Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 5. El despertar de la princesa. #6
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5. El despertar de la princesa. #6

En el bosque ancestral hay una mina con una reserva de solium, un cristal imbuido con la primera luz de la creación que tiene el poder suficiente para reestablecer la energía que el sol pierda al quebrarse.

La información que se ha proporcionado esta noche debe de permanecer únicamente en nuestros reinos para garantizar a nuestros pueblos el material que necesario para su supervivencia.

A partir de este momento, nuestras relaciones con Néferien y Bhulkahdur quedan formalmente rotas.

Se dejará de dispensar la petición de salida hacia cualquiera de esos territorios.

Aquellos que se atrevan a desafiar mi autoridad ante este tema serán castigados con la ejecución pública.”

—Esto no es posible. No puedo creerlo —proclama Maren entre dientes.

—¿Su ego, o su maldad? —pregunto casi en un susurro.

—Las dos cosas, querida —se muerde el labio inferior con indignación.

Los aplausos y los gritos de alabanza hacia mi padre esta vez son tan fuertes, que el sonido retumba en el interior de mi estómago.

Todos lo ven como el mejor. Alguien digno de admirar y seguir gracias a su infinita sabiduría y benevolencia.

Al fin y al cabo, tampoco conocen otro rey.

Él y mi madre fueron las primeras creaciones de nuestros dioses.

Yo, que lo conozco en la intimidad de su palacio, puedo decir que es un ser tirano, egoísta, intolerante, malhumorado, y tan tieso, que parece que la daga se la guarda en la espalda en vez de envainada en el cinturón.

No soporto como rechaza al reino brujo ni al enano.

Ni como sus ínfulas de subordinado divino le hacen gobernar con tanta tiranía.

Puede que nuestro pueblo tenga comida, pero vive casi en una esclavitud.

Además, el hecho de que deje morir a los habitantes de Néferien y Bhulkahdur solo por asegurarse de que obtiene todo el cristal…

Es el gesto más bajo que jamás había hecho como criatura.

No sabe si lo necesitará todo. Si otras criaturas también podrían salvarse.

Al menos, me siento reconfortada al ver que el rey terminaba el discurso y no mencionaba nada con respecto a Tien. Esta noche todo su odio estaba centrado en otra parte.

—Que honra ser la hija del rey, Eladriel —Rani termina de aplaudir cuando Maren y yo nos giramos para conversar con ellos.

—Sí, ¡por Ravenbell! —Lugh levanta el puño—. La verdad es que Rhysarthyr me da un poco más igual.

—¿De verdad? —los miro con incredulidad hacia sus palabras—. No puedo creer que estéis de acuerdo con él.

—¿Debería de querer morir? —Lugh eleva las cejas con ironía.

—Deberías de querer que todos tengamos la oportunidad de salvarnos —estiro los labios en una mueca de decepción—. Es lo que yo esperaba de ti.

—Yo no quiero que mueran, pero si alguien va a reunirse con Beliel por falta de solium, que sean ellos —encoge los hombros con desdén.

—Lugh —mis ojos se centran en los suyos con solemnidad—. Ellos ni siquiera tienen la oportunidad de conocer la verdad.

Ni el rey Wild, ni la reina Efaris. Ninguno de sus tenientes y mucho menos coroneles.

Absolutamente nadie que viva en alguno de esos reinos se encuentra en esta reunión, han sido privados de poder decidir, al menos, si prefieren marcharse a otro lugar en busca de otras soluciones posibles.

Han sido abandonados a su suerte y nadie dice nada.

Ningún elfo ni hada se estremece al respecto.

—No seas tan dramática —Rani ríe a carcajadas con la mano en la barriga—. Son mortales, van a morir de todos modos.

—Hay vidas inmortales que son menos útiles que muchas de las suyas —me cruzo de brazos—. Como la tuya, por ejemplo.

—Anda, cállate antes de te pongas en ridículo de nuevo —Maren golpea su hombro con ojos turbados por la ira.

—¿Por qué? ¿Qué he dicho? —Rani frunce el ceño.

—¿Es que no escuchas lo que hablas? —Lugh pone los ojos en blancos—. Has sido un insensible al hablar así de esas pobres criaturas.

—Pero si estabas de acuerdo con todo lo que decía —Rani abre los ojos. Estira las manos en dirección a Lugh.

—Sí, pero yo he reflexionado —Lugh chasquea la lengua.

Rani nos mira fijamente a todos como si fuéramos un bicho raro.

—Mis padres dicen que, si el rey Eliot no quiere que nos reunamos con ellos, por algo será —Rani guarda las manos en los bolsillos del chaleco.

—El rey Eliot es solo una criatura, y se equivoca con más frecuencia de la que crees —le miro con una seriedad profunda que resalta mis pensamientos internos.

Puede que haya algún asistente al que el discurso le haya cortado el ánimo, aunque aparentemente no se deja ver.

Algo parecido al cosquilleo de la ansiedad lleva tiempo haciéndome sentir incómoda cuando veo como todos siguen sonriendo y con sus vidas.

Sin darle la más mínima importancia a la de tantos pueblos.

Hombres, mujeres, niños… Familias enteras. Y nadie está pensando en ellos.

Ya no más. No guardaré silencio por miedo siendo testigo del pensamiento de mi padre.

No puedo dejar que esto ocurra. Tengo que pensar con tranquilidad qué puedo hacer sin llamar excesivamente la atención, contarles todo como si fuera una invitación real no es acertado.

Pero tampoco puedo ceder a alguien la información para que la entregue en mi lugar, eso sería como volver al punto de partida.

—Tengo que marcharme —titubeo cuando el bullicio del ambiente empieza a resultarle pesado a mis oídos—. Han sido unos días complicados y creo que estoy sufriendo las consecuencias.

—Pero… —Maren da un paso al frente—. ¿El rey?

—No me importa, Maren —ni siquiera pestañeo mientras le confieso lo que siento—. Puede tomarlo como un acto de rebeldía si lo desea.

—No te preocupes, Eladriel —Lynn sonríe.

—Sí, pequeño engendro —Lugh se inclina hacia delante para observarme con cuidado la cara—. Estás más fea y pálida de lo normal.

—Se nota que estás preocupado. No me has comparado con ningún insecto reptador —apoyo mi cabeza en su hombro.

Su olor me recuerda a la salvia de los árboles de las orillas del oeste y a las primeras horas de la mañana. Maren se une. Nos rodea con los brazos a los dos y hunde la cabeza entre las nuestras. En este momento no quiero darle importancia a este gesto tan poco protocolario por mi parte.

—Tenéis que dejar de ser así, por favor —Maren solloza. Sorbe por la nariz.

—Creo que la estamos perdiendo, Eladriel —Lugh me mira de reojo con cara de susto y los ojos muy abiertos.

—¿Y ella es la que te preocupa? —señalo a Maren con los ojos—. Tú hace tiempo que estás perdido.

—Mandaré a las raíces a atraparos si no paráis —Maren aleja la cabeza para mirarnos de frente.

—Perdona —carraspeo.

Twig me está esperando a la salida del salón para escoltarme a mi habitación.

Como todas las noches. De todas las criaturas que viven conmigo incluidos mis padres, es la única que se acuerda de preguntarme como estoy.

De hacerme sentir querida. Anhelo tanto estos momentos las pocas veces que no los tengo…

Debe de haber estado ahí desde que sabe que he entrado, pero por desgracia, mi padre no ignora nuestra relación.

Le prohíbe formar parte de estos eventos a los que yo tengo que asistir con asiduidad para evitar que pueda interrumpir la intimidad con el hijo del cancilier.

Se alió conmigo en más ocasiones para impedirlo.

Creí que era inteligente, pero el rey es más inteligente de lo que yo pensaba.

—¿Cómo se encuentra esta noche la princesa Eladriel? —Twig traza una sonrisa amplia de alegría cuando me ve salir.

—Furiosa —declaro con ímpetu sin detener la marcha.

—Cuénteme cual es el motivo de ese enfado tan arrebatador que tiene a mi princesa tan triste —me mira con tanta ternura mientras sigue apresurado mis pasos, que sus palabras se sienten como una cura a mis heridas.

—Estoy enfada con Tien por haberme engañado.

Con mi padre por ser un maloliente engreído.

Con mi madre por apoyarlo en todas sus decisiones.

Con el reino por no ver lo que yo veo en su rey —me detengo.

Cierro los puños—. Y conmigo misma porque no hago nada al respecto salvo guardar las distancias, y ya estoy cansada.

—Si no os conociera lo suficiente, diría que queréis iniciar una rebelión —sonríe mientras me observa con cuidado y espera.

—Sí Twig, pero contra mí misma —sacudo el brazo en un aspaviento brusco—. Merezco quererme, ¿no? Ya que nadie en este maldito palacio parece reparar en mí.

—Me ofendéis, princesa Eladriel. Sabéis en cuan alta estima os tengo —Twig me mira con ojos vidriosos—. Os vi nacer. Os canté nanas y conté cuentos para dormir. Os he visto crecer y meteros en problemas. Y desde luego, quiero veros ser princesa en la eternidad que compartimos.

—Twig, eres lo más parecido a un padre que tengo —me permito un instante donde mis emociones puedan salir a flote. Me adueño de sus brazos ahí mismo, en la mitad del pasillo.

A Twig se le escapan las lágrimas mientras me responde el abrazo de forma cálida. Unos segundos en el que se confirman nuestros sentimientos antes de soltarme para sujetar mis manos con firmeza.

—Mi pequeña princesa Eladriel. Sois inteligente y valiente. Audaz y resiliente. La más hermosa de todas las creaciones. El hada más rápida. La más justa y la más sensata —Twig me besa las manos—. Estoy orgulloso de vos.

Vuelvo a abrazarle. Hundo las yemas de los dedos con fuerza en su espalda. Estoy sumamente agradecida por su existencia, porque gracias a él siempre he podido sentir calor en mi hogar.

—¿Qué tal tu día hoy? —me seco las lágrimas de los párpados.

—Muy bien princesa Eladriel. Mi parte favorita ha sido cuando he podido tomarme un vaso refrescante de hidromiel —hace una breve pausa en la que dibuja de forma fugaz un gesto de terror—. No vayáis a decírselo al rey.

—¿Con quién compartiría la mía si eso pasase? —inclino la cabeza con sarcasmo.

Nos perdemos entre la inmensidad y plantas del pasillo que lleva hasta el torreón de mi habitación.

Le hago cómplice de todo lo que ha pasado en el baile.

Quiero aprovechar este momento para disfrutar de la paz de su presencia, y reducir toda mi vida a este instante en el que solo estamos él y yo.

Padre e hija. Ya habrá tiempo para preocuparse por la muerte después. Por parar las ideas de mi padre.