Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 5. El despertar de la princesa.
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5. El despertar de la princesa.

(Eladriel)

Hoy, a diferencia de otras mañanas, el cálido sonido de la voz de Twig acompaña al sonoro toc de los golpes. Usa un tono más cariñoso de lo que acostumbra. Seguramente no se atreve a decirme que, de no presentarme en el comedor para el desayuno de hoy, tendré consecuencias que no me gustarán.

Las prefiero a sentarme a contemplar como el rey engulle y se dedica a lanzarme palabras de mal gusto ante sus lacayos. Los mismos a los que luego obliga a inclinarse ante mí como si nada de lo que ha dicho tuviera validez.

—¿La princesa Eladriel me escucha? —Twig golpea nuevamente. Aún conserva ese tono dulce que tiene esta mañana.

Si lo que desea es tranquilizarme, debería de llamar apresurado y con fuerza como siempre. Así solo consigue que un escalofrío me estremezca. Además. ¿Qué es eso de llamar con tanta insistencia?

—Twig, ya hemos hablado sobre esto —resoplo con resignación.

Mi tono serio contrarresta del todo con el suyo. Imagino que eso es lo que le ha hecho abrir la puerta sin pensarlo, y asomar la cabeza para buscarme con la mirada antes de entrar por completo.

—Mi princesa —Twig entra apresurado. Se coloca la librea mientras camina hacia el centro de la habitación—. ¿Por qué insistís en que muera en este palacio?

—No digas eso —frunzo el ceño molesta—. Sabes que habría desistido de la idea de vivir si no fuera porque tengo tu compañía.

—Entonces no os empeñéis en que pase sin vuestro debido permiso, hay guardias que no piensan lo mismo que vos —se mantiene con los brazos por delante.

Con la mirada conectada con la pared en vez de conmigo, que estoy deseando recibir el hermoso brillo de los suyos.

—Y tú limítate a cumplir las órdenes de tu princesa y deja de preocuparte por lo que piense el resto de lacayos —me levanto de la cama apresurada por colocarme frente a él en espera de su atención.

—No me preocupa el resto de personal, mi princesa —Twig conecta la mirada con la mía—. Del que tengo miedo es de vuestro padre y no es por mi vida. Morir me alejaría de vos.

—Yo jamás permitiría que eso ocurriese —el brillo de determinación en mis ojos debería de ser suficiente para convencerlo, pero nunca lo hace.

—Muy bien sabéis que vuestra palabra no tiene validez ante el rey —suspira—. Precisamente por eso, la princesa debe dejar de insistir en esas peticiones tan descabelladas.

—Lo que es descabellado, es que la criatura que más quiero de este reino tenga que hacerme una reverencia cada dos minutos, y hablarme como si no me conociera desde que esbocé el primer llanto —cruzo los brazos con una chispa de molestia en la mirada.

Supongo que, ante él, nunca pude dejar de comportarme como una niña.

El problema es que esa pequeña hada a la que tanto apopaba entre sus brazos creció, y ahora es uno de los objetivos centrales de su padre.

Quizás, le pida demasiado al ordenarle que se comporte como si fuera alguien de los altos que nombran los dioses, pero yo todavía sigo necesitando esos abrazos.

—No encuentro nada malo en la forma de dirigirme a vos, mi princesa. No debéis olvidar nunca lo que sois —asiente sonriente—. Lo que llegaréis a ser algún día.

—Si te dijese que preferiría no ser quien soy con tal de recuperar tu cariño, ¿me creerías? —le busco con la mirada de forma incesante para que sepa que mis palabras son un pozo de verdad. Que están empujadas desde lo profundo de mi corazón.

—La princesa es necesaria en Ravenbell. Puede que el pueblo necesite la bondad que solo vos podéis ofrecerle —agarra mis manos para acercarlas a su torso, las acaricia de forma cariñosa—. Utilizad lo que sois para hacer lo que tenéis que hacer.

—Mientras el rey siga con vida, yo no podré actuar —agacho la mirada para besar sus manos—. ¿Me convierte eso en alguien egoísta?

—¿Por qué debería de pensar eso de mi princesa? —Twig me mira enarcando las cejas.

—Por desear no ser princesa aun sabiendo que el pueblo pagaría las consecuencias —trago mi propio remordimiento.

Desde que el teniente se cruzó en mi vida hace dos días, la idea de dejar de ser princesa no solo ronda por mi cabeza con más ganas que nunca, sino que cada vez me parece menos insensato.

—La princesa Eladriel es joven y todavía no ha encontrado su propia voz. Pero estoy seguro de que, cuando lo haga, deseará ser princesa con toda su fuerza para hacer justicia —su mirada cariñosa y sus caricias tiernas evaporan mis nervios y me llenan de confianza.

Me entristece hablar de mi padre y no sentir nada.

No tengo ni un solo recuerdo en el que me haya dedicado una sonrisa, ni una mota de alegría al verme aparecer ante él.

Aún hay imágenes nítidas en mi mente de la vez que me abracé a su pierna cuando uno de los pegasos se descontroló y casi nos embiste.

Solo pudo sacudirla para que lo soltara y así poder continuar con su camino.

Yo solo tenía cien años. Y, sin embargo, jamás puede olvidarlo.

Por el contrario. Twig, un simple lacayo que la única conexión conmigo que tenía era la obligación y un plato de comida, se ha desvivido por hacerme sentir, al menos, algo válida.

A veces me pregunto qué significamos para él.

Me sorprende que no sienta culpa. Hace tiempo que desistí de la idea de que estaba loco por mucho que sus acciones me dijeran lo contrario.

Él dibuja una sonrisa de satisfacción cuando por fin consigue ver el miedo en nuestros ojos y nunca ha mostrado indicio alguno de arrepentimiento.

Eso solo puede hacerlo la más firme lucidez.

—Os tocará tomar muchas decisiones difíciles —Twig aprieta mis manos y siento el calor de las suyas.

—Todavía no estoy segura de cuál es la decisión correcta —le devuelvo el apretón mirándolo a los ojos—. Hay una que ansío tomar.

—Estaré aquí para acompañaros en el camino que elijáis. Y si es necesario, os daré el empujón que necesitáis para lograrlo —su sonrisa contagia al brillo de sus ojos—. Como siempre.

—Debería vestirme, ya sabes lo estricta que es la profesora Ilta con la puntualidad —me aparto para limpiar algunas lágrimas de emoción que comienzan a brotar.

—Entonces, ¿os espero en el comedor para desayunar? —Twig recupera la postura tiesa del protocolo.

—¿Qué tal si me sacas un trozo de pastel de cereza al cenador del invierno? —arrugo la barbilla. Uno las manos a forma de súplica.

—Esperadme allí —asiente tras haber dudado por unos segundo—. Me encargaré de hablar con su majestad.

Twig me dedica una reverencia antes alejarse hacia la puerta.

Cierra la hoja. Me acerco presta al baño para refrescarme la cara con un poco de agua antes de ponerme el uniforme, intacto desde que me lo confeccionaron.

Es resistente a los golpes e impactos. La Diosa Essoi lo creó con luz de la luna.

Eso lo convierte en el material más resistente del reinado.

Me permite moverme de forma sigilosa, como si me desvaneciera en la sombra, y me proporciona mayor agilidad y reflejos.

Me trenzo la parte superior del pelo, peino las ondas de la parte de abajo.

Me calzo y salgo de la habitación. El guardián del torreón, Aemid, se inclina al darme paso.

Permanece inmóvil hasta que bajo los primeros escalones.

Espero encontrarme con la menor cantidad de criaturas posibles, las sonrisas amplias y las miradas invasivas no son lo que más me agrada a primera hora.

Los guardias me abren la puerta cuando termino de cruzar el pasillo y salgo a la brisa suave de la mañana, la cual recibo como una caricia.

El jardín tiene los colores más vivos que nunca debido a la primavera.

Aunque todos los cenadores lucen antojadizos, el del invierno es mi favorito desde siempre; encuentro belleza en los blancos y azules que lo componen.

Poder ver como cae nieve cuando la calor es intensa en los meses de verano es un privilegio que pocos pueden tener.

—Buenos días, princesa —Mylo, uno de los guardias más jóvenes, me hace una reverencia tras golpear el suelo con la lanza.

—¿Mylo? —arqueo las cejas extrañada—. Tus guardias son nocturas esta semana. Yo misma establecí las rondas con el hijo del cancilier Drieden.

—El mismo joven Mémberin fue quién me impuso el castigo cuando se me cayó la lanza en la toma de guardia —su mirada se aparta avergonzada.

—Retírate y pide a Velenwil que te sustituya —ordeno.

—Princesa —da un golpe con la lanza. Une la mano al pecho—. Sé cuáles son los límites de vuestra ayuda.

—Es una orden Mylo. Yo soy la princesa, no él —sentencio con un gesto implacable.

Mylo golpea de nuevo la lanza y se inclina antes de desaparecer. Tien ni siquiera vive en palacio, pero cada vez tiene más poder. Puede que mi padre no le niegue ni un poco de esa autoridad que cree poseer, pero yo no pienso dejar que él también se dedique a causar terror en mi nombre.

Paseo por el camino de piedra lisa de la pasarela del jardín hasta que, al llegar a la entrada del cenador, algunos copos comienzan a caer sobre mi cuerpo.

Lo inmaculado de este lugar me transmite una paz que las paredes de Eryas no puede a pesar de tener el mismo color.

Desde que comienzo a ver las enredaderas secas alrededor de las columnas y el techo completamente cubierto por un manto pesado de nieve, toda la sensación de desorden desaparece.

La luz amarilla del centro es suficiente para aportar la calidez necesaria a mis pensamientos.

—Princesa —la voz de Twig me abstrae de la belleza del lugar.

Me doy la vuelta sobresaltada a pesar de conocer su voz. Ha llegado tan silencioso y rápido, que no lo he escuchado.

—¿Dos trozos? —le sonrío de forma tensa por el susto. Todavía respiro algo agitada—. ¿Te quedarás a desayunar conmigo?

—El rey Eliot ha accedido a que desayunéis en el cenador del invierno, pero ha ordenado que Tien os acompañe —carraspea Twig.

Sus brazos tiemblan por el peso del desayuno en la bandeja. Se acerca veloz para dejarla sobre la mesa.

—¿Y no te has opuesto? —pregunto incrédula.

Sigo sus movimientos con la mirada abierta y los labios separados.

—¡Por supuesto! —se pone recto tras ajustarse la ropa. Sujeta las manos al frente—. Pero no ha servido para nada.

—No puedo creer que tenga que desayunar con él —paso las manos por mi cara con frustración—. Prefiero desayunar en el calabozo en compañía de los ladrones.