que, al menos, al cerrar los ojos todo fuera posible.
Aunque al volver a la realidad todo era distinto y cruel.
Hay anhelos que nada tienen que ver con la lógica ni el sistema que los sostiene.
Eliminar castigos públicos, reformar los códigos de Eryas para castigar a violadores y esclavistas sin importar su estatus...
Eso no podría suceder aquí, era solo un sueño.
Pero vi que Azohr era real. Lo toqué y existe.
Y todo lo que despertó en mí también. Estar junto a él es tan difícil, tan complicado, como cualquiera de esos propósitos.
—¿Miedo? —pregunta Twig en un susurro. Camina a mi altura con suavidad en comparación al resto de veces.
—Puede —trago saliva. Miro al frente con determinación—. O tal vez sea la determinación de saber que debo estar preparada.
Tomo aire al observar la puerta del salón, miro a Twig.
Los guardias me dedican una reverencia después de recibir mi confirmación para que separen las hojas.
En un extremo de la mesa, mi padre preside sentado en la silla tallada de madera de roble que cuenta con más de metro y medio de alto.
Me pregunto cuáles serán los motivos por los que todo lo que posee debe ser superior al resto.
Mi madre le acompaña a su izquierda, justo a su lado está mi desayuno.
El rey considera que el lado derecho es solo para aquellos que tienen el honor de haber nacido hombres.
La cantidad ingente de candelabros, ramos de flores y estatuas de pequeño tamaño que hay adornando la mesa entorpecería la vista del rey con el invitado que se sentase a su frente.
Aunque dudo que a esa distancia pudiera, siquiera, distinguir sus facciones.
Los cubiertos de oro forjados por los enanos…
Los platos de porcelana fina tallados que nadie más se puede permitir lucir en desayunos familiares me recuerdan la predilección de mis padres por el orden social.
Y a una de las cosas que menos me gusta de ellos.
Twig me da un pequeño empujón hacia el frente cuando ve que he detenido mis pasos a la entrada de la estancia.
—Princesa —Twig me empuja algo más fuerte—. Estáis preparada.
—Creo que debería salir —la niebla mental me está paralizando. Me deja inmóvil en la puerta.
—Continuad a vuestro asiento, por favor —se acerca hasta que sus susurros se escuchan claros—. Si queréis que todo salga bien, debéis actuar con normalidad.
Avanzo. Me abstraigo mientras en las paredes de color blanco roto, en la considerable presencia de cuadros con la figura del rey en el que aparezco de paso en solo dos.
También hay un cuadro de Aivtor y Essoi.
Uno de los siete creadores que tiene la capacidad de coartarme la libertad mientas me llevo la comida a la boca.
Los frescos de los techos y los maceteros con los distintos tipos de flores y árboles enanos del reino.
Trataría de identificarlos para calmar mi temblequera interna, pero no puedo dejar de pensar que ni estas ostentosidades consiguen llenar el deseo de poder de mi padre.
—Buenos días, majestades —les dedico una reverencia. Mi tono algo entrecortado delataría hasta al más reputado de los embusteros.
Twig me retira la silla después de que mi padre haya dado permiso para que tome asiento.
—Buenos días, Eladriel —mi madre sonríe. Provoca que mi padre arrugue la nariz al observar la escena—. He ordenado que te sirvan algo dulce de desayunar, eso ayudará a que tu cerebro funcione mejor cuando llegues a control de luz. He leído que…
Mi padre la interrumpe con tono desmerecedor. Apoya el codo en la mesa mientras parte un trozo de pan.
—Querida, eso no son más que mitos de curanderos y brujos que consiguen engañar a ignorantes como tú —el rey se lleva un trozo de pan a la boca—. Lo que Eladriel necesita es dureza —mastica.
Él deja caer los trozos sobre la mesa mientras habla. Mi madre sella sus labios. Baja la mirada hacia su plato repleto de desayuno y mueve el tenedor sobre la comida sin elegir que pinchar.
—Me consta la valentía de la princesa —Twig rompe el incómodo silencio con una inclinación.
—No es suficiente, majagranzas. Es la princesa del reino de Ravenbell, por tanto, debería de ser la mejor de todas sus clases —el rey se levanta de la silla—. Por no mencionar en la que tiene que ver con su propio don.
Golpea la mesa. Nuestras copas y las de las sillas vacías a su alrededor bailen ligeramente por su rabioso impacto.
—Majestad… —fijo la mirada en la fruta del plato—. Soy la más veloz en vuelo, una de las primeras de la clase de control y la primera de la clase de historia.
—Las princesas de valor no se conforman con ser de las primeras, luchan por el primer puesto —mi padre hunde sus ojos en los míos con soberbia. Toma asiento con la cabeza alta y la barbilla estirada—. Pero esas son las que tienen agallas.
En el salón se hace el silencio de nuevo.
Siento la pena penetrante de cada uno de los lacayos del palacio mientras mi padre lucha contra una sonrisa que siempre intenta esbozar cuando impone respeto.
Nunca consigue que sea creíble. Nadie me mira ni nos presta atención, pero en el fondo todos están atentos a lo que está sucediendo.
Y a muchos de ellos se les huele el miedo desde aquí.
Trago saliva para empujar todos los temores y guardarlos en el mismo rincón de cuando tenía seis años. No volvieron a doler los palos de entrenamiento contra mi espalda.
—La verdad tiene varias interpretaciones —mantengo la mirada en el plato. Froto las manos contra el uniforme—. Visto desde la forma en que gobernáis, la verdad puede que sea esa.
—¿Crees que alguien puede enseñarme como gobernar? —mi padre utiliza un tono cálido repentino—. Soy la primera criatura creada. El primer rey del mundo. El primero en quién los dioses confiaron.
—Pero no fuiste el único en quien decidieron hacerlo —subo los ojos gradualmente hasta que encuentran los suyos. Respiro fuerte cuando nuestras pupilas se unen.
—Todo lo que piensas es absurdo, niña —mi padre sonríe con una mezcla de placer y desprecio. Con ira y resentimiento—. ¿Qué criterio puede tener una mujer en cuestiones de poder?
—No considero que la inteligencia esté sujeta a algo tan banal como unos genitales, padre —el pulso aumenta, y con ello, el calor me sube hasta ruborizar mis mejillas.
—Las mujeres sois emocionales y débiles. Manipulables —su majestad sujeta los reposabrazos del asiento como impulso.
Se pone en pie con delicadeza, esta vez, para alejarse de su desayuno mientras maneja su imperiosa capa negra. Pasea por la habitación moviendo su mano mientras habla.
—Servís para dar a luz a nuestros hijos, para vigilar que los lacayos sigan al pie de la letra nuestras órdenes… —el rey mueve la mano mientras enumera—. Pero en cuestiones de estrategia y reinado no valéis para nada, mira tu madre. La reina dejándose engatusar por cuentos de rancias criaturas.
—Conozco a muchas mujeres con arrojo, alteza. Temperamentales y resilientes —mis ojos siguen su figura.
Lo observo con la mirada más implacable que ha recibido en su vida.
—Esas no son más que unas adulteras. Promiscuas y malvadas que deberían ser exiliadas a Draenith por estar corrompidas —mi padre desprecia con una tranquilidad que me abruma.
—¿Exiliadas? —niego con la cabeza, pero no por sentirme incrédula—. ¿Sólo por desear despertarse sin un golpe o castigos? Que no las esclavicen…
—Las mujeres buenas son aquellas que obedecen nuestras normas matrimoniales y nuestro sistema de vida.
El reino debe seguir creciendo —voltea el cuello para lanzarme una mirada punzante—.