3. Entre el deber y el deseo. #5
—No es un secreto, Eladriel. Os vemos… —esboza una curva sonrisa llena de picardía que acompaña a una ceja arqueada—. Estáis juntos en los bailes, él siempre está dentro de palacio.
—Somos cercanos, eso es todo. Tengo una relación parecida con Lugh —resoplo en tono irónico—. ¿También crees que estamos enamorados? ¿Qué él será el nuevo príncipe?
—No deseo pecar de inoportuno por mis palabras, pero… —carraspea—. Hasta donde yo sé, con Lugh nunca has mantenido intimidad.
Su confesión me coge de sorpresa. De reojo, capturo a Maren y como esquiva la conversación.
—No te equivocas —bajo la mirada avergonzada—, pero eso no convierte en cierto lo que afirmas con tanta seguridad.
Por piedad permití que nuestra relación avanzara hasta el punto de compartir cama en alguna que otra noche.
No le entregaba mi cuerpo. Yo compartía mis secretos y temores, y me abrí por completo a él.
Fue un error. En cierto modo, pensé que ambos estábamos en el mismo lado.
Creí que Tien sufría por estar sometido a las peticiones de mi padre, que tal vez también deseara sentir amor y no se lo permitían.
Él no buscó estas reuniones, pero jamás se rehusó a ellas, no estábamos en el mismo lugar.
—No sé si estás siendo sincera —el semblante dudoso de Rani lo delata.
—Lo soy. Entre el hijo del cancilier y mi corazón no hay nada, y sé que nunca lo habrá —apoyo mi sentencia con un gesto firme de manos.
Está tan nervioso… Humedece sus labios con la lengua de forma repetida. No lo conozco tan bien como su amada Maren, pero sé que busca la manera de decirme algo.
—¿Hablarás sin necesidad de que use amenazas? —arqueo las cejas impaciente.
—Princesa. Solo es que… —titubea Rani. Se frota las manos—. Me he reunido con Tien y su padre. Ellos hablaron de que pronto habría una boda real —revela finalmente.
—De príncipes de Bhulkahdur, ¿no es cierto? —mi inocencia me pide que me aferre a la idea de que se trata de otro trono.
—Hablaba sobre vuestra relación, hasta yo soy capaz de comprender que se revería a vosotros —une los labios en una mueca apesadumbrada.
Tien sabe que sus afirmaciones no son ciertas. Él sabe que jamás he deseado las reuniones ni el compromiso, ni pasar la eternidad junto a él. No ignora que todo son castigos que el rey me impone por desobediencia, por sus propios deseos. Conoce cuán desesperado estoy por ellos.
—¡Maldito vástago! ¡Falso! ¡Mentiroso! —lleno la boca de bramidos y malos adjetivos.
Ni un recuerdo bonito sobre nuestra cercanía estos años podría hacer que mis pensamientos fueran diferentes en este momento.
No me importa captar la atención de los guardias con mis aspavientos ni con mi inapropiado tono para ser princesa.
No quiero recordar el protocolo, solo sentir la ira y la decepción.
—Eladriel… —Rani sacude la cabeza hacia atrás con pupilas expandidas.
Se sorprende como yo porque nunca me había visto así. En realidad, nadie me había hecho sentir así salvo mi padre. La costumbre me hizo indiferente con el rey, pero que él me haya traicionado de esta manera es algo que jamás voy a olvidar.
—No comprendes la gravedad de sus pretensiones —bramo frente a él. Dejo caer los puños con fuerza—. No entiendes qué sucederá si eso lo escucha mi padre. Estaré perdida.
—Si te sientes preocupada, sincérate con él —Ran me lanza una sonrisa con la que pretende que me calme.
—Sí. Todo apunta en su manera de comportarse a que entenderá mi distanciamiento —niego con un gesto ladeado de burla.
—Bueno, si eso es lo que te preocupa, habla con Tien y sincérate —Rani me lanza una sonrisa amiga.
Estira el brazo para posar por un segundo un par de dedos sobre mi hombro a modo de método de calma.
—Imagino que debes confiar en él si has compartido más que cenas —se encoge de hombros.
—Escucha Rani. No es cierto. Tien y yo nunca hemos sido todo lo cercanos que os he hecho creer —doy un paso hacia él con desesperación.
—Pero estáis bien juntos —insiste.
—Disfrutaba de su compañía. No voy a negar que todo lo sucedido entre nosotros ha sido también mi deseo —hago una pausa para intentar desatar el nudo del estómago—. Pero yo no elegí las noches que debía pasar a su lado. Los ratos que compartíamos no eran agradables los primeros años.
—Entonces… —sacude la cabeza confundido—. ¿Por qué ofrecerle tu trono?
—Nunca le ofrecí nada. Esa conversación no existió —mis párpados se separan mientras mis manos sacuden sus hombros—. No puede hablar con mis padres sobre esto, ¿comprendes?
—¿Qué harás si eso sucede? —Rani me mira como si me temiese.
—Huir. O pediros que me cortéis la cabeza —confieso con total seguridad.
Lynn, Maren y Lugh se acercan. No hacen ni el más mínimo esfuerzo por ocultar que estaban pendientes de la conversación. Saben hasta lo que tienen que contestar.
—No deberías esperar hasta que esté recuperado si tiene planeado hacer eso —Maren arruga el entrecejo con rabia—. Lo mejor sería que estuviera en plenas facultades, pero él se lo ha buscado.
—Sí, Eladriel. Destrózalo —Lugh azota un puño contra la palma de su mano—. Enséñale a ese cabrón quién es la princesa.
—Puedo imaginar cómo te sientes —Lynn utiliza su voz dulce tras reírle tímidamente la gracia a Lugh—. Es imperdonable que te utilice para sus conveniencias ¿Qué clase de amor es ese?
Me abandono mientras todos me ofrecen consejo sobre cómo debo afrontar este problema.
El tiempo ha corrido entre tanto. Me doy cuando porque levanto la vista, y encuentro la mirada de Azohr según baja las escaleras junto a su coronel.
Su armadura impoluta está cubierta de sangre.
Su camisa. Una sensación amarga despierta en mi al recordar que posiblemente ha llegado el momento de un adiós definitivo al ver cómo se acercan.
—Princesa Eladriel— Mim me dedica una reverencia—. Me complace contaros que el príncipe se está recuperando.
Sus palabras me sobrecogen. Hacen que todos volteen ante su voz. Maren es la única que sonríe con un gesto amable, los demás solo los miran con el mismo asombro con el que nosotras los miramos en Brenshire.
—Ese petulante no es el futuro príncipe de mi reino —reclama Lugh con cara de molestia.
—Tiene razón —sonrío—. Pero de todas formas os lo agradezco, coronel. Es agradable saber que esa rata se recupera.
Maren susurra mi nombre por lo bajo apenas callo.
Lugh golpea mi brazo suavemente. Pero Azohr sonríe por mi comparación, y me hace sonreír.
Al menos lo llamé rata. Ellas son inteligentes, así que debería haberlo calificado como insecto descerebrado.
En las dichosas clases de protocolo me han enseñado que las princesas no deben separarse de la compostura ante ningún tipo de adversidad, pero las princesas son criaturas con alma.
Recomendar que nos mantengamos como piedras es, como poco, despojarnos de toda capacidad de esencia vital.
—Disculpadme, su alteza —Mim se inclina. Sus mejillas se tornan rojas mientras hunde en Azohr una mirada enemiga.
—Es una historia larga de contar, pelirrojo —el teniente le contesta solo con una sonrisa.
—Qué lástima para ti que vayamos a viajar juntos de vuelta —reprocha el coronel con mandíbula tensa.
—Princesa —asiente Azohr tras ignorar a Mim con eficacia—. Antes de partir, habría un par de cosas que me gustaría comentaros sobre la herida de la rata.
—Podréis hacerlo mientras os acompaño —le invito a seguir con un gesto.
Tras hacerme una reverencia, el teniente se coloca a mi costado izquierdo.
Con una mirada disimulada contemplo a Mim ser rodeado por Maren y el resto.
Se ríe por las preguntas curiosas de Lynn.
Suspiro al devolver la mirada al frente.
Estoy en compañía de Azohr, pero no me gusta sentir que estoy sola.
—Os escucho. ¿Se ha complicado la sanación de las heridas? —pregunto sin mostrar mucho interés en el tema.
—Las heridas están bien —sonríe Azohr—. Solo deseaba estar a solas contigo por última vez antes de irme… —sus ojos me dedican una mirada fugaz—. Deseo verte de nuevo, Eladriel.
—Me encantaría poder decir que sí —aparto la mirada. Su pregunta me gusta, aunque la detesto al mismo tiempo—. Pero no debo marchar a Néferien en busca de sanadores a menudo.
—Sé el desprecio que tu padre siente por nuestro pueblo —ríe por lo bajo. Pasa la lengua por sus labios al terminar—. Pero quiero verte a ti. Vernos a solas, sin tener que apresurarnos para salvar la vida de nadie.
—No es posible. Ni siquiera tengo permiso para abandonar Ravenbell —mi garganta sostiene la agonía de haber perdido mi libertad en todos los sentidos.
—¿No puedes salir del reino? —Azohr enmudece.
—Hace años que no puedo ir a Rhysartyr —observo su gesto mientras sujeto mis manos al frente—. Aún no pude conocer todos los rincones de Néferien. Ni Bhulkahdur… —sonrío—. Y me encantaría conocer todos los reinos de Nóssurël.
—No salgas entonces. Déjame encontrar la forma de poder acercarme a ti —da un paso hacia mí de forma cautelosa. Sus ojos sonríen sinceros—. No quiero esperar años para verte de nuevo y que me hayas olvidado otra vez.
—Podríamos ser buenos aliados. Amigos —esas palabras no son las que me gustaría decirle. La punzada en mi pecho me advierte de que me arrepentiré—. Es un pesar admitir que no será posible.
—Atrévete —Azohr se acerca cuando detenemos el paso. Su tono de voz se vuelve susurrante—. Ninguna criatura tendría por qué vernos. Ni Mim, ni Maren —hunde sus ojos en los míos—. Solo nosotros.
Me encantaría aventurarme al miedo y pedirle que me busque cada día.
Quiero que me cuente todo lo que hay en su vida, retenerla en mi memoria.
Le pediría que me enseñe a montar en Hai, que no quiero conocer esos lugares perdidos con nadie más que con él.
Que crucemos la frontera del reino. Me gustaría que él pudiera sentir todo lo que mi esencia está sintiendo.
Quizás si lo supiera, él tampoco se atrevería a hacerlo.
—Azohr, quiero ser directa —la sinceridad es el único sentimiento que puedo mostrarle para mi desgracia. Aunque sea porque puedo decidirlo—. Ambos sabemos que la respuesta a la insistencia es dolorosa.
—No quiero entender que tú no lo deseas —sus ojos se mueven sobre los míos con sinceridad, tristeza. Incluso un atisbo de miedo al fondo.