Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 4. El reino de Néferien. #2
6%

4. El reino de Néferien. #2

—Nada de eso mi señor, os aseguro que todo lo que hablo sobre vos es cierto —asiente.

Su casco se cae ligeramente hacia delante en un movimiento torpe.

—Encárgate de complacerme y que nadie me moleste en lo que queda de día —le señalo la puerta con un gesto de cabeza para que abran.

—Me temo que voy a tener que decepcionaros —carraspea. Esboza una tímida sonrisa que oculta tras el casco—. El gran hechicero os está esperando desde hace rato en vuestro cuarto.

—¿Gandar? Se marchó tras el consejo de esta mañana —clavo mis ojos en los suyos olvidándome un segundo de todo lo que venía pensando en el camino—. ¿Ha sucedido algo con el príncipe?

—Nada de eso, mi señor. El gran hechicero tenía otros motivos para acudir de nuevo a Brenshire —confiesa el guardia.

Yeziel y Emir tiran del portón. Desplazan la pesada hoja con fuerza entre el chirrido de los pasadores y el crujido de la madera.

—Genial, justo lo que necesitaba —resoplo con exasperación al iniciar la caminata hacia el interior.

Mim me sigue, pero Yeziel le corta el paso. Estira el brazo en un movimiento ágil y lo coloca entre el coronel y la entrada a modo de barrera.

—Aunque estoy seguro de que vuestro superior y el gran hechicero disfrutarían de vuestra compañía, la presencia del coronel de brigadas es necesaria en la supervisión táctica del pelotón de infantería —declara Yeziel sin mover su cuello ni un dedo—. Son órdenes del príncipe.

—No te preocupes, pelirrojo —le lanzo una sonrisa. Elevo el brazo para despedirme—. Ve a la posada de los cuervos sobre las nueve de la noche. Te explicaré el resto.

Avanzo de forma determinante entre las armaduras de la entrada hasta que llego a las escaleras.

Subo veloz. Dejo entre medias algunos escalones, sorteo las dobleces de la alfombra que los cubre para no caer.

El descansillo del primer piso tiene dos pasillos.

El de la derecha solo tiene dos puertas; la de la lacaya que se encarga de que todo en mi dormitorio esté en orden, y mi cuarto.

Está en la misma área que los aposentos privados del príncipe.

Siempre está custodiada por guardias del ejército real tal y como Aelion Fértrider, el comandante, ha previsto.

Aprecio que Ebhan siempre haya pensado en tenerme cerca.

Nunca he querido tener una estrecha relación con la realeza, pero su compañía siempre fue mi salvación.

La luz que se cuela a través de la rendija de la puerta, el olor a madera quemada de una chimenea que no recordaba haber dejado encendida…

Quiere decir que Gandar ha decidido ponerse cómodo.

El color del material de la hoja se ha tornado más oscuro.

Los adornos metalizados están sudando y el pomo está tan caliente, que las gotas se deslizan a través de la brillante superficie.

Poso la mano, la temperatura se adhiere a mi piel de forma hiriente hasta que lo suelto de forma brusca mientras ahogo un quejido.

En el interior, Gandar ha creado una chimenea frente a la silla de mi escritorio.

Se ha sentado en ella con dos botellas de vino al lado, una copa en la mano, y la otra intacta sobre la superficie de la mesa de trabajo.

También ha decidido quitarse las sandalias y apartarlas a un costado.

Sus pies llenos de mugre están sobre un pequeño baúl de madera blancuzca y grisácea situado en la base de mi cama.

Arrugo la nariz ante el cerco con la forma que ha dejado sobre él.

Su túnica está abierta, permite que el calor del fuego impacte de manera directa sobre la piel blanca y arrugada de su pecho.

Podría decirse que está como en su propia casa.

Sus ojos, cubiertos con la tela blanca del que no ve, se mantienen perdidos. Sin embargo, se incorpora en cuanto escucha como encajo para cerrar.

—Adelante, teniente Bradosck —el hechicero sonríe. Apoya la mano en el reposabrazos de la silla.

—Sorprendente, como siempre —Camino por los primeros metros de la habitación desabrochándome los laterales de la armadura.

—Un ciego aprende a desarrollar otras vías para defenderse —vuelve a recostarse. Sube los pies ennegrecidos de nuevo al baúl.

—Hacía referencia a que me cedas el paso a mi propio cuarto —enarco las cejas algo ofendido, de hecho—, pero no sabía que me considerabas una amenaza de la que defenderte.

—Si entras bañado en sangre, sí —deja escapar una risotada mientras me señala la ropa con su bastón—. Supongo que, dada las fachas en las que te has dignado a aparecer en el castillo, tengo libertad para ensuciarte este baúl al que has mirado con tanto cariño cuando has entrado.

En ocasiones me pregunto cómo es posible que no recuerde cómo la magia le susurra todo lo que sucede a su alrededor.

Cada gesto, cada mueca. Todo con detalle para que Gandar sepa cómo anticiparse al enemigo.

Es como si de alguna manera pudiera ver mucho más de lo que cualquier otra criatura podría imaginar jamás.

La magia se cuela en la mente de aquellos a quienes el señor Dugalf quiere analizar.

Me costó mucho tiempo que no se colase en la mía.

Por eso debe ser considerado el mago más poderoso de Néferien, el gran hechicero.

Por eso, y porque tiene la capacidad de ver el futuro inmediato también a pesar de que no puede intervenir en el maldito destino. No conozco a ningún otro brujo que posea ese don.

—Hace años que eso del brujo más poderoso quedó atrás, teniente —Gandar deja que la seriedad domine su expresión de forma repentina.

—Te recuerdo que estás en mi cuarto sin mi permiso, gran hechicero —me saco la armadura y la coloco sobre una estructura de madera en la esquina en forma de cruz de la habitación—. Deja de invadir también mi mente.

—El nombre de la princesa de Ravenbell retumba por todos los rincones de tu sesera —Gandar aprieta los ojos al llevarse dos dedos a cada lado de la sien, siempre se queja—. Es insoportable.

—Puedo hacer que sea peor —cierro los ojos. Sonrío de forma pícara para concentrarme en su presencia bajo mis manos.

—Conseguirás matarme si no paras, Bradosck —la intensidad de las llamas de la chimenea y de las velas oscila cuando se sujeta la cabeza. Abre sus dedos con desesperación.

—Dime que es lo que necesitas. Si buscas a Ebhan, no sé cuándo regrese —me desabrocho el cinturón antes de coger la copa del escritorio y servirme.

—Podrías matarte solo con que yo lo deseara, ¿crees que te necesito para una tarea tan sencilla como buscar a Ebhan? —Gandar niega a la vez que chasquea la lengua—. Debemos hablar de tu visita a la capital del reino hada.

—Estuve sanando a uno de ellos, se había golpeado muy fuerte en la cabeza —le doy un sorbo con gusto a la copa. Con ganas.

Cierro los ojos por el placer del alcohol recorriendo mis papilas. Me hace sentir algo diferente a la pena…

—Escuché que la misma princesa Eladriel fue la que vino a buscar la ayuda —Gandar lanza una carcajada irónica—. Después de todo el tiempo que traté de impedir que la buscaras, que sufriste para no hacerlo, un infortunio os reúne.

—El hada que recibió el impacto era importante para ella —ladeo los ojos, pero no sé si por él o por mí—. Creo que eso debería tranquilizarte.

—¿Tanto como ella para ti? —Gandar estira el brazo. Me ofrece de nuevo la botella para rellenarme la copa que casi he terminado en un solo sorbo—. ¿Qué tal fue vuestro encuentro?

—Bastante formal, todo protocolo —carraspeo. Me llevo de nuevo la copa a la boca en un titubeo—. Ya me conoces, sé guardar las formas.

—De manera que consideras que tratar de besar a la princesa en el salón de Brenshire es guardar las formas…

—deja la copa a un lado de la silla. Une las yemas de sus dedos—.

Precisamente, ese fue el motivo por el que decidí guardar silencio.

Sabía que si te contaba algo sobre este encuentro no podrías controlarte.

Mis ojos lo buscan con urgencia en medio de las luces de la oscuridad del cuarto. Trago el vino con cuidado.

—Tus visiones deberían dejar de centrarse en mí —entrecierro los ojos con fastidio—. Te diré que me arrepiento de no haberlo hecho.

—Parece que a la princesa le sobra el juicio que a ti te falta. Demasiados delitos por los que podrían condenarte a morir, y una vida valiosa por delante, joven teniente —Gandar apoya la cabeza contra el respaldo de la silla suspirando como tantas veces.

—Y de ninguno de ellos soy responsable —aprieto la mandíbula. Contemplo a Gandar con detenimiento—. ¿Qué otra cosa puedo hacer, sino ceder ante ella?

—Apartarte y guardar silencio. Nadie podrá sentenciarte por lo que sientes si no lo conocen —el hechicero arruga la cara tras beber de la copa.

La bebida debe de estar caliente por la mueca de asco que pone, porque el sabor del vino debe ser indiferente para él a estas alturas…

—Deben existir otras opciones aparte de esa —trago todo el vino. Algunas gotas caen en forma de línea por la comisura de mi boca buscando la alfombra mientras toso—. Sabes que esta no ha funcionado, se niega a obedecer.

—Piensa bien cuáles son las que más te benefician, como hizo tu padre —Gandar esboza una mueca de amargor.

Arroja el contenido de la copa a la chimenea tras haberlo saboreado con disgusto.

La sacude varias veces para asegurarse de que no ha quedado ni rastro mientras pienso en mi padre.

Solo el hecho de que Gandar pronuncie su nombre me provoca una ira interna insoportable.

No nos parecemos en nada. No deseo parecerme a él.

No sabía lo que era amar de verdad, lo que era desear una familia.

Se dejó vencer por el miedo.

—Gandar —le clavo la mirada. Aprieto los dientes mientras me centro en la burbuja que recorre el vino. —Sabes dónde están mis límites. De favor, guarda silencio.

—No, esto es necesario. Tu padre perdió la vida de una manera injusta, su partida provocó mucho dolor a los seres que estaban a su alrededor —el hechicero se inclina en el asiento con gesto de fastidio—. Pero su historia no tiene por qué repetirse en ti.

—Su deber era huir con mi madre. Salvarnos —agarro con furia la botella contra su fuego de mentira.

—Eres más ignorante de lo que pensaba si crees que el destino de tu madre hubiera sido diferente de haber sido otro el camino elegido por Erios —niega lentamente. Deja salir el aliento.