Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 5. El despertar de la princesa. #4
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5. El despertar de la princesa. #4

—¿Podríamos aliarnos con otros reinos? —creo que Lugh ha tiene hoy la mente más despierta que nunca.

—La alianza militar es una de las mejores estrategias ante una batalla —Ilta se coloca las gafas mientras la calma la conquista—. Desgraciadamente, las nuestras están reducidas únicamente a Rhysartyr.

—¿Por qué el rey haría esa norma tan absurda? —Lugh habla desde la confianza que sentimos, y que ninguno de mis compañeros, incluida Ilta, se atrevería a usar—. Perdería a más de la mitad de su pueblo.

—Porque él no tiene que luchar —me convierto de nuevo en el centro de todas las miradas, algo que ya empieza a resultar incómodo—. Ni mi padre ni sus cansiliers lucharán. Ellos no necesitan ayuda.

El silencio que se produce es sepulcral.

Todos analizan mis palabras como si estuviera hablando de otra persona diferente a la que conocen.

Pero yo, que escucho la mayoría de sus reuniones, no puedo decir otra cosa que no sea esa.

Toda la autoridad que transmiten al pueblo se ve reducida a cenizas ante el miedo que les produce perder lo único que les hace sentir importantes.

Todo aquello que les da poder. Metal y una silla majestuosa.

Ilta me mira sonriendo con orgullo. Ella piensa lo mismo, pero su papel le impide decir más de lo que ya ha dicho hasta ahora. Artículo dos de la ley de lealtad al trono.

—Es importante que transmitáis esta información al resto de hadas —la profesora nos recorre con la mirada—. La clase ha terminado.

La valentía de Ilta y la situación cada vez más complicada con Tien, me están obligando a tomar caminos que me aterran. Si no empiezo a actuar ahora, será demasiado tarde para todo. Incluida la posibilidad de volver a ver al teniente de Néferien en algún otro momento antes de que todo esto estalle.

Lugh y yo desplegamos las alas cuando nos alejamos del grupo y la profesora. Nos lanzamos al vuelo en dirección al palacio.

—¿Qué piensas sobre todo lo que ha dicho la profesora? —me pregunta Lugh con la preocupación tan encendida en la mirada, que puedo sentir el nudo de su estómago.

—Todo lo que ha dicho es cierto. Y todo lo que yo he dicho también —le dedico una mirada fija para darle el consejo más sincero que jamás pensé darle—. No puedes desaprovechar el privilegio de saber la verdad. Debes prepararte.

—¿Tú sabes quién es el cabrón que nos quiere atacar? —traga saliva. Su respiración se vuelve agitada.

Es obvio que las palabras de Ilta han hecho mella en todos, yo nunca había visto a Lugh tan asustado.

Y eso que normalmente parece que todo le resulta banal en comparación con el resto.

La idea de perder a todos aquellos que te importan sin saber que hacer para que no suceda, es la peor sensación que podría describir.

—No sé nada, pero sospecho que podría ser contra los reinos de la antigua civilización —me acerco para hablar en bajo ante los guardias de la puerta de la verja de palacio—. Siempre he pensado que el pueblo enano se creó por la división de los dioses.

—¿Y por qué tenemos nosotros que solucionar sus problemas luchando? —Lugh sacude los brazos apresurado.

—Shhh —muevo las manos para que baje la voz—. Lugh, nadie puede saber nada de mis suposiciones, si me descubren no podré investigar.

—Vamos. Sabes que no me va a suponer ningún problema guardar tus secretos —Lugh sonríe con un gesto afirmativo de pulgar—. Me dan absolutamente igual.

Tras un suspiro de alivio, lo analizo con la mirada unos segundos. A veces me cuesta entender en qué momento bromea, y en cuál no. Espero que la expresión de su cara cambie cuando le cuente la sorpresa que tengo preparada para él.

—Por cierto —le sonrío de forma cómplice—. Le he pedido a Twig que guarde una ración especial para ti de langostas en salsa. Te las dará él personalmente.

Sus ojos brillan acompañando la emoción de cariño y ternura con la que me mira, y que me calientan el alma. Sin duda ha valido la pena decírselo.

Vuela hacia mí emocionado hasta que los guardias preparan sus lanzas. Las golpean con fuerza contra el suelo antes de apuntar a su cabeza. Se detiene en seco con los ojos tan abiertos como la boca.

—¡Alto! —sentencio en un tono de voz más que firme—. Él no representa ningún peligro para mí.

Los guardias recorren a Lugh con la mirada. Tras unos segundos, retiran las lanzas y vuelven a su posición golpeándolas de nuevo para indicar que están en guardia.

—Ay Eladriel, muchas gracias hermosa —Lugh se acerca con algo de vacilación todavía, y me abraza—. Por las langostas y por salvarme la vida.

—¿Estás siendo irónico? —enarco una ceja por su exceso de adulación.

—Mira, princesa —me señala con el dedo acusador mientras me clava una mirada penetrante—. Solo hay dos cosas en la vida con las que yo jamás haría una broma.

Desliza el dedo de forma burlona por la punta de mi nariz.

—La primera es la competición de beber sorbetes de fuego, en la que, por cierto, siempre te gano —arruga la frente con advertencia—. La segunda es la langosta en salsa.

—Entendido, serpiente de ciénaga —asiento con firmeza para adoptar una postura totalmente firme ante él.

Me devuelve el gesto con satisfacción por haber entendido la pequeña disertación sobre sus límites antes de girar para marcharse. Al darme la vuelta, uno de los guardias de la puerta sacude la lanza.

—Su majestad. Es un privilegio y un honor estar ante vuestra presencia —se inclina Kysea—. Deberíais evitar ese tipo de comportamientos, es peligroso para vuestra seguridad.

—Sabes que Lugh es inofensivo —doy un pequeño toque en su brazo metálico cuando llego a su altura.

—La princesa debe comprender que, de continuar así, podría ponerse en riesgo —se mantiene como una estatua.

—Tu princesa ahora sabe en quien debe confiar —muevo el dedo índice mientras avanzo por la pasarela.

—Sí, alteza —la lanza suena nuevamente.

El sonido de las armaduras haciéndome el saludo oficial mientras camino hacia el interior retumba con fuerza alrededor.

El paseo por la pasarela hasta llegar a la puerta está resultándome más agradable de lo que en un inicio creía.

Los olores dulces e intensos de las flores me bañan con cariño.

Como si quisieran cubrirme. Es curioso como cada vez que camino por el jardín puedo sentir la energía de este lugar.

Se me ha hecho tarde por haberme encerrado en el cuarto a leer los libros que rescató Twig acerca de las creaciones.

Era una manera de escapar del reino por un rato, pero ahora es mucho más importante que eso.

Aunque, lo único que he conseguido descubrir es que los dragones fae roban ciervos del reino de Avka para comer.

Me estoy vistiendo deprisa. Desde que renuncié a la ayuda de las criadas para ponerme este tipo de trajes que mi madre se empeña en que use en estas reuniones, tardo más de lo que me gustaría en el proceso.

Eso de dejar de utilizar mangas pomposas era mucho pedir, pero al menos, el sastre ha conseguido utilizar el tono azul cobalto y añadir una abertura en uno de los laterales sin que la reina se entere.

Quería que dejase al aire mis tobillos y los maravillosos zapatos que Twig me regaló cuando cumplí los mil doscientos años.

Viajó especialmente a Bhulkahdur para pedir que forjaran ramas doradas a modo de broche hasta la altura de la rodilla.

No lo he visto hace rato, y tampoco lo veo fuera ahora. El guardia que custodia la entrada me sigue el paso tras inclinarse cuando paso por su lado.

—¿Dónde está Twig? —camino rápido. Levanto el vestido por la abertura.

—Vuestro lacayo tiene prohibida la entrada al salón. He sido asignado por vuestro padre para cubrir sus pasos en el interior —Aemid apoya sonoramente la lanza cada vez que baja un escalón.

—Entendido —me detengo—. Una cosa más —uso un tono de voz que roza lo imperioso—. No vuelvas a llamar lacayo a Twig si disfrutas de que tu garganta te ayude a tragar cerveza.

Subo el escalón que me separa de su mirada confundida.

—Te referirás a él con el respeto que merece, ¿entendido? —tenso el cuello al lanzarle la advertencia.

—Sí, mi señora —el guardia asiente con la voz algo entrecortada.

Mientras caminamos, el silencio solo es interrumpido por el ruidoso golpeteo de la lanza.

No hay ni una sola criada por los pasillos.

Los lacayos deben de estar atendiendo a los invitados y encargándose del servicio mientras que las criadas limpiarán y se encargarán de servir la comida durante todo el evento.

Luego, serán enviados a quedarse a servir a los canciliers y su majestad en su reunión con esclavas que amenizan sus partes y risas tras la fiesta.

Es lamentable. Al llegar a la puerta del salón, el bullicio de la gente suena tan alto que solo se escuchan algunas notas de música por encima del vocerío.

Hasta resulta complicado escuchar el saludo que me hace el guardia de la puerta.

En el interior todo está decorado con flores y grandes maceteros de madera de fresno que huelen al cenador del otoño.

La opulenta alfombra roja con los bordes dorados que sube las escaleras del escenario se vuelve circular para cubrirlo.

Sirve de reposo a una gran variedad de instrumentos que son tocados con sumo cuidado por elfos.

A la derecha de la estancia está la majestuosa mesa del salón de baile.

La veo repleta de copas de cristal en las que se puede apreciar el diseño de un árbol.

Sus raíces salen de la base y terminan convirtiéndose en ramas alrededor del cáliz.

Han sido talladas especialmente para el reino como cortesía del rey Wild, pero nunca ha podido beberse un vino en ellas.

Más de cien platos blancos con bordes dorados a juego con la cubertería están llenos de pescados, carnes y mariscos.

También canapés, chocolates, frutas y fuentes con semillas.

Las lámparas de oro, cubiertas de enormes velas que emiten una luz intensa, cuelgan del techo sobre el espacio vacío del centro elegido de forma especial para el baile.

El pobre piano, que antes era el centro de atención, ahora está en una esquina.

En su lugar han colocado sillas y sillones con la intención de que los invitados se sienten a descansar mientras disfrutan de una refrescante bebida. Servida por supuesto por un lacayo.