Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 6. La libertad de Rhysartyr.
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6. La libertad de Rhysartyr.

(Eladriel)

Miro el reloj de la pequeña mesa al costado de la cama una vez más.

Camino. Trato de encontrar las palabra correctas que plasmar en el papel, pero solo he conseguido llenar el suelo de pergaminos arrugados.

Y un desagradable olor en las manos debido al vinagre que han añadido a la composición de la tinta.

Pasan las siete y cinco. Tomo el último papel que dejé sobre el escritorio.

Merodeo de nuevo por el cuarto, sin rumbo.

Aparto con el pie los fragmentos de pensamientos que no me convencían para poder avanzar.

Repaso con cuidado que todo lo escrito en el que sujeto entre la manos esté en orden.

Perdí toda la noche en esto, ni siquiera he podido ponerme el uniforme aún y es esencial que esté preparada a la hora conveniente.

No debo llegar tarde al desayuno de hoy.

—A quiénes corresponda en el reino de Néferien y Bhulkahdur… —comienzo a leer. Estiro el cuello por la tensión.

Un golpe en la puerta me interrumpe. Se repite dos veces más.

—Buenos días, princesa Eladriel —Twig y su voz serena se mantienen detrás de la puerta como de costumbre—. Debéis levantaros.

—Adelante Twig —le ordeno con la voz entrecortada.

La puerta se abre para dejarle paso. Accede con más calma de la que esperaba.

Ojiplático, contempla el estado del suelo de la habitación, pero sus ojos se abren aún más ante las manchas de tinta de la mesa.

Pienso negar que fui yo. Esbozo una sonrisa cuando veo que simplemente suspira y me mira con resignación.

Me conoce tanto, que sabe que tengo algo más grande entre manos.

—Deduzco que no acabáis de levantaros —Twig me sonríe con su peculiar ternura.

—No comprendo que te hizo pensar eso —observo los papeles esparcidos con una sonrisa llena de burla.

—¿Cuáles son los motivos que perturban el sueño de mi princesa Eladriel? —frunce el ceño cuando, al seguir mi mirada, ve que sujeto con fuerza uno que sí parece tener validez.

—Esto —levanto temblorosa la nota.

La tinta todavía está algo fresca.

En la última luna he visto algo. Mis ojos se abrieron ante un salón de almas rotas.

Solo yo pensé que así no hay gobierno, que no podemos permanecer sin hacer nada.

En el silencio entre los súbditos se escuchaba su desesperanza.

Los pensamientos de mi padre viajaron hacia ellos y se hicieron dueños de sus mentes en otra ocasión, los aplausos de la multitud me revuelven el pecho incluso ahora.

También recordar a quiénes brindaron tras el final del discurso como si su indiferencia fuera a salvar sus vidas o las de sus familiares.

Su majestad y los canciliers deben estar contentos después de comprobar como los pueblos de hadas y elfos guardaban silencio ante la crueldad de sus leyes.

Sus corazones no se detuvieron al pensar que inocentes criaturas perecerían si nadie alzaba la voz.

Comprendí que nadie más que yo se arriesgaría.

Los altos cargos de Ravenbell y Rhysartyr se han negado a informar con la verdad a los brujos y enanos.

No puedo ayudarlos yo. Incluso si pudiera, no estoy segura de que aceptasen mi presencia.

No funcionaría si convenciese a mi padre de retractarse de su orden, lo conozco.

Con mis palabras podrán apelar a mucho más que con las suyas. Al sentido común.

—¿Quién os la envió? —Twig se inclina hacia delante. Entrecierra los ojos para observarla con más claridad.

—Yo misma la escribí —confieso con tono firme—. Debe ser enviada a los reinos de Néferien y Bhulkahdur.

—Disculpadme mi princesa, mi edad avanzada comienza a traicionarme —Twig abre los ojos mientras yergue la postura—. ¿Dónde habéis dicho?

—Twig… —guardo silencio. Separo los ojos con insistencia al ver que parece haber olvidado nuestra conversación de anoche—. Necesito tu ayuda. Al menos dime cómo la envío sin que Gunwer se entere del contenido.

Si fuese a Vokmer y pidiese a Gunwer intimidad para escribirla, para enviarla, sé que podría hacerlo.

Confía en mí. Pero no deseo levantar suspicacias en él junto en este momento ocultándole la identidad de los destinatarios.

Mi padre ya envió emisarios a todos los pueblos de las hadas con los edictos donde se redactaban las nuevas órdenes.

Dado que el rey es alguien que precipita sus conclusiones, no creo que hacerle creer que me comunico con sus enemigos sea algo favorable para mi pescuezo.

Además. Todas las criaturas de Órianth pueden acudir a la torre de las misivas para servirse de ella, pero está en los territorios de mi padre.

Todos deben obedecerlo cuando están en él.

—Mi princesa Eladriel, vos sois un alma bondadosa y pura —Twig me lanza una mirada llena de cariño que muta a indiferencia en solo cuestión de segundos—, pero estáis loca si pensáis que voy a prestarme a traicionar al rey.

—Te he contado con detalles el discurso del rey. Sabes lo importante que es que la reciban —estiro la carta en su dirección para que al menos la lea antes de tomar una decisión definitiva—. Confío en que antes de rechazar mi propuesta, leerás el contenido y mis verdaderas intenciones.

Twig se mantiene con las manos agarradas en su espalda.

Tieso. Con la cabeza ladeada para no conectar la mirada conmigo ni con el centro de todos sus problemas en este momento.

La dichosa nota. Sacudo el brazo de forma suave.

Mueve los ojos a la derecha para no ver como el papel se agita en el aire ante su rostro.

Hago temblar la hoja con fervencia frente a él para que deje de ser obstinado y lo acepte, pero no hace ningún gesto.

Su negativa está empezando a cansarme.

—Twig, es una orden de tu princesa —le miro tajante. Me acerco un poco para que no le cueste ningún trabajo estirar el brazo.

—Princesa Eladriel… —Twig me mira con la boca ligeramente abierta, sorprendido por el mandato.

—Lo siento —profundizo la mirada. Ladeo la cabeza brevemente—. Te advertí que esto es importante.

Finalmente, acepta el trozo de papel y lo abre. Se lo acerca hasta que prácticamente le roza la punta de la nariz, sus ojos se turban por un segundo antes de alejarlo. Repite el proceso un par de veces en busca de la visión perfecta.

—“A quienes corresponda en el reino de Néferien y Bhulkahdur —comienza a leer Twig con algo de trabajo en algunas de las palabras.

“Desde la sombra de la preocupación y el deber me comunico con vosotros. Mi conciencia me obliga a poner en vuestro conocimiento un tortuoso destino. La vida de neferianos y bhulkahrianos tal y como la conocéis desaparecerá.

Como ciudadano de Ravenbell soy conocedor de la verdad.

Es mi obligación advertíos que ha llegado al reino información sobre un fallo en la convergencia solar en la unión de las estaciones.

Esto provocará una desconexión de la naturaleza y toda la magia.

Dará lugar a enfermedades y la desaparición de las tierras de Órianth.

Los fénixes se marcharán. Perderéis vuestra capacidad para sanar o forjar.

La ciudadela dejará de proporcionar sabiduría.

La solución encontrada por los altos cargos de los reinos de las hadas y los elfos se halla en las minas de solium del bosque ancestral.

Se conoce la existencia de una reserva de cristales imbuidos con luz de la primera creación capaces de regenerar la energía que el sol pierda en la rotura de la fusión.

Hago un llamamiento a vuestra sabiduría.

A vuestra compasión y sentido de la justicia.

Debemos dejar a un lado las disputas existentes entre nuestros reinos.

buscad la ayuda y cooperación del rey Eliot y del rey Aelfraed.

Esta amenaza no entiende de fronteras ni de disputas pasadas.

No hay más senda que la unión para poder cumplir con nuestro destino y salvar la vida de nuestros pueblos. De todos.

La siguiente misiva lleva el sello de la casa real de Ravenbell, por lo que, a pesar de no conocer la identidad del autor, lo que aquí se encuentra escrito es totalmente veraz y confidencial.”

—¿Y bien…? —le miro con entusiasmo. Me muerdo los labios mientras espero su respuesta—. Dime que te parece.

—Un gran gesto —Twig dobla la carta y me la ofrece de vuelta—. Y una auténtica locura.

—No te daré otra orden —elevo las cejas con indignación—. Yo misma la enviaré.

Recojo la carta de su mano de un tirón suave para colocarla con suavidad sobre el escritorio. Luego, camino hacia la puerta y sujeto el pomo.

—No me desagrada la idea de nuestra charla matutina —encojo los hombros—. Pero debo vestirme.

—Princesa —agacha la cabeza. Twig niega mientras se lamenta en voz baja—. Yo me encargaré de que esa carta sea duplicada y enviada a sus respectivos destinos.

—¿Con certeza? —me inclino ligeramente hacia delante con la mano a la cadera.

—Si mi princesa considera que es crucial para el reino, cumpliré sus órdenes —Twig habla lento y resignado una vez más.

—La vida de muchas personas dependen de que la envíes. No puedes fallar —le clavo una mirada llena de súplica.

—Os ayudaré a cumplir con la justicia —se guarda la carta en el interior de la chaqueta, estirándola para borrar cualquier arruga.

Bien. Ahora que esta parte del plan ha comenzado a tomar vida, debo empezar con la segunda.

No volveré a declinar las invitaciones que con tanta amabilidad me ofrece el rey para acompañarlos a los desayunos y cenas.

Mi comportamiento se volverá refinado y elegante, nada que pueda llenar de furia a mi padre.

Acudiré a las reuniones de las asambleas a las que sea convocada.

A pesar de que Twig dice contarme todo lo que sucede en ellas sin obviar detalles importantes, sé que guarda información para no herirme.

Hace mucho aprendí que no puedo admirar a mi padre, pero puedo observarlo e instruirme de su esencia.

Como hacen los que le siguen buscando su puesto, ellos aprenden de su tiranía.

Estar en su compañía seguirá siendo desagradable, más estoy dispuesta a beneficiarme de ello.

Me permitirá saber qué piensa, cómo habla, y quiénes alimentan sus locuras.

Debo demostrarle que he renunciado a la vida inmoral por la que me había encerrado en este palacio.

Seré la princesa que él espera con el único objetivo de complacerlo.

Pero debo ser algo más que una complaciente dama si espero que los demás me tomen en serio.

No puedo desobedecer las órdenes del rey si deseo que nadie me preste atención