Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 4. El reino de Néferien. #6
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4. El reino de Néferien. #6

Reviso la carta de nuevo. Sujeto la copa para llevármela a la boca y beberme todo el contenido de un sorbo.

Suelto las dos cosas sobre la mesa antes de abandonar apresurado el comedor.

Me ajusto las correas de la armadura en el pasillo, me aseguro que todas las armas estén bien escondidas.

Sí a la del muslo, sí a las del interior de la bota, sí a la de la cadera…

Y sí a las cuatro que rodean mis costillas y que son fáciles de desenvainar por los laterales de la armadura.

Los guardias abren la puerta y corro por el puente hacia el campo de los fénixes.

Hai despliega las alas en cuanto me ve poner un pie sobre la hierba, y no me deja avanzar ni dos pasos cuando se lanza al vuelo agitando su cola larga en forma de basto espinado.

Chilla al grupo que están junto a él inmóviles, pero fijos en nosotros.

—Debemos buscar a Gandar —le ordeno mientras escalo el ala a toda velocidad sujetándome a sus plumas.

—¿Qué sucede? —Hai se lanza al vuelo antes de que esté en la silla.

—Hemos recibido una carta de parte del rey Wild advirtiendo sobre un soldado un tanto peculiar —me coloco en la grupa.

Estiro las riendas para aumentar la velocidad. Hai cede cuando siente que estoy bien sujeto.

—¿Al mercado? —grazna Hai.

—Lo conoces. No creo que Gandar haya ido a su casa —sonrío.

—Nunca sabes responder con un simple sí —Hai chilla con retintín.

El fénix acelera el vuelo. Sobrevolamos el pueblo de Brenshire antes de tomar el desvío del bosque de los susurros.

Aprovecho el trayecto para vigilar que todo bajo nosotros se encuentra bajo control.

Sólo hay silencio. Los cerdos y las gallinas no se ven correteando por los corrales.

Las antorchas iluminan las calles vacías y solo algunos brujos, cuyos pasos serpentean más que siguen una línea, caminan por ellas.

El bosque también parece en calma. Los animales están aletargados a estas horas, por lo que el silencio reina entre los árboles y plantas. Cualquier ruido sería mucho más identificable. Hai desciende cuando llegamos a la costa sur, vuela cerca de la arena del muelle principal de Órianth.

El aire frío huele a sal cuando nos acercamos a la zona que linda con el mercado.

Los puestos están cerrados a estas horas de la noche, y al final de todos ellos se puede observar una puerta negra con un símbolo que cambia de forma de manera constante entre un mazer y un jack. La posada de los cuervos.

Hai desciende justo en el muelle sin guardar las alas.

—Sobrevuela la zona —poso la mano sobre su cuello—. Nada de actuar en soledad si ves algo fuera de lo común.

—Tres chillidos seguidos es la señal —grazna.

Me sujeto con fuerza al extremo superior derecho de su ala aprovechando su impulso para bajar.

Cuando entro en la posada, el sonido de las notas de la cornamusa y el bohdrán camufla en su mayoría el ruido de las voces de los asistentes.

Ocupan todas las mesas de la fonda. Las jarras de madera golpean la mesa del mismo material de manera feroz al compás de los golpes de tambor mientras brujos mueven y alzan sus bebidas.

Dejan caer chorros de cerveza de la montaña y de vino de las cenizas al suelo.

Cruzo entre la multitud. Bordeo el gentío que se agolpa alrededor de los brujos músicos, muevo la cabeza sobre los hombros de la multitud reunida en el centro en busca de Gandar.

Suele estar sentado en una de las mesas más alejadas del bullicio, pero cercanas a donde el posadero sirve los arenques y la bebida.

Un par de brujos que rozan la ancianidad, y que se tambalean hacia los lados cuando brindan, se abalanzan contra mí para atraerme hacia ellos al grito de fuerza.

Los aparto de un empujón ágil. Uno de ellos se reincorpora con rapidez para presentar batalla, pero me dedica una reverencia al ver mis ropas de teniente.

A duras penas veo como Gandar sonríe al llevarse una de las jarras de la mesa a la boca. El ambiente está tan cargado, que incluso impide ver con claridad todos los rincones de la posada.

—¡Apuesto cinco vines a que Éboxen gana! —Gandar estira el brazo con la mano hacia arriba con una sonrisa pícara.

Muestra unas monedas que atraen la atención de todos.

—Vamos viejo —dice Kerón a medias, el brujo que casi me tira encima la bebida al brindar—. Ese inepto lleva seis días sin probar bocado.

—Entonces eso no te impedirá apostar contra mí —el hechicero se levanta con la agilidad que se fuerza por mostrar, y se apoya en su bastón junto a los brujos que vitorean la pelea.

—Solo he querido advertirte de que vas a perder tu dinero, no me gustaría que pensaran que me aprovecho de un pobre ciego —Kéron sonríe y nos deleita con su asquerosa dentadura.

Uno de los brujos del centro sujeta a su contrincante con unas enredaderas que brotan a través de los listones de madera que conforman el suelo.

Gandar toma asiento en una de las sillas de madera llena de astillas que está en la mesa donde Éboxen se encuentra observando la pelea.

Se inclina con una sonrisa astuta. Le clava sus blancos ojos de manera que consigue hacerlo sentir intimidado.

—Levántate y lucha —Gandar golpea sus tobillos con la vara.

Yo observo la situación cruzado de brazos. En silencio, pero con una sonrisa.

—¡Estás loco! No pienso luchar contra Larabé —reclama Éboxen con la frente arrugada.

—Si te ofreces voluntario, todo lo que saque con la apuesta será para tí —Gandar suelta las monedas que había enseñado antes sobre la mesa—. Por poco que apueste, serán al menos ciento cincuenta vines. Tendrás para muchos días de comida con eso.

—Sus hechizos son los más peligrosos de los brujos de magia verde, casi rozan la magia negra —Éboxen niega. Se reclina en el respaldo de la silla.

—La confianza es la mejor arma —Gandar duplica la cantidad de monedas sobre la mesa—. Ahora podrías ganar el doble, trescientos vines.

—Hecho —Éboxen recoge las monedas bruscamente. Hasta deja caer algunas—. ¡Me presento voluntario!

El brujo se levanta de un salto y eleva el brazo con seguridad.

Todos los de alrededor lo observan. Sueltan una carcajada que lo ruboriza.

Larabé, que acaba de derrotar a su rival más fuerte, da dos pasos al frente con la cabeza inclinada hacia delante y la mirada fija en su nuevo objetivo.

Los dos se colocan en posición recta, con los brazos separados del cuerpo.

—Spinae volant —Éboxen mueve el brazo de forma veloz en un círculo y cierra el puño antes si quiera de que el duelo haya empezado.

Las espinas de las ramas que sujetaban al anterior brujo salen disparadas contra Larabé, que apenas tiene tiempo de moverse para esquivarlas.

Acaba retorciéndose sobre una de las mesas.

La parte delantera de su cuerpo cubierta de heridas sangrantes se cura a gran velocidad cuando el brujo se pasa la mano por el cuerpo.

Se levanta con movimientos torpes. Ruge quejidos que cada vez suenan más bajos, vuelve a colocarse frente a él con la cara llena de furia.

—Oculi hederae —grita Larabé.

Une su dedo pulgar con el anular y moviendo la mano hacia abajo con fuerza.

Los ojos de Éboxen comienzan a llenarse de hiedra. Sus gritos suenan tan altos, que los músicos dejan de tocar para observar la escena. Gandar observa con una sonrisa todo lo que sucede mientras los brujos de alrededor aplauden.

—Atácale desde dentro —sugiere Gandar a Éboxen.

El brujo asiente. Respira y deja de arrancarse los brotes que salen de los lagrimales. Toma aire para concentrarse en atraer todo su poder para sobrevivir. Deja que flore su instinto de supervivencia.

—Insecta crescite —espeta Éboxen. Conecta el dedo índice y el anular.

Larabé comienza a convulsionar y cae al suelo sacudiéndose con fuerza.

Con las manos pegadas a sus piernas. Una especie de pequeñas cucarachas comienzan a salir de sus oídos y fosas nasales junto a líquido escarlata que se cuela por las rendijas de las tablas del suelo.

De todos los agujeros naturales que tiene su cuerpo.

Intento acercarme para ayudarle, pero Gandar me lo impide negando con la cabeza en un gesto serio.

Nadie interviene. Larabé continúa moviéndose con fuerza ante la atenta mirada de los presentes por unos minutos.

Hasta que finalmente su piel se llena de venas azules y sus labios se agrietan antes de morir.

Éboxen es el nuevo campeón de la posada.

Pero solo él lo celebra dando saltos y exigiéndole a cada uno de los apostantes sus monedas mientras sacude su mano con sorna delante de ellos.

Y Gandar no puede evitar esbozar una sonrisa tan amplia, que podría decir si no lo conociera que se encuentra extremadamente gratificado ante este espectáculo.

Nunca me han gustado estas peleas y no sabía del gusto del hechicero por ellas. Ninguno de ellos sabe lo que realmente significa luchar.

—¿Se puede saber a qué ha venido esto? —me inclino hacia un lado para bajar la voz.

—Estaba harto de ver como ese arrapiezo elegía a las víctimas más débiles para luchar —niega. Lanza una última mirada al cadáver de Larabé sin mostrar emociones. —Éboxen es una criatura hambrienta y eso da mucho poder.

—Pero… —arrugo la frente sorprendido-. ¿Dejarlo morir?

—He visto como ha batido en duelo a niños —el hechicero sonríe de medio lado—. La muerte que ha elegido para él es la justa.

—Entonces podríamos habérselo servido a la criatura que está matando a los enanos —suelto casi sin pensar. Aprieto la mandíbula mientras miro el cuerpo inerte de Larabé.

—¿El soldado de los espíritus? —pregunta Gandar con el semblante completamente serio.

—¿Cómo sabes que…? —pregunto antes de recordar que mi querido amigo puede ver el futuro—. Entiendo.

—Hace exactamente doce días —Gandar sortea el cadáver de Larabé mientras vuelve a su mesa.

—¿Por qué no avisaste a Wild? —elevo la voz mientras trato de seguirle el paso—. Sus soldados podrían estar vivos en este momento.

—¿Por qué te empeñas en olvidar que no puedo intervenir en el destino? —Gandar toma asiento.

—¿Entonces para qué sirven tus estúpidas visiones? —golpeo la mesa con contundencia al dejarme caer en la silla vacía a su lado.