4. El reino de Néferien. #3
—Sé que mi madre hubiera fallecido en el parto de la misma forma, pero yo habría tenido uno de mis padres vivos —aclaro mi garganta. Aparto la mirada por vergüenza de mis debilidades—. Draegor estaría vivo.
Trato de contener la emoción tornando los ojos a un rojo escarlata.
—Draegor fue quién ordenó a tu padre permanecer en Carsley —el hechicero sentencia firme—. Erios sabía que aquí tendrías una familia si algo llegase a suceder. Un futuro.
—Ebhan es como un hermano, jamás podría negarlo —acepto la botella que me ofrece con media sonrisa y un trago largo—. Pero no formo parte de su familia, y eso nunca cambiará.
—Abre bien los oídos, teniente Bradosck —Gandar se apoya en su vara para levantarse. Camina en pasos lentos—. El rey Draegor, de quien tanto te apena su muerte, estará retorciéndose en las catacumbas ante tus palabras.
Coloca la punta de la vara en el centro de mi pecho. Me mira a los ojos de forma directa a pesar de que sé que no puede ver.
—Él jamás necesitó sentir que tu padre o Lílac eran su familia para quererlos como a un igual —sacude la vara con cuidado sobre mi piel.
Varias veces Gandar me ha contado como mi padre y el de Ebhan se conocieron se conocieron en los caminos de tierra de Carsley.
Ocurrió en su juventud. El rey de Néferien, el rey Draegor, recorría el pueblo un par de días en semana para ver en persona a sus habitantes.
Él siempre ha pensado que hablar con sus ciudadanos era importante para poder mantener un buen gobierno.
En uno de esos recorridos, una criatura más parecida a un niño que a un adulto, vagaba por uno de los desvíos que llevan hacia la fortaleza de Borh.
Cerca del palacio donde vivía el entonces príncipe Draegor con su padre, su majestad Drahkar.
Aquella tambaleante figura llamó la atención de su alteza de manera inmediata cuando vio que se desmayaba.
Se acercó apresurado. Pensó que su desfallecimiento se debía a la falta de alimento.
El joven recuperó la conciencia cuando Draegor sacó su cantimplora aterciopelada y dorada de los fardos del caballo, y dejó caer un chorro de agua sobre sus labios.
Estaban agrietados. Descubrió que su nombre era Erios.
Sus padres lo habían enviado a la fortaleza porque temían ser ejecutados si los dioses descubrían que protegían a un brujo de magia negra en su casa.
Aunque fuera su propio hijo. El príncipe se compadeció de él y le dio trabajo como hornero.
Se aseguró durante todo el tiempo que permaneció en palacio de que nadie supiera la verdad de su condición, le dotó de una vida que jamás hubiese tenido de no haberse cruzado con él.
Le dio la oportunidad de sentirse amado.
Yo no estaría aquí en este momento si hubiese muerto sobre la tierra del camino o hubiera llegado a la fortaleza.
Y de no ser por Ebhan y Efaris, con siete años hubiera tenido que utilizar la calles de Brenshire para sobrevivir esperando que otro príncipe me salvase de la agonía. Ya no me quedaba nadie más.
—Nadie pudo borrar la muerte de su destino —le devuelvo la botella de forma definitiva. Si doy otro trago, no sabré lo que digo—. No todos están listos para cambiarlo.
—¿Tú crees estarlo? —eleva una sonrisa ingeniosa—. Tu cercanía a la princesa así parece dictarlo.
—Eso solo es posible para unos cuántos —río con algo de burla.
Incluso hacia mí mismo por desear que no fuera cierto.
—Una visión bastante pesimista. Y errónea, dicho sea de paso —Gandar ladea la cabeza. Coloca las dos manos sobre el bastón—. Yo también pude hacerlo.
—¿Cómo? —lo miro con un atisbo de esperanza en el fondo de los ojos.
Eso, sin duda, es otra opción. Me gustan las segundas opciones cuando la primera aúlla la palabra muerte.
—Yo también tuve la fortuna de cruzarme con el rey Draegor en nuestra juventud —Gandar deja escapar una sonrisa—. Fue él quién me contó esa historia.
—¿Qué te ocurría a ti? —enarco las cejas al llevarme la copa a la boca—. ¿Querían condenarte por ser ciego, o te consideraban una aberración defectuosa?
—Los dioses me otorgaron unos padres más bondadosos que aquellos que serían tus abuelos, aunque no mucho más —el hechicero ríe irónico, pero siento su dolor—. Nos conocimos en la posada de los cuervos años antes de que mi vida cambiara.
—Veo que el gusto de Ebhan por ese lugar viene de familia —río en voz baja—. Después de su despacho, es el sitio donde más tiempo pasa.
—El príncipe y su padre se parecen en su bondad, pero sus gustos y aspiraciones son muy diferentes —asegura el hechicero levantándose con trabajo—. Draegor siempre aspiró a tener familia e hijos.
—¿Empezarás tu historia? —arrugo la frente. Me inclino hacia delante con una sonrisa—. No recordaba que disfrutas de hacerte rogar.
Gandar se detiene frente a la chimenea, estira los brazos ante ella como si pudiera percibir de forma real su calor.
Deja que la luz del fuego incida en su rostro deteriorado por la falta de cuidado a la que él mismo se somete.
Guarda silencio. Como si estuviera reflexionando.
O puede que solo se trate de algo de lo que le es difícil hablar.
—Nacer ciego fue maravilloso. Yo nunca pude sentir la tristeza de dejar de ver aquello que amaba —Gandar baja la mirada a los troncos que ceden al calor—. Pero siempre ansié conocer todas aquellas cosas de las que hablaban.
Sus labios se sacuden apesadumbrados mientras se toma una pausa.
—Yo solo podía olerlas, tocarlas, sentirlas… —la garganta del hechicero se sacude—. Pero no verlas. No conocerlas.
—¿Cómo son tus visiones entonces? —pregunto curioso.
—No te apresures —ladea el cuello con urgencia para dedicarme una mirada afilada.
—Disculpa —ruedo los ojos a la derecha.
—Conocí a Draegor una de las noches en las que me dedicaba a planear como entrar en la fortaleza para pedir la ayuda de un brujo de magia negra. Un día decidió ayudarme a conseguirlo —devuelve la mirada al fuego.
—Querías ver, ¿cierto? —deslizo la mirada al sentirme afligido por sus palabras.
—Siempre supe que eso no era posible, me conformaba con ver algo simple. Un deseo —utiliza la punta de su bastón para menear los palos de la chimenea y avivar el fuego—. Pero todo lo que me ofreció esa bruja me cambió la vida.
Empiezo a entender lo que sentía Eladriel en el salón de Brenshire. La verdad es que es algo raro teniendo en cuenta que realmente no hay nada.
—Creía que eso podía hacerlo tu magia —cedo a sentarme sobre los pies de la cama.
—Esta magia fue cedida, no es fruto de Vémtix. Lo único que debía hacer a cambio era ayudar a un brujo de magia negra a ocultarse para evitar el mismo destino que ella había sufrido —me mira misterioso por encima del hombro—. Me pareció un trato maravilloso.
—¿Por eso no me delataste cuando descubriste que poseo la magia negra? —estiro los labios en una mueca de complicidad.
—En efecto, joven Bradosck —asiente. Traza una sonrisa tímida llena de tristeza—. Si hubiera sabido que tu padre, el señor Erios, era poseedor de esa clase de poder, sin dudarlo hubiera pagado mi deuda mucho antes.
—Siento entonces haberte tocado yo, te aseguro que no soy tan complaciente ni ordenado como él —arqueo una ceja mientras le apunto con el dedo.
—De eso no me cabe la menor duda. Pero no olvides que siempre hay algo que hace débil a una criatura — Gandar sube aguda la sonrisa.
—Voy a demostrarte que no soy tan ignorante como crees —apoyo los codos sobre las rodillas—. ¿Te refieres a la princesa de las hadas?
—Si nuestras largas charlas sobre tus propias consecuencias no te convencen, tal vez deberías de pensar en tu princesa —Gandar da media vuelta para mirarme de frente.
—No te preocupes por ella, la princesa ha pensado por los dos —remuevo el vino en la copa—. Ella dice que no es tan valiente como yo.
—No poseo ningún conocimiento en conflictos románticos, sin embargo, déjame decirte que con el tiempo todo pasará —el hechicero palmea un par de veces mi espalda como muestra de apoyo. Creo.
—No sé si estoy dispuesto a que sea así de nuevo, Gandar —niego. Le muestro la verdadera realidad de mi mirada—. Sufriré mucho más que antes, estoy convencido de ello.
—Usaremos los mismos métodos que la otra vez. Incluso podemos repetir el ritual del olvido si lo deseas —el hechicero se levanta de la silla con un entusiasmo envidiable—. Quizás ahora estés más preparado que entonces.
Él cree que no lo recuerdo, pero cada maldito segundo que pasé dentro de ese lugar está grabado en mi mente como si acabase de salir de ahí.
A Gandar no le gustaba la idea de realizarme el ritual.
Ni siquiera fue él quien me habló de ello.
Solo lo descubrí y fue incapaz de negar su existencia.
Estaba desesperado. Habían pasado más de cuatro años desde que vi a la princesa por primera vez, y todo lo que había intentado hasta ese entonces había fracasado, así que lo convencí de que era lo mejor para todo el reino.
Todo lo que Ebhan y Fiena habían intentado hasta ese momento había sido en vano.
—¿Pasar de nuevo tres días en una cámara oscura donde solo me muestras mis recuerdos y sueños más dolorosos?
¿Ver a mi padre ejecutado y abierto en canal, o a Eladriel perdiendo la cabeza?
—imito su gesto al levantarme, pero no me sale tan bien como a él—.
No es nada que quiera experimentar de nuevo, gracias.
Me sirvo la última copa prometiendo que así será.
A la vez que caminaba hacia el interior de la cámara, mi piel se erizaba al sentir el aire que corría en ese lugar.
Aun esa sensación se despierta en mí. Todo estaba recubierto de espejos que se ennegrecían, sumían la estancia en una oscuridad total y profunda por unos segundos que parecían eternas horas.
Hasta que de repente, algunas imágenes comenzaban a aparecer.
En primer lugar, mi padre. Después, el pueblo ardía y todos los neferianos corrían despavoridos.
Por último, la imagen de Eladriel muerta tras revelar nuestra unión en todos los espejos.
Incluidos los que cubrían la superficie del techo.
Solo podía desgarrarme el pecho para intentar sacar el dolor que todo eso me producía, y aun así, no podía dejar de sentir.
Después de más de un día encerrado, Gandar me entregó un elixir por debajo de la puerta junto a una nota.