Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 3. Entre el deber y el deseo. #4
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3. Entre el deber y el deseo. #4

El palacio. Dejé de asistir a las reuniones de la taberna de Ráh y yo nunca faltaba a las competiciones de cardos.

Ganaba las apuestas que hacía con Lynn cuando queríamos comprobar quién permanecía de pie tras una ronda de vinos de la risa.

Hace tanto tiempo que mi padre decidió utilizar todas esas tardes para reunirme con el hijo de su cancilier…

Él llegó y decidió que era el elegido. El dueño de mi vida y de mi tiempo.

—Sería apropiado acercarnos a Rani y el resto, observan todo preocupados —Maren se levanta de un salto.

Coloca la mano sobre su frente para afinar la vista sobre el cenador del verano.

—Quiero ir a la enfermería, no estoy segura de que Tien vaya a recuperarse —me incorporo. Coloco la ropa para no tener que mirarla. —Creo que debería hablar con él.

Maren detiene su pestañeo para llenar su pecho de aire.

—¡Por el amor de los dioses, Eladriel! —Maren se deja llevar por la irritación y eleva la voz—. ¿De verdad crees que tú podrás hacer algo por ayudarle? —niega—. Tus amigos están preocupados por ti.

Suspiro. De hecho, Tien es lo último en lo que pensaba en este momento.

No deseo desafiar a mi padre, pero estar cerca del teniente es lo único que mi cuerpo necesita en este instante.

Lo siente porque sabe que se irá. Porque sé que no será bien recibido si tratase de regresar en otra ocasión.

Nuestros pueblos no tienen encuentros con frecuencia, ni hacemos reuniones con los brujos como sí disfrutamos de la visita de los elfos.

Puede que, después de que se vaya hoy, tarde otros seis años en verlo. No quiero pensar que nunca más lo veré.

Mi aliento sale tembloroso al entender que es imposible. Que debo ir con ella.

—Tienes razón —carraspeo—. Creo que debería despejarme un poco y respirar el aire del jardín —fuerzo una amplia sonrisa—. No es buen momento para hablar con él.

—Me alegro de que no me obligues a tirar de ti hasta el cenador —sonríe Maren de inmediato. Salta para sujetarse a mi brazo.

Caminamos hasta abordar la hierba que decora el alrededor del cenador del verano.

Rani, Lugh y Lynn nos esperan cuchicheando entre las cortinas y el intenso calor del mediodía sobre él.

El césped siempre crece brillante. Hay tallos color esmeralda, lirios y juncos.

La estación del dios Selven llena esta parte del jardín de árboles enanos, jacarandas y castaños de indias que visitan las ardillas y otros animales que el reino de Avka nos regala.

Ni siquiera determiné que estaban aquí cuando llegamos.

Como cada día, un conjunto de hadas del agua sostiene un grueso hilo del líquido.

Lo mantienen en el aire para que otras hadas puedan atraer finas gotas que esparcen sobre las briznas de hierba.

El pequeño estanque también se refresca.

Detienen su trabajo al verme aparecer antes de trasladarse con su trabajo a otro de los cenadores.

—¡Eladriel! —exclama Lynn apenas me determina.

Baja los escalones del cenador a prisa.

—¿Sabéis algo del estado de Tien? —Lynn entorna los ojos fruto de la preocupación.

Lugh y Rani se incorporan con premura cuando su voz les avisa de nuestra llegada. Hasta los cojines blancos, naranjas y violetas sobre la superficie dura del mármol de los bancos han caído. Hablan sin respetar que provocan un enredo de palabras del que no se puede sacar nada en claro.

—¿Es que nadie os ha enseñado a hablar? —Maren da un paso hacia un lado para ocupar el espacio entre ellos y yo—. Tien se encuentra bien. Hay brujos sanadores atendiéndole en la enfermería que también han conseguido tranquilizar a Eladriel.

—No debes preocuparte, estoy convencida de que entonces para el baile estará recuperado —la mirada de Lynn se estira sonriente—. Sé todo lo que hay que saber sobre los brujos —se lanza hacia delante para sujetarme el brazo—. Pero no me prives de conocer todo lo que has podido conocer tú.

Ella siempre habla de lo maravilloso que es Néferien. Sus padres han sido fieles vasallos de mi padre, ellos nunca le permitirían visitar ese reino sin el permiso del rey para poder hacerlo. Hoy he descubierto porqué admiraba su entusiasmo con respecto a los brujos y sus afirmaciones sobre ellos.

—Si esperas a que llegue al baile no podrá contarte nada —Lugh inclina la barbilla hacia abajo—. Tien no la dejará.

Escuchar hablar de bailes me eriza la piel.

Desearía desaparecer los días que mi padre los programa, solo los utiliza para obligarme a permanecer toda la noche en compañía del hijo del cancilier.

Quiere que los pueblos vean nuestra cercanía.

Pensar que debo pasar horas en compañía de Tien cuando mi estómago aun tiembla por lo que debo decirle no me resulta una idea placentera.

Me gusta la música, es cierto. Su majestad sabe que podría pasar horas bailando si danzara junto a Lugh o Rani…

Pero no me gustan este tipo de reuniones donde debo fingir por un rato que todos me caen bien. Y apenas los tolero.

—Maren podrá darte todo los detalle del castillo —la miro de reojo con una sonrisa burlona—. Debe saber hasta los rincones que más polvo contenían.

—Sí —Maren coloca una mano en su cintura para dejar caer el peso de una pierna sobre la otra—. Tuve que entretenerme analizando la estructura del castillo mientras tú practicabas el protocolo con el teniente.

—Me aburrís —Lugh nos dedica una mirada con el labio superior elevado—. Quién desea pensar en todo eso, cuándo falta menos de un día para las langostas en salsa de Grem…

—Te prohibió acceder a la cocina —Rani eleva una ceja desde un costado de Maren.

Tal vez, si el cocinero no lo hubiera descubierto tomando los últimos tarros de frutos del bosque ancestral… Eran los tarros privados del rey. Para recogerlos, los cazadores deben ir al bosque, pero algunos de los últimos que fueron no regresaron. El Natchara terminó con sus vidas.

El maestre de los acechadores nos desveló que era un enorme ser cubierto de escamas iridiscentes.

Su cuello y pecho estaban cubiertos por un pelaje denso y oscuro que se transformó en rojo intenso cuando desató su furia contra ellos.

Sus ojos se volvieron amarillos en la oscuridad.

Recuerdo que mencionó dos cuernos sobre su cabeza que se retorcían, se unían con otros dos que crecían detrás.

Las garras de sus patas formaron ocho surcos profundos en el suelo.

También dijo que desplegó un par de alas membranosas tras desgarrar a dos de sus hombres.

Retorció la cola. Extendió unas espinas en su punta y se lanzó al vuelo.

El cocinero jamás delató a Lugh con mi padre, sin embargo, nos contó la historia para advertirnos de que, si volvía a entrar, no callaría.

Yo nunca vi a esa criatura, pero siempre escuché que era el protector del lugar y de las criaturas que lo habitan.

Las viejas hadas cuentan que la tierra tiembla cuando ruge.

Que su sangre sería capaz de matar a cualquier criatura con solo tocar su piel.

Algunos creen que allí dentro se encuentran algunos de los hijos rechazados por Beliel, y otros piensan que ni siquiera él podría haber creado semejantes aberraciones.

—Me fascina que nunca pienses antes de hablar —Lugh golpea el hombro de Rani, pero ni siquiera lo mueve—. No dejas en buen lugar a tu sesera cada vez que abres la boca.

—¿Esperas que te sirvan la comida frente a su majestad? —Rani sonríe—. Solo accederemos a ese evento porque la princesa nos eligió sus criaturas de confianza.

—Silencio —Maren interrumpe la conversación posando los labios en un beso cálido sobre el rostro de Rani.

—No sois nada agradables —Lugh arruga la nariz antes de apartar la mirada de un movimiento ágil.

—Yo creo que son adorables —sonríe Lynn.

Lugh tuerce el cuello para hundir una mirada de desacuerdo sobre Lynn. Se acerca a ellos para hablarles en bajo mientras nos mira.

—Hay niños pequeños mirando, deberíais comportaos —las cejas de Lugh se alzan a modo de recomendación.

—Percibo cierto aroma a envidia saliendo de ti —Maren le dedica una mirada y media sonrisa.

—Desearías que fuera envidia, pero es asco —Lugh hace el sonido de una arcada mientras se encoje.

Hace unos segundos que la voz de Lugh dejó de escucharse para mí.

Veo a Rani, y observarlo me transporta a Brenshire y a las palabras de Maren.

Confío en ella, pero sé cuán dramática e intensa es.

Creo que debería hablar con él antes de acusar a Tien de algo que pueda costarme un castigo de mi padre, o la poca tranquilidad que conseguí en los últimos días.

—Rani —mi tono autoritario capta la atención de todos. Apaga las risas del ambiente—. Me gustaría hablar contigo a solas.

Sacudo la cabeza en un gesto que señala un lado alejado del resto. Rani asiente. Estira el brazo para ofrecerme el paso y obtener algo de la intimidad que le he propuesto.

—Me asustas —Rani frunce el ceño. Su cuerpo se tensa—. ¿Sucede algo con Maren?

Está tan nervioso, que no deja de cambiar de posición.

—Guarda la calma —proyecto una mirada cómplice que acompaña a una sonrisa—. Solo es que Maren mencionó algo hoy…

—Era demasiado extraño que sus labios estuvieran sellados por tanto tiempo —lleva la mano a su pecho tras dejar escapar un soplido de angustia.

—Rani —me aclaro la garganta para atraer su atención—. Quiero saber qué has hablado con Tien.

Sé que hay algo en esto que no está bien, mi intuición me dice que debo estar alerta.

Este giro en el comportamiento de Tien no me da confianza a pesar de que Maren resalte que es un gesto tierno.

Tampoco que Rani haya guardado silencio al respecto.

Mi pecho arde cuando pienso que buscaba algo al acercarse que ya lo obtuvo.

Quizás quiere información acerca de lo que siento, tal vez quiera utilizarlos para que me convenzan de aceptarlo.

Ni él puede negarme que esa charla tiene una intención detrás oculta.

—No comprendo qué quieres decir —Rani me mira con ojos confundidos.

Lleva un pie hacia delante mientras rasca su frente.

—¿Por qué se acercó Tien a ti? —endurezco el tono de voz.

—¿No debería mostrar interés el nuevo príncipe en nosotros? —Rani turba el rostro, hasta diría que su tono es de molestia.

—¿Quién? —mi cara se ensombrece.