Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 5. El despertar de la princesa. #2
8%

5. El despertar de la princesa. #2

Un llamado de atención de lo más típico por parte de mi padre.

Si el rey ve que no respondo a sus exigencias como desea, no duda en utilizar cualquier cosa para hacerme entrar en razón.

Y Tien es su artefacto favorito. Últimamente lo está haciendo con mucha frecuencia.

Parece que aparte de un castigo para mí, está compensando al hijo del cancilier por algo muy bueno que debe estar haciendo.

—Tratad de mostraos amable y sonriente. Recordad que el rey lo estima mucho —me aconseja Twig con voz temblequeante.

—Tranquilo. Sonrisa amplia y postura relajada —me dejo caer en el banco resignada. Sacudo del cojín algunos copos de nieve—. Llevo años practicando.

De vuelta a las benditas reverencias, tras hacerme una se marcha.

No me apetecía ninguna compañía. Sinceramente, aunque le haya dicho a Twig que tengo todo bajo control, no sé si seré capaz de sentarme con él y fingir que aprecio verlo tragar el desayuno.

Eso solo me sale de manera natural con el rey, y cada vez me cuesta más hacerlo.

El sonido del aleteo de unas alas hace que me incorpore. Me coloco en el asiento para adoptar la figura que se supone que debe de tener la princesa de Eryas. Al menos, eso es lo que me dice la profesora Charmglow en protocolo.

—Princesa Eladriel —Tien se inclina con una amplia sonrisa que parece irreal.

—Buenos días, Tien —asiento. Le indico con la mano que se acerque—. Siéntate a desayunar, te vendrá bien antes de ir a las orillas a entrenar a los lobos.

Tien se acerca. Toma asiento tras haber decidido dejar poca distancia entre nosotros, aunque tenga el suficiente espacio como para sentarse dos sitios más allá.

El cosquilleo que siento en el estómago al tenerlo cerca me quita del todo el apetito.

El trozo de pastel que es mi favorito desde que tengo uso de razón ahora luce del todo incomible.

Siempre me he sentido incómoda los primeros minutos de la reunión, pero hoy, más que molestia siento apatía y repulsión por él.

De todas las cosas que podía hacer con el poder que tiene, ha elegido destruirme.

Desde que lo dejé en la enfermería no he vuelto a verlo, pero parece bastante reestablecido.

En cierto modo me alegro de que así sea, porque jamás dejaría que su maldad me corrompiese.

—¿Qué tal te encuentras? —le señalo la cabeza sin rastros de la herida—. Te veo bastante… —elevo ligeramente una de las comisuras en otra de mis sonrisas fingidas—. Bien.

—Esos brujos son buenos en su trabajo —se señala la parte donde debería de haber una herida durante al menos dos días o más si lo hubieran curado las enfermeras con ungüento—. ¿Lo ves? No hay nada.

Hoy está especialmente sonriente y feliz, se ve relajado. Con energía. La mayoría de las veces es alegre y le gusta hacer bromas, pero suele estar igual de nervioso que yo al inicio. Supongo que porque conoce a la perfección que odio que me impongan cosas, y él es una de ellas.

—Los brujos hicieron un buen trabajo. Escuché que el teniente es el segundo mejor sanador de Néferien —sonrío nerviosa, con cierta temblequera difícil de disimular.

Todavía no he sido capaz de dejar de pensar en Azohr, y la sonrisa de Tien solo me transporta a todas las que él me dedicó el otro día.

El cosquilleo ha cambiado. La idea de rechazo que tenía hace tan solo unos segundos acaba de transformarse en una nostalgia tan encantadora, que me arranca una sonrisa solo por su recuerdo.

Ojalá fuese él quién pudiera acompañarme en el cenador. El pastel de cereza sabría como la primera vez que lo probé.

—No me inspira ni una gota de confianza ese tal Bradosck —Tien no tarda ni un segundo en mostrar el desprecio que siente por la raza bruja.

—¿Por qué? —frunzo el ceño intrigada por ese repentino alarde de sinceridad—. Te salvó la vida.

—Lo que mi padre y los otros canciliers hablan sobre él no es bueno —Tien utiliza un tono tan serio y me mira de forma tan profunda, que en cierto punto hasta consigue erizarme la piel—. No volverás a buscarlo.

La última de las líneas que podía cruzar.

Una orden. Este estúpido con ínfulas de príncipe me ha dado una maldita orden como si fuera una de sus bestias que le obedecen sin rechistar.

Sin saberlo acaba de sentenciarse. Jamás permitiría que otro hombre me tratara por el resto de mi vida como lo hace mi padre.

—Quiero hablar contigo —sentencio.

Tien sonríe ampliamente. Como si hubiera llegado el momento que tanto ha deseado toda su vida.

—Solo tengo oídos para la princesa —el hijo del cancilier sonríe mientras se frota las manos.

—Sé que has hablado con Rani —espero que esto sea suficiente para que diga la verdad.

—¿Cuál se supone que es el problema? —se encoge de hombros tras estirar una mueca de indiferencia—. ¿No es lo que querías? Dijiste que tenía que acercarme a ellos.

—¿Una boda? ¿Crees que hablar de nuestra boda es acercarte a ellos? —curvo las cejas con ira.

—Mi padre pensó que era algo digno de contar. Le pareció un buen momento —sonríe orgulloso. Como un príncipe haría.

—¿Y desde cuándo tu padre organiza los compromisos de la princesa? —estiro el cuello. Me cruzo de brazos.

—El cancilier solo cumplía tus deseos —estira las cejas en un gesto de seriedad absoluta.

—Tú sabes la verdad. Sabes que no hemos hablado sobre ningún compromiso —mis ojos se vuelven tristes.

Mi mirada se torna tan pesada como la decepción.

—Creo que después de la última noche que pasamos juntos, no era necesario hablar sobre ello —Tien habla con calma, con una seguridad que estremece.

—La última noche tuvo lo mismo de especial que cualquier otra —niego—. Ni siquiera fui yo quien deseó ese encuentro, no puedes negarte esa verdad.

—Eladriel, debes escucharme —alarga el brazo para cogerme la mano, pero la retiro antes de que pueda hacerlo—. Debes de estar asustada por la caída del otro día…

Su semblante de indiferencia ante lo que le acabo de confesar, que intente hacerme creer que estoy confundida… La sangre nunca corrió dentro mía con tanta furia. Si le dejo que continúe hablando conseguirá que pierda la cabeza.

—¿Crees que lo que tengo que decir no importa? —me levanto. Alzo la voz al bordear la mesa para colocarme frente a él—. ¿Tanto poder crees que tienes sobre mí?

—Claro que importa, pero yo creí que… —Tien titubea sin saber muy bien que decir.

—Tú sabes perfectamente que si esa afirmación llega a los oídos del rey, no hay vuelta atrás para mí —estiro el dedo con el que le señalo.

—Los reyes ya están enterados de todo, Eladriel… —Tien hace silencio, agacha la mirada. No sé muy bien si se siente avergonzado, o satisfecho—. Lo siento.

En ese momento, un escalofrío recorre mi columna vertebral y baja por el resto de mis huesos hasta tocar el suelo. El hecho de que lo sepan no sé en qué posición me deja. Ni cuáles serán las consecuencias. Ahora solo quiero saber si ha sido él quien ha ejecutado todo el plan.

—¿Quién? —me inclino sobre la mesa. Mis pupilas se expanden sobre él—. ¿Qué es exactamente lo que saben?

—Sé que mi padre tuvo una reunión con el rey Eliot y la reina Olet. Abordaron algunos temas del reino y en un momento tu padre preguntó acerca de nuestra relación, y… —Tien desliza la lengua por su labio inferior—. Digamos que mencionó que la boda podría celebrarse pronto si daba el visto bueno.

—¿Cómo podría tu padre saberlo? —me dejo caer aún más—. Nuestros encuentros siempre se producen a solas. No hay guardias.

Tien guarda silencio por unos segundos. Aparta la mirada mientras mueve la pierna de manera incesante. Finalmente, golpea con fuerza el asiento con las manos para ponerse en pie.

—Mi padre siempre lo ha sabido todo —Tien se confiesa tras un estallido de voz.

Camina sobre el suelo helado del cenador con la expresión del rostro turbada.

—Nos vio despedirnos con un beso la última vez cuando me acompañaste a la puerta del palacio —Tien me dedica una mirada fugaz.

—Tú fuiste quien me besó —musito. Detengo la mirada sobre la suya—. Tú sabías que estaría allí.

—Eso lo mejor para los dos —voltea. Deja caer los brazos sobre su cuerpo—. Piénsalo por un momento, tu padre seguirá obligándote a verme. Yo soy el mejor príncipe para ti y para Ravenbell.

Estoy tan enfurecida, decepcionada, que me va a resultar bastante sencillo decirle que nunca he querido ser nada suyo.

—Tien. No debí unirme a ti jamás —nuestras miradas se encuentran, pero la mía está llena de una verdad que calma—. Nunca mientras viva aceptaré un compromiso contigo.

—¿Por qué no? ¿Crees que no recuerdo como te agarrabas a mi espalda cuando te hacía mía? —el hijo del cancilier ladea la cabeza con ligereza—. Puede funcionar.

—El deseo no es suficiente —le hago un gesto con la mano para que se detenga.

—Entonces, ¿qué necesitas? —brama Tien. Adopta un semblante que nunca había visto.

—Amor —me quedo inmóvil ante sus movimientos. Ni pestañeo—. Algo que tú nunca podrás darme.

—Puede forjarse con el paso del tiempo Eladriel. Yo ya… —balbucea. Sacude la mirada hacia los lados—. Yo ya te quiero.

—No, Tien. Tú no me quieres. Tú estás enamorado de la idea de ser príncipe —vuelvo mi rabia en el tono de voz—. Y yo no estoy dispuesta a pasar una eternidad sumida en una condena para cumplir tus deseos.

—Eso es algo que no puedes decidir, Eladriel. Y lo más humillante para ti en este momento es que lo sabes —Tien pone los ojos en blanco.

En la boca de mi estómago, ese gesto se ha sentido como si ya se declarase vencedor. Como si ya supiese que me tiene apresada entre sus anhelos.

—Entonces me cortaré el cuello si eso significa librarme de un hombre como tú —arrugo la nariz.

Paso por su izquierda hasta llegar al primer escalón del cenador.

Despliego las alas y me lanzo al vuelo antes de que coloque el labio para lanzarme una crítica.

Mentiría si dijese que no me siento dolida y con angustia.

Con miedo. Tien me ha proporcionado, aunque haya sido mentira, todo el cariño que Twig me ha negado por jerarquía.

Ver que se muestra indiferente frente a todo lo que hemos hablado quiebra por completo esos recuerdos a los que me he aferrado tanto tiempo para ser feliz.

También ha roto la esperanza del cambio en palacio.