4. El reino de Néferien. #4
Unas instrucciones bastante sencillas de seguir.
Indicaban que, tras tomar el contenido del frasco, iba a sentirme confundido por la manera en la que aquello oculto en mí, saldría.
Así que, lo tomé sin dudar. Al fin y al cabo, yo era el más interesado en conocerlo.
Al instante, las sombras de mi magia negra me envolvieron para protegerme contra las que el hechicero había enviado a susurrarme palabras que rompían mis recuerdos o los confundía.
También contra las llamas de fuego que emanaban de las orzas de metal de las esquinas.
Ese olor debía hacerme olvidarla por completo.
Estuve tres días en ese lugar. Tras beber hasta tres frascos de elixir a cada cual más grande, Gandar desistió de seguir con el proceso.
Decía que mi magia tiene el deber de protegerme y yo no puedo hacer nada por evitarlo, seguir insistiendo en ello era algo peligroso.
Podría atreverme a decir que algo funcionó si no fuera porque, cuando Yeziel ha dicho su nombre esta mañana, casi tiro la espada con la que estaba entrenando en el patio interior.
—Entonces solo puedo desearte que tengas cuidado con el camino que has elegido —Gandar eleva la cabeza. Su semblante me intimida—. Romper el sistema no ha traído consecuencias buenas a ninguna criatura.
—Estoy listo para las que sean —le lanzo una sonrisa de determinación. Me tomo la copa de un sorbo.
Gandar me lanza una mirada penetrante acompañada de un silencio profundo antes de retirarse del cuarto.
La chimenea desaparece en cuanto cierra la puerta, pero el calor se mantiene por todo el ambiente como si todavía estuviera aquí.
Su insistencia es aburrida y enternecedora al mismo tiempo.
Admito que logra asustarme cuando menciona la muerte, a alguien cercano atravesándola, pero también tuve miedo de otras cosas que ahora no significan nada.
Él está enfadado. Entiendo que debe de resultarle tremendamente hiriente a todo su poder que me atreva a desafiar su sabiduría y sus advertencias.
Aprovecho su ausencia para adecentarme antes de que llegue la hora de bajar a cenar con el príncipe.
Un poco de agua ayudará a despejarme. Entro dentro del baño de mi habitación, me aparto la camisa y la tiro en un lado antes de agarrar el cuenco de metal que flota en el barril de madera.
Aros y puntas aseguran su aguante. Me limpio la sangre de los brazos, el cuello, y algunas pequeñas manchas que no recuerdo como han llegado a mi cara.
Me desabrocho los pantalones para lanzarlos al mismo lugar al que he tirado el resto de la ropa, y vuelvo a lanzarme agua.
Se tiñe de rojo según cae por el cuerpo.
Un golpeteo tímido me interrumpe. Guardo silencio, me mantengo inmóvil… Solo el golpeteo del agua contra el suelo perturba el sonido de la quietud. Espero que si es una criada, no se atreva a entrar.
—Señor — la voz fina de Ilevyn atraviesa la madera.
Es una de las criadas de Ebhan, su timbre de voz es inconfundible.
—Su majestad os espera en el comedor para la cena —declara la mujer.
—Gracias, Ilevyn—titubeo nervioso mientras me apresuro con el agua por el resto de zonas e intento alcanzar la toalla—. Solo tardaré dos minutos.
Nadie contesta. Muy propio de las criadas de este castillo no hablar más de lo necesario.
Me seco rápido. Me coloco una camisa limpia.
Paso las manos por la cabeza en movimientos veloces entrelazando algunos mechones con los dedos para utilizarlos de peine.
Ciño el cinturón al tirar de la correa. Ajusto la armadura con cuidado de que el mango de la daga quede disponible, y coloco la oficial en el tahalí antes de partir hacia el comedor.
Desde que vinieron a buscar a mi padre y a Draegor no salgo de la habitación sin ellas.
Bajo las escaleras y tomo el camino de la derecha.
Ebhan me espera con una amplia sonrisa que ilumina su cara a pesar de la imponencia que le otorga el pelo de su capa alrededor del cuello.
Está sentado en la zona presidencial de la mesa del comedor, en el sillón de terciopelo verde presidencial.
Justo al lado de donde está dispuesta mi cena.
Se le ve feliz. Parece que su reunión con el rey enano Wild ha ido bastante mejor de lo que esperaba.
Por como pincha la carne de ciervo y la zanahoria para llevárselos a la boca en un contundente bocado, las noticias que trae deben ser realmente buenas.
Camino por el salón, por la parte más cercana a la chimenea.
Cierro los ojos cuando una pequeña brisa de aire me embriaga del recuerdo de la princesa y me hace mirar el sofá.
Mientras, me ajusto la correa de uno de los brazaletes en un intento de disimular lo ridículo que encuentro lo que acaba de suceder.
Levanto la ceja al ver las dos botellas de vino descorchadas y vacías sobre la mesa.
—¿A qué se debe tanta alegría? —señalo el conjunto de botellas hundiendo la mirada en Pénedien, el lacayo del príncipe—. ¿Cuántas les has dado?
—Hoy tenemos motivos para beber, teniente —el príncipe levanta la copa y apunta en mi dirección.
—En eso estamos de acuerdo —asiento. Agarro la copa para elevarla en su honor—. ¿Hay buenas noticias?
—Oh, vaya que sí… —pincha de nuevo un trozo que se lleva a la boca. Sonríe ampliamente según mastica—. Dignas de celebración, de hecho.
—¿De Bhulkahdur? —doy un trago a la copa servida mientras tomo asiento—. Wild me comentó que tenía intenciones de abandonar el trono, pero no sé si lo haya decidido con tanta celeridad.
—En efecto. Él mismo me ha expresado hoy la decisión de partir a las islas de Aeranthos junto a Marbet tras la coronación de su hijo —Ebhan sujeta la copa en espera de tragar para darle un sorbo—. Borin ha comenzado con los preparativos hace dos semanas.
—El príncipe fue el primero de su año en la prueba de forja, y su precisión con la ballesta es admirable —corto un trozo de carne y la pincho—. Parece que Wild se ha tomado el trabajo de dejar todo bien atado antes de irse.
—Desde luego —Ebhan sonríe. Asiente al tiempo que se limpia la boca con la servilleta de tela—. El reino enano tendrá una celebración a la que estamos invitados.
—¿Cuándo será? —arrugo el entrecejo.
—Dentro de cinco días —confiesa el príncipe.
—¿Deseas que asista? —le pregunto sin levantar la vista del plato.
—Debes asistir —ordena Ebhan con una mirada firme.
—Bien, os acompañaré —asiento sin oponerme...
—Azohr —carraspea Ebhan. Suelta con cuidado la servilleta—. No solamente visité a Wild, también estuve en Carsley.
—¿Hay algún problema con la reina? —recoloco la postura en el asiento apenas lo desvela.
—No, nada de problemas en esta reunión —ríe. Se recuesta sobre el respaldo de su sillón—. Estuvimos hablando sobre los acompañantes.
—¿Has pensado en alguien que te acompañe a bailar en esta ocasión? —elevo las comisuras en una sonrisa burlona.
—En realidad… —dibuja una sonrisa tímida—. Efaris y yo hemos hablado sobre mi hermana Shaqia y tú.
La carne se me queda trabada hacia la mitad de la garganta al tragar justo cuando me relaciona con su hermana.
Me doy un par de golpes con el lateral del puño en el centro del esternón.
Busco desesperado la copa con la otra mano.
Toco el metal de los cubiertos y las dobleces de la servilleta antes de llegar al frío del cristal trabajado para beberme todo el contenido de un sorbo.
Esa sensación de ahogo no desparece. Ebhan se inclina hacia delante al verme toser, pero se detiene.
Por qué me relaciona con la princesa de magia negra…
Se supone que Gandar no se fue de la lengua sobre mis dones ocultos.
—¿Shaqia y yo? —digo todavía entre golpes de tos—. ¿Por qué?
—La princesa de Émaxor se ha mostrado interesada en contraer nupcias. Quiere honrar todo lo que mi padre hizo por ella —sonríe nostálgico.
Eleva la mirada hacia el cuadro largo al frente de su silla donde aparecen el rey Draegor y su madre, la reina Rosemind.
—Eso suena muy bien, estoy seguro de que tu padre estaría feliz —humedezco los labios al ver que guarda silencio—. Pero, ¿y yo?
—Bueno… Quiero decir… —Ebhan se rasca a nuca. No me mira, en cambio, sigue observando la pintura—. Efaris cree que es una buena idea que tú y ella… —rueda los ojos a la derecha ante mi rostro expectante—. Le parece una buena opción que seas quién tome posesión del trono de Éxavor junto a Shaqia.
—¿Qué? —abro los ojos como platos. Dejo caer de golpe el tenedor.
El silencio se apodera del ambiente. Ebhan señala las copas de vino con una sonrisa incómoda ante la mirada de los criados que rodean la mesa para servirnos. Y yo… Yo solo permanezco sentado en silencio. Observando los movimientos que el príncipe hace mientras ignora mi pregunta descaradamente.
—¡Ebhan! —golpeo la mesa.
—¿Vino? —dice el príncipe ofreciéndome la copa—. Debemos brindar por la brillante idea de la reina.
—Creo que no pensamos lo mismo al respecto —acepto la copa para dejarla en la mesa.
—¿No? Estaba convencido de que iba a parecerte algo maravilloso —sonríe. Eleva la comisura izquierda de la boca.
—¿Maravilloso? —estiro los labios bajo una mueca de ira—. No debí acceder a reunirme con Fiena, te hizo creer que realmente puedes unirme a quién desees.
—Azohr. Ocuparías el trono de Éxavor como príncipe y tendrías poder ilimitado sobre un tercio de Néferien —Ebhan me mira sorprendido. Con las palmas de las manos hacia arriba—. Serías uno de nosotros.
—¿Uno de vosotros? —niego—. Shaqia no es una de vosotros —espeto sin pensar mientras Ebhan aguza la mirada.
—Shaqia es mi hermana y tu princesa. Así la nombró mi padre —aprieta los dientes.
Apoya la copa en la mesa para inclinarse sobre ella con pupilas desafiantes.
—No sabía que para ser considerado tu hermano, necesitaba tener un castillo y gobernar sobre un tercio de Néferien —las mías se expanden furiosas.
El rey Draegor decidió adoptar a la hija de una criada cuando manifestó la magia negra un día mientras jugaba con su hija Efaris.
Habían sido amigas desde pequeñas. Cada mañana corrían juntas por los pasillos.
En el patio interior e incluso en la cocina.
Sabía que perder su compañía sería algo que llenaría de pena el corazón de la princesa, así que planeó decir que la reina había dado a luz a esa pequeña criatura y la habían mantenido oculta por temor.