5. El despertar de la princesa. #3
En la fe que tenía en el orden que quedaría si mi padre faltase.
Si acepto el compromiso tal y como el rey quiere, el pueblo jamás se verá libre de la tiranía del cancilier Drieden.
Y yo seguiría siendo cómplice de todo lo que ocurre dentro sin poder hacer nada otra parte de la eternidad.
Me dirijo directamente a la clase de vuelo al salir del jardín para alejarme de este sitio.
Todo lo que acaba de pasar retumba con fuerza en mi cabeza, me impide disfrutar como cada día de las vistas.
Al menos, Lugh me espera donde siempre. Guarda mi sitio al lado del suyo cada clase.
Tenerlo cerca en este momento es un alivio.
—Buenos días, pequeño hada —me coloco a su lado sonriente.
—¿Pequeño yo? —sonríe Lugh. Me dedica una reverencia para molestarme—. ¿Tú te has visto?
—Me sorprende que seas tan puntual siendo tan… Tú —río. Golpeo el brazo contra el suyo de forma leve.
—Estás muy graciosa hoy, ¿no? —finge una carcajada elevando el labio superior—. Es admirable la alegría con la que te has levantado.
—Para ser sincera, no es que esté teniendo el día de mis sueños —me rasco la frente.
—Tampoco es que otro día cualquiera fueras a darme una respuesta diferente —Lugh hace una mueca de indiferencia con la boca.
—En eso tienes razón, pero la mañana ha sido algo extraña —sonrío brevemente ante lo triste que me suena eso de darle la razón—. Estoy segura de que te hubiera encantado estar presente.
—Supongo que tiene que ver con el idiota de Tien —Lugh coloca una pierna por delante de la otra con atención.
—Supones bien. Se ha atrevido a decirme que casarnos es lo mejor para mí después de haberle dicho que no siento nada por él —encojo los hombros.
—No sé qué hada te dijo que Tien no le parecía trigo limpio —hace el gesto de una arcada—. Lo detesto más que a la sopa de sesos.
—Además, el cancilier Drieden ha hablado con mis padres sobre eso —resoplo—. Buenas noticias por todas partes.
Ojalá hubiese podido ver a Tien con los ojos de Lugh, así no me hubiera dejado engañar por un poco de cariño. Aunque tampoco puedo culparlo a él de todo. Yo también me he dejado llevar por mis inseguridades.
—¿Ves una posibilidad que te obliguen a casarte? —pregunta Lugh. Deja ver un alo de preocupación en su expresión.
—Lo veo una posibilidad muy posible. Y si eso pasa, por favor, córtame la cabeza y no dejes que viva esa vida —asiento de forma efusiva aferrándome a su brazo.
—No te preocupes. Si eso pasa, nos presentaremos voluntarios para ejecutar a tu esposo una noche —Lugh da un puño sobre su mano con cara de determinación—. Yo lo veo clarísimo.
—Gracias pequeño ser. Por no pensar en que mi muerte sea una opción —sonrío. Le envío una sincera mirada.
—Tien me cae peor que tú —deja caer el brazo para restarle importancia.
—Tu sinceridad es innecesaria —le doy un par de palmadas en la espalda.
Lugh se balancea ligeramente antes de colocarse en la fila. Y está preparado para cuando Ilta llegue. Todos guardamos silencio y nos ponemos rectos cuando la vemos sobrevolar el lago de una forma tan elegante, que casi consigue no mover el agua.
Se posa lentamente sobre la tierra algo húmeda, retrae las alas con suavidad. Nos mira sonriente mientras se coloca las gafas con el dedo. Da un par de pasos hacia el frente para acercarse algo más al grupo.
—Buenos días, jóvenes hadas —sonríe Ilta de forma amplia—. Me agrada ver que nadie ha llegado tarde, y que se toman mis advertencias al pie de la letra.
Ilta se sujeta las manos al frente y su postura muestra una autoridad que contrarresta por completo con la sonrisa que no puede evitar dibujar cada vez que nos ve.
Conozco de ella más de lo que podría mostrar siendo solo profesora.
Frecuentaba a mi madre durante mis primeros años para tomar café mientras charlaban sobre las políticas del reino y le pedía consejo sobre la luz para sus clases.
Nadie podía ayudarla mejor que la reina, que posee el don más poderoso.
—Las clases serán teóricas. Hoy hablaremos sobre la escalera de luz y sus usos y utilidades —Ilta eleva el mentón según nos recorre con la mirada.
—¿Una escalera? —Lugh estrecha la mirada.
—Es tan solo una escalera metafórica, joven Dirphen —la profesora se ajusta sus gafas de nuevo.
—¿Entonces para qué sirve? —Lugh frunce el ceño.
Le doy un codazo disimulado. Me lanza una mirada de reojo mientras ahoga un aullido de dolor.
—Es verdad. Podría hacer otra cosa más fácil de hacer de manera metafórica —Lugh pone se agarra el lado del costado.
—Como iba diciendo —carraspea Ilta—, la escalera de luz tiene la capacidad de ser creada y usada para llamar al ejército de ángeles si una batalla se desata en el reino. Tan solo debemos crearla para que sepan que los necesitamos.
—¿Y si estamos en otro reino? —elevo ligeramente el brazo para llamar la atención de la profesora.
—La escalera será efectiva en cualquier parte de Órianth, pero fuera de estas tierras los ángeles no tienen libertad de acudir a ningún llamado sin el debido permiso de los dioses —Ilta pasea con la mirada perdida en uno de los puntos del horizonte.
Hoy está algo sombría. Sus últimas reuniones con el resto de los profesores y los cancilier para tratar lo que debe enseñar en las clases la tienen devastada.
Perdimos algo de la buena relación que teníamos cuando dejó de ir a palacio hace pocos años, pero siempre la he admirado.
Ella cuestionaba todo lo que mi padre decía.
—La escalera es un mensaje para los dioses —Ilta apaga su mirada al hablar, como si fuera algo negativo.
Entonces voltea. Ese punto en el horizonte se transforma en la mayor de sus declaraciones.
—Primero atraeremos partículas de la luz del sol mientras nos lanzamos al aire.
Después uniremos esas fuentes de luz entrelazando los dedos de ambas manos y volaremos a toda velocidad, pero esta vez hacia el suelo —la profesora toma las manos en su espalda—.
Así la escalera estará formada para que los ángeles desciendan a través de ella.
—No creo que nosotros vayamos a librar una batalla fuera de la montaña —Avery sonríe dos sitios más allá de Lugh.
—El destino es incierto joven Shanver, nunca se sabe lo que puede pasar —Ilta continúa caminando por la orilla. Observa el brillo del agua donde los rayos del sol descansan—. No podemos ver el futuro, pero si los dioses lo consideran oportuno, sí podemos prevenirnos para lo incierto.
No sé por qué parece que, aunque no quiera dar un discurso, lo está haciendo. Uno que me interesa.
—¿Cree que los dioses esperan una batalla? —me atrevo a preguntar con mirada subversiva.
—No puedo asegurarte qué esperan los dioses, princesa Eladriel —Ilta se detiene. Se mantiene de espaldas—. Solo debo ser responsable por lo que yo creo.
—Bien, cuéntenos entonces qué es lo que creéis —insisto.
Ilta se gira. Nuestros ojos se encuentran de forma penetrante, pero no es la mirada puntiaguda que esperaba. Está llena de una confirmación algo borrosa por la incertidumbre.
—El entrenamiento solo puede darte la razón —Ilta me responde con sinceridad y se nos escapa una sonrisa genuina. Como si estuviéramos hablando a solas.
Sus palabras nos encogen a todos. Esperábamos escuchar que era lo más probable, pero la confirmación te eriza la piel. No he oído nada en palacio, ni he leído algo similar en la ciudadela. Me pregunto si ella sabe contra quién nos preparan.
¿Será contra las criaturas del reino de Ylros y Ménthir?
Que yo sepa mi padre es temido y respetado en el resto de los reinos, así que no tiene mucho sentido pensar que uno de ellos inicie una guerra contra Ravenbell.
Tampoco el pueblo. Tras la última hace más de mil años, no se han escuchado rumores de rebelión.
—¿Qué es lo que nos aconseja, profesora? —intento tirar de la cuerda usando una mirada de preocupación.
—Para serles sinceros, jóvenes hadas de Ravenbell, mi consejo es que se preparen —hace una breve pausa en la que sujeta sus manos a la altura del abdomen—. Necesitan las clases, pero no sabemos cuándo puede llegar ese momento.
—¿De dónde se supone que vamos a sacar la información? —pregunta Avery con el gesto de miedo más real que he visto nunca en la cara de alguien—. Se supone que solo contamos con las clases.
—Hada Shanver, creo que ya todos conocemos la ciudadela de Rhysartyr.
Ya hemos hablado varias veces en clase de cuantos profesores hemos escrito información sobre los poderes, vida y costumbres del reino —la expresión de Ilta se llena de impaciencia—.
Incluso el rey Eliot y la reina Olet han brindado información.
—¿Está segura de que hemos hablado de eso en clase? —Avery se golpea la barbilla.
—Avery, debería de revisarse su naturaleza despistada, podría darle problemas en algún momento —Ilta asiente como gesto de buena voluntad.
Las risas de todos calman por un momento el ambiente de terror que había creado la terrible confesión de la profesora. Todavía no dejo de hacerme preguntas. No consigo entender cómo pretendían guardarlo en secreto si somos nosotros lo que tenemos que luchar, y ni siquiera estamos preparados.
—Profesora —interrumpo el momento desde la esquina—. ¿Qué pasa con la escalera en caso de batalla? ¿Cuándo hay que usarla?
—Es una muy buena pregunta, hada Winverin —sonríe Ilta.
Inclina ligeramente la cabeza hacia arriba para mirarme a través del cristal de sus gafas—.
Las normas de Ravenbell establecen que, con honor, lucharemos hasta que el teniente de las hadas o algunos de sus suboficiales caiga en tierra o en aire.
Solo entonces podrá pedirse ayuda de los ángeles.
Parece que la sinceridad de Ilta hoy no tiene fin. Conozco las normas de la estrategia militar de Ravenbell a la perfección, pero eso no significa que no me parezcan una auténtica porquería. Están creadas para que solo se beneficien aquellos que nunca hacen nada por el pueblo. Los altos cargos.
—Espere, profesora. Espere —Lugh sale de la fila levantando las manos a la altura de la cabeza—. ¿Y si necesitamos la ayuda antes de que mueran?
—Esas son las normas del rey en caso de batalla, joven Dirphen —Ilta agarra sus manos con delicadeza—. Protegeremos al rey hasta el final, incluso si sus propias tropas caen.