3. Entre el deber y el deseo. #3
Presta especial atención a la manera en la que el teniente me sonríe.
Ala forma en la que yo trato inútilmente de disimular la risa.
Tenía prohibido salir del reino, y con su mueca me ha dejado claro que no está contento con la decisión que he tomado.
Sé que arde de ira contra mí en este momento.
Primero me atrevo a desobedecerlo y salir de Ravenbell sin avisar a ningún guardia.
Después, llego en la compañía de una de las criaturas que más odia y le sonrío en sus narices.
Debe estar a puto de sangrarle la nariz.
—Eladriel —mi padre me habla con autoridad. Con la misma frialdad y asco que al teniente—. Tienes prohibido acercarte a la enfermería hasta que el teniente y su coronel se hayan marchado de palacio.
—Mi señor —Mim da un paso al frente y no evita el contacto visual—. Que la princesa nos acompañe no solo le hará bien al hada herido, también a ella.
Lanzo una mirada rápida y aguzada al teniente.
Le señalo con las pupilas a Mim que debe guardar silencio, pero él ya se encuentra haciéndole muecas.
Su cuerpo está más tenso que antes. No puede seguir hablando.
Si mi padre no lo encarcela primero, puede decir algo relacionado con el puesto que Azohr le puso a Tien para convencerlo de venir.
—¿Crees que una escoria como tú puede darme recomendaciones? —mi padre se muestra impasible. Retrocede para dispararle una mirada venenosa.
—Disculpadlo, majestad —Azhor levanta la mirada para sostenerla sobre la de mi padre—. El coronel no volverá a tomarse esa confianza —aparta a Mim con furia.
—Tu muchacho es una criatura muy atrevida al venir a mi palacio a irrespetar mis órdenes de esa manera —el rey sonríe—. Debería de aplicarle un castigo severo para que aprenda a tratar a un rey.
—No será necesario. Estoy seguro de que la sesera del coronel, será capaz de comprender vuestros límites ahora que los conoce. —Azohr mira a Mim con la mandíbula tensa.
—Que deshonra… —niega el rey mientras se lleva la mano al pomo de su espada—. En solo dos minutos has sido capaz de demostrar que eres un inútil como teniente.
—Conozco las leyes de las hadas, mi señor —espeta el teniente—. Pero los brujos no las acatamos, solo las respetamos.
Azohr responde dando un par de pasos al frente. Abandona el lugar que ocupaba a mis espaldas mostrando sus manos vacías al rey.
Sigue a poca distancia, pero cada vez lo noto más lejos.
Lo admiro y a la vez me gustaría lanzarme sobre él para impedir que no mueva los labios.
He visto a mi padre rajar cuellos sin piedad y luego disfrutar del espectáculo por menos.
No me gustaría tener que presenciar eso de nuevo mientras es su cabeza la que rueda escaleras abajo.
—Podría acusaros de desacato. No tendría que esperar a ningún guardia para cortaros la cabeza —mi padre eleva el labio superior en un gesto de desprecio por el teniente.
Azohr baja la mirada con el labio hundido entre sus dientes.
Saca una daga del cinturón, una de debajo de la armadura, y la tercera de un tahalí adicional en su espalda.
Las lanza hacia un costado del suelo. Sus ojos se vuelven verdes por completo y de sus manos empieza a emanar casi de forma invisible unos pequeños destellos del mismo color.
—Las armas son una desventaja teniendo poder —el teniente levanta la cabeza para mirar directamente a mi padre a los ojos—. Si desenvaináis la daga, puede que no tengáis tiempo para usarla.
—Aunque te esfuerces, nunca serás uno de ellos —sentencia mi padre. Aprieta los dedos contra el pomo de su espada—. Eres solo el lacayo del príncipe Ebhan.
—Tenéis razón —Azohr sonríe de forma irónica—. ¿De verdad dejaréis que el pueblo de Ravenbell vea morir a su rey en manos de alguien de tan baja alcurnia?
Mi padre bufa. Da un paso al frente mientras intenta desenvainar, pero mi madre se adelanta y agarra su brazo antes de que se atreva, si quiera, a bajar el primer escalón.
—¿No debería ser tu príncipe el que respondiera a estos llamados? —mi madre se interpone entre ellos.
Mim, Maren y yo permanecemos en silencio, pero no nos alejamos de Azohr. No hemos cruzado palabra, y, sin embargo, contemplándolos con unas miradas de reojo sé que sienten el mismo miedo que yo.
Maren conoce a mi padre y sabe de lo que es capaz.
Ella no intervendrá. No debe hacerlo. Mim está rígido y boquiabierto ante la escena.
Que él hable para interceder por Azohr no es buena idea teniendo en cuenta que es quién le ha metido en este embrollo.
Estoy segura de que después de este encuentro, todo el encanto del reino se ha esfumado en un segundo.
Yo lucho entre mi sentido de la libertad y de la justicia.
Por un lado, contradecir a mi padre delante de criaturas de otro reino tendría unas consecuencias peligrosas para mí, pero por otro…
Soy consciente de que el comportamiento tirano de mi padre contra ellos es injusto.
Si permito esto otra vez, seguiré siendo su cómplice para siempre.
—Madre —esa palabra sale de mi boca de manera incontrolable. El calor de la ira que me recorre de los pies a la cabeza empuja el resto a través de mi garganta—. ¿Por qué nadie ha tomado a bien considerarme todavía?
Todos me lanzan una mirada tensa, pero es la de mi padre la que me evapora el calor en cuestión de segundos. Ahora la sangre se me hiela y siento los carámbanos pinchándome la piel.
—Princesa —mi padre inclina la frente. Entrecierra los ojos para atravesarme con la mirada—. Tú único deber en este asunto ha terminado. Y ni para eso has servido —señala el interior del palacio—. Desaparece de aquí antes de que sea yo quien te haga desaparecer.
—Permitidme hacer una sugerencia antes, su majestad. —alzo la voz desobediente.
Espero unos segundos a que mi padre me conteste a pesar de que puedo verlo en silencio. Y eso me da alas.
—No deberíais tratar así a los altos cargos de los reinos vecinos, podría llegar a oídos de los dioses de alguna manera… —sentencio finalmente con una mirada firme y dirigida hacia sus pupilas.
Es la primera vez en años que consigo enfrentarme a mi padre.
La relación que mantenemos está muy alejada de algo paterno filial, el miedo ha sido lo único que me ha mantenido cerca de él hasta ahora.
Los dos guardias de la puerta dan un paso al frente en silencio.
Sus dedos se aferran con más fuerza a la lanza.
—La princesa esperará aquí mientras los brujos hacen su trabajo —la reina habla en primer lugar para que así que mi padre no endurezca la amenaza—. Al cancilier Drieden no le gustará ver que su hijo aún continúa esperando ayuda.
Mim y Azohr me hacen una reverencia con una sonrisa cómplice.
Pasan por nuestro lado para subir las escaleras.
Los centinelas echan mano a los tiradores de oro tallados.
Cuando el gruñido de la madera, los ecos metálicos, y el último golpe sordo de la puerta deja de retumbar por el jardín, Maren sacude la cabeza en un gesto. Camina esperando que vaya tras ella.
Obedezco. En algunos pasos sobre la pasarela llego al primer banco que las flores nocturnas iluminan.
Mis cejas se elevan sorpresivas al ver a Maren recorrer con premura un par de brazas del camino del jardín con cara angustiada.
Incluso dobla las rodillas para asegurar los bajos de los asientos y busca detrás de los arbustos cercanos del arriate.
Sus labios se aprietan cuando al fin me determina.
Me inquieta que respire con algo de agitación.
—Quiero una explicación —Maren coloca una de sus manos en la cadera mientras se airea con la otra.
Sus fosas nasales están ensanchadas como si hubiese cometido un pecado.
—¿Crees que eso es suficiente? —frunzo el ceño—. Tendrás que ser más precisa.
—Ah, debo ser más precisa… —resopla Maren. Se cruza de brazos—. No huyas, Eladriel —niega—. ¿A qué es debido tu comportamiento?
—¿Mi comportamiento? —la observo sin pestañear esperando que por fin revele su enigma.
—Tu padre —Maren habla con voz suave, pausada—. No puedo comprender cómo te has atrevido a desafiarlo con esas palabras
—No podía guardar silencio —levanto el pie para caminar por la pasarela—. No lo soporto. Siempre trata de ocultar sin éxito el desprecio que siente por cualquier otra criatura que no sea él mismo.
—Entonces no debes angustiarte. Es bien seguro que él te comprenderá y no se tomará tu insinuación como una amenaza con la que puede mandar a rebanar tu cuello… —sacude los brazos como si fuera propio satirizar su tiranía.
Las luces amarillas de las flores nocturnas destacan los colores rosas del granito ahora que me detengo a observarlo.
—¿Cambiaría algo mi silencio? —trago saliva.
—Solo quiero comprenderte, pequeño ser —Maren se deja caer en el banco. Sus manos derrotadas sobre sus piernas—. Te encuentro incapaz de arriesgarte para salvarte de sus humillaciones, pero casi acabas siendo ejecutada por dos criaturas que conoces hacia medio sol.
—Me convertiría en su cómplice si hubiera guardado silencio —me dejo caer a su lado.
—Yo sé que es lo correcto —se inclina hacia un lado para posar la mano sobre la mía—. Tu padre es el que piensa diferente.
—Estoy cansada de no tener voz. De que me la haya arrebatado —bajo la mirada. Dejo caer una lágrima sobre las piedras—. Quiero poder ser algo más que una princesa.
—Estoy esperando escuchar todo lo que tengas que contar si algún día decides revelarme lo que sucede —envuelve mis hombros con un abrazo.
La quiero tanto que no podría ponerla en peligro.
A ninguna criatura que forme parte de mi alma.
Solo Twig sabe la verdad acerca de mi padre, y sólo porque él tiene la desgracia de vivir dentro del mismo horror que yo.
No se le puede llamar palacio. El rey siempre le sonríe al pueblo, los súbditos ignoran la violencia que guarda para nosotros.
Hablan de su bondad y gran sabiduría. No existe tal benevolencia, es pura maldad.
Si descubre que Maren, Lugh o cualquier habitante de los pueblos de las hadas reconoce su verdadero ser, no dudará en impedir que cuente lo que sabe.
Yo lo sueño… Anhelo poder decirles lo que me daña el alma para silenciar sus malos pensamientos.
Maren no sabe toda la verdad, pero el resto lo ignoran todo.
Me veo obligada a mentirles desde que mi padre me impidió abandonar el reino sin su permiso.